Raja Alem: LEER AL MARQUÉS DE SADE EN LA MECA

Traducción: Rosa Estomba Giménez

 

Raja Alem

En el siguiente testimonio literario, la escritora saudí Raja Alem escribe sobre su pasión lectora en su sagrada Meca, así como sobre las obras e intelectuales que han influenciado su vida y su obra considerablemente

 

Cada vez que intento descubrir un libro, nace una de mis obras. Por eso, los libros que he leído me siguen atrayendo e incitando. Cada una de estas puertas literarias me seduce como cantos de sirena que, tengo la certeza, conducen hacia la tradición oral en la que nací y crecí: un teatro donde se mezclan las recitaciones de El Corán con las voces de quienes realizan rituales religiosos y cuentan historias de Las mil y una noches, cuyos relatos no pueden separarse de los nuestros aquí, en La Meca.
Ahora, cuando echo un vistazo a lo que he escrito y al lugar desde el que lo he hecho, me doy cuenta de que cada palabra trata de analizar una infancia, la mía, marcada por las historias de amor contadas por una hakawati1, además de por otras tantas sobre profetas, milagros, naciones condenadas y castigo, contadas por un hakawati. El Corán, ese libro que admira a profetas de otras épocas, se lee en lo más profundo de La Meca. Ésta se abre dividida en diversos patios de mármol donde las piedras rodean el cubo negro que es la Kaaba, la casa de Dios. Este grandioso escenario fue el contexto de mi infancia, el lugar sagrado al que nos llevaban las madres cada viernes por la tarde hasta que caía la noche.
Pese a lo que se pueda imaginar sobre los lugares sagrados, el hecho de que las mujeres visitasen este espacio no tenía tanto que ver con rituales religiosos, sino con otros, culturales y de celebración. Nosotros, de niños, alertas a un posible castigo, mientras estábamos allí no nos movíamos. Jugábamos tratando de proteger lo sagrado y lo misterioso, resumido en la palabra Allah, que pronunciamos como un susurro capaz de crear milagros a nuestro alrededor, siendo sus palabras las más misteriosas y aterradoras. Siempre que escribo la palabra Allah oigo voces. Voces que parecen ecos de lo que he vivido en aquel asombroso espacio que atrae a mujeres cuyos hombros sostienen las tragedias y comedias de sus vidas diarias. Es un escenario en el cual son las protagonistas y las directoras, mientras, tras ellas, hay gente que va rodeando la oscura Kaaba.
La tela que cubría la Kaaba estaba impregnada con perfumes del antiguo Oriente que fascinaban a nuestra inquieta imaginación. Creíamos que, al arrimar nuestros cuerpos y nuestras caras a la casa de Dios, tocarla y espiar a quien estuviese dentro, esos perfumes impregnarían también nuestros poros, penetrando en nuestros sentimientos.

Una voz dramática y resonante

Entre los ecos de lo privado y lo público, las historias de las mujeres narraban los hechos cotidianos no como situaciones que pudiésemos vivir en casa, sino como leyendas. Hay dinámicas verbales en la narración poética: la voz de la mujer deja de ser suya; se convierte en una voz dramática y resonante que te atrapa como el argumento de una serie emitida de un viernes a otro. Era una serie en directo cuyos acontecimientos derivaban de los sucesos diarios. Por lo general, en la calle es posible ver capítulos de esta serie. Por ejemplo: el funeral del hijo irreverente de esa mujer que pasó un mes durmiendo en la entrada del pozo de Zamzam; o la boda del chulo cuya esposa sale cada viernes y cuenta sus historias entre postraciones a la Kaaba; o la loca divorciada que, una vez pasa por tu ventana, ya sabes que su escena ha terminado en una tragedia irremediable. De niños jugábamos en el patio, escuchando estas historias de las que éramos protagonistas y que se fundían con los relatos de naciones antiguas, presentes en las recitaciones del Corán y las llamadas a la oración.
Si naces en La Meca, tu imaginación se entremezcla con las palabras de Dios y las de las personas en una fusión dramática marcada por el misterio y el miedo, siguiendo la dinámica de una tradición narrativa oral que acaba escribiendo por ti los relatos venideros. Se te queda grabada la manera en que las mujeres, levantando los índices hacia el cielo, comienzan las historias bajo las palabras «¡Dios es mi testigo!». Nuestros ojos seguían con pavor la trayectoria de esos dedos, pues casi podíamos ver al espectador supremo ante el cual se contaban los relatos. De niños, creíamos que esas obras eran representadas ante un espectador absoluto: Dios. Esto ha grabado en mí la sensación de tener un público eterno, un poder infinito ante el cual expongo mis palabras y de quien espero las interprete hasta un punto al que la mente humana no llegaría.

Un ritual eterno

Este legado marcó mis manifestaciones existenciales con la musicalidad propia del Corán, las cuales fueron selladas por el eco del vasto desierto que envuelve La Meca. Es un desierto que se convierte en escenario y altar en la época del Hajj2, esa cita anual en la que personas de diversas culturas y latitudes se congregan creando en los valles sagrados de alrededor de La Meca una atmósfera en la que se reúne la humanidad en todas sus formas. Como aprendimos desde pronta edad, llevaban a cabo un ritual escrito por profetas y perpetuado por otras personas durante siglos.
Mi padre era mitwaf, un guía espiritual para los peregrinos, distinción que mis hermanos y yo hemos heredado recientemente. Los recibía en casa, les preparaba jaimas en Arafat y Mina, y los guiaba en los rituales sagrados. El día de Arafat es el más sobrecogedor. Desde mediodía, peregrinos de todo tipo se reúnen en el yermo desierto y permanecen allí hasta que cae el sol por el oeste. La pausa de un hombre durante ese día acabó por darle el nombre de al-waqfa, la parada. En ella, miles de cabezas desnudas se levantan hacia un cielo resplandeciente con cánticos, que son más bien himnos, hasta que aparece Dios oculto entre las nubes; y el sol, al ponerse, se arrodilla. Los peregrinos, ataviados de blanco, se dirigen hacia el horizonte; miles de personas se desplazan para reunir piedras con las que espantar al demonio, que es quien se interpone entre nosotros y Dios. Si apedreas al demonio, te deshaces del peso de tus pecados. También realizan sacrificios, expiando los crímenes por medio de la sangre.
Este guion ha sido seguido por la humanidad desde la Antigüedad y repetido por una multitud diferente de personas cada año; un guion que ha sido fundamental para mi desarrollo psicológico y textual, como también lo fue la fuerza de la narrativa que durante siglos describió el comportamiento humano. Recuerdo la placidez que seguía a la parada y al sacrificio. Vivíamos dentro del campamento de Mina, en una jaima con las paredes abiertas, presidiendo las cumbres de las montañas volcánicas, ante las cuales se elevaban antorchas y jaimas. Los peregrinos y peregrinas eran como un mar de blancura que se extendía bajo nuestra puerta. En una noche, toda esa blancura se desvanecía y era sustituida por atuendos de colores tan vivos que competían con el brillo del sol. Cuando desaparecía la blancura, se daba rienda suelta a las historias y cuentos que de todas las partes del mundo brotaban para nutrir nuestras imaginaciones. La diversidad llegaba a La Meca a través de los relatos que narraban por la noche entre las tiendas, mientras las antorchas convertían a las personas y sus gestos en sombras gigantes.

Representación filosófica

En fuerte contraste con el dinamismo de la tradición oral mencionada y su componente dramático, estaba el rígido currículo escolar. Empecé a intentar escaparme el primer día de clase, tratando de esquivar al conserje y huir a la calle. También comencé a desobedecer las rigurosas normas, llenando la mochila de libros prohibidos: obras de Oriente y Occidente. Nuestro plan de estudios nunca fue más allá de la rutina; textos monótonos que no presentaban ningún tipo de reto hasta que llegamos a Uqad. Uqad, cuyo genio, el de Mohammad, Abu Bakr y Omar, consistía en revelar lo humano en estos hombres que, por otro lado, la jurisprudencia islámica mostraba como modelos estrictos, deshumanizados y alejados de su intensa conexión con la vida. Atendiendo a la interpretación que hace Uqad de estos tres personajes islámicos y de sus conductas en torno a la espiritualidad de la fe, me di cuenta de que estos textos liberaban mi manera de entender la religión. Ésta pasó de ser un instrumento de castigo y terror a una herramienta que permitía tanto el autocontrol como llegar a la cúspide de las capacidades humanas. A pesar de la prosa austera de Uqad, o quizá a causa de ella, me obsesioné con el texto y lo acabé memorizando. De manera inconsciente, necesitaba aferrarme a su complejidad lingüística y sus empeños racionales y dialécticos para demostrar un fenómeno que él describe como psicológico. Creo que fue la base de todo mi poso intelectual, ora de Oriente, ora de Occidente.

De la mochila de mi hermano

¿Cómo puede haber ventanas abiertas al mundo en La Meca, con su escasez de librerías? Mi primera apertura al mundo, muy estrecha, vino dada por unos libros que robé de la mochila de mi hermano: Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas, y algunos libros de Arsène Lupin. Posiblemente, este robo fue una manera de reescribir la realidad que me rodeaba. Después de eso, seguí robando libros hasta que me sorprendí con Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, que nunca reconocí haber robado y que, entonces, no me atreví a leer. La verdadera apertura vino con La madre, de Maxim Gorki, que encontré por accidente en el cajón de mi abuelo materno. La revolución de Gorki rugió en mi mente y forjó la concepción de mi papel como agente de cambio en mi entorno.
Como mi madre es de origen ruso, la literatura rusa, ya sea La madre, de Gorki, o Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, es la manera que tengo de acercarme a mis raíces, esparcidas por la superficie terrestre traspasando las cortinas de acero puestas por regímenes políticos. Yo leo estirada, confiando en la conexión de mi madre con la tierra de la que escapó su padre cuando emigró, huyendo hacia la casa de Dios, en La Meca. La literatura rusa me dejó referencias del durísimo clima, de la nieve que anula todo signo de vida y de los conflictos a los que se enfrentan los individuos, contra el clima y contra los regímenes para llevar a cabo un cambio político.
Con todo, no nos preocupaban las posiciones políticas. Considerábamos que eran un lujo propio de países desarrollados, un ejercicio para que estas naciones demostrasen su dinamismo intelectual. Después de una historia llena de guerras e invasiones, la libertad no era una condición necesaria para la mayoría de la gente de la Península. A nivel social, estábamos, quizá, más interesados en nuestra inmediata riqueza que en que los ingresos del petróleo se invirtiesen en la construcción de ciudades modernas e infraestructuras económicas y científicas. Mientras tanto, a nivel individual, los planes educativos nos programaban física y espiritualmente para el conformismo y para consagrar el estado general de las cosas como algo intocable. Esto ayudó a moldearnos como individuos y como sociedad a fin de ser complacientes y estar libres de tendencias rebeldes en busca de la libertad.
La sacudida de conocimiento en la que se convirtió la literatura traducida conformó el medio con el que me he movido desde muy joven.

El cautivador universo de los libros

Ahora intento imaginar el choque al que la adolescente que fui se expuso enfrentándose a los libros y los cautivadores mundos que había en ellos, pues la transformaron psicológica y físicamente a partes iguales. No empecé a escribir por elección propia, sino porque había sido secuestrada y me identificaba con mis captores. Probablemente todavía no tenía catorce años cuando me atrapó La madre, de Maxim Gorki. A partir de ahí, ya no pude parar. Estaba poseída por el deseo de conectar con lo otro, diferente y emocionante, que llenó mi cabeza de posiciones y países que adquirí como parte de mi carácter y de mis propias posiciones. Yo los leo para que me hagan más guapa y más peligrosa, dando acceso a pueblos que no lo tienen a un lugar prohibido como La Meca. Mis lecturas me llevaron a licenciarme en Literatura inglesa y, a su vez, los estudios académicos me introdujeron en la tradición literaria occidental: de Homero y Sófocles al increíble trabajo de James Joyce y lo absurdo en Samuel Becket, haciendo una parada especial en Shakespeare, cuyas obras representábamos al aire libre en parques británicos. En verano, nuestro padre nos enviaba allí para aprender inglés y yo me embebí en sus obras, tanto las dramáticas como las poéticas.
De la literatura inglesa pasé a las aventuras de Rimbaud en África, me enfrenté a molinos de viento con Don Quijote, acompañé a Márquez durante cien años de soledad y me detuve en la biblioteca universal de Borges. Me quedé perpleja con la brevedad de Miguel Ángel Asturias en El alhajadito y me sumergí en los rituales japoneses descritos en los textos de Yasunari Kawabata. Creo que cada vez que escribimos intentamos reescribir lo que hemos leído, tratando de desatar nuestra necesidad de más y de descubrir lo que esos escritores anteriores a nosotros no pudieron: la cavidad donde se encuentra el deseo de un mundo ideal, perdido en algún momento de nuestra existencia. Creo que sigo escribiendo y reescribiendo la parada de Marco Polo en el palacio de Kubla Khan, según lo describe en su poema el filósofo y poeta Coleridge, intentando alcanzar ciudades y mundos maravillosos en los elementos que trajo de ellos.
Sigo buscando aquellos testigos mientras me sumerjo con D. H. Lawrence en la química de las relaciones humanas y los análisis que hace de sus complejos equilibrios. Equilibrios que transforman cada acción y cada desvío en una composición en la que interactúan contradicciones pese a las cuales la mente intenta reconciliarse consigo misma. Los libros de Lawrence se adentran a tientas en la caverna del alma humana, en el momento que el amor se mezcla con el odio, en el instinto que se enfrenta con la intención racional de esconder estas emociones y la trascendencia destructiva presente en esta mezcla de la que solamente nos atrevemos a hablar en textos literarios. Esta franqueza le dio su reputación como escritor obsceno y lo indujo a ese exilio voluntario, lo que él llama savage pilgrimage, en el que nos adentramos voluntariamente cuando decidimos escribir y somos lo suficientemente valientes como para divulgarlo. Las Mujeres enamoradas de Lawrence se materializan en mi novela El collar de la paloma, así como Marco Polo renace en Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y Las mil y una noches en el trabajo de Borges.
Cuando observo el cúmulo de mis lecturas, me doy cuenta de que poco importa cuánto hayamos leído: siempre está presente el texto universal por el que se enfrentan todos los artistas, o que intentan, por todos los medios, introducir en sus realizaciones culturales. Yo, como otros escritores, me sigo sintiendo llamada a incorporar esto en mis textos.
El millón y medio de palabras de En busca del tiempo perdido, en el que Marcel Proust trabajó hasta la muerte, profundizó mi manera de entender la literatura como una cápsula del tiempo, como una herramienta para recrear el día a día y ahondar en él, conectando el pasado con el presente. Era inevitable que En busca del tiempo perdido fuese rechazada por un buen número de editores, incluyendo a André Gide, ya que era una novela eterna como ninguna que perseguía las interminables memorias de un hombre que describía cómo pasaba la vida mientras permanecía días y días en la cama. De una manera u otra, yo concibo la literatura no tanto como una documentación del transcurso de los días, sino como un reto, una llamada a renovarse, a buscar de nuevo el momento o la acción y la naturaleza huidiza de los lugares. De hecho, este libro recrea el papel jugado por las beduinas de las montañas de Srat con la idea de que las personas no son más que agujeros en el tiempo. En otras palabras, muestra que ocupan un determinado espacio de tiempo a través de sus experiencias. La literatura, la música y el arte constituyen empeños por entrar en estas cápsulas, descifrarlas y descodificar los contenidos de la biblioteca universal para llegar a verdades absolutas sobre la existencia y transmitírselas a otras personas.

Filosofía, ciencia ficción y misterio

Cuanto más lees, más sientes la necesidad de un contenido serio en la redacción, así como también que ésta sea más ligera. La novela La rebelión de Atlas supuso una verdadera revolución en mi estilo, el cual fusiona asuntos serios con aventuras, pues me introdujo a la filósofa ruso-americana Ayn Rand. Pueden surgir ciertas preguntas sobre qué lugar ocupa la filosofía de Rand en mi bagaje espiritual, ya que ésta apela al individualismo y exalta la razón como único medio para alcanzar el conocimiento. La verdad es que me fascinó la novela, pues mezcla filosofía, ciencia ficción y misterio. El título hace referencia a Atlas, que en la mitología griega es un titán, un gigante que sostiene el peso del mundo sobre sus hombros. Ayn Rand explora unos Estados Unidos distópicos a los que invita a Atlas, representado en los líderes innovadores, industriales y artísticos del país, a rebelarse rechazando ser explotados por la sociedad. La apelación del carismático John Galt a parar la mente o motor del mundo, me inquietó bastante siendo yo adolescente, porque un mundo en el cual los individuos no son libres de crear es un mundo condenado. Así pues, de manera inocente, me consideré a mí misma una de esas personas de la mente del mundo y asimilé en mi redacción la ética objetivista de Rand: racionalidad, honestidad, justicia, independencia, integridad, productividad y orgullo.
Por otro lado, mis lecturas no solamente supusieron un refugio teórico y me guiaron hacia los entresijos de mi cabila intelectual, sino que me llevaron a considerar que el genio consiste en intensos momentos de soledad, momentos de volar por un reino privado cuyos socios no podemos permitir que sean mantenidos por carcelero o gobierno alguno. Este punto de vista sigue presente en mí y en el mundo en general: si le otorgásemos al momento de escribir esta particular santidad, también se la otorgaríamos al resto de ámbitos de la vida, permitiendo así la libre expresión del cuerpo y el alma simultáneamente. De ahí surge mi visión del cuerpo, el monstruo del que, según nos han inculcado, debemos huir aterrorizados. Se me cayó de los ojos esa venda fabricada con el miedo, y mi actitud hacia lo físico cambió. Reconstruí activa y silenciosamente cada libro que evocaba el amor, ya fuera físico o espiritual. Empecé por el amor platónico que había escuchado en las narraciones de Las mil y una noches y continué con el amor en las novelas de Lawrence, que más bien parece una elevación del alma y el cuerpo para hacerse uno con el otro y con el universo. Era inevitable que me sumergiera en esta exaltación del acto físico en la cresta de la carnalidad, de la manera en la que lo expresa una autora como Rand. Ella describe esto, el sexo, como la máxima celebración de los valores humanos, una respuesta a los valores físicos e intelectuales que confiere una expresión concreta a lo que, de otra manera, únicamente podría experimentarse en abstracto.

Un devenir constante

De esta manera, el amor físico se construyó en mi consciencia como un acto de total madurez. En este sentido, podemos encontrar ecos lejanos de la idea, presente incluso en el islam, de que el Día del Juicio Final no solo resucitarán nuestras almas, sino que, tras haber sido consumidos por la muerte, nuestros cuerpos también renacerán. No nos hemos preguntado por qué iba a resucitar un cuerpo contra el que luchamos y al que tememos. Quizá, de forma inconsciente, mis libros buscan la respuesta a esta pregunta y permiten al cuerpo realizar su tarea diaria, no solamente la última, reservada para el Día del Juicio.
Por este motivo, la huella más importante en la construcción de mis novelas la dejaron mis lecturas, formadas por novelas realistas, pero también por trabajos literarios que proponen una visión del mundo y la humanidad a través de sus narrativas artísticas, épicas, históricas, filosóficas y existenciales: de La historia de dos ciudades, de Charles Dickens, que narra un acontecimiento humano e histórico, a la épica del escritor italiano contemporáneo Roberto Calasso, que dedica volúmenes a reescribir los clásicos de las mitologías griega e hindú y a comprender la psicología humana, además de los trabajos del escritor británico John Berger. Habiendo sido éste crítico de arte y novelista, sus textos presentan una combinación modélica para la intelectualidad de nuestros días, ya que, en ellos, difumina los límites entre géneros artísticos, mezclando la pintura con la escritura y la música de forma descarada en Modos de ver, que trata sobre cómo mirar y cómo leer el arte y el pensamiento. Berger nunca dejó de pintar, y en sus novelas permite a los personajes moverse de forma dinámica entre la vida y la muerte sin poner barreras entre esos dos mundos. Mientras, busca nuevos formatos de narración, ya sea en forma de películas o libros. Ejemplo de ello es Otra manera de contar, obra hecha en colaboración con su amigo, el fotógrafo Jean Mohr, y en la que se sirvieron de la fotografía y la palabra para documentar y comprender las experiencias personales de los granjeros, así como otras cuestiones de interés general.
Escribir me mantiene viva porque es un acto de constante revisión, la consecuencia inevitable de que la literatura se apoderase de mí siendo tan joven. Mi voluntad lectora comenzó como un acto de salvación que emprendí en un entorno como el de La Meca, como quien encuentra en su cuerpo un alma creativa y original. Así, alma tras alma, sin fin, buscaba la línea que venía en la cubierta de cada libro, con la frase “Del mismo autor”. Entonces, seguía el hilo y leía todas sus obras, como si fueran una guía espiritual que, de manera invisible, encauzaba mis pasos hacia el descubrimiento de lo que ocurría en las mentes de los innovadores del mundo.

La sustancia explosiva: el pensamiento

Los filósofos que en el entorno de La Meca eran considerados depravados fueron los autores fundamentales de mi lectura. No adquiríamos estos libros en librerías, que únicamente disponían de clásicos árabes y textos religiosos, sino que lo hacíamos durante nuestros viajes veraniegos o intercambiándolos con lectores ocultos, como nosotros, que descubríamos a través de un secreto sentimiento de empatía. Un lector puede ser distinguido a primera vista, como si estuviese hechizado. Mirando a un lector a los ojos, puedes ver más allá de lo superficial, del velo que nos cubre preservando nuestras mentes de ser corrompidas por ideas de otras personas; o por ideas, en general. El pensamiento era una sustancia explosiva, prohibida en un contexto como el de La Meca. Con todo y con eso, nos las arreglábamos para encontrar y dejarnos seducir por Nietzsche, Kant, Simone de Beauvoir, Sartre, Sigmund Freud y Umberto Eco.
Es triste que esos intrusos no tuvieran éxito en corromper nuestras mentes. A mí me llevaron de vuelta a mi gente, de vuelta a libros sobre mística sufí y cultura árabe con un ojo revelador, ampliado por las mentes y los ojos de los pensadores que viven en mí. Investigué libros como Las maravillas de la creación, de Al Qazwini y El libro de los animales, de Al Jahiz, que dan cuenta de la temprana imaginación científica. En particular, el libro de Al Jahiz fue, en su momento, como una guía para descubrir mundos y conocimiento a partir de las letras. Las usa para escribir su libro, en el que aparecen los seres que forman esas letras y las historias de los mismos, así como tratamientos y testimonios históricos. El libro de los animales me enseñó que la letra no es más que la biblioteca universal en la que yo misma era capaz de entrar, perderme y crear milagros.

Modernidad y mística sufí

Ni mi mente ni mi perspectiva se ciñeron al currículo escolar, a pesar de las expectativas de quienes querían encuadrarnos en él con la noble misión de proteger nuestra virtud y homogeneizarnos para no sorprender con ninguna novedad que pudiera retar su estancamiento. Así, no tenía ningún problema en relacionar a Ibn Arabi, Sahrawradi, Al Nafari y Al Rumi con volúmenes contemporáneos de filosofía y psicología. ¿Cómo se armoniza el pasado místico con el pensamiento filosófico occidental actual y su profundo materialismo? Para mí, esto sucedió de manera espontánea y lógica, forjando mi identidad, en la que se combinan modernidad y posmodernidad con la mística y la lengua de aquellos místicos que guiaron los destinos de la Península Arábiga durante la época preislámica.

El río y la gran misión

Es increíble descubrir que en mi sentido del ser en la tierra participen escritores occidentales como el suizo-alemán Hermann Hesse, que es uno de los puentes entre mi poso intelectual oriental y occidental, entre lo material y lo espiritual. En Siddhartha, el héroe sigue su camino hacia la iluminación, para descubrir que no alcanzará la sabiduría de ningún maestro, sino de un río que discurre rugiendo de manera divertida y de un viejo bobo sonriente que, en el fondo, es un santo. Este río es el resultado de sus experiencias y lo que hay en ellas de placer y de dolor. En él fluyen todos los seres. Es un elemento que también está presente en El Corán, donde se indica que aparecerá en el Paraíso y que las almas de todos los seres discurrirán por el llamado R­ío de los Animales. Esto configuró mi forma de ver el mundo y la humanidad, que yo percibo como un río en el que se condensan todos los colores, todas las religiones y opiniones de las personas en su senda de búsqueda de la iluminación, la perfección o la unión con lo Absoluto.

1 Cuentacuentos, una figura muy común e importante en Oriente Medio que normalmente relata historias de personajes históricos y leyendas.
2 Peregrinación a La Meca.