Sargon Boulus: POESÍA Y MEMORIA

“Estoy aquí. Estas dos palabras incluyen todo lo que se puede decir. Empiezas con estas dos palabras y vuelves a ellas. ‘Aquí’ quiere decir sobre esta tierra, sobre este continente, no sobre otro, en esta ciudad, no en otra. Y esta época yo la llamo mía, este siglo, este año. No me han dado otro lugar ni otro tiempo, y toco mi mesa de escritorio para alejar de mi alma la sensación de que mi cuerpo es fugaz. Esto es esencial, pero, al fin y al cabo, la ciencia de la vida depende del descubrimiento paulatino de las verdades básicas.”        Czeslaw Milosz

El poeta trata el tiempo mientras se escapa de sus dedos gota a gota, y luego se vaporiza hasta volverse nada. En uno de sus poemas amorosos, Ghalib dice: “La gota que no se convierte en un río se la bebe la arena”(1). Una y otra vez, cuando escribo, descubro que no recuerdo el pasado, ni recuerdo una persona, un lugar, una escena, una voz o una canción sino que recuerdo, ante todo, las palabras. Las palabras y sus reverberaciones en mi memoria. Las palabras que habitan en cierta memoria que llevan los ecos de un tiempo y de un lugar específico. Pero el problema para el poeta no es esencialmente un problema de vocabulario, sino cómo el poeta puede lidiar con el vocabulario antiguo y formularlo en nuevos contextos, en estructuras creativas que hablen de nuestro presente y arrojen luz sobre lo que está sucediendo ahora. Por ello, la función de la memoria no es simple: el poeta no solo debe conocer las palabras y sus significados, sino también olvidarse de los contextos vinculados a ellas.

Czeslaw Milosz y Sargon Boulus

Por mi propia voluntad o contra ella, no dejo de ir al pasado y regresar de él. La poesía es una excelente manera de explorar las áreas ocultas de la vida que vivió el poeta, y las áreas sombrías donde te esperan innumerables descubrimientos, todas esas cosas que te han formado y te han hecho a ti lo que eres ahora: los lugares, los tiempos y las circunstancias en los que has vivido, todas las cosas que te han formado. Por eso, el proceso de volver a la memoria es tan importante para mí, volver a esos detalles que solo están en mi cabeza. Entonces, la infancia es una fuente mágica que existe entre la sombra y la luz, que anida tan profundamente en el pasado que siempre se puede evocar con nuevas sombras, que pueden caer en el reino de los sueños.
Nací en un pequeño pueblo llamado Al-Habbaniyya en medio del desierto de Al-Dulaima, donde solo vivían beduinos y cabras. Por eso, el lago artificial alrededor del cual fue construido el pueblo, tuvo un gran impacto en la vida de los habitantes, la mayor parte de ellos asirios, que fueron llevados por los británicos a esta región después de que sus familias fueron masacradas y expulsadas de sus hogares, primero por los turcos otomanos y los kurdos en 1915 y luego por el ejército iraquí y los kurdos del norte de Irak en 1933. Al-Habbaniyya se convirtió en una base militar británica, donde trabajaba mi padre, igual que la mayoría de los otros asirios que habían sido reclutados en el ejército británico, así como los indios sijes, que nos asombraron con sus barbas y sus turbantes. Uno de mis primeros recuerdos memorables es cuando mi padre me llevó a su lugar de trabajo en la base militar donde solo vivían ingleses. La base estaba rodeada por una enorme valla. En esa visita, por primera vez, vi a mujeres inglesas tomando té, casi desnudas, sentadas entre las flores y hermosas praderas cuidadas. Las pecas cubrían los rostros de algunas de ellas como sandías amarillas o víboras. Eran un tipo de mujeres totalmente distinto a nuestras madres y hermanas, que a menudo se vestían de negro, como si acabaran de venir de un funeral. Eso fue como pasar por un agujero en la pared del paraíso, para encontrarte en otro mundo.
Después de un tiempo dejamos Habbaniyya y nos mudamos a Kirkuk, una ciudad en el norte del país, donde casi no había agua, excepto un pequeño río que permanecía seco durante nueve meses al año, luego se desbordaba repentinamente y sus aguas sumergían los ganados y los caballos, así como a varias personas. El recuerdo de este fenómeno se quedó tan grabado en mi memoria que lo plasmé unos treinta años después en un poema titulado “Testigos en la playa”, escrito en San Francisco. Entonces, fue la mudanza de los exuberantes jardines donde las damas inglesas tomaban el té a una ciudad seca cubierta de tierra rocosa, pero inundada por el olor a petróleo que llameaba día y noche de los campos petroleros de la Compaña de petróleo iraquí. Por eso, la gente caminaba con la luz por la noche como si fuera de día. Era como un viaje de Gulliver para un muchacho pequeño. El petróleo se esparcía por todas partes, y casi toda la población trabajaba en la Compañia (que, por supuesto, estaba dirigida por los eternos británicos). La mayoría de los que vivían allí eran turcomanos, muchos habitaban en un antiguo castillo rodeado de misterio, Era como si estuvieras frente a la historia allí cada día. La historia asiria, armenia, turcomana, kurda y árabe se entrelazaban y se vertían en un molde como una torre gigante de Babilonia. Por eso, cuando escribo mis poemas en árabe, que es asirio (arameo y siríaco) en un setenta por ciento, siento que hago eco de todas estas voces, porque creo que cualquier idioma contiene todas las huellas de la memoria de las comunidades que contribuyeron a formarlo. Para un poeta, nada puede perderse.
El escritor es un testigo de su tiempo, y debe ser consciente, en medio de todo este caos, locura, guerras y masacres, de esas débiles voces que nos hablan del pasado, de otras vidas enterradas en el vientre de la ballena denominada historia. Los poetas viven la mayor parte de sus vidas esperando algo, un hecho oculto que puede revelarse, porque de repente surja otro hecho específico que provoque alguna interacción. Algunos poetas, especialmente los afortunados y los más grandes, pueden transmitir una historia completa a veces en una línea, en una imagen o en un poema. Siguen fascinándome y dejándome perplejo las palabras de Paul Celan: “Una conversación sobre la justicia permanece vacía hasta que un buque de guerra golpee la frente de un hombre que se ahoga”. En cierto modo, esta frase lo expresa todo: la imposibilidad de ser quienes somos y la posibilidad de convertirnos en lo que podemos ser.
Gertrude Stein tenía razón cuando dijo: “Un escritor debe tener dos países, un país del que procede y otro donde realmente vive. El segundo país debe ser romántico, separado de él, no real, pero efectivamente existe… Por supuesto, la gente a veces descubre su país como si fuera el otro”. Si hubiera una definición real de exilio, sería esa. Me refiero al exilio eterno, sin el sentimiento nostálgico de regresar (porque en realidad no hay retorno: “Nadie puede cruzar el mismo río dos veces”). Cuando te conviertes en un inmigrante, un inmigrante eterno, nunca podrá recuperar el Paraíso.
Hay un cuento atribuido a Rumi que dice: “Un hombre fue a la casa del amado y llamó a la puerta. Una voz desde dentro le preguntó: ¿Quién está en la puerta? El hombre respondió: “Yo”, y la voz le dijo: “No creo que esta casa sea lo suficientemente grande para albergarnos a nosotros dos”, y la puerta permaneció cerrada. El hombre regresó, con el corazón lleno de perplejidad y confusión, pensando en esas palabras, contemplando sus significados ocultos. Tras haber vivido un año en soledad, privándose de los placeres más simples de la vida, finalmente decidió regresar a la casa de su amado y tocó la puerta. La misma voz le preguntó desde dentro: ¿quién está en la puerta? El hombre respondió: “Tú”. Entonces le abrió la puerta. Por supuesto, el místico debe pasar por toda una serie de ejercicios espirituales estrictos hasta que le abran la puerta y entre en la casa del amado a quien los místicos llaman Dios. Sin embargo, la tarea del poeta, cuyas únicas herramientas son las palabras, es diferente. Para él, la puerta permanece cerrada hasta que triunfa, por medio de plena dedicación, en penetrar en el misterio del lenguaje. Y como el arte es largo y la vida es corta, según Horacio, ningún poeta puede llevar a cabo por completo esta enorme tarea, ni siquiera el poeta más extraordinario. Lo que sucede es que cada poeta, a lo largo de la historia, consciente o inconscientemente, continúa el trabajo realizado por los poetas anteriores, algo parecido a un poema infinito que se extiende hasta la eternidad, o para siempre.
Czesław Miłosz escribió un poema que expresaba exactamente esto. El poema habla de los fascinantes poetas viajeros a lo largo de la historia, que suelen ser un grupo de varias personas que eligen su estilo y tienden a decir la verdad- generalmente de una manera quijotesca y a veces de una manera infantil- y la sociedad a la que atacan siempre los evita. Siempre están al lado de los débiles y los oprimidos, elogiando la flor, la inocencia de un niño o la belleza de una mujer. A pesar de que los poetas podrían apuñalar a un rival por la espalada debido a la envidia, escribió Miłosz, seguirán traduciéndose entre ellos a su propia lengua porque saben que están juntos en todo esto. Después de todo, ellos fueron los que eligieron entre “la perfección de la vida o el trabajo”, como escribió Yeats en su poema “La elección”. En el mismo sentido, Borges repitió en su ensayo “La flor de Coleridge” una idea similar: que todos los poetas han ido elaborando la misma epopeya antigua, de la que cada poema es solo un fragmento.
Me gustó tanto el poema de Miłosz que lo traduje al árabe, y fue publicado en un periódico árabe en Londres, donde el premio Nobel iba a dar un recital en el Festival Internacional de Poesía de Londres. El gran poeta quedó fascinado por la imagen de las letras árabes cuando se lo mostré y me preguntó con entusiasmo qué poema era. Le dije que era “Un informe” y que obviamente fue dirigido a Dios, o a alguna entidad que él llamó “El Altísimo”. Milosz sonrió. “Oh, sí, por supuesto”, dijo. “Sabes, le he enviado muchos informes a lo largo de los años, pero Él nunca me ha respondido”. No pude evitar decirle al gran poeta: “Quién sabe, tal vez algún día lo haga”. En aquel entonces Milosz tenía ochenta y siete años, pero todavía era fuerte y estaba lúcido para su edad. El encuentro fue tremendamente vívido, esto es lo menos que puedo decir estando en presencia de este gran poeta. Aquí había un verdadero testigo de la época, un hombre que había atravesado la guerra y la locura, había visto a toda una civilización irse a la ruina y, a través del puro amor por la poesía y la pasión suprema que la impulsa, sobrevivió para contarlo.

 

San Francisco, abril de 2007