Chawki Bazih: Dos poemas

Chawki Bazih

 

Gritos de los árboles

Si al inicio no fuese más que una planta
de padres desconocidos
que nada en aguas poco profundas
la habría considerado mi madre.
Si al inicio no fuese más que un aroma
quemado sobre la paja
mis pulmones habrían repartido
su parte del fuego
porque desde el inicio
nunca he escuchado
más que la respiración de las hojas en mi pecho
y la hierbabuena flotando como pequeños barcos
sobre la superficie de mi infancia lejana
y lo que me revelaron mis ojos
como imágenes y formas
cuya luz mantuvo con interrupción
sueños confusos de árboles
que dejé tras de mí
cuando nací
bajo de un cielo de signo Capricornio.

Me meció con sus patas
una cuna hecha de troncos de roble
moteada con lágrimas
después me crió con su sonrisa virgen
el arbolito de durazno
y la albahaca que luego fue desnudando
el desastre de los años arbitrarios.
Me llenaba las palmas de mis manos con su perfume seductor,
bajo un cielo de signo Capricornio.
A su manera me criaron las nubes,
me cantaron sus canciones
con dulce voz de ruiseñores
los más bellos ríos en las tierras silvestres de antaño.
El viento no tenía
ninguna casa para cobijarse
por eso lo imaginé
sacándome del sobaco de mi padre
y poniéndome sobre el lomo de las montañas
para que compartiera con ellas la morada
en un invierno
que se convertiría después
en mi tránsito terrenal hacia la poesía,
el cordón que une las letras
con el ombligo del significado.
Mi estatura fue creciendo en el no tiempo,
de un día a otro empecé a volar
y de una estación a otra,
recorriendo descalzo
valles cubiertos de barro después de los diluvios
y los susurros de los guijarros
cuyo adormecido silencio
se relevan en custodiar los soles.
La tierra no me privó
de sus rotaciones
ni el miedo me privó de sus fantasmas,
ninguno de ellos fue avaro conmigo.
Sobre mis manos hay hierbas primitivas
cuyo verdor rodea la muñeca de la llanura.
Temprano aprendí a leer
en las manos de una piedra
que se consagró al ascetismo,
bajo la ermita del agua
recité mi primera oración
y en el regazo de una viña
que se emparraba sobre el techo de la casa
conté las estrellas.
De sabor amargo
me alcanzó el deseo de amor,
y bajo las miradas del cielo
recogí de los labios de una chica
que persistía en negarse
la miel del primer beso
en el paraíso de la hembra
Casi oigo ahora
tras las ventanas de la cincuentena
su risa sobre el hombro de los valles,
casi toco con las manos
el néctar de aquella voz
llevando sobre su ronco canto
un río de anémonas
de inalterable flujo hacia la poesía
en aquel remoto soplo blanco.
Me fui
despojado de cualquier forma
abriendo ampliamente las puertas
a lo que abarrotaba mi cuerpo de colores
en aquel soplo de viento.
Mi alma se adiestró a oír
la lluvia que fluye
sobre la hierba de la quietud,
la golondrina con el plumaje teñido
con la sangre de Husayn
antes de disolverse como lágrimas
en los párpados del aire,
la gota de luz que la lámpara
de la noche todavía deposita
en las cuencas de los ojos de los muertos
durante la noche oscura,
la grieta permanente en la pared de la antigua alegría
y las calumnias de las alondras
contra los campos de trigo,
en aquel soplo se fortaleció
el cuerpo de mi infancia,
todos mis poemas están macerados
con la leche de aquel mundo veraniego,
todas mis visiones las completa
el esparcimiento de los pelos de una espiga
en el horizonte del anhelo,
y toda la leña que encendí
en el horno de los deseos
está en deuda con aquel pasado de su chispa,
después cuando me alejé
mis sombras absorbieron el bosque de las mudanzas,
solo velaron sobre mi destierro
las espinas de un cactus
que se ofrecieron para cuidar mis amargas llamadas de socorro
cada vez que me sumergía en mi sed
y permaneció la flor de granado
mirándome con su color rojizo
hasta que desaparecí del alcance de la infancia,
solo los árboles me prestaron atención
y empezó su murmullo cotidiano
a surcar mis recuerdos
cual larga fila de tumbas
cuyos epitafios apenas se ven
a simple vista.
Entonces,
yo, el hijastro de sus troncos cansados
y gemelo lejano suyo, le debí decir:
saludos del corazón sincero
oh, raíces sosegadas en sus ermitas,
saludos a los estremecimientos de las lágrimas
por las canciones,
por la combustión de los soles en los espejos,
las inclinaciones de las manos sobre los campos de tabaco,
el gorrión elevándose de repente
del abismo de recuerdos
sin inclinarse sobre los frutos
y los relámpagos asaltando como buitres
un atardecer oscuro.
Saludos, oh niño que se asoma
desde lejos
sobre la superficie del barro abandonado
igual que una constelación de rostros
con las entrañas heridas.
Saludos, oh árboles que derramaré
alguna tarde verde
cual manantial
en el regazo de su tierra virgen,
y tú, oh campo baldío,
oh país sereno
como un cementerio sin muertos,
me quedaré de guardia cual sombra
de tus alturas, de ceñidas pestañas,
sobre el sol,
o apoyándome, cual mediodía en el corazón de los guijarros
o amodorrándome como el musgo
bajo la noche de tus aguas ciegas

 

¿Cómo puedo acabar el poema?

 

Al principio no vi la luz
que todavía no era luz
para que la vida caminara guiada por sus pasos,
viento girando sobre sí mismo
como las serpientes,
mordiendo la piel del firmamento.
No vi el sol desde el resquicio de la puerta
cuando nací,
no veía más que el chirrido de las nubes
que sangraban gota a gota
por las venas del invierno
en los más fríos días de enero
yendo a la tierra,
en la sombra de los más impetuosos meses
palpé los pelos del agua
en cuyas pestañas, de niño, me refugiaba
y las rocas de cuya rigidez surgían las lágrimas,
me pararon sus protuberancias
en la cima de un acantilado profundo
para contemplar desde su altura
los latidos del corazón de las estepas
y la proyección vertical de la piedra.
Quién sería yo entonces?
¿Una hierba en las hendiduras de la tierra
o una pared
para apartar a la infancia de su miedo
al aullido de los lobos
y a la oscuridad de los sótanos?
Quién sería yo
sino lo que se ha disipado del sueño de aquel muchacho
que conocía con su intuición
la cita de desflorar las flores,
el enigma de madurar los frutos
y el tiempo de dormirse los árboles,
aquel que ocultaba el sol
en su pecho cual hormigas
para calentarse en las largas noches del invierno.
Ahora rescato los espectros
de aquella vida que he llevado
como el río recupera los detalles de su cauce
en la desembocadura.
Éste soy yo:
Un paso hacia el cruce con la tierra
hundida en el fango
y otro colgado cual columpio
en las cuerdas del aire.
Éste soy yo:
revoloteando cual golondrina con las alas de una nube
o una cantinela de camellero.
Éste soy yo
mirando hacia lo invisible
desde unas alhajas azules
cuyo sol se alza cual diadema sobre mi cabeza.
Éste soy yo
llevando en una mano los libros escolares
y en la otra
una cesta de aire fresco,
y aquí están los límites del cuerpo:
Desde el poniente acantilados que llevan al mar
si no los devuelven los espejos
hacia sí mismos,
y desde el levante los dientes del pernicioso viento
que muerde el monte Hermón
para derretir la nieve de la infancia
antes de tiempo.
El norte era mi guía hacia la perdición
mientras al sur
mugía una bandada de torrentes que improvisaron
con los antiguos profetas
los montes de Galilea.
No le faltaba al niño
más que el roce del caballo de las nubes
con su hembra
para que el relámpago le iluminara
la herida sabrosa de las mujeres
y para que le alumbrara el temblor del sexo
en la madurez
sus confusos poros.
En los más claros días
estaban los despojos de las plantas
acelerando los pasos hacia él.
Después vinieron las mujeres de la noche
desnudas de cualquier vestimenta
para hacer de su cabeza un semillero de los demonios.
Cualquier brisa
que transitó por la llanura de trigo
la tenía que recoger,
cualquier astro
superando su órbita
tenía su hambre a la belleza que perfeccionar,
cualquier fruto
colgando sobre el rostro de la aurora
tenía el alma que apagar sus alientos
en la tinaja de la imaginación.
Y la poesía no era entonces
más que una detención de deficiente lengua
delante de la puerta de una epopeya llamada Creación
hasta que Dios dijo a la tierra:
Saca los trineos que llevas en tus entrañas.
Entonces vi la música afinar sus cuerdas
con la revelación de las melodías en pie,
y para perfeccionar el poema
mi poesía tenía que conversar
con los mechones de pelo de las estrellas
que se hundieron cual constelaciones en puras albercas.
Tenía que tener
un espacio como éste
para parar aquel país pausado
en su curso
hacia las sublimes mañanas
o para agitar las sombras que oscurecieron en las manos
para que el símbolo recuperase la pesadumbre
que perdió.
Cómo puedo acabar el poema
sin aquellas raíces
que se levantaron como pequeñas fortalezas
sobre la superficie del tiempo.
Cada sentido, entonces, no lo sostiene
la ráfaga de aquel barro
y su éxtasis quedará
deficiente,
cada visión colindará con su perdedor
si su tinta no duerme
en el lecho de las plantas
ahí donde la naturaleza es la madre de la lengua
y la clarividencia es hija de la visión.
Cada poesía es un polvillo
si no es una semilla
en el sendero de las tempestades
o un ramillete de terquedad
que recrea la vida
desde el origen
o un cartero de la lluvia,
por eso solo los árboles acabarán el poema por mí
si muero.

 

Traducción del árabe: Khalid Raissouni

De la antología poética Sirah al-ashyar
(Gritos de los árboles), publicada en 2007 por
Dar al-Adab en Beirut, Líbano