Yasmeen Hanoosh: Los chicos de las paredes

Traducción del árabe: Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita

Como un pozo vacío

Como un pozo vacío o una hoja en blanco de la que han borrado un cuento largo y complejo, así amaneció mi ciudad cuando me desperté ayer. Por lo menos, me dije en un primer momento, no ha desaparecido por completo. Sólo las paredes. Todas. Las que hasta hace nada estaban al alcance de la vista. Como si una goma de borrar se hubiera cebado con ellas, con las paredes.
Me equivocaba, tal y como no tardaría en comprobar. También habían desaparecido otras muchas cosas.
No os ocultaré que el corazón me daba saltos de alegría cuando mi rostro recibió la primera brisa de una mañana libre de muros y tabiques y los ojos se colmaron de rayos de sol, tendida como estaba en la cama, tratando de asimilar tan novedosa escena. Mentiría si os dijera que esa ausencia no acarreaba una sorprendente tranquilidad, un sentimiento de limpieza, de verse libre de una poluta y antigua acumulación, una conminación divina a buscar algo nuevo. Las paredes de nuestra casa estaban corroídas por los agujeros de las balas, las grietas provocadas por las explosiones, la humedad salina, las termitas y un sinfín de desastres que tan impúdicamente se venían mostrando a la vista desde hacía cuatro décadas; durante unos instantes, me alegró comprobar que se habían desmoronado sin hacer ruido ni dejar escombros o recuerdos. El techo también se había disipado; ya no había nada que lo sostuviese. Aun cuando me sentía dichosa y seguía llevando el pijama, experimenté una descarnada desnudez mientras oteaba el espacio que había quedado al descubierto. Busqué las zapatillas y salí corriendo de mi habitación sin confines. No tardé en comprobar que todas -las paredes- habían corrido la misma suerte. Las casas vecinas aparecían en toda su realidad, el recuerdo de una intimidad cuyos inquilinos trataban, atenazados aún por el estupor y el sopor, de evocar, yendo de un lado a otro por entre sus enseres, con un halo de anonadamiento compartido.
Ahora las cosas aparecían expuestas a los ojos de todo el mundo. Sentí una enorme satisfacción al descubrir, según iba andando por lo que antes hacía de pasillo entre mi dormitorio y el baño, que a los demás también los había sobrecogido un sentimiento similar de desnudez y alegría, aunque nadie se atreviera a confesarlo. Mis ojos se encontraron con los de mi vecina Jawla, que regurgitó un sonido de sorpresa al verme. Pensé que querría informarme de que se sentía contenta, como yo, pero comprendí, cuando entré en el baño y lancé una mirada sonriente al espejo que estaba tirado en el suelo una vez desaparecida la pared que lo sujetaba, que la mitad del bigote se me había borrado también. Eso era, le hacía gracia mi bigote. Recorrí con la mirada el espejo, unos momentos, intentando asimilar la imagen de un medio bigote. El lado izquierdo había desaparecido. Dejé de pensar unos instantes y aparté la vista del espejo. Al poco, volví a buscar mi reflejo y el espejo me dijo ahora que el ala derecha era la que ya no estaba ahí, y sí la izquierda. Volví a ponerlo en el suelo. Estaban pasando cosas maravillosas a mi alrededor y no podía perder el tiempo pensando en un bigote.

Salí a la calle

Tras unos desayunos tan fugaces como caóticos preparados por los hombres a los hijos y a sus esposas en las cocinas, expuestas ahora a la mirada indiscreta de cualquiera, la gente pasó a aglutinarse en las salitas de huéspedes, que ya no eran tales, y comenzaron a formar numerosas comisiones de investigación. Al final, la mayoría acordó que los varones adultos se apostaran cerca de lo que antiguamente eran sus casas, para guarecer las propiedades y cuidar de los niños; mientras, las comisiones femeninas se repartirían por doquier para indagar y com-probar si los barrios contiguos y de más allá se habían quedado también sin paredes.
Después de mucho rogar, convencí a una de aquellas comisiones de que me permitieran integrarme en ella. Estaba solo, sin mujer en quien delegar ni hijos a los que cuidar. Las miradas con las que las mujeres de la comisión me miraron a la cara, o quizás sólo se estaban fijando en el bi-gote, me hicieron comprender que se hacían cargo de mi situación. Me dejaron unirme a ellas.
Durante nuestro periplo de barrio en barrio se repetía la misma escena: gente desconcertada, personas desubicadas en busca de los recuerdos de sus hogares, seres que improvisaban compartimentos para permitir que los miembros de la familia recuperaran la intimidad de los retretes, mujeres aderezando cortinas y lienzos para que otras mujeres pudieran dar el pecho a sus lactantes o cambiarse de ropa o arreglarse un poco antes de emprender un largo viaje.
Andábamos, y la privacidad de los hogares se revelaba ante nuestros ojos como una sencilla adivinanza, una túnica que se descompone progresivamente porque un pie travieso pisa con fuerza el extremo de un hilo suelto. Los contornos de las casas se confundían ahora con los de las calles. Completamos nuestra ruta, desde al-Baradiya hasta la parte vieja de Basora, pasando por la plaza de Shahid al-Mihrab, que no se había visto afectada por el extraño suceso porque allí, para empezar, no había edificios. El resto de viviendas, comercios y lugares públicos por los que pasamos comparecía sin paredes ni techos. Los enseres se apilaban en total descon-cierto, formando pequeñas colinas, sobre todo en los edificios que antes tenían varias plantas. Veíamos a los inquilinos de las casas rodeando las pilas de objetos, examinándolas, llevándose las manos a la tripa para sostener mejor la risa. Todos se reían. Nosotras, también: era una risa contagiosa. Les preguntamos qué les hacía tanta gracia. “Ver todas nuestras cosas así, amon-tonadas -nos dijeron-, eso da mucha risa”. Puestas de este modo, sin ton ni son, parecen absurdas.
Un grupo de chicas, de unos veinte años o un poco más según me pareció, se acercaban, raudas. “¡Shatt al-Arab ha desaparecido! ¡Shatt al-Arab ha desaparecido!”, gritaban. Corrimos hacia ellas, en busca de detalles. Aquello sonaba terrible. Con los brazos desnudos señalaban en dirección al puerto, adonde marchaban a toda prisa para comunicar la noticia a más gente. Yo me quedaba rezagado, incapaz de sostener el ritmo altísimo impuesto por las mujeres de la comisión, decididas a llegar a al-Asshar sin prestar atención a mis vergonzantes jadeos.
Cuando llegamos a al-Dakir vimos algo asombroso. Los astilleros, con todos sus desechos, chatarra y pecios se habían convertido en un gigantesco parque de atracciones. Tan grande era nuestra sorpresa que no nos percatamos de que ya no había agua alrededor del lugar y que éste se había convertido, con todo lo que en él había, en una llanura de extraordinaria belleza. Los barcos estaban varados en el lecho del río, y los canales adyacentes convertidos en grandes for-talezas para alegría de los niños. Las niñas llenaban el lugar con el alegre estruendo de sus voces. Reemprendimos la marcha sin dejar de contemplar aquellas escenas vivificantes, viendo cómo las niñas trepaban por las jarcias, saltaban desde los pescantes y combatían con pistolas de agua. Algunas de las integrantes de nuestra comisión decidieron unirse a las pequeñas y dedicarse el resto del día a jugar. Las otras, también yo, optaron por continuar la marcha hasta la ribera contraria.
“El puente de Tanuma ya no está”, gritó una de las mujeres de nuestra comitiva que se había adelantado hasta la mitad del lecho del río y se había asomado hacia el sur. Reemprendimos la marcha en esta dirección, para investigar. Al llegar comprobamos que no había nada entre una orilla y otra. El puente de Tanuma había desaparecido por completo para dejar su sitio a un vasto campo de fútbol. A algunas las atrajo la idea de visitar el pueblo de al lado, que ya no estaba separado por ninguna frontera, y allá nos dirigimos, con gran expectación. Algunas se quitaron la ropa y comenzaron a hacer como que nadaban en pos de la ribera opuesta de Shatt al-Arab. El resto de la comitiva, y yo también, mirábamos con gozo el espectáculo de aquella desnudez y después reemprendimos la marcha. No tardamos en darnos cuenta de que nos habíamos entrometido en un disputadísimo partido de fútbol. Lo que me llamó la atención, mientras pasábamos a paso ligero por entre ellas, fue que las jugadoras de los dos equipos hablaban en multitud de lenguas y aun así parecían entenderse. Rechistaban y bufaban lo mismo en kurdo que en árabe, turcomano, hebreo, arameo o persa.
Estábamos cerca del confín de la ciudad. La curiosidad nos empujó a avanzar. Hacia el sur, al pueblo de Yaykur, donde queríamos encontrar a un sabio que, según nos habían dicho, vivía allí y podría ayudarnos a interpretar todos esos extraños sucesos y adivinar sus consecuencias. Ya al mediodía pasamos por los antiguos palacios del presidente, convertidos ahora en rimeros de pertenencias sin compartimentos. Intentamos fiarnos a los recuerdos que podíamos tener del curso del río ahora inexistente para no salirnos de él y tropezar con alguno de los contenidos ocultos en aquellas instalaciones, como mate-riales tóxicos, objetos cortantes o gases lacrimógenos.
Al llegar a Yaykur nos sentamos en el café rústico cuyas paredes, de cañas y juncos, ya no existían. Las palmeras se curvaban en nuestro derredor cuando nos llegó una noticia de gran calado: todos los pueblos y ciudades existentes al otro lado de la frontera natural de Shatt al-Arab se habían quedado, asimismo, sin paredes. Las casas, a la intemperie, y sus inquilinos dando gritos de alegría. Las lindes se habían desvanecido; en su lugar se veían hileras interminables de chiquillos que jugaban con enormes montones de arena, procedente de los miles y miles de sacos terreros que había dispuestos en forma de parapetos a lo largo de las dos orillas, para evitar que el río se desbordase. No habían servido de mucho.
Pronto comprendimos que la desaparición de Shatt al-Arab con sus sacos de arena era una muestra más del fin de las fronteras naturales que impedían que los pueblos mantuviesen contacto directo entre sí. Segundos antes de terminar el boletín de noticias, llegó una comitiva de Shayj Sáleh a anunciar que el cinturón montañoso que, partiendo desde su aldea, en el extremo noreste del país, serpenteaba hasta Zajo, en el noroeste, se había desintegrado. En su lugar, ahora había una extensa llanura donde pacían los ganados y los chicos bailaban dabke en círculos. Otras muchas noticias incidían en lo mismo: montañas enteras desintegradas y chiquillos bailando donde antes de alzaban altivas cumbres.
La noche acechaba. Había cierta preocupación en el grupo, porque debíamos encontrar un sitio para resguardarnos en una tierra huérfana de paredes y techos. Por fortuna, encontramos a unas gentes que habían dispuesto tiendas de campaña en varias áreas, tiendas de gran tamaño que, decían, podían dar cobijo a todas sus familias y a cualquier comisión desplazada desde este o aquel punto de la tierra. En una de esas tiendas, un aparato de televisión difundía la noticia de que el gran muro que separaba a los habitantes originarios de la tierra y los que habían venido después también había caído. Según añadieron, aquella misma mañana habían desaparecido todas las jaulas que separaban al género humano del resto de especies. Con lo que nos contaban por aquí y nos resumían por allá nos quedó claro, asimismo, que no quedaba ni una sola cárcel en pie, en ningún sitio. ¿Qué es una cárcel sin muros, tapias ni paredones?
Apagamos la televisión y corrimos las cortinas, a la espera de lo que pudiera depararnos el nuevo día por venir. Pero, poco después de haberse quedado todo en silencio, cuando estábamos a punto de entregarnos al sueño, nos alarmó un grito de dolor procedente del río extinguido, desde el sur, cerca de Fao. Tomamos las linternas y salimos de nuevo a ver qué pasaba. Cuando llegamos al lugar de donde procedían los lamentos, ya de madrugada, pudimos aspirar el olor penetrante del petróleo y encontramos a una muchedumbre de soldados y diplomáticos extranjeros, estadounidenses y británicos en su mayor parte. Lloraban, chapoteando en un charco maloliente, cerca de un enorme depósito de hierro para almacenar petróleo que se había quedado sin paredes.

 

 

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