LA CALLE DE LOS CRISANTEMOS, Un relato de la tunecina Rachida...

Pero la pasividad de la gente acrecentó el empeño de la mujer. En su interior se desató una rabia ciega. Intentó proporcionar a sus uñas una fuerza equivalente a la del cuchillo que se blandía ante su cara, moviéndolas con destreza en torno al arma y buscando un hueco por el que llegar hasta el rostro del hombre, mientras mascullaba con determinación: «Aunque tenga todas las armas del mundo, no voy a dejar que se lleve mi collar».

Antes que el cobre y la fotografía, Un poema del emirati...

Antes que el cobre y la fotografía, antes que los molinos, las elegías y la fiebre amarilla, nació el universo, muerto y cercenado por el cuello como un saxofón, entre la furia de los rayos y la desolación de las criaturas, ocultándose de repente su luz tras las alturas. Unas voces proclamaron: Una mano mágica lo ha salvado desde Oriente; le ha quitado la túnica púrpura y el lácteo cinturón ancho, retirado de sus hombros la adarga de la certeza y recogido a cucharadas la sangre derramada. Después, enjuagó la guadaña del degüello para limpiar los gritos. Suturó las profundas heridas. Colocó el triste cráneo nivoso. Lo sacudió siete veces de la espalda hasta quebrarle los huesos, le frotó la planta de los pies con un imán y, lentamente, le retiró de la boca el largo estertor de la muerte.

“Los bigotes de Mordechai y los gatos de su mujer” Un...

Mordechai se aprestó a vivir una vida de relajo en aquella casa que se había quedado en exclusiva para ellos. Estela pensaba más o menos lo mismo. Ya habían superado los cincuenta, y tenían derecho a pasar lo que les quedaba de existencia en armonía y tranquilidad. E hicieron los preparativos: Estela trajo tres gatos: dos, con pelaje ceniciento, y un tercero, negro y de ojo fulgentes, que pronto se convirtió en su favorito por las audaces e insospechadas iniciativas que se le ocurrían. Mordechai se dejó crecer el bigote, hasta cubrir por completo el flanco inferior -le seguía tirando mucho la terminología castrense- de su rostro.

El arrepentimiento a prueba, Fragmentos de la novela del sirio Khalil Sweileh

Nuestro primer contacto fue aquella llamada telefónica tuya, hace ahora cinco años. Estabas confusa. Me dijiste que había algo en tu vida que me afectaba a mí y que me lo aclararías cuando nos viéramos. No le di muchas vueltas al asunto; la verdad es que lo olvidé por completo. ¡Cinco años! Prácticamente el mismo tiempo que lleva durando este infierno interminable, este tiempo de tempestades en que unos han meneado las ramas del árbol cargadas de frutos, aquí y allá, para que luego llegasen otros que, después de machacarlos con los pies, le han metido fuego al árbol. Y lo que ocurrió a continuación se llevó por delante todos mis planes.

“La mujer que ha habitado la casa antes que yo” un...

Había un espejo grande en la puerta del dormitorio cada vez que me ponía frente a él veía la cara de la mujer que habitaba en la casa antes que yo, la mujer que no conozco, pero descubrí los detalles de sus secretos una historia tras otra cada vez que me pongo frente a él el espejo grande en la puerta del dormitorio, aquel que puso la mujer solitaria que habitaba la casa antes que yo.

La maté porque la amaba, un relato del iraquí Muhsin Al-Ramli

El viejo propietario de la casa se acercó al cuerpo. Cuando vio que no había sangre, le tomó el pulso en la muñeca y luego en el cuello, antes de anunciar que estaba muerta. Sacó un trozo de papel de entre sus dedos. “La maté porque la amaba”, leyó. Se ajustó las gafas y volvió a leerlo

Raja Alem: LEER AL MARQUÉS DE SADE EN LA MECA

¿Cómo puede haber ventanas abiertas al mundo en La Meca, con su escasez de librerías? Mi primera apertura al mundo, muy estrecha, vino dada por unos libros que robé de la mochila de mi hermano: Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas, y algunos libros de Arsène Lupin. Posiblemente, este robo fue una manera de reescribir la realidad que me rodeaba. Después de eso, seguí robando libros hasta que me sorprendí con Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, que nunca reconocí haber robado y que, entonces, no me atreví a leer. La verdadera apertura vino con La madre, de Maxim Gorki, que encontré por accidente en el cajón de mi abuelo materno. La revolución de Gorki rugió en mi mente y forjó la concepción de mi papel como agente de cambio en mi entorno.

“LA UTOPÍA DE LAS TUMBAS” Un poema del egipcio Ahmad Yamani

Madre mía, te lo ruego, cuando sepas que he entrado en mi nueva casa, no llores, pues quiero atesorar tus ojos para los días venideros. Estate tranquila, mueve la cabeza tres veces, y envía un beso de aire. Haré un alboroto con mis amigos aquí, y ellos me felicitarán por mi nueva casa. Entornaré la puerta, a la espera de tu beso. Y cuando tengas una nueva casa, como yo, que esté cerca de mí, te lo ruego, para que pueda oír tu respiración. Respiraré casi sin dolor, y mi muerte tendrá esa imagen final que me he esforzado mucho en hacer

Jazmín con espinas, un relato de la egipcia Azza Rashad

Mamá también se mostraba afable con ellos -siempre se comportaba de manera gentil con la gente, salvo cuando no quedaba otro remedio que hacer lo contrario. Ese fue el caso de Raúf, el lechero, que pasó de ángel a demonio, según ella misma dijo. A Hind nunca le gustó: desde el primer momento lo tachó de mezquino, convencida, al contrario que mamá, de que las imputaciones que se hacían contra él, como que adulteraba la leche con polvillo de cerámica, formalina y otras sustancias nocivas, eran ciertas.

Sargon Boulus: POESÍA Y MEMORIA

El poeta trata el tiempo mientras se escapa de sus dedos gota a gota, y luego se vaporiza hasta volverse nada. En uno de sus poemas amorosos, Ghalib dice: "La gota que no se convierte en un río se la bebe la arena"(1). Una y otra vez, cuando escribo, descubro que no recuerdo el pasado, ni recuerdo una persona, un lugar, una escena, una voz o una canción sino que recuerdo, ante todo, las palabras. Las palabras y sus reverberaciones en mi memoria.
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