El arrepentimiento a prueba, Fragmentos de la novela del sirio Khalil Sweileh

Traducción: Salvador Peña Martín

 

Khalil Sweileh

1

¿El arrepentimiento? Puede que sea una excusa tardía por hechos que juzgábamos correctos en su momento, o por no haber realizado lo que un día planeamos. Como rodearte la cintura con el brazo en el cruce de las calles al-Firdáus y al-Mutanabbi la tarde de aquel día de octubre, con el pretexto de que la lluvia suscita una intimidad como de película. Era de esperar que lo nuestro acabase en el restaurante Picasso, ante un plato de patatas con mayonesa. En el camino me habías hecho saber, primero, que tenías hambre; segundo, que eras vegetariana; y, tercero, que te encantaban las patatas; de modo que a mí me correspondía buscar un lugar donde tu deseo quedara satisfecho. Las mesas y las sillas eran todas de color rojo. Un pretexto de primer orden para dejarse llevar por las asociaciones de ese color con el deseo, y así liquidar la incertidumbre que rodeaba nuestra relación, con sus ambiguos requerimientos sensuales, intercalando inesperadas alusiones a la sangre, también roja, que se ha derramado en esta guerra. Habías pensado aplazar tu segunda visita a Damasco por las trombas de agua que estaban cayendo en el sur del país. Yo, para empezar, no esperaba mucho de tu visita ni creía que nada en concreto pudiese juntarnos de nuevo. Acaso movido por el tedio, de tu visita imprevista extraje los mejores augurios y la consideré un paréntesis en el fastidio de mis monótonos días. Te confié, como de paso, que tu llamada, esa mañana, me había alegrado mucho, que eras lo más parecido a una nube que dejase caer su lluvia sobre mi alma seca. Un diálogo nocturno en Facebook, ya bastante tarde, había disipado mis previsiones de que iba a sufrir una inevitable pérdida. Como si la charla virtual nos invistiese del valor suficiente para expresar lo que no decimos a la cara; como si la retórica del engatusador que recurre a enigmas, a comentarios ambivalentes, a versos de algún poemario difundido, pudiese ir minando las barreras de la compostura por medio deslizamientos lingüísticos que parecían inmotivados. Y todo al tiempo que tú también me tendías las redes de la insinuación, pero sin llegar a transmitirme la energía suficiente para que pudiese yo salvar tus inexpugnables defensas. Ante mis intentos por acceder a zonas peligrosas, te mostrabas recelosa, querías esquivar las aguas pantanosas que quedan más allá de los límites del pudor; o, mejor dicho, encendías la leña con cerillas invisibles, pero al punto apagabas el fuego con alguna expresión que no podía discordar más de la leña que habíamos juntado entre ambos, trayéndola del cercano bosque de las tentaciones; era tu forma de huir, de no declarar la rendición.
Nuestro primer contacto fue aquella llamada telefónica tuya, hace ahora cinco años. Estabas confusa. Me dijiste que había algo en tu vida que me afectaba a mí y que me lo aclararías cuando nos viéramos. No le di muchas vueltas al asunto; la verdad es que lo olvidé por completo. ¡Cinco años! Prácticamente el mismo tiempo que lleva durando este infierno interminable, este tiempo de tempestades en que unos han meneado las ramas del árbol cargadas de frutos, aquí y allá, para que luego llegasen otros que, después de machacarlos con los pies, le han metido fuego al árbol. Y lo que ocurrió a continuación se llevó por delante todos mis planes.
A una periodista que me entrevistó por teléfono le contesté que mi siguiente novela trataría sobre el amor. Lo dije tranquilo, como un jugador de tenis que, después de calentar, sólo tiene que ir a la pista teniendo presentes sus planes secretos sobre cómo debe lanzarle las bolas al rival. Mis ideas han salido despedidas con los incendios de la guerra, y ya no se me ocurre escribir sobre ligerezas amatorias en medio de esta hoguera cotidiana, con noticias de muertos, entre las facturas del odio que hemos de pagarles a esos salvajes un día sí y otro también.
Convenía contestarte primero a la pregunta sobre el odio, y no a la del arrepentimiento. El odio que viene envuelto en chocolate rancio y esconde rencores con sabor a tuera y puñaladas ponzoñosas que se dan por la espalda durante los abrazos. El odio que se despojó de los ropajes del perdón en la primera curva del ajuste de cuentas.
El primer movimiento en aquella partida de ajedrez imaginaria me costó perder, de repente, en tu tablero, un caballo a causa de unas súbitas palabras que quedaban fuera del muro de la cautela: «Tu aroma irrumpe en mi soledad». La compostura que observamos las noches previas de charla virtual no admitía un cambio tan repentino. Yo estaba poniendo a prueba tu confusión ante una expresión sensual de ese tipo, harto ya de dar vueltas por el paraíso de lo espiritual tras el que te habías atrincherado para guardarte de dar un desliz en el terreno de mi retórica descarada.
Tras haber leído algunos de tus textos poéticos, te aconsejé que eliminaras de tu lenguaje la resina de las frases hechas, que no añaden una sola manzana al huerto del deseo, y liberases tus sentimientos imprecisos del opresivo exceso de las aclaraciones. Y añadí una idea improvisada, que no sé cómo saltó ante mí como una ardilla: «No podemos entrar en urgencias sin camilla». Palabras que te comenté, a raíz del signo de admiración que tecleaste, arguyendo que la escri-tura es el instante que separa la vida de la muerte, o bien la camilla blanca que nos conduce a la sala de observación, donde recibimos el oxígeno salvador. Esto significa que escribimos para transformar el dióxido de carbono en oxígeno; los combustibles fósiles, en frutos silvestres de gusto acerbo, y amaestrar los dolores y fallos del cuerpo.

2

El intento de pasar por alto la frase «Tu aroma irrumpe en mi soledad», recurriendo no a una respuesta tajante, sino al emoticono de la carita con los ojos en forma de corazones, no persistió demasiado, ya que, al cabo de tres noches, el rectángulo azul de nuestro espacio virtual se iluminó con las palabras: «Te he echado de menos». Y, después de varias insinuaciones mutuas, dio por concluida la charla con la siguiente despedida: «Que tengas amorosos sueños».
Fue entonces cuando me di cuenta de que ella había empezado a aventurarse por las arenas movedizas de la mundanidad, dejando en el umbral las enseñanzas de Rumi, olvidando para siempre el diccionario sufí, que era el caparazón tras cuyas duras placas ocultaba sus sentimientos. El juego del caparazón de tortuga, por su parte, y de las espinas de erizo, por la mía, era divertido; qué digo, hasta emocionante. Ella asomaba un poco el cuello para retraerlo des-pués, y vuelta a empezar, al tiempo que mis púas iban ganando dureza. ¿El erizo y la tortuga? Me esfuerzo por recordar alguna historia donde ambos coincidan. No lo consigo; cada uno tiene su historia por separado. ¿Cómo, pues, hemos podido acabar en la misma? Ella, como tortuga que es, tiene que echar una carrera con la liebre y al final le gana, mientras que a mí, en mi calidad de erizo, lo que me corresponde es luchar contra la serpiente y vencerla. El erizo me gusta por ser un animal que no duerme de noche, pero, en contraste, no estoy tan recubierto de púas, y, si me valgo de ellas, es solo para defenderme de alguna acometida imprevista.
Optaste por ser la mariposa en los juegos lingüísticos que intercambiábamos en los momentos de tedio. Te comparé con una gacela, en respuesta a unas fotos tuyas que me enviaste. En una abrías los brazos encima de una peña, en la montaña, y en otra estabas parada entre las rui-nas de una fortaleza abandonada hará cosa de un milenio, con el pelo rizado, largo y negro, como si abrazaras una nube cercana, aunque, desde tu perspectiva, lo que intentabas era volar con las alas de una mariposa.
Más adelante, y sin contexto esa vez, me preguntaste: «¿Qué te gusta más, mis rizos o mis ripios?», refiriéndote, claro, a los versos que me habías dado a leer. Me demoré un poco en la res-puesta, pues quería que fuese adecuada, y escribí: «Tus poemas necesitan el frenesí de tus cabellos gitanos».
La verdad es que su pelo me impresionaba, y deseaba con toda mi alma pasarle los dedos por entre sus mechones mientras ella se concentraba en saciar su apetito con las patatas en rodajas. Más adelante imaginé de nuevo la escena, mientras tomábamos té en el café Trattoria, en el ba-rrio de Shaalán, pero con un detalle distinto, pues ahora se trataba de un marca que tiene en la parte baja del cuello, y que descubrí cuando ella se volvió hacia el plasma en el momento en que subieron el volumen coincidiendo con una vieja canción de Whitney Houston, y justo antes de que mi mirada se deslizara hacia su pecho, levemente descubierto, y divisara una suave co-loración de la piel, en forma de pera invertida. Yo no tenía muchas esperanzas de que nuestra relación fuese más allá, porque ella se espantaba, como una gacela, cada vez que oía alguna expresión que pudiese encerrar una alusión sensual. Ese atardecer otoñal de octubre me preguntaste, mientras salíamos del café, qué es el arrepentimiento.

3

De camino a la parada de autobuses le fui contando la película Arrepentimiento, del director georgiano Tengiz Abuladze, como respuesta provisional a su pregunta, aunque ella deseaba una contestación diferente, sobre si había hecho bien al abandonar a su marido, después de siete años de amor, seguidos por los celos y luego por la agonía. La mitad habían sido un infierno insoportable, a juzgar por lo que ella me había relatado en el café. La visión del carrito de un vendedor de castañas, junto a la valla del parque de al-Mádfaa, enturbió un poco el cuadro, pues ella hizo algunos comentarios incidentales sobre lo mucho que le gustaban las castañas, aunque enseguida se disculpó por haberme inte-rrumpido cuando me disponía a recordar la escena de la película, en la que entierran al alcalde en el jardín de su casa, y cómo luego su cadáver aparece una y otra vez después de haberlo inhumado. Fue una estupidez por mi parte el traer a colación el mandato de Stalin, con toda su crueldad, sus abusos, su violencia, cuando se trataba un asunto íntimo como aquel, pero, ya que había comenzado, terminé de contarle la película. Tenía yo las manos manchadas por las cáscaras negras de las castañas que ella estaba ocupada en comerse con gran satisfacción mientras escuchaba el resto del relato: «Una mujer, que se cuenta entre las víctimas de Stalin, vive cerca de la casa, y es quien desentierra el cadáver cada noche para vengar la ejecución de sus padres por orden de ese general que se permite cometer toda clase de atrocidades. Según ella misma dice, un hombre de esa calaña, que lleva sobre sí esa carga de iniquidades, atropellos y rencores, no puede gozar la serenidad de la tumba. Una vez que la detienen y la hacen comparecer ante el tribunal, la mujer se reafirma: un hombre que se ha manchado las manos con la sangre de los ino-centes no puede recibir sepultura. Al nieto del muerto, por otro lado, le supone un golpe tremendo el enterarse de la crueldad de su abuelo, por más que el hijo de éste rechace todas las acusaciones dirigidas contra el general. Pero la mujer insiste en no se puede enterrar a un criminal hasta que todas sus culpas sean del dominio público, porque enterrar el pasado es como concederles el perdón a quienes han des-truido las vidas de otros con su furor y su barbarie; y el nieto se decide a suicidarse, para expresar su arrepentimiento por haber participado en la falsificación de la historia, mientras que al hijo del general no le queda otra que arrojar el cadáver de su padre desde un alto risco que domina a la localidad».
Suspiró varias veces mientras me escuchaba exponerle el argumento de la película, la representación del arrepentimiento, el sentido del silencio ante tales crímenes, como si todo aquello tuviera que ver con el fracaso de un amor abortado por el abandono.

4

Aquella tarde los microbuses que cubrían la línea Muhayirín – Bab Tuma estaban atestados de gente; circulaban a lo largo de toda la calle sin detenerse, y sin que ella pudiese ni pensar en encontrar un asiento vacío. Así que, al cabo de veinte minutos, decidió parar un taxi antes de que se le hiciera aún más tarde. Tenía que ir a Yaramana, donde, por el momento se hospedaba en casa de su amiga Yumana Sallum, que trabajaba como fotógrafa de prensa para una agencia oficial, y quería evitar los embotellamientos ante los controles militares, que surgían por doquier tras el anochecer en aquel trayecto. Desde la ventana trasera del taxi me hizo señas con la mano, en la que llevaba las obras poéticas completas de Giuseppe Ungaretti, el mayor especialista ita-liano en el arte de pulir el mármol de las palabras. Me daba así otra vez las gracias por el valioso regalo que le había hecho. Lo que yo intentaba era conmover sus certidumbres acerca de la poesía valiéndome de un ejemplo contrario, pues la poesía crece en semilleros distintos del que le era familiar por sus lecturas. Al llamarla mariposa pretendía impulsarla a que libara el néctar de flores diversas, a que absorbiese el aroma secreto de todas las plantas, a que no acabara asfixiándose entre los textos embalsamados que imponían los académicos a través de los programas de lengua árabe en la universidad. «Hazme caso: la poesía es el capricho, la locura de la imaginación, y, al mismo tiempo, el archivo de lo perceptible, desde al-Mutanabbi hasta el último poeta bandido al que nadie ha descubierto aún». A los diez minutos de que se marchase, en el momento en que buscaba en el bolsillo de mi chaqueta la llave del edificio, sonó mi móvil. Era ella. Me contó, mientras subía las escaleras, alumbrándome con el encendedor para atra-vesar la oscuridad de los apagones, que iba oyendo en la radio del taxi la canción de Umm Kulthum Pasó el momento; y acercó el aparato a la fuente del sonido, para que yo comprobase que me decía la verdad. Qué coincidencia que «hace nada estuviéramos hablando del arrepentimiento, y ahora oigamos una canción que trata de eso mismo». Como me dolía mucho la cabeza, me tomé un comprimido de Panadol, me tendí, sin quitarme la ropa, sobre el caos de mi cama y me acerqué el móvil al oído mientras comenzaba a buscar la emisora que estuviese emitiendo Pasó el momento. Umm Kulthum seguía cantando, con toda la potencia de su garganta, «¿Para qué sirve ahora arrepentirse?».

5

Al día siguiente, a primera hora de la tarde, estaba yo esperando alguna comunicación tuya antes de que te fueras a tu pueblo en el sur, ya con tu pseudónimo, «Amal Nayi», ya con tu nombre real, Asmahán Méshal. Estaba más que harto de las conversaciones de quienes se sentaban a la mesa en el café Rawda. Una vez más las mismas palabras sobre los muertos, los proyectiles, los desplazados y las variaciones del tiempo. Te he contado que durante estos cinco años me he curtido en todas las formas de paciencia, y no sé cómo he podido aguantar este banquete ambulante de asesinatos, matanzas, fosas comunes, hambrunas y violencia espiritual. No es de extrañar que me sintiera oprimido, agobiado por el peso de la pérdida. Quería respirar otro aire, y no el que encontraba en el café, que parecía un establo. Y, cuando perdí la espe-ranza de que vinieras, me fui tan resentido que olvidé en la mesa el tabaco y el encendedor, algo que suele ocurrirme cuando estoy alterado.
Sin preámbulo alguno me escribió un mensaje electrónico: «Una mujer se levanta y canta, / el viento la sigue y la seduce, / la tiende en el suelo; / este suelo está desnudo, / esta mujer ama, / este sueño es muerte»; y, a continuación: «Gracias otra vez por tu regalo». Leí y releí los versos del poema «Canto beduino», de Giuseppe Ungaretti, tratando de descifrar su elección: ¿era un paso hacia la seducción o una elección casual entre las páginas del libro? Las palabras cargadas de sensualidad saltaban a la vista, de modo que podían ser un indicio de su deseo de que entráramos en una zona escabrosa de la relación, más allá de nuestro inicial acuerdo de ser sólo amigos, sin cargas emocionales, siempre que yo no le escatimara mis consejos sobre los escritos que me fuese enviando. «Yo seré tu gata dócil, me sentaré a tus pies y escucharé con atención tus sabios consejos», fueron sus palabras. Protesté por la idea, le prometí que leería sus textos con atención, y comencé a limpiárselos de malas hierbas. Ella me escribió enseguida: «Como diga mi maestro y señor». Le repuse que prefería no volver a oír esa expresión ni ninguna otra que tuviese que ver, ni por asomo, con la esclavitud.
Justo después de que trabásemos conocimiento personal, yo leía sus textos, que me llegaban casi a diario, como si fuesen cartas personales, confesiones, expresiones de dolor; tenían un tono diferente, invadidos por términos de abierta sensualidad, gemidos de un cuerpo necesitado, una lujuria latente, nada habitual en sus escritos anteriores. Parecía haber entendido que la poesía opera en otra zona, valiéndose de todos los sentidos, o bien que consiste en «el placer de profanar la lengua», tal como escribí, filosofando, con la intención de estimularla a que saliera «en busca de esas raíces nudosas que piden a gritos una buena hacha en lugar de una ramita de granado».
«¡Un hacha!», escribió, sorprendida para mal; y luego, con marrullería: «¿Y esperas que una mariposa como yo soporte semejante dureza?». Improvisé entonces otra expresión con la que pretendía reducir aún más la distancia: «Escribir sobre el amor requiere también colmillos». Una vez más se horrorizó: «¡Colmillos!». En ese instante me di cuenta de lo hondo que era el abismo que había entre nosotros. Ella vivía un largo aislamiento en un pueblo perdido que no había recibido el alcance de un solo proyectil durante la guerra, ocupada en descubrir las clases de plantas silvestres: el tomillo, la salvia, la lavanda, el romero…, a más de los pájaros, los reptiles y los insectos, así como en pintar las paredes de su habitación de día, y en probar, de noche, su propia firmeza a la hora de ahogar en su pecho los aullidos de los lobos del deseo. Yo, por mi parte, vivía extraviado en el furor de una ciudad que les organizaba interminables cor-tejos fúnebres a sus muertos, día tras día, acaso hora tras hora.
«Sí, en efecto, un hacha», contesté. Se me venían a la cabeza escenas desordenadas de un hacha alzada sobre el cuello de alguien, hincado de rodillas a la fuerza, o de un hombre decapitado cuyo cadáver pendía de un farol en una plaza de cierta ciudad milenaria. Como es natural, me refería a la necesidad que tenemos de un diccionario estético que explique cómo conjugar en una misma página el peso de un hacha afilada, que es una herencia de la Edad Media, con la tecnología de las bombas inteligentes, del mismo modo que estos salvajes han hallado las fetuas divinas para matar con hacha, espada o cinturón explosivo. Y, para que no me extendiera en la enumeración de ejemplos de violencia, me preguntó: «¿Qué estás leyendo ahora?».
«El escritor y sus fantasmas.»
«¡Malditos sean los fantasmas, las hachas y los cinturones explosivos! ¿Y de quién es ese libro?»
«De Ernesto Sábato, un físico argentino que se dedicó a la escritura para combatir la barbarie que asola al mundo, la aceleración de la catástrofe que aguarda a la humanidad, según dice él mismo. Para él, la función del escritor es vomitar su mundo interior.»
«No conozco a otro argentino que al futbolista Maradona, y puede que recuerde algunas marcas de mate… ¡Ah, bueno! Borges era también argentino, ¿no?»
Y añadió sin solución de continuidad: «Te echo de menos».

6

Aquella noche me visitó un fantasma peor que los de Sábato. Nada menos que Abu l-Alá al-Maarri, que estaba de pie en mi puerta mientras su cabeza rodaba a unos pasos. Lo que recuerdo es que me entregó un ejemplar desgarrado de su libro Epístola del perdón y me pidió que lo recompusiera y lo copiase de nuevo; y, cuando señalé su cabeza cercenada, tal como la había visto en la foto de la estatua que difundieron los periódicos y sitios electrónicos, me dijo con pesar: «Destrozamos los días cual si fuesen / cristal, pero no admite otro fundido», y se marchó.
Más adelante, cada vez que salía de casa, me veía obligado a mirar hacia el lugar donde cayó la cabeza de al-Maarri y el reguero de sangre que corría por las escaleras, ante mí. Cerraba la puerta y bajaba a toda prisa para alejar de mi mente al espectro, pero no había manera, y tuve que esperar una larga temporada antes de bo-rrarlo de mis ojos y olvidar aquella imagen.
Por la noche me escribió: «Ayer soñé contigo».
Y, con artificios lingüísticos, metáforas y refe-rencias, me dio a entender que se trataba de un sueño erótico, de ardores carnales de los que no me había hablado antes, pues, como mucho, se había contentado con lanzar el anzuelo en aquellas aguas poco profundas, para sacarlo enseguida sin que ningún pez hubiera picado. Lo cierto es que nuestra ambigua relación seguía detenida ante el umbral de la puerta que los cuentos aconsejan que no traspasemos si no queremos quedar expuestos a desastres.
Yo no estaba de humor para lanzarme a un juego de seducción encubierta. Me inquietaba que al-Maarri me hubiese visitado en sueños, mejor dicho, en una pesadilla. Abrirle la puerta a un decapitado que me pide que rehaga un libro hecho trizas…
¿Puede que sea una señal para que vuelva a leer la Epístola del perdón? ¿Debo encontrarme primero con los poetas del cielo, o bien con los del infierno, según aparecen distribuidos en el libro? ¿Qué pasaría si le llevara la contraria a al-Maarri y cambiase a unos por otros, al volver a copiar el libro? ¿Podría colocar a Imru l-Qays, a Ántara ibn Shaddad, a Tárafa ibn al-Abd, a los dos al-Muráqqash, Mayor y Menor, y a al-Shánfara en el cielo, y a Zuhayr ibn Abi Sulma, a al-Áasha, a an-Nábigha ad-Dubyani y a Abid ibn al-Ábras en el infierno?
Resurrección, infierno, cielo diferido, esto es lo que sucede cada día en los túneles, en los puentes, en las barreras. Un infierno repetido que en nada desmerece del infierno de al-Maarri. Una escenografía teatral fastuosa para unas tropas extraviadas en las zonas de nadie que median entre el cielo y el infierno. Tropas humanas en el ojo del huracán. Se diría que vienen huyendo de un incendio, de un terremoto, de una maldición divina. Rebeldía y caos, extinción y la nada. Y en ese instante de delirio Ántara ibn Shaddad avanza en dirección a los campamentos de alguna de las milicias para pagar el rescate de Abla a sus secuestradores. Mil camellas pasan la barrera con dificultad, y Ántara, trastornado, accede a las condiciones de los soldados del control, que le confiscarán una cantidad de leche de camella por petición especial del jefe del turno, que está jugando a las tablas reales en la caseta de guardia. Y, cuando Ántara llega con su caravana al campamento de la milicia en cuestión, se entera de que Abla se ha suicidado después de haber sido violada por cuarenta milicianos, uno detrás de otro.
Me extrañó, al releer la Epístola del perdón, que al-Maarri hubiese arrojado sin vacilar a al-Muráqqash Menor al Infierno de la Aniquilación. Tendría que haberse salvado, me dije a mí mismo, aunque sólo fuera por haber compuesto: «A la tierra o país en que te encuentres / con tu sola presencia la revives».

7

Internarnos en la zona de los sentidos sería un buen lío para ambos. Estaba tu miedo a perder a alguien, y mi cautela ante tu desequilibrio afectivo, con su potencial destructor, que llegaba a convertirse en miedo; por lo que, a la mañana siguiente, te desdecías de tus confesiones nocturnas con alguna expresión taquigráfica, como «¡Maldito sea el vino!», destinada a justificar la estridencia de tus revelaciones sensuales. Daba la impresión de que la luz del día podía derretir la mantequilla de la noche. Pero ¿qué tenía yo que hacer con los textos que ya me habías confiado? Tu piel desprendía olor a deseo; tus dedos derramaban la leche de las palabras, la lujuria de la espera.
Yo, por mi parte, he de reconocer que me sentí aliviado cuando me dijiste lo que pensabas de «esas historias de amor tempestuoso, que suelen apagarse con la misma velocidad con que prenden, y yo temo volver a perder a alguien, ahora que casi me he recompuesto el alma». Porque yo mismo, y más aún en estos tiempos, estoy lejos de hallarme en mi mejor momento; también tengo mis inquietudes, mis preocupaciones, mis inseguridades emocionales. Tú me quieres para ti sola, y eso no puedo prometértelo, sobre todo, por lo lejos que vives. Sólo te prometo que, cuando estés de visita en Damasco, jugaremos con el tiempo a tu antojo, como si fuéramos animales silvestres. A mí me cuesta más la amistad que el amor. Y el problema está en que queramos aprovechar la cercanía a beneficio del amor, en lugar de ir ascendiendo por la escala de la confianza. Espera un momento, no niego que yo también te haya deseado. La primera vez fue cuando recorrimos el largo pasillo de aquella farmacia. Preguntabas por un líquido para lentillas, de una marca concreta. Reparé en la armonía de tus muslos a medida que ascendían hacia la parte baja de tu espalda, que se te había descubierto un poco al inclinarte hacia adelante, para hablar con el farmacéutico.
Cuando pasamos de la farmacia a la luminosidad de la calle, me dijo con una sonrisa maliciosa: «Estás en compañía de una mujer casi ciega; no me dejes sola, pues eres el bastón que ha de guiarme hacia la tranquilidad». Eran casi las cinco de la tarde e íbamos caminando juntos hacia el callejón del teatro al-Qabbani. Me dijo que le apetecía que fuéramos juntos a una función; les había prometido a unos amigos que se uniría a ellos en el teatro. Me negué en redondo, porque soy incapaz de ver una función teatral dos veces, y ya había estado en el estreno de ésa, y bostezando a menudo, por cierto. Seguí subiendo y llegué a la plaza de Shahbándar sin preocuparme por lo que podría ocurrir al día siguiente.
Nada más volver a su pueblo en el sur me i-nundó con nuevos textos que, según explicó, había escrito en estado casi febril. Al leerlos me di cuenta de que se había despojado de la túnica sufí de sus escritos antiguos para introducirse en una zona sensual inequívoca; una expresión como «tus cabras están ramoneando mi hierba fresca», por ejemplo, me sorprendió de verdad. Mira por dónde, la mariposa se había transformado en un ave de afilado pico que planeaba darles caza a las presas del tropo, como reflejaba el que emplease el dialecto de los anhelos, la soledad y la pasión. Le dije, mientras cami-nábamos por una calleja empedrada y en cuesta, por el barrio de Saruya, que teníamos que empezar por desempolvar la lengua si queríamos alcanzar el sentido verdadero y profundo del seísmo que estamos viviendo hoy en día, y que un cuerpo encadenado sólo puede emitir un idioma asimismo encadenado. Es una momia de lengua ante la que nos inclinamos para venerarla y sacralizarla, como si estuviéramos en un museo. Nuestros cuerpos se mueven aferrados por firmes sogas, y son nuestros antepasados muertos los que gobiernan el juego. Cada uno de nosotros tiene un ancestro venerable que sale a menudo de su tumba para que sigamos sus recomendaciones al dedillo.
Mira esa muchedumbre delante de la panadería; son descendientes de asesinados, de filósofos, de albañiles, de rufianes, de ladrones, de comisionistas, de verdugos, de poetas, de ena-morados, todos en un molino cuya muela no para de dar vueltas. Encontrarás, sin tener que esforzarte, ejemplares repetidos de esos antepasados, con sus turbantes, sus fetuas, sus espadas y sus deseos reprimidos. La tatarabuela de tu tatarabuela se despertaría iracunda si ahora te rodease yo con el brazo a la vista de los transeúntes; del mismo modo que acabará le-vantando la cabeza en el desierto alguno de mis ancestros beduinos, indignado al ver que han quedado en nada sus enseñanzas sobre la necesaria decencia, y conductas impropias de su estirpe manchan su honor. Así que, como ves, la clave está en lo que deseamos en secreto y rehusamos en público, lo que quisiéramos hacer y de lo que nos arrepentimos luego porque no lo hemos hecho.
«Mientras estabas fuera he pensado en lo ajeno que puede resultar un objeto, y me refiero a un piano robado que ha ido a parar a un café popular improvisado; en cómo han ido a depositar ese piano triste en un rincón cualquiera de un lugar semejante. Tú, amiga mía, eres ese piano, pero con los dedos inmóviles. ¡Una vegetariana entre caníbales, una mariposa entre cuervos!»
«¿Un piano?»
«También podríamos estar hablando de otros instrumentos musicales, del laúd, del ney, del rebab, por ejemplo. No de un piano en un café improvisado, que fue un almacén de venta de neumáticos antes de que se adueñara de él cierto ex ladrón de cemento, que vagaba por las calles de día y, por las noches, se dedicaba a afanar cemento de edificios en construcción. El malhechor ha sabido modificar su labor durante la guerra, y ahora emprende expediciones de saqueo a ba-rrios destruidos y abandonados en las afueras. En la última tropezó entre los muebles de una casa con un piano, y lo trajo al café, junto con un conjunto de sillas de distintas formas, como cabía esperar dada la variedad de sus orígenes, porque no pudo encontrar quien se lo comprara ni supiera tocarlo. Y el piano, que ha hallado su lugar junto al estrecho pasillo que lleva al baño, conserva aún algunas partituras en su atril metálico, partituras cubiertas de polvo que acaso incluyan fragmentos de piezas de Bach, Beethoven o Chopin. Insisto: eres ese piano que echa de menos su rincón habitual, que ha perdido los dedos de quien se servía de él para interpretar piezas eternas.»
Un piano en medio de la destrucción. Es otra imagen que se me viene a la memoria, y tiene que ver con el campo de refugiados palestinos de Yarmuk, durante su larguísimo sitio. Es de un joven palestino, Aeham Ahmad, que llevó un piano casi desvencijado a la plaza que los combatientes habían reducido a escombros, y allí se dedicó a tocar y cantar canciones, propias del «infierno mundano», hasta que los takfiríes fundamentalistas le impidieron que siguiera dando semejantes recitales. Lo amenazaron con cortarle el cuello, y él se vio obligado a emprender un arduo viaje en busca de asilo; lo encontró en Alemania y ahora es allí donde puede cantar y tocar a sus anchas. Vídeos suyos pueden verse en Youtube. El problema abarca, según lo veo, tanto al piano como al rebab, y, un paso más allá, al hecho de que se destrocen instrumentos musicales con la misma hacha que sirvió para cortarle la cabeza a la estatua de al-Maarri, haciendo uso de fetuas como las que justificaron que se quemasen los libros de Averroes, o que descuartizaran a Hallach; a que nos veamos tan expuestos como nos vemos… Puede que esperases otras palabras, acaso relativas al gozo robado de pasar juntos unas horas antes de que salgas de Da-masco, camino de tu pueblo en el sur. Pero me siento harto, asfixiado, perdido, y te envidio por tu aislamiento rural. Vives sola en un planeta que aún no han descubierto esos bestias; te pareces al «principito» de Saint-Exupéry, pues en estos cinco años de guerra no has tenido expe-riencia de un solo proyectil, de los despojos de los muertos, de las sirenas de las ambulancias.


Fragmentos de la novela Ijtibar al-nadam

(El arrepentimiento a prueba), publicada en 2017 por Hachette Antoine – Nofal en Beirut, Líbano. En 2018 recibió Los Premios Sheikh Zayed del Libro en la categoría de literatura