El cadáver, Un relato de la iraqí Salima Salih,

Traducción: Ignacio Gutiérrez de Terán

Salima Salih

En esa mañana que no se parece a ninguna otra mañana, Amín al-Qásimi no comparte con el taxista las maldiciones e improperios habituales de otro día de atascos, ni contempla los naranjos que ya empiezan a florecer tras las verjas de los parques. Confinado en sí mismo, trata de recuperar los recuerdos de una vida, con todos sus detalles, sin obviar ni uno solo. El inventario de una historia que ha llegado a su conclusión; el punto y final de una existencia. Una última revisión y la apostilla de rigor, “expediente ce-rrado”, con la que dejar resuelto el asunto para siempre, como solía hacer cuando revisaba los certificados de defunción. Dos palabras que ya ni sabe cuántas veces no habrá escrito durante los diez años que ha trabajado en el Registro Civil, sin pensar jamás en lo que podría haber tras ellas, sin parar mientes en la persona a la que hacía alusión y que en virtud de ellas había dejado de existir, en la madre, la esposa, los niños, los éxitos y los fracasos, los anhelos que nunca vieron la luz. En esa mañana que no podrá parecerse jamás a ninguna otra, Amín al-Qásimi no habría sido capaz de apuntar esa sentencia con la indiferencia de siempre, porque ese ser humano que ha dejado de existir es su propio hijo. Piensa en el niño que sentaba en sus rodillas, en los sonidos parecidos a palabras; después, en las palabras incomprensibles que ese muchacho articulaba y él se esforzaba en descifrar; piensa en el chico que lo acompañaba al café y a quien decía, en aquellas ocasiones en que le parecía re-ticente o temeroso,“Compórtate como un hombre”. Un proyecto de hombre más bien, porque, para él, su hijo nunca dejó de ser un muchacho, un muchacho de dieciocho años que apenas si había comenzado a afeitarse. Un adolescente que un buen día le dijo “¿Todavía me sigues considerando un niño?”. Un hijo que, según de-scubrió un día, era un perfecto extraño de quien sabía menos que de cualquiera de los chicos de los vecinos. Su hijo, a quien recuperará hoy y cuyo recuerdo le acompañará para siempre.
En esa mañana diferente a todas las demás, piensa, presa de la indignación, en la bala que horadó ese tierno cuerpo. Cómo le gustaría gritar, disparar a alguien… Pero, al instante, repara en la futilidad de tales pensamientos y una honda tristeza se apodera de él. Todo es inútil, la vida misma es inútil. Nada tenía sentido, nunca había hecho nada que tuviera sentido. Nadie, quizás, volvería a llamarlo “Abu Mutásim”. Ya no era el padre de Mutásim. Cuánto desamparo, cuánto pesar. Si pudiera llorar… Pero no le salían las lágrimas.
El silencio es el único código posible de solidaridad en momentos como ese. Por esa razón, ninguno de los tres osó romperlo a lo largo del trayecto. El taxista no repitió sus quejas sobre el atasco, ni el hermano que lo acompañó al hospital militar formuló las preguntas sin fin: cuándo, dónde, cómo ocurrió…
Cuando Amín al-Qásimi y su hermano entraron en el hospital militar, un vigilante los paró en la recepción del edificio, con un manojo de llaves. Les pidió que aguardasen. Después, abrió la puerta de hierro que había en el lateral derecho de la entrada. Desde donde estaban podían ver la sala rectangular, atestada, según les pareció, de cadáveres alineados en dos hileras en paralelo a la pared. La luz que se desprendía de los ventanucos cercanos al techo y se reflejaba sobre la pared de enfrente, iluminaba toda la estancia y permitía distinguir los cadáveres. Parecían manchas luminosas sobre el negro suelo.
El vigilante, un militar con rango de sargento, se había alejado unos metros después de abir la puerta, como si les estuviera cediendo el paso. Repasó una lista nombres que llevaba en la mano y pasó revista con la mirada a los hombres que permanecían de pie junto a la entrada del edificio. Ahora eran cuatro. Tras unos instantes de silencio, le hizo una seña a Amín al-Qásimi para que se adelantara. Éste avanzó unos pasos y dijo su nombre, añadiendo, “padre de Mutásim al-Qásimi“. El sargento volvió a mirar la lista y repuso: “Pasa, es el cuarto“. Acto seguido, echó a andar hacia el interior de la sala con pasos firmes, con Amín al-Qásimi y su hermano detrás. Ellos caminaban con mucha menos ligereza, tratando de no traslucir ningún sentimiento que pudiera acarrearles consecuencias irremediables. El sargento levantó un sábana sucia que cubría el cuarto cadáver de la fila y se volvió hacia al-Qásimi.
– ¿Es tu hijo?
A al-Qásimi no le hizo falta mirar una segunda vez aquel cuerpo para saber que no se trataba de su hijo. Negó con la cabeza mientras pensaba en ese joven con el rostro contraído que parecía absorto en un sueño muy desagradable, y en el agujero de bala en el cuello, debajo de la oreja.
El sargento volvió a preguntar, con un deje de sorpresa.
– ¿No es tu hijo?
– No – repuso él, con voz ahogada.
El sargento volvió a poner la sábana en su sitio, sobre el pecho y la cabeza del joven, y luego la descubrió un tanto por el lado donde estaba escrito el nombre, con letras gruesas y negras. Amín al-Qásimi pudo leer debajo del nombre, con el mismo trazo basto con el que habían escrito éste,“cobarde”. Sintió cómo se le encogía el corazón, pero permaneció impertérrito. El sargento parecía absorto, con la mirada anclada en el vacío. Al cabo, reaccionó. Había encontrado una explicación plausible.
– Seguro que se han mezclado las sábanas, vamos a ver a los otros.
Se dirigió al principio de la fila, seguido por al-Qásimi, y levantó la primera sábana. Se giró hacia él y lo miró, interrogante; pero al-Qásimi movió la cabeza de izquierda a derecha. Volvió a poner la sábana en su sitio y a continuación dio un paso a la derecha para descubrir el segundo cadáver. “Este no es mi hijo”, dijo al-Qásimi. Dejó al descubierto el quinto, el sexto, el séptimo y el octavo, y la respuesta de al-Qásimi continuó siendo la misma.“ Lo vamos a encontrar, seguro –decía el sargento-; han tenido que confundirse de sábana”. Pero al llegar al cadáver nº 10 ya no parecía muy seguro de poder encontrar a la persona requerida y él también daba muestras de nerviosismo. Antes de descubrir el último cuerpo había desistido ya; sin embargo, mientras alzaba la sábana, se permitió un nuevo brío de confianza.
– Tiene que ser éste, seguro. No hay más.
Al-Qásimi contempló aquel cuerpo, púber aún, de unos, calculó, dieciséis años, rostro delgado, entregado a lo que parecía un apacible sueño. El sargento lo sacó de su desconcierto con una voz teñida de satisfacción. Pensaba que, por fin, había acertado:
– Es éste, ¿a que sí?
Pero al-Qásimi volvió a ladear la cabeza. Todavía quedaba un atisbo de esperanza: quizás su hijo seguía con vida y todo había sido un error.
– Tampoco.
– ¡No puede ser! –exclamó el militar, presa del desconcierto-. ¿Cómo se llamaba?

Se sacó la lista de nombres que había guardado en el bolsillo de la chaqueta del uniforme y los leyó, de nuevo.
– Mutásim al-Qásimi, el cuarto de la lista, no hay duda.
Volvió a doblarla y avanzó hacia la puerta.
– Venid conmigo.
Lo siguieron al exterior y él cerró la puerta. Luego, reanudó la marcha sin mirar siquiera a los dos hombres que permanecían a la espera en el recibidor. Cruzó el pasillo y después giró hacia la izquierda. Abrió un despacho, muy pequeño, en el que había una mesilla para escribir y una estantería con algunos archivadores. Se veía un expediente encima de la mesa. El sargento comenzó a pasar las hojas y, sin apartar los ojos de los papeles, se acercó la silla y se sentó. Estuvo un rato volteando el expediente hasta que, parece, encontró lo que estaba buscando. Lo mantuvo abierto por la hoja y, pasando la palma de la mano de arriba abajo para que no se le ce-rrase, leyó: “Mutásim Amín al-Qásimi, nacido el 21 de junio de 1971, dirección: Hayy al-Amín, calle Aqaba ben Yafi, nº 76“.
– ¿Correcto?
– Correcto –confirmó Amín al-Qásimi.
– ¿Cuándo se llevaron a tu hijo al servicio militar?
– En marzo del año pasado. El ocho de marzo.
– Pues, si la dirección está bien, no hay ningún error –sentenció el militar.
Pasó unas hojas del expediente y se detuvo en una en la que había escrito algo a mano.
– “El cinco de abril –leyó-, estando el frente de batalla en situación de calma, después de tres días sin oírse un solo disparo, se pudo ver a cinco soldados abandonar a hurtadillas sus posiciones y adentrarse en dirección desconocida, sin que constase que se les había encomendado ninguna misión, por lo que se tuvo por firme que pretendían desertar. Un soldado de un batallón contiguo reparó en sus verdaderas intenciones y les disparó. Recibieron así justo castigo a su felonía. Se devolvieron los cadáveres a su unidad y se procedió a identificarlos: Nabil Abdel Hamid, soldado de reemplazo, calle Palestina, nº 12, Sami al-Tálib, Hayy al-Salam; Muta´sim al-Qásimi, Hayy al-Amín, c/ Aqaba ben Yafi, nº 76…”
El sargento seguía leyendo, pero al-Qásimi había dejado de prestar atención. El rayo de esperanza que le había hecho creer que su hijo podría seguir vivo acaba de desvanecerse. No se trataba de una confusión.
El sargento se incorporó, de nuevo.
– Tienes que volver a examinarlos –le conminó-; no hay posibilidad de error. El nombre de tu hijo está aquí escrito. Y también en el certificado de entrega. Catorce soldados, los nombres de todos ellos aparecen en la lista.
Salió del despacho, seguido de al-Qásimi y su hermano. Desandaron el pasillo y llegaron a la entrada del edificio. Ahora había cinco hombres esperando. Abrió la puerta de la estancia y entró, con al-Qásimi y su hermano detrás. Fue directo al cadáver número cuatro y alzó la sábana por donde estaba escrito el nombre.
– Lee tú mismo –pidió a al-Qásimi. Luego, de-scubrió el rostro del cadáver.
Observó al soldado muerto como si no lo hubiera visto ya hacía unos minutos, y después dijo, con voz desesperada:
– No, no, este no es mi hijo.
El sargento rezongaba al tiempo que volvía a cubrir el rostro del muchacho.
– ¿Qué diferencia hay? –exclamó-. Cuando están vivos, pues sí, puedes decir que este es un buen hijo y el otro no; pero una vez muertos, son todos iguales.
Hizo una pausa. Se le había agotado la paciencia y deseaba acabar con el asunto en cuanto antes, porque tenía que encargarse de los hombres que seguían esperando a la entrada del edificio, y cuyo número iba en aumento.
– Escucha –prosiguió-, este muchacho es tu hijo, no hay la menor duda. Catorce en total, según la lista, y catorce cadáveres que tenemos aquí. Si no es tu hijo, ¿de quién se trata entonces?
Mientras decía esto, al sargento se le ocurrió que, quizás, aquel hombre se negaba a reconocer que su hijo era un desertor, alguien de quien nunca podría sentirse orgulloso. La mácula de la cobardía. Por eso lo repudiaba.
– Mira -continuó, esta vez con tono incriminatorio-, este es tu hijo. Lo que pasó, cierto, es algo muy desagradable, pero tú tienes parte de culpa. No supiste educarlo de la manera correcta.
Al-Qásimi se percató de que el asunto estaba tomando unos derroteros ciertamente peligrosos, tal y como había sospechado que podría ocurrir, y se giró hacia su hermano en busca de apoyo. Éste le hizo un gesto como de renuncia. No merecía la pena. Se pusieron al lado del cuarto cadáver de la fila, y el otro sentenció: “Firma el acuse de recibo”. Firmó la hoja por donde le decía el sargento y volvió a ponerse junto a su hermano. Auparon el cadáver entre los dos y salieron a la calle, donde el taxi continuaba esperándolos.

 

Salima Salih es una escritora iraquí nacida en 1942 en la ciudad septentrional de Mosul. Entre 1961 y 1977 trabajó en la prensa iraquí y publicó artículos en diferentes medios en defensa de los derechos de la mujer. Su primera colección de cuentos la publicó a la edad de 19 años. De entre su producción destaca La flor de los profetas. De la niñez en una ciudad iraquí, 1974, publicada en la editorial Dar al-Mada (segunda edición en 2014, Dar al-Jamal, Beirut). Su último libro se titula El año del cáncer, un diario escrito en 2015 en el que narra su lucha personal contra esta enfermedad. Reside en Alemania desde 1978.

Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita, arabista español nacido en Madrid en 1967, profesor de lengua, literatura e historia contemporánea árabe en la Universidad Autónoma de Madrid, desde 1998. Es autor de numerosos libros y artículos sobre  la situación política y cultural del mundo árabe. En el ámbito de la  traducción, ha vertido al español textos, en prosa y poesía, de autores contemporáneos, como Muhammad al-Magut, Ibrahim al-Kuni, Bahaa Táhir, Alia Mamduh, Murid al-Barguthi o Abdel Hadi Saadoun. También  ha traducido a autores clásicos, entre ellos a al-Yáhiz, al-Tifashi o  al-Nafzawi. Tiene traducciones del español al árabe, los Viajes de Ali Bey a Marruecos, entre otras.