El cementerio de Père Lachaise, de Samuel Shimon

Traducción: Ignacio Gutiérrez de Terán

Episodio extraído de la novela autobiográfica Un iraquí en París.

Samuel Shimon

Aquella mañana hacía sol y numerosos jóvenes se sentaban por doquier en la explanada del centro Pompidou. Yo pasaba por allí, pensando en mis cosas, cuando me encontré con el poeta Adams. Llevaba un sombrero gris, con una pipa en una mano y un periódico francés en la otra. Me alegré de verlo. Me propuso dar una vuelta juntos por aquel lugar tan agradable. De repente, se paró en seco y me preguntó:
-Me ha parecido, cuando le he visto, que estaba triste.
-No, no estoy triste –repuse-, si acaso afectado por un relato algo sombrío que acabo de leer en la biblioteca del Pompidou.
-¿De quién?
-Scott Fitzgerald. “Regreso a Babilonia” lo he leído dos veces.
Adams volvió a detenerse, pensativo.
-Un título bonito –sentenció. Y al momento, añadió: – qué hermoso leer literatura que te haga sentir algo así.
Entusiasmado por poder conversar de ese modo con un poeta cuya obra era de mi agrado me lancé:
-Hace dos días vi una película japonesa sobre el amor, el sexo y la naturaleza.
-Cosas todas ellas que me interesan mucho.
-El protagonista era un amante acérrimo de la naturaleza, tanto que dejó a su mujer y a su amante para perderse en el bosque y abrazarse a los árboles, como si hiciera el amor con ellos. Al final, mata a todos los miembros de su familia y luego se suicida.
-Ese hombre está loco –comentó Adams-, ¿hay acaso en este universo algo más bonito que el cuerpo de una mujer?
Adams había fijado su residencia en París, donde daba algunas conferencias en el Collège de France. La prensa francesa lo postulaba como uno de los principales candidatos para el Nobel de literatura de aquel año.
-¿En qué parte de París vive usted? – me preguntó.
-En todas partes –repuse riendo. Luego le informé de que, en realidad, no tenía casa debido a la traición de un amigo. Le conté la vieja historia del estudio en Rue de Babylone.
-¿No le había dicho yo la primera vez que nos vimos –prosiguió, haciendo un gesto de desaprobación- que se alejara de los árabes, que solo le depararán quebraderos de cabeza?
Guardó silencio unos instantes y acto seguido volvió a preguntar:
-¿Tiene algún oficio?
-Sé escribir a máquina. En alfabeto árabe y latino.
-Excelente – respondió. Encendió la pipa y añadió-: Estoy buscando a alguien que me pase a máquina el manuscrito de mi nuevo libro, de gran tamaño por cierto… Suba conmigo a mi piso y hablemos del asunto.
Allá que nos fuimos, a su pequeño apartamento, en la Rue de Venise, frente al Pompidou.
-¿Hielo? –estaba sirviendo dos vasos de güisqui.
-No, gracias.
-Mejor, yo también prefiero el güisqui sin hielo, sobre todo al mediodía.
Nos pusimos a hablar sobre el mecanografiado. No podía pagarme más de ocho francos por página. Me propuso darme dos mil por adelantado, para que pudiera alquilar una habitación en una pensión barata.
-Llega para dos semanas, por lo menos. ¿No le parece una solución razonable?
-Mucho –asentí-, nunca olvidaré este gesto por su parte.
-No se preocupe; es usted un buen muchacho.
Acordamos reunirnos al día siguiente, en el mismo sitio, para que me diera el manuscrito. Nos hicimos amigos a partir de aquel día y estuve bastantes años pasando a máquina los borradores de sus libros. Y me siguió ayudando económicamente, aun sin encargos de por medio.

***

Me pasé más de una hora por el Boulevard Voltaire buscando un hotel adecuado. Lo mismo hice en Rue Oberkampf y Avenue Parmentier. Me sentía agotado, cargado con la maleta y la máquina de escribir, pero no quería cejar en mi empeño de encontrar un lugar que me pareciera conveniente. Cuando me vi aparecer de nuevo por la plaza de la Republique me pregunté qué entendería yo por “hotel adecuado”. La mayor parte de los sitios baratos que había visto tenían precios de entre 80 y100 francos por noche. Entré en el café de Parametre y me tomé dos cervezas. Después volví a la Avenue de la Republique y al cabo de una hora llegué a la plaza de Gambetta. Allí dejé mis pertenencias en el suelo, convencido de que, por fin, había hallado lo que buscaba. Minutos después me aposentaba en una habitación en el segundo piso del hotel Pyrénées, tras pagar diez noches por adelantado.
Por 110 francos este cuarto está más que bien, me dije mientras miraba por la ventana que daba al cementerio de Père Lachaise, sumido ya en el reflejo mortecino y rojo del ocaso.
En cuanto me puse a deambular por entre las tumbas y los mausoleos pensé que, si el centro Pompidou me había parecido un santuario de arte y cultura, aquel lugar se me revelaba, en ese momento, como edén de espiritualidad. Eran las nueve y media de la mañana cuando entré en Père Lachaise y solo fui capaz de salir a las seis, a la hora del cierre. Como si un imán me hubiera retenido allí, dando vueltas entre las calles y pasillos del camposanto, leyendo con placer y fervor los nombres de los muertos grabados en los mármoles. La irresistible atracción remitió solo después de la puesta del sol.
A los cuatro días ya me conocía todos los rincones del cementerio, sin necesidad de mapa ninguno. También me aprendí la localización de las tumbas de artistas, escritores y pensadores famosos. Habría podido guiar a los turistas adonde reposaba Maria Callas; un poco más atrás, añadiría, a la derecha, pueden ver a Sadeq Hedayat y, muy cerca, a Marcel Proust. Si se alejan un tanto a la izquierda tendrán a Isadora Duncan y luego a Simone Signoret (Ives Montand no yacía a su lado aún); vayan a la derecha y se encontrarán con Guillaume Apolinaire, después suban y tenemos a Delacroix y frente a él, a Gérard de Nerval, luego Balzac, más allá Bizet; giran a la derecha, donde mi amigo Georges Méliès; sigan subiendo, les presento a Yılmaz Güney, después desciendan hacia la izquierda, ahí está Jules Romains, también Chopin; sigan bajando hacia Jim Morrison, Auguste Comte, Parmentier (todos los días pienso en él: trajo la patata a Francia, desde América Latina), a su diestra, Molière, y junto a este, Lafontaine. Acompáñenme, sigamos bajando hasta Sarah Bernhardt, desde ahí, otra bajada y tenemos a Modigliani y Edith Piaf. Cerca de esta verán a Paul Elouard; y si andan un poco más allá, a Gertrude Stein. Antes de abandonar el parque, deténgase y contemplen a Oscar Wilde, convertido en una mujer con alas.
Cuando terminé de mecanografiar el manuscrito del poeta Adams, sentí nostalgia por el barrio de Saint German. Llevaba cinco días sin pasar por allí. Pero cada vez que me acercaba a la ventana veía la lluvia caer y me decía que mejor aplazar la visita. De repente, oí el ruido de un coche y al asomarme vi que un taxi se había detenido en la parada, que estaba justo debajo de mi ventana. Me vestí a toda prisa y salí disparado.
-Lo siento –se disculpó el taxista mientras daba una calada a su cigarrillo-, estoy esperando a una persona… Ahí viene, corriendo –añadió señalando hacia la puerta del Père Lachaise.
Miré hacia donde me decía, pero solo vi ráfagas de lluvia, que ahora no recuerdo si era blanca o dorada, por entre las luces de la calle. Volví a girar la vista hacia el taxista, con cara de extrañeza.
-Mi cliente está sentado aquí ahora mismo, a mi lado, monsieur –repuso con una sonrisa.
Y acto seguido, arrancó el motor y se marchó.
Regresé al hotel y alcé la vista hacia el reloj colgado en la recepción. Las diez menos cuarto. Salí de inmediato al colmado del marroquí de al lado del hotel y compré una botella de vino tinto, una lata de garbanzos y una lata de queso blanco Craft. Subí a la habitación.
No sé cuánto tiempo habría pasado cuando me despertó el ruido del motor de un coche que parecía rugir al lado de la cama. Me asomé. Ahí estaba el taxista, de pie, bajo la lluvia, mirando hacia mi habitación. En cuanto me vio, se volvió hacia la puerta del cementerio y comenzó a agitar la mano y mover los labios como si estuviera gritando “au revoir, ¡au revoir!”. Después, me lanzó una mirada fugaz y se metió en el coche.
Al día siguiente, a media mañana, salía yo del Père Lachaise, camino de la plaza Gambetta, cuando vi al taxista bajándose del coche. Quería hablar conmigo.
Bonjour –me saludó, sonriente.
– Bonjour –repuse.
– ¿No quiere un taxi? Estoy libre.
– No, gracias, monsieur – respondí con una sonrisa y seguí mi camino.
– Monsieur –insistió él, andando tras de mí-, no se piense usted que es el único que busca un taxi por la noche. Père Lachaise también hace de hotel; la mayor parte de mis clientes residen ahí. Y también ellos necesitan taxis por la noche. Gente muy simpática, se sientan a mi lado, en silencio, y yo los llevo a ver las calles de París, antes de volver a traerlos aquí.
– Pero ayer por la noche no vi a nadie sentado en su coche – le dije riendo.
– Usted no puede verlos porque no es un taxista –respondió.
– En todo caso, se lo agradezco mucho, monsieur. Tengo sed; me voy a un café a tomar algo.
– Sí, monsieur, como quiera… Espere, acabo de acordarme. ¡Qué cosas tiene esta vida, un cúmulo asombroso de coincidencias! Imagínese, el cliente que estaba conmigo ayer por la noche, un joven extremadamente agradable, me dijo que le conoce. ¿Qué casualidad, verdad?
Saqué un cigarrillo y lo prendí. Sonreí, sin dejar de escrutarlo. Aquel hombre me intrigaba. Retomó la palabra, ahora con un deje de tristeza.
– A lo mejor dice que le conoce y no es verdad, monsieur. Me contó que lleva cinco noches fijándose en la ventana de su cuarto, escuchando el tableteo de su máquina de escribir, admirado de que siga escribiendo tan rápido. Dijo que usted le hizo escribir su nombre con esa misma máquina, hace años. Que le regaló una camiseta con unas montañas, un sol, unos jardines y dos enamorados en una barca, frente a una casa a la que daba sombra una palmera de gran tamaño. También dijo que cuando usted alquiló la primera habitación en su vida, le compró un papel de pared con un estampado de peces, flores y mujeres desnudas, tendidas a la sobra de un palmeral, en una playa de Honolulu o Tahití. Le llamaba, contó, “The liar”, porque le quería. También me dijo que usted fue la única persona a la que reveló el romance que tuvo con aquella chica que acabó abandonándolo. Por ello, se vio obligado a salir de su país, a donde ya no regresó jamás en vida. Estaba muy triste: no puede ser que usted se halle en París, tan cerca de él, y no haya ido a visitarlo.
– ¡François! –exclamé, con el rostro bañado en lágrimas-, ¡mi querido amigo François, muerto en Beirut! No sabía que lo habían enterrado aquí, en Père Lachaise, ¡juro por Dios que no lo sabía!
Había una chica palestina muy guapa que trabajaba con nosotros. Me decía: “Te lo ruego, dile que lo amo, por Dios, se parece a Alain Delon”. Cuando se lo conté a François, me miró, con él Le Monde en la mano, y se rió. The liar, “mentiroso”, se limitó a responder; y desde entonces me comenzó a llamar así. “No te miento, François –insistía yo-, te quiere de verdad”. Pero él se lanzaba sobre mí y me agarraba del cuello. “Liar, liar, liar!”, repetía. Tras la muerte de François, la hermosa palestina obtuvo una beca de estudios en el extranjero y desapareció.

***

“Tráenos una botella de Napoleon”, me dijo aquella mañana de julio de 1981, sin sospechar siquiera que la aviación israelí estaba a punto de sepultarnos bajo un aluvión de bombas. Me tendió un billete de quince liras libanesas: “Volveré por la tarde a tu habitación para emborracharnos juntos, “The liar”, me dijo sonriente mientras se marchaba. Dio unos cuantos pasos y el mundo se vino abajo.
No se llamaba François; era un apodo que le pusieron los palestinos. Difícilmente podía reconocer su tumba si no sabía cómo se llamaba de verdad. Antes de que cerrase el tendero marroquí, bajé y compré una botella de Napoleon y me pasé la noche entera pasando revista a los recuerdos que guardaba de François. Entonces me acordé de una foto que me sacaron en el despacho del periódico en el cual trabaja por aquel entonces, en Beirut. Tres días después de la matanza de al-Fakihani en la que murió François. Aparezco sentado tras el escritorio, con dos carteles detrás de mí, en la pared. Uno de un grupo de víctimas de la masacre y otro de François.Fui corriendo a la maleta y saqué la bolsa de nylon donde guardaba todas mis fotos. Ahí estaba. Pero solo se distinguía la parte inferior del cartel de color marrón, con unas letras muy pequeñas que apenas si podían leerse. A la mañana siguiente pedí una lupa en la recepción y pude leer las tres palabras escritas en grafía árabe: Nicolas Royer “François”.
A la funcionaria de la oficina de información que había en el cementerio no le llevó mucho tiempo localizar la tumba de mi amigo: “Nicolas Guillaume Royer, París 1956 – Beirut 1981”. Así rezaba la lápida, no muy lejos de la de Maria Callas, Sadeq Hedayat y Marcel Proust. A partir de aquel día, no dejé nunca de visitar a mi amigo. Limpiaba la tumba, ponía flores encima y luego me tumbaba en el banco que había al lado, pensando en los hermosos momentos que vivimos juntos.

Cartel Palestino muestra la imagen de Nicolas Royer Guillaume “François” después de la masacre del Fakahani 1981