El día que detuvo la cosecha de aceitunas, memoria del palestino Mohammad Khashan

Traducción del árabe: Álvaro Abella Villar

 

Mohammad Khashan

Dos meses antes de la Nakba1 se abrió una pista de tierra aproximadamente a un kilómetro de la aldea, paralela a la carretera principal y que pasaba por tierras de Suhmata y Deir al-Qasi. Se realizó mediante trabajos forzados ordenados por el Ejército de Liberación2, según creo. Escuché a uno de ellos decir: «Cuando terminemos esta pista, nos echarán». Y eso fue lo que sucedió.

La temporada de recogida de aceitunas comenzaba en octubre. Yo solía acompañar a mi familia en la cosecha y disfrutaba de las faenas. El tiempo era suave y el trabajo se limitaba a recoger las aceitunas en un cubo y luego echarlas a un saco. Cuando el saco estaba lleno, mi padre lo ponía a lomos de la mula y yo la conducía a casa. Allí descargaba las aceitunas y las apilaba en montones en el porche. Finalmente las llevábamos a la almazara (antes de que pusieran una prensa a motor el año anterior a la Nakba) donde se molían y prensaban las aceitunas al estilo tradicional, una de las tareas más hermosas para mí. En la almazara se molían las aceitunas con una enorme piedra girada por un animal -una mula o cualquier otra bestia-. Se molían hasta formar una pasta fina que se ponía sobre cestas de esparto que se colocaban una encima de otra en una prensa metálica que en su parte superior tenía una gran pieza de metal que aplastaba las cestas. La prensa era manejada por hombres. Al aumentar la presión sobre las cestas, el aceite que desprendían era recogido en un canal que conducía a una cisterna. Después, se sacaba el aceite de la cisterna y se vertía en tinajas que traía el dueño de las aceitunas. En el fondo de la cisterna se quedaban los posos de aceite sin filtrar -el alperujo- que se empleaban para reparar las plataformas de las casas y para hacer jabón negro. El jabón blanco se fabricaba del aceite refinado, añadiéndole un producto químico que los campesinos llamaban qatruna3. Se hervía el aceite mezclado con este producto hasta formar un fluido que se vertía en moldes, y se dejaba secar. Antes de que se solidificara del todo, se cortaba en pastillas. Como iba diciendo, en cuanto entraba en la almazara con mi padre me encontraba en un maravilloso mundo de tradiciones heredadas, especialmente cuando nos tocaba el turno de noche. La molienda de aceitunas se realizaba día y noche. Me fascinaba la almazara de noche, iluminada por una lámpara de aceite en forma de cuenco con una mecha en un extremo. Mi madre hacía comida para los trabajadores y, si eran lentejas o burghul4, lo regaban con aceite recién exprimido, convirtiéndolo en un plato delicioso y nutritivo. Este mismo ambiente de cooperación y camaradería reinaba en muchas otras faenas, como la trilla, consistente en separar la paja del grano. Era una tarea que el propietario de las eras no podía realizar solo y precisaba de la ayuda de sus vecinos, a los que a su vez ayudaría cuando les llegara el momento de trillar. El dueño de la era preparaba la comida para los hombres que participaban en la trilla. Era una las fechas que yo aguardaba ansioso año tras año. Quienes pasaban por la trilla no decían «Que Dios te dé salud», sino «Bendiciones nos dé Dios».
Habíamos recogido la mitad o casi toda la cosecha de aceitunas, pero todavía no las habíamos molido y se encontraban amonto-nadas en el porche de casa. Era octubre de 1948 y la situación había empeorado, aunque la gente se comportaba como si nada fuera a suceder. Sólo se tomaban unas precauciones básicas, como almacenar provisiones en el pajar u otras medidas sencillas. En mayo y junio habíamos visto pasar por nuestro pueblo a los expulsados de Tiberíades y otras localidades, de camino al Líbano, pues nuestra aldea quedaba a pocos kilómetros de la frontera libanesa. Mi padre estaba enterado de lo sucedido en las localidades vecinas, porque tenía conocidos en ellas, así que adoptamos una nueva medida preventiva y llevamos provisiones de trigo, burghul, lentejas y aceite a la localidad libanesa de Rmeich.
Unos días antes de que cayera mi pueblo, cuando el número de desplazados aumentaba, escuché que se habían producido combates entre los judíos y el Ejército de Liberación. Acudí al entierro de un soldado en el cementerio del pueblo, y un grupo de militares disparó cinco salvas. Aquellos últimos días vi al Ejército de Liberación desmontar el hospital de campaña, instalarlo en un olivar frente al pueblo y, a los dos días, volverlo a desmontar. Los vi cargando con sacos de provisiones, y tuve la sensación de que algo malo iba a suceder. Algunos de los desplazados entraron en nuestro pueblo pensando que era seguro, aunque huían de localidades que se encontraban a apenas veinte kilómetros de la nuestra. Una de las escenas que más me impresionó fue ver a una mujer joven que conducía a varias bestias cargadas con distintas pertenencias, una de ellas con dos tinajas de barro. Al entrar junto a los demás en nuestro pueblo, el animal que lle-vaba las tinajas se golpeó con un muro y las vasijas se rompieron, derramándose el aceite. La mujer no cesaba de repetir jaculatorias: «¡No hay fuerza ni poder sino en Allah!». Me admiró la paciencia de esa mujer, y sentí pena por ella.
Mi padre ayudaba a los desplazados en la entrada del pueblo, pues nuestra casa daba a la calle. Mi madre le gritó desde casa: «¡Kamel! Ven aquí para ver qué hacemos nosotros». Al día siguiente, estaba yo en un campo de higos que tenemos -el higueral de la Trilla o higueral de Abbas- cerca del cementerio del pueblo. Había un hombre con un rebaño de cabras en el camposanto. De repente, aparecieron dos aviones por el oeste, grandes como aviones de pasajeros y en vuelo raso. El hombre me dijo: «¿Qué piensas, Mohammad? ¿Son aviones árabes o judíos?». El hombre parecía fiarse de mí, porque yo iba a la escuela y él era analfabeto. Además, debido a mi fama de listo en el pueblo, creyó que yo podía saber de aviones. Le respondí inmedia-tamente: «Son aviones árabes». «¿Y cómo lo sabes?», preguntó. «¿No ves que vuelan bajo? Si fueran judíos, no lo harían». Me olvidaba de que en el pueblo no teníamos más que escopetas. Acababa de terminar la frase cuando vimos humo envolviendo la aldea de Deir al-Qasi, a cuatro kilómetros al norte de nuestro pueblo. Volví corriendo a casa. Una hora después del bombardeo de Deir al-Qasi, llegó un jeep del Ejército de Liberación. Habían visto el humo como nosotros, y pensaban que el ataque había sido en Suhmata. A mi corta edad, me sorprendió que el ejército no supiera el lugar exacto del bombardeo. Mi familia procedió a sacar la caja de latón en la que guardábamos el dinero y los papeles de las tierras. Yo tenía una hucha grande de barro, y la rompimos, convencidos de la de-rrota. Tenía aproximadamente siete libras y treinta piastras. Las libras se juntaron con el dinero de la familia, y las treinta piastras fueron a mi bolsillo. Más adelante, me las quitaría un soldado israelí.
Mi madre me recomendó que, si venían los judíos, me llevara el Corán, porque decía que ellos se dedicarían a arrancar sus hojas y a pisar-las. Sin embargo al día siguiente, cuando los aviones atacaron nuestro pueblo, me olvidé del consejo de mi madre. En aquel momento aumentó la llegada de desplazados, y la gente estaba perpleja. El día después del bombardeo de Deir al-Qasi, que si no recuerdo mal fue el 27 o el 28 de octubre de 1948, mi madre estaba haciendo pan en la plancha de casa por la tarde, cuando los aviones judíos aparecieron tras los montes por el oeste. Yo tenía pensado un lugar para esconderme en caso de bombardeo, una cueva en el centro del pueblo del tamaño de una habitación, que a decenas como yo les parecía un buen refugio. Corrí hacia la cueva, que quedaba al oeste de nuestra casa, pero mi madre me vio y exclamó a voz en grito: «¡Vuelve! ¡Aléjate del pueblo!». Me di la vuelta y corrí hacia el este. Allí, más allá de las casas, había apriscos para las cabras, uno de ellos viejo, abandonado y en rui-nas, que llamábamos el aprisco de Qaysar. Llegué corriendo al cercado y escuché el sonido de la primera bomba de un avión que llamábamos Kazan. Me pegué al muro del cercado. Al otro lado de la carretera vi a los dos alcaldes, Ali Saleh y Jerays Qaysar, que salían del pueblo como yo, por temor al bombardeo. Al oír la explosión, se tiraron al suelo, una pista polvorienta y llena de piedras. Los vi y me reí, y, en lugar de tumbarme boca abajo, me senté reclinando la espalda y miré los aviones por encima de mi cabeza, que llevaban las letras UN. Lanzaron la segunda bomba, y la contemplé caer por el aire, grande, alargada y negra, descen-diendo en picado sobre mí. Recé mis oraciones y no me moví. Escuché aquella segunda explosión, que se produjo al sur del pueblo y no al norte, donde estaba yo. Me levanté y pasé por las eras del barrio de arriba, donde vi que se habían reunido casi todos los habitantes, mujeres y niños, gritando y buscando a sus hijos, hermanos, padres y madres. Esta escena me consternó y salí hacia casa. Abandonamos nuestro hogar con dos mulas cargadas con colchones y otros objetos, y nos dirigimos al monte. Mi padre volvió a casa a recoger todo lo que pudo. El ataque aéreo continuó, y la segunda vez que mi padre fue a casa regresó con las manos vacías. Mi madre le preguntó por qué, y dijo que las explosiones habían dañado la cerradura y no había querido tirar la puerta abajo, como si fuera a volver algún día para repararla. Con esa ingenuidad afrontaba la gente lo que estaba sucediendo. Pero esta ocasión no era como las anteriores, en que nos íbamos al monte cuando había peligro y luego volvíamos a casa. El bombardeo era el preludio del avance y ocupación del ejército judío. Pasamos allí la noche, y por el día mi padre cogió nuestras pertenencias y las llevó al pueblo de Buqeiah, a apenas cuatro kilómetros de allí.
Como resultado del bombardeo israelí, resultaron muertas o heridas las siguientes personas: Hassan Musa, Jalil Saloum (que estaba enfermo y murió en su casa, aportando sangre cristiana a la de los musulmanes en la defensa de nuestro pueblo); Jalil Abud, del pueblo de Buqeiah, pero que se encontraba en Suhmata durante el bombardeo; Sumaya Amer, esposa de Tawfiq al-Abed Qaddura; Atallah Musa; Mustafa Ali Qaddura; Muhammad Abd al-Rahman Qaddura; Muzah, esposa de Asaad Nimer Musa. Entre los heridos se encontraban Ahmad Hammudi y Muhammad al-Hajj Ibrahim.
Mi hermano participaba en la lucha con el rifle que habíamos comprado. Durante los combates, el Ejército de Liberación posicionaba a jóvenes de los pueblos en las colinas vecinas y en la retaguardia. Esto generó desconfianza en los muchachos, porque antes de la entrada en conflicto de los ejércitos ellos se enfrentaban al enemigo y tenían la moral alta por las victorias que habían logrado. Pero tras el 15 de mayo todo cambió con la llegada de los ejércitos árabes5. Como iba diciendo, mi hermano y otros jóvenes se encontraron en una mala posición: el Ejército de Liberación se retrasaba, así que los muchachos avanzaron por su cuenta hacia el frente. Sin embargo, justo antes de que los judíos lanzaran la ofensiva, se ordenó la retirada del Ejército de Liberación que dejó solos a los jóvenes campesinos, con sus armas rudimentarias y peligrosas. Yo mismo vi algún rifle explotar en las manos de su portador, hiriéndolo. Alguien preguntó a los combatientes: «¿Qué hacéis aquí? ¡El Ejército de Liberación se ha retirado!». Los muchachos abandonaron sus posiciones y regresaron a sus pueblos. Durante ese tiempo, nosotros estuvimos en el monte. Mi padre nos llevó a Buqeiah y regresó a coger algunas cosas. En casa se encontró a mi abuelo, sentado sobre una estera. El abuelo le contó que se había presentado mi hermano Asaad, había escondido el rifle bajo la estera y le había pedido que se sentara encima. Luego le dijo: «Me marcho al Líbano».
Una de las escenas que jamás olvidaré de aquellos dos días que pasamos en el monte fue la huida en desbandada del Ejército de Libe-ración. Cada soldado se las tuvo que apañar solo. Grupos de dos o tres combatientes, o en ocasiones un hombre solo, se nos acercaban a preguntar a mi madre cómo se llegaba al Líbano. Dándose palmadas en la cara, mi madre les indicaba hacia el norte. No sé qué sería de aquella gente, porque el ejército judío ya había alcanzado la frontera palestino-libanesa antes que ellos.
Mi hermana, mi madre y yo pasamos la noche en Buqeiah, y mi padre se quedó en el monte. Al día siguiente, casi al salir el sol, mi padre se presentó con mi abuelo y el rifle. La divina providencia quiso que se salvaran, porque en cuanto llegaron empezamos a oír disparos sin respuesta. Era un grupo de comandos judíos, no llegarían a cien, que habían llegado a la plaza del pueblo, donde había una fuente. Los vi, desde la casa en que estábamos, lavándose la cara después de haber formado. Bajé a la plaza del pueblo a verlos. Sus armas eran normales, y sus uniformes no eran todos iguales. Algunos iban afeitados y otros con barbas. Se dedicaron a pasear por el pueblo y me puse a seguir a un soldado alto y delgado que llevaba un subfusil de los llamados Sten Gun o Tommy Gun. Me puse a caminar detrás de él, diciéndome: «¿Este es el que nos va a echar de nuestro país?». No me daba miedo el soldado. Caminé unos pasos tras él, y luego me volví a casa.
No éramos las únicas personas refugiadas en aquella casa; había otra familia, que yo recuerde. El padre de esa familia tenía una buena vaca por la que le ofrecieron treinta y cinco libras, pero no la vendía. Era un muy buen precio, dadas las circunstancias. El día siguiente a la llegada de los comandos, por la mañana se presentó una compañía regular, con uniformes y cascos con red en la cabeza. Por delante de la compañía iba un jeep conducido por una soldado morena. Los militares subieron a los tejados del pueblo. Había algunos en la terraza frente a nuestra casa, con metralletas de las que llamábamos Bren-guns. Este batallón me infundía más respeto que los del día anterior, aunque no hicieron daño a nadie, porque ese pueblo y otras aldeas vecinas supieron cómo resistir y permanecer en su tierra; eran nuestros hermanos, vecinos y amigos que pertenecían a una secta monoteísta -los Bani Maarouf- más conocidos como drusos. Aquella casa en la que pasamos un par de días quedaba cerca de la carre-tera que llevaba a la localidad de al-Ramah. Subí por la carretera y vi mujeres corriendo con sus hijos. Iban descalzas, y por su aspecto parecían de la ciudad. No comprendí el motivo. Regresé a casa y por la tarde oímos una voz que anunciaba: «Todas las personas que no sean vecinos de Buqeiah deberán presentarse en la calle principal a las siete en punto de la mañana. El ejército abrirá fuego sobre quien no lo haga». Reinó un silencio desconsolador y triste, pero no podíamos olvidar que no éramos de aquel pueblo, así que nos pusimos a empaquetar las pertenencias que teníamos. Vi a algunos tirando la lana de los colchones y quedándose sólo con la tela. No sé cómo pasamos aquella noche. Por la mañana salimos a lo desconocido, siguiendo las órdenes dadas por las fuerzas de ocupación. Estábamos a punto de salir del pueblo. En la entrada hay una fuente distinta a la del centro. Buqeiah tiene una tercera fuente, llamada Tiriyyah, que riega unos jardines, mientras que la fuente del pueblo abastece de agua a los huertos que la rodean y a sus casas. Como iba diciendo, en la entrada del pueblo nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado dos cántaros de labneh6 -que en el Líbano llaman ambris-; uno, grande, en el que caben seis arreldes; y otro, pequeño, de casi dos arreldes. Vendíamos cada arrelde de labneh a una libra palestina. Mi padre los había colgado en unos ganchos en la entrada de la casa en la que nos quedamos. El grande estaba en un gancho a cierta altura, y el pequeño en uno más abajo. Mi padre me dijo: «Muhammad, vuelve y trae los cántaros de labneh». Regresé corriendo e intenté coger el grande, pero mis brazos sólo llegaban a rozarlo, así que agarré el pequeño, me lo eché a la espalda y salí corriendo. El contenido estaba seco, porque estábamos a finales de octubre, la época en que solíamos vender el grande y dejábamos el pequeño para nuestro consumo personal. Lo cortábamos en bolas o discos que metíamos en tarros de cristal o de barro con aceite de oliva, creando un manjar. Llegué junto a mi familia, y mi padre me preguntó por qué no había traído el cántaro grande. Le dije que no podía con él. La verdad es que me daba miedo el soldado judío que estaba plantado con su metralleta en la te-rraza de la casa de enfrente, y por eso no había pedido ayuda a la gente de la casa. Ni siquiera me fijé en si me habían visto o no. En cuanto dejamos el pueblo y salimos a la carretera principal, vi decenas de miles de personas avanzando, como nosotros. No había visto a esa gente en Buqeiah, y comprendí que los habían expulsado, como a nosotros, de las aldeas vecinas y habían pasado la noche a la intemperie en los alrededores del pueblo. Caminamos un poco, y vimos a un hombre que volvía hacia Buqeiah, quizá porque había olvidado algo, como nosotros. El desconcierto y la confusión se habían adueñado de todos. A mi lado caminaba un joven llamado Hussein Hassan Mousa, que llevaba varias vacas y cabras. Un hombre le preguntó: «¿Adónde vas con esos animales, Hussein?». El que preguntaba era de nuestro pueblo, y Hussein contestó: «Estas vacas y cabras son nuestras, tío». El hombre le dijo: «Los judíos han puesto un control en el cruce de Tarshiha y Buqeiah, y te van a quitar los animales». Hussein arreó a su rebaño con la vara y los apartó de la carretera, abandonándolos en el prado de Suhmata, situado entre Buqeiah y Suhmata. Contemplé los animales, que se quedaban solos. Esta es otra de las escenas que no puedo olvidar.
A medida que avanzábamos crecía el gentío, hasta que llegamos al control formado por unos soldados que hablaban en árabe, como nosotros. Había uno plantado en mitad de la carretera, y nadie podía pasar sin su permiso. Había otros observando a la gente, y pidiendo a las mujeres que bajaran la carga que llevaban sobre sus cabezas hasta que les llegara el turno de la ins-pección. Aquí voy a hacer un inciso para decir que mi padre tuvo la suerte de llegar al pueblo unos pocos minutos antes de que entraran los judíos, con el rifle que mi hermano había ocultado debajo del abuelo. Aquella misma noche mi padre se lo regaló a un hombre que conocía. Mi padre, mi tío y mi abuelo le entregaban a aquel hombre cuarenta cabras de sus rebaños para que las sacara a pastorear y, con el paso de los años, se las repartían de acuerdo a un sistema establecido. Aquel hombre cumplía una función que requería experiencia y confianza. Aceptó el rifle con cierto reparo, como más adelante nos contaría mi padre, pues no eran tiempos para llevar armas. Mi padre se quedó el cinto de cuero del rifle, que podría ser de utilidad.
La distancia entre Buqeiah y el control, que quedaba cerca del pueblo, hacia el oeste, apenas era de cuatro kilómetros. Estaba estratégicamente situado: a la derecha había una elevada pendiente por la que resultaba complicado escapar si a alguien se le ocurría hacerlo ; y a la izquierda, una amplia explanada abierta. Oí un disparo, y alguien dijo: «Han disparado a un hombre que habían visto a lo lejos». Vi a unos jóvenes camuflados, con las caras pintadas de barro o algo parecido, y en medio de la muchedumbre y del miedo localicé al dueño de la vaca, que no la había vendido ni la había abandonado, como hizo Hussein con su rebaño. Llegó al control al mismo tiempo que nosotros. Un soldado le dijo: «Ata esta vaca a esa roca». El hombre entregó al soldado la rienda del animal y le dijo: «Tenga, señor»; a lo que el otro le gritó: «¡Te he dicho que la ates allí!», y el hombre fue a amarrarla. Vi a un soldado cacheando a la gente y quitándoles el dinero y las joyas. El miedo se adueñó de mí, pues mi madre llevaba nuestros ahorros envueltos en un trozo de muselina atado a la cadera. Iba con un vestido largo con un grueso zunnar7 a la cintura, que llevaba desatado para que el vestido pareciera más ancho, ya que estaba muy delgada. Avanzó hasta el soldado y le dijo: «Vamos, tío, regístrame y déjanos pasar». El hombre la miró y dijo: «Largo de aquí».
Como ya he dicho, el control consistía en un soldado que hablaba árabe, plantado en medio de la carretera, ayudado por otros soldados. Mi madre pasó y le dijo: «Hermano, deja pasar a mis hijos». «¿Dónde están tus hijos?», le preguntó el militar. Mi hermana y yo estábamos al lado del soldado. «Son esos», dijo mi madre. «Id con vuestra madre». Corrimos a su lado, pero mi madre me dijo: «Volved donde el judío y pedidle que deje pasar a vuestro padre». Eso hice, y le dije al hombre: «Señor, deje pasar a mi padre». Me cacheó y encontró las monedas que me había guardado de la hucha, unas treinta piastras. Se las quedó y dijo: «Sois unas ratas. Escondéis el dinero en las bestias de carga». Regresé, decepcionado, sin mi padre ni mi dinero. Jamás olvidaré aquello: un soldado con sus actos puede dañar la reputación de todo un ejército. Hasta el día de hoy, soy incapaz de sentir respeto por este ejército, a pesar de todas las gestas y capacidades que se le atribuyen. Poco después nos detuvimos y vi a lo lejos a mi padre recibiendo una fuerte bofetada de un soldado, que luego le dejó pasar. El soldado que pegó a mi padre no era el que me había robado el dinero. Ya en el Líbano, le preguntamos por qué le había pegado el soldado. «Me preguntó de qué pueblo era, le di un nombre falso, y me pegó. Entonces lo miré y lo reconocí, pero no dije nada». Resulta que aquel soldado era un funcionario de recuento de ganado, de los que abordaban a los pastores cuando llevaban a abrevar a los animales para preguntarles cuántos rebaños tenían, quiénes eran sus dueños, cuántas cabezas poseía cada uno, y recabar información para recaudar impuestos.
Este control no quedaba muy lejos de la otra carretera principal que partía de Acre en el oeste y luego torcía hacia el norte a las afueras de Suhmata. A medida que avanzábamos, crecía la multitud. Familias con ancianos, niños y animales cargando con sus pertenencias, todos dominados por el miedo y el cansancio. Vi a más de una mujer abandonado la carga que llevaba a la cabeza, y seguir caminando. El cruce de Suhmata-Buqeiah no era seguro, y nos encontrábamos cerca de la entrada de nuestro pueblo por el oeste. Aunque la carretera era buena, había una empinada cuesta que se llamaba al-Dabash. A ambos lados del camino vi colchones, sacos de cereal y cajas de munición. Me encontraría lo mismo desde el control hasta casi la frontera con Líbano. Había blindados calcinados, de los que todavía salía humo. Como iba diciendo, al principio de la cuesta vimos a una mujer gorda que volvía hacia atrás. Le preguntamos: «¿Qué sucede? ¿Por qué esas prisas?». Nos contestó que estaban disparando a los muchachos en la entrada de Suhmata. En mi vida había sentido tanto miedo como en aquel momento. Temí por mi padre, que dijo a mi madre: «Zahra, coge a los niños. Yo voy a escapar de aquí por el olivar. Nos vemos en Líbano». Ella le contestó: «¿Te crees que los judíos no se darán cuenta? Están en los tejados de las casas, como viste en Buqeiah. En cuanto salgas de la carretera, te dispararán. Es mejor que te quedes con nosotros. O sobrevivimos juntos, o morimos juntos». Mi padre aceptó el consejo de mi madre y poco después llegamos a la entrada del pueblo, sin cruzarnos con un solo soldado. Quizá la mujer que decía haber visto cómo disparaban a un muchacho de nuestro pueblo hablaba de hace tiempo. Yo dirigía a las dos mulas con una vara corta, y me costaba seguirlas porque iban a buen ritmo sin necesidad de azuzarlas. Cuando llegaron a la entrada del pueblo se giraron para entrar en la localidad y tuve que azotarlas con violencia y miedo, pues había visto a unos judíos sentados en el tejado del pajar de nuestra casa. Mi madre me había dicho una vez: «Mohammad, si vienen los judíos, se quedarán en esta casa». Y yo le respondía bromeando: «Claro, es el palacio de Yildiz». Había oído esa expresión en el pueblo y sabía que se refería a un palacio de Estambul. Conseguí dirigir a las dos mulas hacia el norte. Cuando comprendieron que no iban a casa, me costó mucho hacerles avanzar. Esta es otra de las cosas que nunca olvidaré: era como si los animales supieran que los estaban alejando de su patria y se negaran a caminar.
En la caminata desde el control a la frontera libanesa nos cruzamos con camiones y jeeps judíos, conducidos por un solo soldado. Los jeeps llevaban algo tapado que parecía un cañón. Los coches, la gente, los animales, el terror y los rumores de muertos en los bombardeos… ¡Era el fin del mundo! Así me sentía yo en el camino. Era el día del Juicio Final. Apenas nos habíamos alejado un kilómetro de nuestro pueblo, cuando de pronto vi a mi hermosa gata naranja correr asustada y maullando entre los coches, la gente y los animales, buscándonos. Pasó cerca de nosotros, pero maulló como una loca cuando intenté evitar que muriera aplastada. La vi alejarse de la carretera y correr entre los olivares. Se me partió el corazón. ¿Cuántas veces se había tumbado a mi lado o en mi regazo para jugar, levantando la cola cuando le acariciaba el lomo? Me puse muy triste, pero con una pena silenciosa. ¿Quién sabe si sobrevivirá?
Mi padre llevaba una cantimplora de metal, que había llenado con agua de Buqeiah. El temor y la sed hacían que la gente pidiera de beber a mi padre. Abrió la cantimplora y vio que el agua casi hervía debido al calor del sol. La vació y siguió caminando. Un terror enorme que no se olvida. Un pueblo expulsado de su tierra por la fuerza de las armas, expulsado de la tierra de sus padres y sus abuelos.
Entre Suhmata y el Líbano se encuentra la aldea de Deir al-Qasi, a apenas cuatro kilóme-tros. Pasamos por el centro del pueblo. La carre-tera que separaba el Líbano de Palestina no quedaba lejos. Era una línea que se extendía desde Ras al-Naqura, en el Mediterráneo, hasta la localidad siria de Banyas, en el Este. Cruzamos la carretera, sin ser conscientes de que aquel sería mi último instante en Palestina.
El día que cruzamos la carretera que separaba Palestina del Líbano era el primero de noviembre de 1948, si la memoria no me falla.

 

Del libro Al-jat al-shimali (Línea norte),
publicado por Dar Al-yamal, Beirut, 2012

 

1 Término árabe que significa «desastre» o «catástrofe» y que designa a la expulsión de los palestinos de sus tierras tras la creación del Estado de Israel el 15 de mayo de 1848 (N. del T.).
2 El Ejército Árabe de Liberación fue un ejército de volunta-rios de varios países árabes creado por la Liga Árabe en 1948 para luchar contra el naciente estado de Israel (N. del T.).
3 Sosa cáustica (N. del T.).
4 Granos de trigo molido, elemento habitual de la gastronomía de Oriente Medio (N. del T.).
5 Se refiere a la entrada en conflicto de los ejércitos sirio, libanés, egipcio, iraquí y jordano, el 15 de mayo de 1948, obligando a los combatientes del Ejército de Salvación a retirarse a posiciones de retaguardia (N. del T.).
6 Tipo de queso hecho a partir de la fermentación del yogur, típico de la cocina de Oriente Medio (N. del T.).
7 Especie de fajín de cordón típico de los vestidos palestinos (N. del T.).