El guardia del cementerio de la Commonwealth, relato de Sofiene Rajab

Traducción de Karima Hajjaj

 

Sofiene Rajab

Si contemplas detenidamente el mapa de Túnez, verás que encarna la imagen de una mujer de pie asomándose al Mediterráneo desde su balcón con los pies hundidos en la arena del desierto del Sahara. Si te fijas bien en su pecho, podrás visua-lizar una pieza que brilla a la luz del sol mientras vibra en ese collar que el país luce en el cuello. No se trata por supuesto de una condecoración, porque quien se la colocó fue sólo un colono. Y no es una joya preciosa, porque el colono nunca alcanza el rango del enamorado; así que digamos que es, más bien, una campana de bronce que los europeos colgaron a Túnez, a finales del siglo XIX, del mismísimo modo que un blanco granjero estadounidense hacía, en el siglo XVIII, con el siervo que se compraba en el mercado de esclavos, y que luego se llevaba a su rancho.
Aquella campana que los europeos colocaron, por entonces, en el collar de su esclava Túnez, no fue más que la ciudad de Enfidha, a la cual pusieron el nombre del Gran Henshir, que una compañía agrícola francesa había comprado en 1880 al ministro Khaireddin Pacha. Para la buena explotación de ese llano, tuvieron que fundar en su centro una nueva ciudad, en cuyo corazón levantaron una bonita iglesia con un alto minarete que llevaba un reloj. En aquellos tiempos, tan solo los responsables franceses junto a algunos trabajadores malteses e italianos, que habían traído para trabajar en el llano, podían interpretar el reloj. Los árabes y bereberes que vivían en casas de barro, en los alrededores de la ciudad, no tenían ni idea de lo que significaba aquel círculo enumerado con dos flechas dentro. A medida que las manecillas del reloj de la iglesia giraban, el tiempo iba dando vueltas también. Los europeos se fueron y con ello la ciudad sufrió unos grandes cambios. Las bonitas casas que los franceses habían construido desaparecieron. La iglesia fue convertida en museo y su reloj dejó de funcionar. Algunos testigos cuentan que, en su época de esplendor, anterior a la mitad del siglo XX, la ciudad era comparable a cualquier ciudad europea en su simetría arquitectónica adornada con tejas rojas y en la limpieza de sus calles decoradas con flores y árboles. La ciudad contaba también con un maravilloso jardín que tenía un campo de Booling, además de bares, hostales y una bonita estación de trenes. De todo esto no queda casi ni rastro. La ciudad se ha desfigurado y contagiado de hemorroides y manchas repugnantes. Una ar-quitectura falta de gusto parecida en su disposición a una boca de hiena. Calles sucias cuyas aceras han sido invadidas por los kioscos, los restaurantes y las cafeterías. Total, la ciudad se convirtió en un gran escupitajo en la cual nada merece la pena ser visto, salvo aquel rectángulo verde en cuya entrada cuelga: War Cemetry 1945.
Se trataba del cementerio de la Commonwealth que paradójicamente era el sitio donde valía la pena vivir. En mis momentos de tiempo libre, solía detenerme enfrente del cementerio paseando mi vista por aquellas piedras de mármol blanco pegadas a su suelo cubierto de césped y que eran las lápidas de los soldados británicos fallecidos en la Segunda Guerra Mundial. Soñaba con hacer el amor con una chica británica sobre aquel césped verde. Era, precisamente, una chica de la campiña escocesa que olía a queso y vino. Dentro del cementerio, había dos pequeñas construcciones cubiertas con tejas de color rojo que se parecían a dos pequeñas cabañas. Me decía: «Tomaré una por casa para vivir con mi amada escocesa y colgaremos un columpio en la cruz gigante instalada entre las dos construcciones». De aquellas fantasías delante del cementerio de la Commonwealth, sólo me despertaban los gritos de su viejo guardia. «¡Suelta la puerta, Mohamed!»
El único desajuste dentro de aquel bonito lugar era precisamente su guardia, un personaje creado de un escupitajo del diablo que no paraba de injuriar e insultar a cualquiera que se acercara a las vallas del cementerio. En la realidad, bien podía tomar un descanso y dejar que su propio hedor se hiciese cargo de aquella tarea sin hacer ningún ruido. Bastaba con que se acercase a cualquier persona para que ésa huyese corriendo del olor a puerco que se acumulaba en sus sobacos.
Para esquivar al guardia del cementerio, encontré un sitio desde el cual me asomaba a mi pequeño paraíso, dejando volar mis fantasías por todo el lugar. Mi nuevo balcón se encontraba en la parte del cementerio italiano que se situaba justo al lado del cementerio de la Commonwealth. Dicen que estaba empedrado con mármol antes de que fuera arrancado por los ladrones de la ciudad para adornar sus casas. De esta forma, el cementerio italiano acabó convertido en un lugar lúgubre que bien podía servir de escenario para alguna película de terror. Cruzaba sigilosamente sus tumbas en ruina hasta llegar a una esquina que se asomaba al cementerio de la Commonwealth. Me sentaba sobre una piedra de hormigón y me sacaba las latas de cerveza que me guardaba en mis bolsi-llos ocultos, y que me servían para desempolvar mi alma de la suciedad que se había ido acumulando sobre ella a lo largo de toda la semana. Esas salidas se convirtieron en una rutina durante las tardes del viernes, que era mi día de descanso, justo después de la oración, ya que el resto de la semana trabajaba en un bar de Susa. Nadie me creería si dijera que nunca bebía cuando trabajaba. Lo aplazaba para mi día de descanso. Las siete cervezas, que correspondían a los siete días de la semana, constituían la base de aquel particular rito mío, enfrente del cementerio de la Commonwealth. Aquellos momentos entre los dos cementerios me inspiraban las ideas de mis poemas en los que coqueteaba con una chica de la campiña escocesa, llamada Elisa, a la vez que levantaba horcas para los dioses. Los dos cementerios eran la representación del paraíso y el infierno. El cementerio de la Commonwealth, con su cruz gigante y sus tumbas blancas cubiertas de hierba y flores, y con sus dos construcciones cubiertas de tejas de color rojo, representaba el paraíso en el que me encontraba con Elisa. Por el contrario, el cementerio italiano, con sus derruidas tumbas y aquellas cavidades que aparecieron en él para acabar convirtiéndose en nidos y madrigueras de serpientes y ratas, representaba el infierno. No obstante, había dos contradicciones que impedían que los dos cementerios se convirtieran en paraíso e infierno propiamente dichos; se trataba del guardia del cementerio de la Commonwealth que yo colocaba en el infierno, y de aquella melancólica y oscura cruz del cementerio italiano que yo veía que pertenecía al paraíso, a pesar de su aspecto melancólico.
En una de aquellas tardes de los viernes, entre los dos cementerios, me puse a leer el libro de William Blake El matrimonio del Cielo y el Infierno, aquel libro que constituía para mí una especie de Corán en la universidad, cuando era aún un vivaz estudiante de inglés, antes de que me graduara en filología inglesa para luego acabar trabajando de camarero en un bar de Susa, obligado por el desempleo. Contemplaba aquel dibujo que Blake había elegido para la cubierta de su libro y que representaba la figura de una mujer desnuda en el infierno abrazada a un hombre acostado sobre un banco en el paraíso; no obstante, aquel no era mi caso con Elisa. Yo estoy sentado sobre una piedra de hormigón en el infierno, mientras ella está sentada enfrente de mí en el paraíso. Me dije: «Mis ideas acerca del paraíso y el infierno parecen tan organizadas como Swedenborg. Me hace falta toda una carga de textos del gay William Blake».
Estaba levantando una lata de cerveza en dirección al sol, cuya luz me alcanzaba a través de las ramas del sauce que había detrás de mí, cuando percibí una aguda risa diabólica que, paradójicamente, procedía del paraíso. Volví la mirada hacia el cementerio de la Commonwealth y hallé al viejo guardia carcajeando. Había levantado el telón de sus labios dejando al descubierto sus dientes negros que se asemejaban a las lápidas del cementerio italiano. Mientras se dirigía hacia mí, me dijo: «Pensé que eras hermanista (1) JAJA». Dijo aquello mientras apuntaba a mi larga barba. Me extendió la mano para saludarme y añadió: «Me alegro de que no lo seas. Odio a todos los hermanistas». Estaba de pie delante de mí, sólo separados por un bajo muro que servía de límite entre el paraíso y el infierno, mientras yo iba dando vueltas a sus pa-labras que se contradecían como las ideas de William Blake. «¡Hola!» -le dije sonriendo. De allí, surgió entre nosotros una extraña amistad que no carecía de tragicómicas contradicciones.
El guardia del cementerio se llamaba Jalifa. Le llamaba entre bromas Jalifa del diablo en la Tierra y él me correspondía con una espantosa carcajada que bien podía servir como Play Back para las carcajadas del diablo cuando exploraba el cuerpo de Adán mientras era creado, en la pieza teatral de la Creación. Aquel rectángulo verde pasó a estar a mi disposición para entrar allí cuando quisiera. Las tardes de los viernes bebía con el jalifa del diablo en la Tierra. Le traía dos botellas de vino de Mornag del bar donde trabajaba. Aquello era motivo de gran alegría para él que la expresaba abrazándome largo. Solo me soltaba cuando le gritaba tapando la nariz: «¡Cierra esta granja de cerdos que has abierto, diablo!» Entonces él se alejaba carcajeando mientras frotaba sus sobacos con sus dos manos para incomodarme. En apariencia, era un auténtico diablo, pero en su interior se escondía una bondad exquisita. Se parecía mucho a William Blake. Fue él quien escogió el lugar para nuestros encuentros, junto a la lápida de un soldado neozelandés llamado Pahenas, muerto el 11 de mayo de 1943 a la edad de veintiséis años. Eso fue lo que estaba escrito en su lápida. Jalifa le llamaba Bahnas, y le solía llamar también nuestro amigo el soldado. A veces, cuando se emborra-chaba, vertía algo de Mornag junto a la lápida y solía decir: «Que se emborrache nuestro amigo ya que es foráneo y quebrado», y luego carcajeaba. Me encontraba a gusto haciéndome pasar por Pahenas e inventando una fantástica historia en la cual imaginaba como fue su vida: «Soy el extraño Pahenas, de la lejana Aotearoa, la tierra de las largas nubes blancas, Nueva Zelanda como la dieron a conocer los europeos. Nací después de la Primera Guerra Mundial y fallecí en la Segunda, y ¿te puedes imaginar la vida de una persona entre dos guerras mun-diales?» Entonces el guardia del cementerio replicaba diciendo: «Una vida con fervor en la guerra mejor que una tibia en la paz». Luego, vierte una copa de Mornag sobre la lápida del soldado añadiendo: «Bebe y olvídate de tus penas, amigo». A lo que contestaba yo haciéndome pasar por Pahenas: «No tienes ni idea de lo que es morir en una guerra equivocada. Una vez que el jefe de estado de tu país haya levantado la mano detrás de Gran Bretaña, ya estás abrazado a tu arma en una larga fila de soldados que irán su-biendo a un barco que, días después, los arrojará en las costas norteafricanas. Tenía entonces, en 1941, veinticuatro años. Dejé sola a mi madre que es viuda en su lúgubre cabaña en las faldas de la montaña Cook, después de que haya perdido todas las esperanzas en que me quedara a su lado».
—¿Hijo mío, ¿qué tenemos que ver nosotros los modestos maorís con las guerras que se desarrollan allá en las tierras de Pakeha?
Finalmente, me despedí de ella y me fui.
El guardia del cementerio me miró con sus cansados ojos y dijo:
—¿Acaso, todo esto que has contado está escrito en esta piedra de mármol? —me pregunta mientras vierte otra copa de Mornag sobre la lápida del soldado.
—¡Mira tú, jalifa del diablo! Esto está escrito aquí en mi mente. He leído bastantes novelas en inglés que hablan de la naturaleza de la extraordinaria Nueva Zelanda, donde unas doradas nubes acarician el pico de la montaña Cook; sus bellas mujeres maorís, de cuerpos morenos y semidesnudos, bailan bajo la sombra de los árboles del Pohutukawa, mientras se les caen sus pasmosas flores de color rojo; y donde unas le-gendarias y raras aves tal como el Kiwi, el águila de Haast, el búho sonriente u otras más que ya están extinguidas.
De esta forma Pahenas o Bahnas, como prefería llamarle el guardia del cementerio, se convirtió en nuestro acompañante durante todas las tardes de los viernes, al punto que empecé a traer una botella de Mornag sólo para él. Y de tanto verter vino tinto sobre su lápida, acabó haciéndose bermeja.
Ese mismo año en que falleció Pahenas, había muerto también mi tío Bachir, mientras combatía bajo la bandera de Francia, en las fronteras entre Egipto y Libia. De él, a mi abuela sólo le llegaron un saco blanco metido en una caja donde se recogían sus restos mortales. Puede incluso que hayan sido restos de otro soldado del ejército francés, porque, según me contó mi abuela, hubo entonces diez soldados que cayeron en una emboscada alemana, siendo víctimas de una mina terrestre.
En aquellos tiempos, mi familia no paraba de huir de un sitio para otro, aquí en Túnez, entre la costa y Kairuán. En aquel entonces, era común que se llamara Fátima a un tío con un bigote sobre el cual se podía sostener hasta un pájaro y que él contestara: ¡Sí! El nombre de Fátima era el único escudo que protegía a los árabes frente al ejército nazi. Mi abuelo también se llamaba así ante los alemanes.
Cuando me hablaba de los tiempos de guerra, a su rostro le invadían los signos del miedo y la tristeza, esos dos sentimientos que le habían acompañado durante todos esos largos años que van desde la Segunda Guerra Mundial hasta ahora. Con su voz temblorosa, nos contaba: «Aquellos fueron tiempos de frío y maldad. Los años que se llevaron a mi señor – en referencia a mi tío Bachir, su hermano mayor – y a muchos seres queridos, algunos perecieron aquí alcanzados por alguna bala perdida, mientras otros lo hicieron lejos, bajo la bandera de Francia. Estaba muy enganchado a mi Dada, – se refiere a su madre, que Alá la tenga en su gloria –, y huíamos del ruido de los cañones, los aviones y las bombas… Éramos como unas bandadas de perdices acorraladas por los cazadores. Dejamos nuestras casas vigiladas sólo por el viento y nos metimos en bosques, matorrales y valles».
En la Segunda Guerra Mundial, mi abuelo no era más que un chaval que aún no había alcanzado los quince años.
—¿Qué te ponías, abuelo?
—Me vestía tan sólo con una blusa y ni siquiera sé si era yo quien la vestía o era ella la que me vestía a mí. Desde que tuve uso de razón, nunca se había separado de mi cuerpo. Un trozo de tela sucio y empiojado que bien se podía describir como una pequeña patria de los piojos.
—Y ¿qué comías, abuelo?
—Como todos los tunecinos huidos de la guerra, comíamos las hierbas que nos ofrecían los valles y los matorrales: el cachapedo, la ce-rraja, la ortiga, el cardo de leche…
Podrías imaginar a este ser herbívoro en la Segunda Guerra Mundial, luchando por su existencia igual que un íbice nubio. Ese ser humillado por Francia después de la derrota de Alemania en la guerra, y a quien colocó la etiqueta de traidor. Toda su culpa consistía en que los alemanes le llamaban Fátima. No le mataban de la misma forma que lo hacían con un francés o un británico. Hubo un general francés que había puesto incluso el nombre de Fátima nazi a todos los árabes.
A principios de 2011, toda Túnez se incendió. Era la revolución. Después de la caída del régimen que tuvo al país cogido con la soga al cuello durante casi un cuarto de siglo, fueron surgiendo nuevos partidos políticos y organizaciones que empezaron a proponer nuevas alternativas sociales y, sobre todo, económicas. Me llamó un amigo de los años de la universidad, llamado Bayram para decirme: «Tienes que venir a la ca-pital, formaremos aquella organización juvenil con la que soñábamos en secreto durante los años de la universidad, Descendientes de Marx». Puse mis pequeños sueños en una vieja maleta negra y me fui a la capital, a principios de marzo de 2011. Me metí entre las multitudes exaltadas y hasta escribí consignas para la revolución, llené mi pecho con aire lacrimógeno, escupí a las esta-tuas y colgué en las paredes fotos del Che y de Handala el-Ali (2)… Sabía, entonces, que con aquellos movimientos no era más que un caballo salvaje al que quisieron domar, pero que ahora se está escapando de la granja hacia anchos llanos, recuperando su danza y bufido. Yo siempre decía a los camaradas que el neoliberalismo se había desnudado, quedando al aire sus partes, y que anda ahora sólo cubierto de la vieja ropa teológica, y si de verdad quieres derrocar a tu enemigo, debes utilizar sus mismos modos. Bayram se quejaba siempre gritando: «¡Explica tus delirios!» Y al final, me di cuenta de que yo no tenía nada que ver con esa discordancia roja que no podría ser más que un bomboncito en boca del neoliberalismo y, por eso, me retiré sin hacer ruido y sin darles la oportunidad de reírse a mis espaldas y guardando en mi caja negra la idea de que tenían que cambiar su nombre de Descendientes de Marx a Descendientes de Ali. Recogí mis pensamientos en un poema que se ti-tulaba Mi abuelo es comunista, pero no conoce a Marx que publiqué en un periódico amarillo, después de que se hayan negado a publicarlo en su periódico rojo.
Llamé al dueño del bar donde trabajaba antes de la revolución:
— «Señor Hamadi, ¿puedo volver a mi trabajo?»
—Tú serás bienvenido, en cualquier momento.
En el tren, lo primero en que pensé fue en mi amigo el guardia del cementerio de la Commonwealth y nuestro amigo el soldado neozelandés, Pahenas, por eso al llegar a la estación de Enfidha no se me ocurrió otra cosa que dirigirme al cementerio. Atravesé la ciudad corriendo. El escupitajo se había podrido aún más después de la revolución. En la entrada del cementerio se me cruzó un joven que decía ser el nuevo guardia. Pensé en un principio que se trataba de un hijo de Jalifa, él que me hablaba de todo excepto de su familia.
—¿A dónde se fue el tío Jalifa?
—Se fue para encontrarse con su Creador, Alá le tenga en su gloria.
Su respuesta me dejó paralizado hasta que se me cayó la maleta de las manos y se derramaron muchas lágrimas de los ojos y del corazón.
Entonces, aquel joven me preguntó, a la vez que intentaba apoyarme sobre su hombro:
—¿Es tu padre?
—Sí —contesté.
El nuevo guardia me dejó entrar al cementerio diciendo: Eres una excepción porque eres el hijo de nuestro excompañero. Al dirigirme hacia la tumba de Pahenas, me quedé estupefacto al ver como su lápida estaba rota.
—La ha roto uno de Daesh la tarde del pasado viernes y todavía no entiendo por qué ésa exactamente. ¿Quizá porque sea la única de color rojo entre todas las blancas? Ya sabes, los toros odian el color rojo —Dijo el joven mientras seguía apoyándome sobre su hombro y apuntando a la lápida rota.
Hablaba mientras reprimía su risa, en tanto que yo intentaba apaciguar esos gemidos que ardían en mi interior para que no explotaran y terminaran quemando todo el planeta.
Me quedé toda una semana en casa dolido, apagando mi teléfono y mi corazón al mundo. Después, me levanté, me tomé un baño y me fui al bar para trabajar. Una vez allí, me sorprendió encontrar a Bayram solito tomando unas cervezas. Se le notaba muy enfadado. Le saludé fríamente. La tristeza brotaba de mi rostro. Entonces, Bayram se levantó, me abrazó fuertemente y me dijo: «No te enfades, amigo, si ellos se han llevado los palacios, a nosotros nos quedan las calles». Le sonreí sin saber siquiera a qué se refería exactamente.

 

(1) En árabe «Ijuanÿi», término que primero se empezó usando para referirse a todos los seguidores del grupo islamista Hermanos Musulmanes en Egipto y que luego los progresistas y comunistas árabes empezaron a usar en tono peyorativo para referirse a cualquier persona con tendencias islamistas. (N.d.T)
(2) Personaje gráfico creado por el caricaturista palestino Nayi El-Ali (1937-1987). Se trata de un niño de diez años que parece de espaldas al mundo observando con indignación y ojo crítico lo que pasaba en su tierra Palestina y en todo el mundo árabe. Handala es la representación del hostigado pueblo palestino. (N.d.T)

Sofiene Rajab, nació en 1979 en Enfida, Túnez. Es conocida por escribir cuentos cortos, y como poeta. En su haber tiene cuatro poemarios y dos libros de cuentos cortos, del que cabe destacar Sa’a Ajira (2018, Hora última) por haber sido seleccionado en la lista corta del Premio Almultaqa de 2019. También es autora de una novela titulada al-Qirrd al-Librali (2017, El mono liberal). En el año 2007 ganó el premio argelino Moufdi Zakaria de poesía, en 2009 el premio marroquí Tánger de poesía y, en 2018, el premio egipcio de poesía Afifi Matar.

Karima Hajjaj nació en Tánger en 1966. Es doctora en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y profesora de Enseñanza Superior en la Universidad Abdelmalek Essaadi de Tetuán. Ha traducido del árabe al español Tiempo de errores y Zoco Chico, de Mohamed Chukri, en colaboración con Malika Embarek López. Ha participado en congresos en la Universidad Abdelmalek Essaadi, la Escuela Superior Rey Fahd de Traducción de Tánger, la Escuela de Traductores de Toledo y Casa Árabe de Madrid.