Elías, capítulo de la novela de Ahmad Abdulatif

Traducción de Covadonga Baratech

Ahmad Abdulatif

Soy Elías. Mi nombre es Elías. O me llamaron Elías. O dicen que me llamaron Elías. O piensan que mi nombre es Elías. Elías es el nombre y yo repito el nombre para mí mismo. Digo, por ejemplo: Lee, Elías. Vístete, Elías. Sal, Elías. Oye hablar, Elías. Haz el bien, Elías. Así todo el tiempo. Sin interrupciones. Sin cesar. Sin pausa. Así todo el tiempo de forma continuada. Y constante. Y sucesiva. Normalmente utilizo el imperativo conmigo mismo. Normalmente no obedezco al imperativo cuando sale de mí mismo. Normalmente porque yo, Elías, no me conozco a mí mismo. No me reconozco a mí mismo. No me encuentro conmigo mismo. Si me encontrara conmigo de casualidad diría: Elías, aférrate al momento. Disfruta del momento. Impón las condiciones de Elías al momento. Pero el momento no dura. El momento huye. El momento se derrite. Y no queda más que Elías. Quedamos él y yo para siempre. Cada uno de nosotros le da órdenes al otro. Da órdenes sin que el otro las cumpla. Caemos en el mundo de la sintaxis. Entre la palabra y las letras. Entre el tono cruel y el silencio que sigue al tono cruel. Caemos en el vacío. En el pozo. En lo desconocido o en lo sabido. Lle-gamos a un acuerdo: Hacer cosas fijas de manera rutinaria. Sin pensar. Así alcanzamos la paz y la tolerancia. Así alcanzamos la reconciliación.
Mi nombre es Elías. Dicen que es un nombre hebreo y que su origen es el nombre Eliyahu. Dicen que la «s» se agregó al nombre en griego. Dicen que es un nombre musulmán y cristiano. Dicen que es el nombre de un profeta mencionado en la Torá y el Corán. Coincidencia de nombres. Simple coincidencia de nombres. No soy un profeta. Tampoco un santo. Ni un buen hombre. Ni un libertino, por cierto. Solo soy simplemente Elías. Un mero Elías. Puedo coincidir con el profeta en alguna historia como coincido con otros. Puedo no coincidir con el profeta en ninguna historia como no coincido con otros. Y puede el profeta coincidir con otros en alguna historia sin ser yo parte de ella. Todo es válido. Todo es posible. Aclaración: la conexión entre unos y otros para acordar el nombre es simple charlatanería. Charlatanería y alucinación. Digo charlatanería y alucinación sin creer que la semejanza lo sea. Lo más probable es que no sea charlatanería. Lo más probable es que no sea una alucinación. Reconozco que me gusta el nombre Elías. Reconozco que me gusta quien lleva el nombre Elías. Mis amigos se llaman Elías. Me refiero a que mis amigos en Facebook se llaman Elías. No tengo amigos fuera de Facebook. No tengo amigos porque no tengo amigos. Pero mis amigos en Facebook se llaman Elías. Se llaman Um Elías. Se llaman señora Elías. Se llaman Elías o es el nombre de su padre o su familia. Se llaman solo Elías. Se llaman Elías y yo siento apego por el nombre Elías. Como si las letras del nombre Elías fueran ingredientes de mis relatos. Ingredientes de mi historia. Ingredientes de mi identidad. Mi identidad perdida. Mi identidad sin que yo conozca mi identidad. Como si el nombre, al final, fuera yo. Yo sin saber yo quién soy. Tal vez sea todos los Elías del mundo sin saberlo. Tal vez sea parte de una gran Eliasidad sin poder gobernar la Elaisidad. Un sistema creciente y fértil. Quizá sea un simple átomo o electrón. Tal vez sea un engranaje en una gran rueda llamada la rueda Elisea. Las suposiciones me llevan a una nueva área de incertidumbre. Área que me hace dudar de mi singularidad. De mis historias exclusivas. De mi experiencia propia. Las hipótesis me permiten tolerarme. Me permiten calmar mis heridas. Una percha para mis pecados. Una almohada de plumas de avestruz que acaba con mi insomnio. Creo que todos los Elías hacen esto con la conciencia tranquila. Hasta los no Elías buscan el mismo alivio efectivo. Todo eso no me impide empatizar con los demás. Todo eso no me empuja a empatizar con los demás. Todo eso no justifica nada. Pues yo soy Elías. Elías y esa es mi gran virtud. Independientemente del origen del nombre y de sus evoluciones griegas.
Tengo treinta años de edad. O cuarenta. O setenta. O doscientos. Tal vez más. Tal vez menos. Tal vez entre las edades mencionadas. Tal vez no. Nada. Sin edad. Pero estoy aquí ahora. En este instante escribo y hablo. Pienso y me muevo. Duermo y sueño. Hago todo eso desde hace tiempo. Me hace todo eso desde hace tiempo. El hecho y yo fabricamos el largo tiempo. La relación es así a pesar de que la relación no parece así: el tiempo me fabrica a mí y fabrica al hecho. Y el hecho y yo fabricamos el tiempo. Yo fabrico al hecho. El hecho me fabrica a mí. El tiempo me culpa porque no le salvo de la vejez. Yo pretendo que el tiempo sea quien me concede la vejez. El hecho es maltratado por nosotros porque la vejez le impide realizarse. El hecho me implora socorro. Dice que abandoné al hecho. Hui del hecho. Hice oídos sordos cuando el hecho me llamó. El hecho dice no le tendí la mano cuando él estaba hundido en un mar profundo. El hecho tenía razón. Yo abandoné al hecho cientos de veces. No presté atención a los gritos atronadores del hecho. No le tendí la mano a pesar de que, según el hecho, era posible. Pero el hecho no sabe que, de otra manera, no me socorrí a mí mismo. No me socorrí cuando estaba cayendo al abismo. No me tendí la mano a mí mismo. No me tendí la mano cuando me estaba hundiendo. Me hundía en un mar profundo. No abrí la puerta cuando me ahogué por el gas. No me resistí a las balas disparadas hacia mi corazón. No evité la muerte cada vez que vino a mí con los pitidos de la mañana. No es correcto que el hecho me culpe. No es correcto que yo culpe al tiempo. No es correcto que el tiempo me regañe. No es correcto que el tiempo regañe al hecho. Nada es correcto. Nada es inco-rrecto. Nada sucede. Nada debe suceder. Nada no debe suceder. Nada no debe no suceder. Pues yo soy Elías. Por eso yo soy Elías. Por eso permanezco como Elías. Disfruto, a pesar de todo, de mi Eliasidad. Mi Eliasidad propia. Mi Eliasidad sin que nadie la conozca. Nadie conoce mi Eliasidad porque mi Eliasidad no conoce a nadie. Porque a mi Eliasidad no le interesa conocer a nadie. Nadie conoce mi Eliasidad porque a nadie le interesa conocerla. Las cosas son iguales. Van al mismo destino. Por cada acción hay una reacción de idéntica fuerza. Por cada reacción hay una acción de idéntica fuerza. Por cada fuerza hay un hecho que hace caer una de las partes al suelo. Por cada suelo un cadáver tumbado sobre él. Por cada cadáver un alma que salió del cadáver y se instaló en otro cuerpo. En cada cuerpo vida. En cada vida edad. Por eso digo que mi edad es treinta años. O cuarenta. O setenta. O doscientos. Soy hijo de la tierra. La tierra es mi madre. La tierra es mi hija y yo su padre. La tierra es la esposa de mi padre y el esposo de mi tía. La tierra es mi hermana. La tierra es mi hermano. Entre nosotros hay sangre. Entre nosotros hay parentesco. Y porque somos hermanos no nos juzgamos. No me dice, por ejemplo: Elías, ya se te ha agotado el tiempo en la tierra, muere. No. No dice eso. No. No puede decir eso. Entre nosotros hay sangre. Entre nosotros hay parentesco. Y, sobre todo eso, entre nosotros hay convivencia. La tierra guarda todo en el estómago de la tierra. O en el corazón de la tierra. Pero la tierra me conoce. Me conoce bien. Me conoce más de lo que yo me conozco. Me conoce a pesar de que nadie me conoce más de lo que yo me conozco. Pero la tierra me conoce más que nadie: no me gusta la profundidad. No prefiero los lugares cerrados. Soy superficial. Me gusta pasar sobre la piel. Me gusta quedarme sobre el pecho. Me gusta tocar culos. Me gusta meter un trozo de mí en los agujeros. Pero no me gusta entrar en el corazón. No me gusta quedarme en la tripa. Por eso odio la muerte. Prefiero la eternidad. La tierra lo sabe. Lo sabe muy bien. Lo sabe mejor que yo. Por eso me expulsa como expulsa el agua del mar los aceites. Como expulsa el mar las barcas a las orillas. O se traga a los barcos. Pero la tierra no me traga. Sabe que me gusta la superficie. Sabe que soy una barca a la deriva sin remos. Sabe que soy una barca a la deriva sin capitán. Sabe que soy una barca a la deriva sin redes para pescar peces. Sabe que soy Elías. Mi Eliasidad me impide hacer muchas cosas. Por eso el hecho sufre de mí. Por eso me regaña el tiempo.
Estoy solo. Muy solo. Solo de una forma insoportable. No es la forma lo que es insoportable, sino que yo soy lo que no soporto. No me soporto porque estoy solo. El asunto es sencillo. No es sencillo del todo porque el asunto también es complicado: el mundo me empujó a la soledad y sentí que estaba solo. Expulsé al mundo y me quedé solo. La cuestión es qué fue primero. La pregunta del huevo y la gallina. Una pregunta que no seré honesto al responder. Pero la respuesta puede encontrarse en la historia. Sin embargo, yo no conozco la historia. No conozco la verdad de la historia. No conozco la verdadera historia. Me rodean muchas historias. Historias de mi nacimiento. Historias de mi infancia. Historias de mi juventud y mi vejez. Historias de mi fallecimiento. Además de eso historias de mi re-surrección. Y yo no sé con certeza qué pasó de las historias. No sé con certeza lo que no pasó de las historias. Especialmente el fallecimiento. Mi fallecimiento es controvertido. Oí sobre mi fa-llecimiento historias innumerables. ¿Cuándo narraré mis historias? ¿Narraré mis historias? Tal vez cuando llegue la hora. Todo momento tiene su llamada. Y cada llamada tiene su oración. Cada oración tiene un número de prosternaciones. Así dicen y así no creo. Pero digo lo que dicen. Repito lo que dicen como un loro. Memorizo lo que dicen como un alfaquí. Pero no creo. Quizá no llegue la hora. Tal vez los oídos no oigan la llamada a la oración. Tal vez los oídos se distraigan. ¿Quién puede controlar los oídos? Todo es caos. En medio del caos se construye orden. En medio del caos puede no construirse orden. En general sé que todo llegará cuando llegue sin llamar a otra cosa. No esperar el amor trae amor y no desear la felicidad trae felicidad, (sin embargo ¿qué es la felicidad? No sé qué es la felicidad. Una palabra misteriosa. Una palabra que a la gente le parece un saco de trigo, deben salir para subir el saco de trigo de la tienda a la esquina de la calle). En cambio, esperar la muerte trae la muerte. Perder el deseo de vivir trae la muerte. Saciarse de la vida trae la muerte. Tal vez por eso me dieron muerte varias veces. Me dieron muerte sin haber muerto. O morí sin enterarme. No sé. Como no sé qué siente el muerto. Qué ve. Cómo habla. ¿Sabe el muerto que el muerto está muerto? No sé. No sé. Pero sé que soy un cadáver que se mueve. Sé que soy un cadáver que se mueve desde hace mucho tiempo. Sé que el cadáver que se mueve deambula. El cadáver duerme y se despierta. El cadáver come y caga. El cadáver mira el mundo desde el balcón. Sé que soy un cadáver que se mueve y que miro el espejo como un cadáver que se mueve. Pero no sé por qué me persigue esa voz que suena en mi cabeza con preguntas sin que yo sepa las respuestas a las preguntas. Sin embargo, conozco otra cosa: conozco mujeres que visitan los cementerios los jueves y reparten el pan redondo entre los demás visitantes, al que lee el Corán y al guardia del cementerio. Conozco niños que leen aleyas coránicas sobre las tumbas para que la recitación de los niños llegue al muerto. Conozco hombres y mujeres que ponen flores sobre las tumbas. Sé que los hombres y las mujeres hacen eso para bendecir al muerto en la tumba. Para reducir el castigo del muerto. También sé de quienes se dirigen al cementerio para contarle al muerto todo lo que sucede en la vida. Conozco a quienes dicen que los muertos nos ven sin que veamos a los muertos. Conozco a quienes dicen que los muertos nos miran tras un cristal transparente y que no pueden atravesarlo. Vi con mis ojos mujeres saliendo al amanecer y antes de la oración del Eid en compañía de niños para visitar a los muertos. Mujeres vestidas de luto. Mujeres que perdieron a sus hombres. Perdieron sus espaldas. Perdieron los pilares de sus hogares. Tal vez en una guerra. Quizás en una revolución. Tal vez en una guerra civil. Quizás en un accidente de tren. Mujeres con la certeza de que el muerto espera a las mujeres. Pero no vi al muerto. No vi al muerto moverse. No oí al muerto hablar. Aunque no puedo decir que el muerto no hiciera eso. No puedo decirlo porque estoy muerto y hago eso. No me gusta decir muerto. Me gusta decir cadáver que se mueve. Cadáver que anda. El movimiento con la muerte es fino. Muy fino.
Soy Elías. Elías y no poseo cosas de valor. Poseo solo un conjunto de estantes. Un conjunto de estantes sin valor. Un conjunto de estantes que contiene un número de libretas. Un número infinito de libretas. De libretas y de hojas sueltas. De libretas y de hojas sueltas sin valor. De libretas y de hojas sueltas firmadas con el nombre de Elías. Solo con el nombre de Elías. Únicamente con el nombre de Elías. Con el nombre de Elías que no tiene valor. Con el nombre de Elías sin padre. Sin madre. Sin descripción. Con el nombre de Elías y una fecha anexa a las libretas y las hojas. Las libretas contienen hojas pequeñas. Las hojas son individuales. Individuales y largas. Largas, plegables y fáciles de romper. Las libretas y las hojas están aquí. Sobre los estantes. Sobre los estantes sin saber yo quién puso las libretas y las hojas sobre los estantes. Nadie sabe quién puso las libretas y las hojas sobre los estantes. Nadie puede decir quién puso las libretas y las hojas sobre los estantes. Y no sé cuándo fueron escritas. No sé si me pertenecen. Pero las libretas y las hojas tenían mi firma. De mi puño y letra. De mi puño y letra clara. Con los puntos de las letras en forma de círculo. Con los pronombres ausentes de mi lenguaje. Con los pronombres de propiedad que buscaban ausentarse de mi lenguaje. Con las normas clásicas contra las que quería rebelarme. Con las comas desaparecidas. Con las comas repudiadas. Con las comas que intentaba repudiar. Con los abundantes puntos. Con los abundantes puntos que ocupan el lugar de las comas. Con las repeticiones que caracterizan mi estilo. Las libretas y las hojas sueltas llevan mi huella. Llevan mi ansiedad. Llevan mi trastorno. Pero entre las libretas y las hojas sueltas hay otros papeles. Otros papeles que irrumpen las libretas y las hojas sueltas. Otros papeles sueltos que no llevan mi huella. No llevan mi ansiedad. No llevan mi trastorno. Otros papeles con letras distintas. Con tintas dife-rentes. Con lenguajes distintos. Papeles que llevan errores gramaticales tremendos. Papeles de otros. Papeles de otros sin firmar. Papeles que empiezan normalmente con una frase cliché: Querido Elías. Otros papeles que no empiezan con querido Elías. Pero empiezan por otra frase cliché: Al señor Elías. Las libretas y las hojas crecen día tras día. Se apilan y acumulan. Llenan el sitio en el que vivo. Dominan los espacios. Los espacios de mi vida. Las libretas son nuevas. Las hojas son nuevas. Las libretas son viejas y las hojas son viejas. Las libretas y las hojas son de mediana antigüedad. Las libretas y las hojas son muy antiguas. O de mediana antigüedad. Antiguas y desgarradas. Antiguas hasta el punto del desgarro. Antiguas hasta el punto de que la tinta desaparezca a veces de sobre la hoja. Sin exagerar: hasta el punto de que la tinta desaparezca a veces de sobre la hoja. Las libretas y las hojas llenan los espacios de mi vida. Empiezan con los estantes. Continúan sobre el suelo. Cubren los sofás. Alcanzan el techo. Mi casa es un archivo. Un gran archivo. Un enorme archivo. El enorme archivo no me molesta. Na-turalmente que no me molesta el enorme archivo. Pero lo que despierta mi curiosidad. Lo que despierta mi curiosidad mucho. Mucho hasta el punto de la pasión. Es que no sé nada sobre el archivo. En este instante no sé nada sobre lo que contiene el archivo. Sí, ojeé el archivo. Sin embargo, no ojeé el archivo. No sé nada sobre la historia del archivo. Algunas libretas tienen una fecha escrita. Algunas hojas sueltas tienen una fecha escrita. Pero no sé qué estaba haciendo en esa fecha. No recuerdo qué era en esa fecha. No recuerdo si fui protagonista de un acontecimiento en esa fecha. Nunca he sido protagonista en ningún acontecimiento. Nunca he sido protagonista de ninguna historia. Por eso soy Elías. No he perdido la memoria. Afirmo: no he perdido la memoria. Recuerdo bien los días de mi niñez. Los días de mi pubertad. Los días de mi adolescencia. Los días de mi juventud. Los días de mi madurez. Los días de mi vejez. Los días de mi muerte. Los días de mi funeral. Los días de mi entierro. Los días de las calles, los callejones y los prostíbulos. Tal vez las libretas y las hojas sueltas son mis relatos. Mis relatos en tiempos distintos. Quiero decir que tal vez escribí relatos en tiempos distintos. La escri-tura de relatos es una parte de mi ser ahora. Tal vez siempre hubiera sido así. Siempre y nunca. Nunca y para siempre. Tal vez los sucesos de mi archivo son de mi puño y letra. Pero los sucesos de mi archivo no me pertenecen. Quizá los sucesos de mi archivo están por mi puño y letra. Pero los sucesos de mi archivo me pertenecen. Nadie puede afirmar con seguridad que soy la misma persona que hace diez años. Seamos científicos: las células del estómago cambian cada cinco días. Los glóbulos rojos cambian cada tres meses. Las células del hígado cambian en menos de un año. El esqueleto se renueva cada diez años. Al final nada es fijo exceptuando las células del cristalino del ojo. Las células del cristalino del ojo y las neuronas de la corteza cerebral. ¿Es posible atribuir todo mi archivo a las células del cristalino del ojo? ¿Es posible atribuir todo mi archivo a las neuronas de la corteza cerebral? Tal vez mi archivo es una mera historia de los personajes. Pues yo representé personajes. Representé personajes porque soy un actor. Un actor pequeño. Pero un actor. Un actor fracasado. Pero un actor. Un actor de cuerpos de personajes. Cuerpos de personajes sin ser yo los personajes. Los personajes se quedan conmigo. Se quedan conmigo sin ser yo los personajes. Digo las pa-labras de los personajes. Sin ser yo los personajes. Visto las ropas de los personajes. Miro como los personajes. Hago el amor como los personajes. Y tal vez soy asesinado como los personajes. Sin ser yo los personajes. Tal vez por eso presencié mis funerales. Quizá por eso vi las recepciones tras mis funerales. Tal vez por eso soy Elías.
Soy Elías y vivo en un archivo. En un archivo enorme. En un archivo descomunal. En un archivo que empieza desde el balcón. El balcón que da a la calle a través de la ventana cuadrada. El balcón que une dos habitaciones. El balcón lleno de libretas y hojas sueltas. El archivo cubre el dormitorio. Cubre el dormitorio a excepción de la cama. Cubre la sala de estar. Cubre la sala de estar por completo a excepción de una silla solitaria. Cubre el recibidor. El recibidor vacío de muebles. El recibidor cubierto de alfombras. Alfombras de fabricación artesanal. Fabricación artesanal de calidad. El archivo llega hasta el baño. Atraviesa el baño. Espera parte del archivo sobre estantes altos. Y avanza hacia la cocina. Se detiene en la puerta de la cocina. Cruza hasta el despacho. Llena el despacho. Y entre los pasillos vivo yo. Vivo rodeado de una historia que me pertenece. De una historia que no me pertenece. De una historia sin que yo sepa nada sobre la historia. Repito: no sé nada sobre la historia. Aclaro: tal vez no me pertenece. La casa de esta forma se parece al cuerpo. El cuerpo y la cabeza del cuerpo es el balcón. Los brazos del cuerpo son el dormitorio y la sala de estar. El cuello del cuerpo es el recibidor. El pecho del cuerpo es el baño. El estómago del cuerpo es la cocina. Una de las piernas del cuerpo es el despacho. La otra pierna no existe. Diré que el cuerpo es un cuerpo cojo. Diré que el cuerpo cojo se parece a mi cuerpo. Mi cuerpo que perdió un pie. Mi casa de esta ma-nera no tiene miembro masculino. Sin embargo, mi cuerpo tiene miembro masculino. Mi cuerpo, gracias a Dios, tiene miembro masculino. Miembro sin que yo perdiera el miembro en la ciudad de las pérdidas. Miembro que me acompaña en las calles, los callejones y los prostíbulos. Hay otro pie que ha ocupado el lugar de mi pie perdido. Otro pie artificial. Pie artificial que tiene un zapato especial. Pie que se parece a mi pie ori-ginal. No siento con mi pie artificial haber perdido mi pie original. Sin embargo, mi pie artificial es distinto a mi pie original. Siento con mi pie artificial haber perdido mi pie original. Mientras mi casa pierde la otra pierna. Otra pierna de los vecinos. Una pierna que pertenece al apartamento vecino. No podré convencer a los vecinos de que me devuelvan una habitación. Una habitación con la que se completa un cuerpo. El cuerpo de la casa. No es complicado caminar por la casa coja. Coja sin pierna original ni pierna artificial. Sino complicado. Complicado y no hay solución para la complicación. Generalmente considero que la pierna de mi casa está amputada. Fue amputada en un accidente. Un accidente de coche. Un accidente de tren. Un accidente que sucede cada día en mi ciudad. La ciudad de las pérdidas. La historia también está amputada. La pierna de la historia está amputada. La pierna de la historia es amputada en un accidente. En un accidente de coche. En un accidente de tren. En un accidente que sucede cada día en ciudades que se parecen a mi ciudad. La ciudad de las pérdidas.
Las libretas y las hojas están sobre los estantes. Las libretas y las hojas están sobre el suelo. Y sobre las paredes hay fotografías. Fotografías que cubren todas las paredes. Las paredes de las habitaciones. Las paredes del baño. Las paredes de la cocina. Las paredes del recibidor. Fotografías que se me parecen y no se me parecen. Fotografías dibujadas. Fotografías en blanco y negro. Fotografías a color. Fotografías con ropa militar. Fotografías con ropa de sacerdote. Fotografías con ropa de jeque. Fotografías con uniforme escolar. Aclaro: No sé nada del ejército. No sé nada del colegio. No soy un hombre de religión. De ninguna religión. Las fotografías me pertenecen y no me pertenecen. Fotografías de un niño. Fotografías de un niño entre un padre y una madre. Fotografías del mismo niño entre otra madre y otro padre. Fotografías del mismo niño entre una madre y un padre distintos. Una fotografía de boda de un hombre y una mujer. Una fotografía de otra boda de otro hombre y otra mujer. Una fotografía de un hombre anciano sobre una bicicleta vistiendo un sombrero. Una fotografía de otro hombre anciano. Muy anciano. Anciano y vistiendo una chilaba en medio del campo. Una fotografía de un joven con el pie amputado apoyado en una muleta. Un joven con gafas de sol que parece ciego. Y otras fotografías en álbumes. Fotografías que se me parecen y no se me parecen. Algunas fotografías de personas sin que yo sepa quiénes son las personas. No sabía quiénes eran. Tal vez no sabré quiénes son las personas.
Ayer vine a esta casa. Recuerdo que vine a esta casa. Vine y el día era frío. Muy frío. Muy frío hasta el punto de la muerte. No sé por qué vine a esta casa. No es que no me acuerde. Me acuerdo. Pero no sé por qué vine a esta casa. A esta casa en concreto. Mi ropa estaba rasgada. Mi rostro estaba ensangrentado. Mi pelo estaba despeinado. Despeinado y pegajoso. Pegajoso con mi sangre. Pegajoso con otra sangre. Estaba recién salido de la muerte. O estuve frente a la muerte. O hui de la muerte. Llevaba bajo mi axila libretas. Libretas y hojas sueltas. Y hui de la muerte con libretas y hojas sueltas. Entré en la casa. Toqué la puerta del primer apartamento. Salió una señora anciana. Una señora, pero se me parecía. Anciana, pero se me parecía. Me abrazó y dijo «oh, Elías». Me besó y dijo «oh, Elías». Me invitó a entrar y dijo «oh, Elías». Trajo algodón, gasa, agua y mercromina y dijo «oh, Elías». La señora no se me parecía. La anciana no se me parecía. No era anciana. Pero era una señora. Y no se me parecía. Acababa de huir de la muerte. Yo no entendía qué me había pasado. No entendía lo que me pasaba. La señora trajo zumo y me sirvió. Me trajo comida y me alimentó. Y yo no me negué. No me opuse. No le dije gracias. Me contó la señora que yo era un niño tranquilo. Contó que era un niño travieso. Habló sobre mi madre. Dijo que era amiga de mi madre. No dijo que mi madre murió. Sin embargo, entendí que mi madre murió. Entendí por la mirada triste de la señora que mi madre murió. Por el recordar de la señora a mi madre de buena manera. Por usar el verbo en pasado. Nosotros santificamos a los muertos. Los muertos siempre son buenos. Los muertos guardan a los vivos con las almas de los muertos. La señora contó que la señora me había amamantado con este pecho. Me contó que la señora me había enseñado a leer. Me contó que la señora me había contado cuentos. Dijo que yo aparecía y desaparecía. Dijo que estaba enfadada conmigo. Pero no estaba enfadada conmigo. No dijo que mi madre murió. No dijo que mi madre huyó. No dijo que mi madre desapareció. La señora contó que la señora era amiga de mi madre. Toda la gente es amiga de los muertos. Toda la gente es amiga de los desaparecidos. Repito: Toda la gente es amiga de los muertos y amiga de los desaparecidos. Luego me llevó la señora hasta el baño. Me trajo una toalla. Adecuó el agua tibia. Rio y dijo báñate, Elías. Me bañé pensando en que la risa de la señora significaba no te bañaré, Elías. No te bañaré como te bañaba, Elías. No te masajearé como te masajeaba, Elías. Ya has crecido, Elías. Mira tu altura, Elías. Ya eres más alto que yo, Elías. Y el agua de la ducha bajaba por mi cabeza. Bajaba y me limpiaba la cabeza. Me limpiaba la cabeza de sangre. El agua de la ducha bajaba como las balas. Las balas y yo acababa de huir de ellas. Iba de camino cuando dispararon las balas. Y yo hui de las balas. No tenía intención de enfrentarme a ellas. No soy tonto como para enfrentarme a las balas. Hui de las balas con mi pierna artificial. Hui de las balas con mi pierna coja. Hui de las balas llevando su sonido. El color de las víctimas de las balas. La silueta del tirador. La ropa negra del tirador. La ropa de camuflaje del tirador. La ropa blanca del tirador. Las siluetas de los tiradores con sus barbas afeitadas. Las siluetas de los tiradores con sus barbas largas. Luego salí del baño. Salí pensando en la señora. Pensé en que la señora pertenecía a la misma Eliasidad. La misma Eliasidad y yo soy el creador de la Eliasidad. O tal vez pertenezco solo a la Eliasidad. Quizá se llama también Elías. Me puse otra ropa. Ropa limpia. Ropa en buen estado. Y me senté con la señora. Con la señora y me di cuenta de que la señora que no se me parecía. Aunque la señora no se me parecía no saqué a la señora de la Eliasidad. La señora me dio una llave. Dijo la llave es la llave de mi apartamento. Tu apartamento, Elías. Dijo que el apartamento está en el tercer piso. En el tercer piso, Elías. A tu mano izquierda. A tu mano izquierda, Elías. Y me acompañó cuando me vio perplejo. Me abrió la puerta. La señora me abrió la puerta. Se asqueó por el polvo. Yo no me asqueé por el polvo. Pero la señora se asqueó por el polvo. Dijo “te traeré una asistenta ahora mismo”. No dije no. No me opuse. No lo rechacé. No acepté tampoco. Cerró la puerta otra vez. Me invitó a descansar en el apartamento de la señora. Me distraje unos instantes. La señora sugirió que hiciera lo que quisiera. Y yo pensé en hacer lo que quisiera. Pero no sabía qué quería. Me dio dinero. Me callé. Sacudí la cabeza. Salí sin saber qué quería. Deambulé por las calles cercanas sin saber qué quería. Las calles cercanas eran estanques rojos. Estanques sin desearlo. Rojos sin desearlo. Lagos rojos. Sin desearlo. Entré en los callejones para evitar los estanques y los lagos rojos. Vi un bar rojo. Vi un café rojo. Vi un supermercado rojo. Vi un semáforo rojo. Vi un policía de tráfico rojo. Pensé en que el mundo sufría sarampión. Pensé en que el color rojo era anti-sarampión. Sabía que el mundo no sufría sarampión. Pero pensé que el mundo sufría sarampión. No sé por qué pensé que el mundo sufría sarampión. Vi hombres rojos. Mujeres rojas. Edificios rojos. Vi coches rojos. Conductores rojos. Y pensé en que el mundo sufría sarampión. Me trasladé de las calles a los callejones. Me trasladé de los callejones a los prostíbulos. Y los prostíbulos eran rojos. Los prostíbulos sufrían sarampión. Sin embargo, la rojez de los prostíbulos era distinta a la rojez de las calles y los callejones. Era distinta porque el sarampión era distinto. Pienso que el sarampión era distinto. No sé por qué el sarampión era distinto. Pero el sarampión era distinto. Y volví a la casa. En la casa me di cuenta. Me di cuenta de que llevaba unas gafas rojas. El problema estaba en las gafas rojas. Todo estaba bien, pero el problema estaba en las gafas rojas. Yo estaba equivocado porque me había puesto unas gafas rojas. Debería llevar unas gafas azules del color del mar. Debería llevar unas gafas verdes del color de la vegetación. Debería llevar unas gafas rosas del color de la vida. Pensé que estaba en un sueño. En un sueño con gafas rojas. Pensé que estaba en una pesadilla. En una pesadilla con gafas rojas. Pensé que estaba en un juego. En un juego con gafas rojas. Pero no estaba en un sueño. No estaba en una pesadilla. No estaba en un juego. Estaba en la tierra del rojo. Veía la tierra del rojo. No sé qué es la tierra del rojo. Pero estaba en la tierra del rojo. Abrí el apartamento. Me senté en el suelo. Miré los estantes. Me pareció que los estantes goteaban gotas rojas. Goteaba hibiscos. Goteaba sorbete. Goteaba vino. Vino rojo. Los estantes se convirtieron en un lagar. Los estantes ofrecían bebidas. Le pedí a los estantes que guardaran las bebidas. Le pedí a los estantes mirar al mañana. Y me dormí. O me desperté. O me quité las gafas rojas. Y miré las libretas. Miré las hojas sueltas. Miré en las hojas sueltas. Leí mi letra. Leí mi estilo. Leí mi firma. Pero no leí nada. No leí nada en concreto. Solo estaba reconociendo mi identidad. Deseaba reconocer mi identidad. Miré las fotografías. Las fotografías eran claras. Eran muy claras. Deambulé por el apartamento. Me di cuenta de que el apartamento estaba cojo. El apartamento solo tenía una pierna. En ese momento me di cuenta de que el apartamento se me parecía. De que el cuerpo del apartamento se parecía a mi cuerpo. Sentí la tragedia de tener una pierna artificial. Sentí la bendición de que no fuera mi pierna amputada.
Ahora camino por la casa. Camino con la pierna coja por la casa. Camino como un fantasma por la casa. Camino como un fantasma sin conocer al fantasma. No conozco el pasado del fantasma. No conozco la historia del fantasma. Fantasma que busca al mismo fantasma entre hojas sueltas. Entre hojas individuales. Entre libretas pautadas. Libretas compuestas por varias páginas. Entre hojas escritas por la mano del fantasma. Entre hojas escritas por las manos de otros. Por mano de otros fantasmas. Por mano de un fantasma que hace aquello mientras escribe hojas nuevas. Mientras publica cuentos en periódicos a cambio de una recompensa. Mientras actúa. Mientras sabe que es un escritor de cuentos fracasado. Mientras sabe que es un actor fracasado. Mientras busca al mismo fantasma en los cuentos de fantasmas. Mientras busca al personaje del fantasma en los personajes de las películas de fantasmas. Mientras cuelga los cuentos en las paredes de la casa del fantasma. Mientras intenta evitar los pronombres. Cuentos al lado de fotografías. Presente al lado de pasado. Presente al lado del pasado de otros. Pasado de otros al lado del pasado del fantasma. Y el pasado del fantasma y el presente del fantasma al lado del futuro del fantasma. La pierna sana del fantasma al lado de la pierna coja. La pierna original del fantasma al lado de la pierna artificial. Mientras tanto pienso en ordenar el caos. Numerar las páginas de las libretas. Numerar las hojas sueltas. Numerar encadena. Encadenar crea orden. El orden lleva a algo. El algo es útil. Normalmente el algo es útil. Lo útil normalmente es algo. Pero no me gusta el orden. El orden es rutina. El orden es aburrimiento. El orden lleva a encadenar. Encadenar lleva a las expectativas. Las expectativas son malas. Y yo soy Elías. A pesar de eso, soy Elías.

 

Capítulo de la novela «Elías». Primera edición,
editorial al-Ayn, El Cairo, 2014.