Elias Khoury: La ciudad de los desterrados

Traducción de Jaafar al Aluni

Elias Khoury © Kheridine-Mabrouk

I

No sé cómo a Mahmud Darwish se le ocurrió dar a Beirut la imagen de una manzana en el poema que lleva el nombre de la ciudad. Nueva York es una ciudad manzana o así la describen los neoyorquinos. Ahora tenemos dos manzanas: una grande en la costa del Atlántico y otra más pequeña a orillas del Mediterráneo. Ambas tienen innumerables aspectos comunes, ya que son dos espacios fuera del lugar: Nueva York, según Paul Auster, no es parte de Estados Unidos; y Beirut, según la trá-gica historia de la ciudad, no es parte del Líbano.
Dos manzanas que penden de la rama de la metáfora, dos manzanas para la seducción, la creación y la incomprensión: Nueva York no es Babel, y Beirut no es Sodoma. Dos manzanas llenas de contradicciones, desde la Quinta Avenida hasta Greenwich Village, desde la calle Hamra y Gemmayzeh hasta Achrafieh y Bastah.
Mientras la manzana neoyorquina parece fortificada y capaz de superar la tragedia de las dos torres que se derrumbaron en 2001, la manzana beirutí vive sucesivas fases de destrucción. Las dos ciudades son espejos cuyo destino es reflejar la imagen de los transeúntes, espejos sin más memoria que las huellas que, al pasar, les dejan en el cuerpo.
Adonis edificó un «Epitafio para Nueva York», y Jalil Hawi gritó ante los «Rostros disfrazados». Ni el epitafio era verdadero ni los rostros se quitaron el disfraz. Jalil Hawi se suicidó durante la invasión israelí de Beirut en 1982, no obstante, la ciudad permaneció erguida ante la tormenta de la historia que la destruye sin cesar.
¡Beirut no es una manzana!
Se cuenta que el nombre de Beirut significa pino, ya que los pinos acinturaban la ciudad esparciendo el aroma de incienso por doquier; algabas de pinos se extendían hasta llegar al mar surcado por navíos construidos con su madera. Su fruto, el piñón, que los beirutíes saboreaban en los alimentos y postres, no servía como metáfora, o eso asumieron los poetas. La manzana lleva en sí la tentación del pecado original, según narra la leyenda bíblica, y el cedro es el árbol que Dios plantó conforme a los Salmos de David. El pino, no obstante, es un árbol cuya sombra apenas protege de los rayos del sol; su incienso y el sabor de su pequeño fruto requieren entrenar los sentidos para saber cómo captarlos.
Así es Beirut, entrena nuestros sentidos para captar su aroma y sabor exquisitos. Mas su aroma es innombrable, ¡cómo poner un nombre a una esencia que al percibirla se escapa del angosto alfabeto! ¿No son los idiomas incapaces de captar el ritmo de los sentidos y las convulsiones del alma?
Beirut es un pino que creció a orillas del Mediterráneo, los pueblos de Biblos la fundaron y los romanos la convirtieron en una importante metrópoli romana, después entró en un letargo histórico del que no despertaría hasta el siglo XIX, cuando la ciudad se consolidó como el puerto de Bilad al-Sham.
Una ciudad moderna que comenzó con obras de mejora en el puerto a mediados del siglo XIX, pero hoy en día agoniza como si la explosión violenta del 4 de agosto de 2020 no solo hubiese arrasado un tercio de la ciudad, sino que además hubiese venido para poner el punto final a un Oriente árabe aniquilado por la ocupación y la tiranía.
Aunque Beirut no es una manzana, encontrar una respuesta lógica a la pregunta que mi hijo me hizo de niño es extremadamente complicado.
Mientras escuchábamos la canción del poema «Beirut» de Darwish, al llegar al verso donde dice: «Beirut es una manzana, y el corazón no sonríe/ oasis es nuestro asedio en un mundo que fenece/haremos bailar a la plaza y casaremos a las lilas», mi hijo exclamó: «¡una manzana! ¿Se come?». Su hermana se echó a reír y trató de explicarnos que la manzana no significa que sea una manzana de comer, sino que es «como una manzana». El asunto se volvió más confuso y dije que la manzana era una metáfora, una figura retórica del pensamiento que nos conduce a de-signar algo para referirnos a otra cosa.
No pudimos explicar el sentido de la metáfora de la manzana, mas el compás de la música nos llevó al éxtasis. Así es la literatura: un intento de eludir la carencia lingüística de nombrar cosas ideando nuevos conceptos envueltos en ritmos sensoriales y posibilidades de habla.
Vimos al monstruo mordisquear la metáfora y devorar la manzana.
A Abu Nawas le cautivó el aroma de vino mezclado con agua, le recordaba el aroma de los manzanos en el Líbano. Hoy los hedores de la muerte penetran en este aroma: «Barricas de vino que, de ser mezclado con agua, perfumarían como los manzanos del Líbano».
El 4 de agosto de 2020 presenciamos lo que parecía el final.
Los cristales rotos se convirtieron en los ojos dispersos de una ciudad llena de escombros por las calles; la herida sangraba por los ojos, y Beirut, ahora, se mira a sí misma en sus espejos destrozados.
Caminamos por los ojos de la ciudad oscura pisando la sangre derramada por miles de heridos.

 

II

«¿Es Beirut una ciudad bella?», me preguntó.
«Depende del significado que le des a la pa-labra belleza», dije.
«Quiero decir hermosa, que si su arquitectura es comparable a la de Alepo, Damasco, Jerusalén o Nablus».
«Por supuesto que no», respondí.
«¿En qué consiste su belleza entonces?», me preguntó.
Caminaba en compañía de un arabista francés por las pequeñas ramificaciones del Bulevar Saint-Germain de París. El hombre, que había estudiado árabe en Damasco y se enamoró de la ciudad, me confesó que se sintió decepcionado la primera vez que visitó Beirut, que a sus ojos era un caos arquitectónico, hormigón y cemento, una urbe cuya única belleza es el mar. Añadió que Beirut embelesó a muchos de sus amigos que residían en Damasco, pero que él sentía una cierta aversión hacia la ciudad.
«Tienes razón-le dije-Beirut no es una ciudad hermosa, sino seductora».
¿Qué quieres decir con “seductora”?
Intenté explicarle qué significa seductora, pero el francés no me auxilió.
¿Te refieres a “atractiva”?
«No, querido, la seducción es su esencia y no atributo suyo».
Le hablé del árbol conocido en nuestra zona como el árbol de la seducción/sedición [plumeria] que se extiende ante nuestra mirada en «El pequeño monte», y cómo su flor blanca de corazón amarillo nos embriaga por la noche. Le dije que Beirut es como la plumeria: el aroma de sus flores te seduce, su blancura aterciopelada teñida con un corazón amarillo te conduce hacia los secretos del amor. Sentí, mientras hablaba, la intención de no caer en la tentación del jazmín damasquino, aunque se trata de una metáfora surgida espontáneamente e idéntica no por la flor, sino por el nombre.
«Sí, Beirut es seducción y sedición», concluí.
Resulta difícil explicar la causa de su seducción, pues el sedicioso no sabe por qué sucumbió a su encanto; el amante apaga la llama de su amor con palabras que revelan los secretos del corazón.
El término «fitna» en lengua árabe tiene varias acepciones: puede ser “la seducción y la sedición”; también puede ser “locura” o “guerra civil”.
Beirut no posee la belleza secreta de otras ciudades: No es la Trípoli mameluca del Levante con sus patios fascinantes, más bien, a principios del siglo XIX, era solo una pequeña ciudad abandonada y encercada por una muralla cuadrada; una ciudad estrecha habitada por pescadores y campesinos; una ciudad que olvidó el significado de su nombre y lo enterró en las dunas de la costa siria.
Bajo el dominio egipcio, la ciudad se transformó por completo expandiéndose más allá de sus murallas; luego los franceses la convirtieron en el puerto estratégico que comunicaba con toda la tierra del interior.
Beirut floreció, pasó a ser una provincia del imperio otomano y a partir de las calamidades de mediados del siglo XX, comenzó a recibir a todo aquel que buscaba refugio en ella. Así creció Beirut siendo la ciudad de los refugiados. Este es su secreto.
Durante la primera guerra civil del 1860, Beirut recibió a los desterrados que buscaban refugio del horror de la masacre en el Monte Líbano y luego a los que huían de la masacre de Damasco. Los refugiados encontraron allí su ciudad, porque sin ellos no sería la misma que conocemos hoy. Luego vendrían las sucesivas oleadas de refugiados:
la diáspora armenia tras el gran genocidio turco;
el éxodo palestino tras la limpieza étnica brutal en Palestina;
la migración de los agricultores del sur del Líbano en las décadas de los 50 y 60 a causa de la pobreza;
la fuga de los empresarios sirios, egipcios e iraquíes por miedo a las políticas de naciona-lización;
la huida de intelectuales árabes de sus respectivos países en busca de la libertad que encontraron aquí;
la afluencia de periodistas árabes huyendo de la tiranía;
continuas oleadas que han culminado con la crisis de los refugiados sirios;
migraciones sin cesar han hecho de Beirut una ciudad para el destierro familiar; una ciudad para los extranjeros que transformaron su exilio en un hogar de creación, innovación y agallas.
La poesía árabe moderna nació en Iraq, pero encontró en Beirut la revista a la que sus dos fundadores sirios, Yusuf al-Jal y Adonis, pusieron el nombre de “Sh´ir” [Poesía]. El modernismo literario, así mismo, halló en Beirut la revista “al-Adab” [Literatura], fundada por el auténtico beirutí Suhail Idriss que la convirtió en la revista de todos los árabes.
El florecimiento bancario en Beirut comenzó con Yusuf Beidas, un banquero de Jerusalén que creó el imperio monetario más importante de la región.
Incluso la teoría del Líbano, el monte, el mar y la república de los comerciantes la formuló el asirio iraquí Michel Shiha.
Todo lo que hay en Beirut lo hicieron los beirutíes, ya sean libaneses o no, provenientes de otras ciudades o del campo.
La mano de obra siria es la que levantó los flamantes rascacielos del «Sabor del ladrillo».
La magia y la brujería surgieron a manos del profesor Dahesh, el mote de un palestino siriaco procedente de Belén cuyo verdadero nombre era Salim al-Ashi. Este hombre trastornó Beirut e hizo que el presidente de la República de la Independencia, Bechara el-Jury, sufriese una crisis nerviosa que casi acaba con su carrera política.
El hotel Saint George lo diseñó el talentoso arquitecto libanés Antoun Tabet, natural de Bhamdoun, fundador también de la revista “al-Tareeq” [El camino] que fue la voz de la vanguardia de izquierda libanesa y árabe.
Beirut es la ciudad de las universidades, de la nueva conciencia y de los movimientos revolucionarios. El pensamiento panárabe surgió allí de la pluma de Constantine Zureiq, quien acuñó el término «Nakba», que se ha convertido en un término internacional relacionado con Palestina.
La ciudad de Ra´if Jury, Omar Fajoury, al-Ajtal al-Saghir, Amin Najla, Elias Abi Shabaka y Yusuf Ibrahim Yazbek.
La ciudad de Ghassan Kanafani y «Los hombres al sol».
La ciudad de los periódicos que Náser solía leer con el café matutino.
La ciudad de Kamel Marwa y la de su asesino también.
La ciudad de Samir Qasir escrita por la pluma de este palestino-sirio-libanés que anhelaba la libertad.
La ciudad de los extranjeros.
La ciudad de todos y de nadie.
La seducción de Beirut consiste en su puerta abierta a la música de las olas. A los beirutíes, según las leyendas sarcásticas de Muhammad Aitani, les sonaba la música que tocaban como si fuese el eco de las olas.
El horizonte de Beirut es azul, el cielo abraza el mar con un color difuso que es complicado definir. A veces lo llamamos verde, pero en realidad es azul; otras veces lo llamamos azul para referirnos a un color peculiar desconocido aún. Aquí frente al mar entendí por qué el idioma confundía el verde con el azul.
Este horizonte engendró al poeta de Beirut, es decir Omar al-Zaini, el poeta popular que musicalizó la crítica sociopolítica satírica y vio cómo el naranja de las explosiones reemplazó al azul del crepúsculo, antes de que la blancura del polvo devorase la ciudad a raíz del golpe mortal que la sacudió.
En aquel tiempo, Omar al-Zaini escribió el poema «Lástima de ti, Beirut» donde dice: «Oh vistas en la pantalla, oh falsa y engañosa, oh novia que resuena, oh estancada en el ataúd, ¡qué lástima de ti, Beirut! Los ignorantes al mando, los malvados flotando, los inicuos disfrutando y los buenos agonizando, ¡qué lástima de ti, Beirut!»
Esa lírica popular que se cantaba la representó Hasan Aladdin (Shushu) en el escenario del Teatro Nacional situado en la Plaza Dabbas. La plaza desapareció junto con el recuerdo de quien gritó: «¡Qué pena, patria!»
La voz de Omar al-Zaini fue el comienzo del ritmo beirutí que tomaría su forma mágica con una mujer que nació en el seno de una familia siríaca afincada en el barrio beirutí de Zuqaq al-Blat, pero cuyo origen se remonta a la ciudad de Mardin, que fue una de las provincias del norte de Siria que tomaron los turcos en 1923. Esa mujer de Beirut hija del refugiado siríaco es Fairuz, que se encontrará con los hermanos Rahbani, recién venidos de Antelias en el Monte Líbano.
La magia de Fairuz reconcilió a Beirut con el Líbano y convirtió la música en un mar amplio que abraza al maxreq árabe.

 

III

La relación de Beirut con el estado del Gran Líbano resulta difícil de comprender. El 1 de septiembre de 1920, el general Gouraud anunció el establecimiento de un pequeño estado como proyecto para ampliar el Mutasarrifato del Monte Líbano. El valiato otomano de Beirut, que fue una pequeña división administrativa fundada en 1864 por los cónsules europeos, se convirtió de repente en la capital de un estado al que no había elegido pertenecer.
El estado del Gran Líbano se construyó sobre los escombros de dos catástrofes: una gran hambruna que se cobró un tercio de la población y el colapso del proyecto de independencia con la derrota del estado monárquico de Fáisal ante el ejército francés a las afueras de Damasco.
¡De la capital de un valiato otomano establecido en 1888, que incluía los sanjacados de Latakia, Trípoli, Beirut, Acre y Nablus con un área de 30,500 km2, a la capital de un pequeño estado llamado el Gran Líbano!
Hay un caos estructural en lo relativo a la identidad de esta urbe. Formó parte del Líbano sin libanizarse, y permaneció en Bilad al-Sham sin integrarse.
La clase burguesa encabezada por Riad al-Solh y los líderes del Bloque Nacional construyeron el pacto que trató de resolver esta ambigüedad, sin llegar a hacerlo por completo, y se materia-lizó en el lema “El rostro árabe de El Líbano”; solución que permitió a Siria y Líbano independizarse.
A pesar del bloqueo a principios de la década de los 50, Beirut se mantuvo en una posición neutral: una ciudad que transcendía cultural y económicamente su geografía, sobre todo por la importancia que tuvo su puerto al convertirse en la ventana del interior tras la caída de Haifa en manos de los sionistas.
Sin embargo, lo que parecía ser una identidad necesaria se volvió rápidamente un espejo que reflejaba todas las contradicciones y transformaciones de la región.
El acuerdo entre los árabes y Occidente reprodujo el proyecto libanés y permitió que la ciudad creciera y ampliara su papel en el ámbito cultural y económico, pero la derrota de junio de 1967 y el humillante tratado de paz de octubre de 1973, anunciaron el inicio de la época de las luchas internas que culminó con la guerra civil libanesa que partió Beirut en dos mitades.
Desde 1975 los acuerdos ya no eran posibles. Beirut cayó en la trampa libanesa e inició el largo y doloroso proceso de su libanización que culminó con la explosión mortal del 4 de agosto de 2020.
La larga guerra civil anunció el comienzo del colapso: refugiados antiguos luchaban con los nuevos; clases obreras y grupos marginados encontraron en el cañón de los rifles la única manera de expresarse; un sistema político liderado por comerciantes y un feudalismo político podrido que se convirtió en un obstáculo para cualquier desarrollo; unos fascistas que se envolvieron en la bandera del sectarismo y un sueño palestino-árabe quebrado por los enfrentamiento tribales antes de que la invasión israelí lo borrase por completo del Líbano_ el proceso no se completaría sin la intervención del régimen totalitario en Siria_; y por último, la irrupción del ejército israelí que fue recibido por los disparos de la resistencia en las calles de Beirut.
En lugar de recuperar Siria su puerto beirutí, le usurpó sus bienes y dio lugar a los privilegios de un clientelismo nuevo, utilizando la manipulación sectaria como estrategia del mismo modo que hizo el ministro otomano Fu´ad Basha.
Así Beirut bailó al ritmo de la danza de una reconstrucción inhumana iluminada por el equilibrio sirio-saudí, mientras que algunos asumieron que Beirut sería una mezcla entre Hong Kong y Hanoi, especialmente después de excluir la resistencia nacional laica del sur e imponer la de Hizbulá como única alternativa.
El cóctel estalló con la invasión estadounidense de Iraq que trajo el colapso de los árabes y anunció el regreso del colonialismo.
Cuando parecía que la tiranía y los petrodólares iban a acabar con el alma de la ciudad, que había resistido con la cultura y el periodismo y tratado de mantener su espíritu vivo, esta sucumbió por la incapacidad del sistema sectario para construir una nación. Así, en lugar de que la clase política libanesa sacase rédito de los dos logros de liberar el Sur de la ocupación israelí y obligar al ejército sirio a retirar sus tropas a la luz de una nueva independencia, volvió al juego de encomendarse al exterior en la serie de luchas internas por obtener el poder que, a su vez, no era más que instrumento para saquear y robar a cara descubierta, un instrumento que hacía de la corrupción un modelo.
La historia de Beirut es tan enmarañada que solo un historiador del calibre de Samir Qasir o un creador como Muhammad Aitani pueden escribirla. El 4 de agosto, cuando vimos el final con nuestros propios ojos, nos dimos cuenta de que esta ciudad alberga nuestras almas, que su historia enrevesada es la nuestra y que su muerte es la nuestra como colectivo e individuos.
¡Fue entonces cuando gritamos de dolor!
¿Puede ser el dolor nuestro idioma? ¿Puede ser el dolor el idioma de Beirut cuyo eco resuena en este Oriente árabe que agoniza?

 

IV

Nueva York, invierno de 2001.
Al mencionar Nueva York, el recuerdo de Edward Said nos acompaña, la mente brilla y las palabras se vuelven llaves que abren el corazón y el alma.
En su libro «Reflexiones sobre el exilio», Edward Said narra la historia de los exiliados que hicieron cultura contemporánea desde Auerbach hasta Adorno, Hannah Arendt, Benjamin, Joyce y Dante. Reflexionó sobre la migración de Conrad al idioma inglés, y yo le hablé sobre la migración de Georges Schehadé, Samuel Beckett y Eugène Ionesco al francés. Said hablaba en lenguaje metafórico sobre su experiencia en el exilio y sobre cómo el destierro neoyorquino jugó un papel fundamental en cristalizar su teoría sobre «El poscolonalismo» y en la visión que plasmó en sus dos libros: «Orientalismo» y «Cultura e imperialismo».
Le comenté que me detuve un buen rato en la reflexión que él hizo sobre la «Divina Comedia» de Dante, concretamente cuando dice: «Y de no ser un exiliado Dante, expulsado de Florencia, ¿quién podría hacer de la eternidad un lugar para ajustar las viejas cuentas?»
En sus «Reflexiones sobre el exilio», Said señaló que: «La cultura occidental moderna es en gran parte producto de exiliados, refugiados e inmigrantes. El pensamiento académico, teórico y estético en Estados Unidos solo llegó a lo que es hoy gracias a aquellos que se refugiaron en ella huyendo del fascismo, el comunismo y de los regímenes cimentados sobre la represión y la expulsión de sus opositores».
Hablar del exilio nos lleva a la trágica experiencia palestina, mientras que hablar de la migración nos lleva a la experiencia libanesa.
Las palestinas y los palestinos construyeron un país ficticio desde el exilio, incluso los que permanecieron en la Palestina ocupada se convirtieron en refugiados. En cuanto a las migraciones sirio-libanesas, que no han cesado desde el siglo XIX, crearon una lengua árabe nueva desde al-Shidiaq que escapó del abuso de los cleros, hasta Gibran, quien emigró para escapar de la pobreza y el hambre.
La distancia que separa al refugiado del inmigrante es tan fina que resulta difícil distinguir entre ellos a menos que supongamos- y esta hipótesis requiere un examen minucioso- que el inmigrante se va para no regresar, sin embargo, el exiliado anhela regresar al lugar del que fue expulsado.
Aun así, esta suposición no es del todo acertada, pues los inmigrantes libaneses solían comprar en las aldeas un terreno al que la gente ponía el nombre de Retorno, así como los exiliados palestinos ponían el nombre de sus ciudades, pueblos y aldeas a las ciudades y barrios donde residían, ya sea en los campos de refugiados o en Estados Unidos.
Me pregunto por qué no me fui de Beirut.
He sufrido todas las guerras, tragedias, derrotas y decepciones, viví sueños, pesadillas y pasé miedo, pese a ello, en ningún momento he querido dejar esta ciudad. Y aunque he viajado mucho desde Beirut, siempre ha sido con la intención de volver.
Si bien Nueva York me cautivó, mi trabajo allí fue una continuación de mi experiencia beirutí. Nunca me he planteado emigrar de esta ciudad que despierta en mis entrañas sentimientos tan contradictorios.
Ahora que veo a los jóvenes libaneses anhelando emigrar después de haber perdido toda esperanza de vivir en esta ciudad, me replanteo la pregunta que nunca se me planteó.
Recuerdo la pena que sentí al ver una oleada de jóvenes intelectuales sirios abandonar la ciudad en la que habían buscado refugio durante la tragedia siria cuando huían del racismo, la opresión, el acoso y la persecución.
Cuando los intelectuales árabes abandonaron Beirut después de la invasión israelí, estábamos convencidos de que resistir la ocupación devolvería a Beirut su esencia.
No obstante, con las últimas migraciones culturales desde Beirut, hemos empezado a sentir que la ciudad de los forasteros agoniza, que sus asesinos no son el enemigo extranjero, sino bandas sectarias de bárbaros que han convertido el Líbano en un lugar de saqueo donde los inicuos gobiernan con una odiosa retórica racista y unas prácticas degradantes contra refugiados y obreros sirios, palestinos y extranjeros.
Así fue cómo se allanó el camino para la masacre del 4 de agosto.
Yo no me fui de Beirut porque no necesitaba exiliarme. La ciudad en la que resido es la de los extraños y desterrados; soy un extraño que comparte destierro con ellos.
¿Podemos nosotros, los libaneses desterrados, permanecer en la ciudad del destierro después de que la hayan abandonado todos los exiliados árabes?
Desconozco la respuesta, no obstante, estoy seguro de que vale la pena morir por Beirut si no somos capaces de evitar su muerte.

 

V

El ojo es la ventana del alma. Nuestras almas se han roto y están hechas añicos.
¿Dónde está Beirut?
Me ha traicionado la voz al querer preguntar dónde estoy, pues las palabras se me escaparon, y desnudo no pude hablar.
«¡Ay, Beirut!» La gente gritaba de dolor, ira y pena.
La ciudad se quejaba de dolor, derrocada sobre el asfalto del tiempo.
¿Habéis visto alguna vez el llanto de una ciudad?
En los libros de los historiadores leemos sobre la tragedia de las ciudades: Bagdad en la época de las invasiones mongolas; Jerusalén en la época de la invasión bizantina. Las palabras se vestían de dolor porque no podían serlo. En cuanto a nuestra Beirut, la vimos agitarse deca-pitada por los cristales y escombros de las casas. La misma vivienda dejó de ser un refugio frente a la brutalidad del nitrato de amonio y se convirtió en el enemigo de sus habitantes. Nada nos salvó del crimen, absolutamente nada.
¡Ay, Beirut sin casas ni palabras!
Un sistema agonizante se abatió sobre Beirut, decidió matar la ciudad y así eliminar a los testigos de su decadencia política y moral.
Mas Beirut, la ciudad que espera a sus asesinos con un merecido desprecio, envuelta en la destrucción, se burla de ellos y narra su historia.