El saco de trigo- Un testimonio literario de la escritora jordana Kafa Al-Zou’bi

Kafa al-Zou’bi

 

Influencias literarias:

El saco de trigo

En cada publicación de Banipal, invitamos a un/a escritor/a árabe destacado/a para que escriba sobre los libros y autores/as que hayan influido en su vida y trabajo. En este testimonio literario, la escritora jordana Kafa Al Zoubi nos cuenta el inicio de su relación con el mundo de los libros en Jordania, siendo una muchacha joven, a través de leer a Emily y Charlotte Brönte y Los Miserables de Victor Hugo; así como en la Unión Soviética, donde se mudó para estudiar y descubrió a los grandes de la literatura rusa: Pushkin, Gógol, Chéjov, Nekrásov, Turguénev y muchos otros que fueron seguidos por Dostoievski. “Este extraordinario filósofo estaba interesado por el rescate de Rusia y por descubrir las almas de las personas atormentadas.”

Traducción: Rosa Estomba Giménez

 

Mi padre jamás en la vida me hizo esa pregunta que muchos padres hacen a sus hijos e hijas: «¿Qué quieres ser de mayor?». Mi madre tampoco me la hizo nunca. Yo era la hija más pequeña, concebida tras cinco niñas y un niño, el único varón entre las hijas de dos padres pobres y analfabetos que vivían en una casa de dos habitaciones. La casa estaba hecha de piedra y barro, situada en la población de Al- Ramtha, en el norte de Jordania. Como en todos los pueblos y ciudades árabes, la gente de Al Ramtha no felicita a quienes les toca una niña, sino que les consuela con aquello de que «Todo lo que da Dios es bueno».
Ni mi madre ni mi padre nos preguntaron, ni a mí ni a ninguna de mis cinco hermanas, por nuestro futuro. El único futuro decente ya estaba escrito y no se insinuaba otro en el horizonte de una chica: conseguir un marido que la protegiera. Ese era el futuro que transformaba las oraciones de mi padre y de mi madre en palabras llenas de humildad hacia Dios para que hiciera realidad ese sueño: que el marido fuese adinerado, compasivo y cariñoso. Mis dos hermanas mayores no se desviaron de los márgenes que marcaba la tradición social y cultural del pueblo, ni de los deseos de mi padre. Se casaron sin haber terminado los estudios, cuando llamaron a nuestra puerta los pretendientes idóneos. Los cuatro hermanos menores continuamos estudiando hasta completar nuestra formación, el primer hecho que nos situó en el camino de la desobediencia.

estatua de dostoievski en cerca de su museo en San Petersbu

La vida humana siempre se me ha antojado un texto dialéctico en el que las personas crean y producen su realidad jugando un doble rol. Son a la vez creadoras y creadas; pues, al mismo tiempo que producen jerarquías intelectuales, políticas, sociales y económicas, sus vidas quedan al servicio de las mismas. Estas jerarquías no solo cautivan a las personas en nuestro mundo árabe, sino que también lo oprimen y limitan su progreso y apertura de ideas. Lo adscriben a una serie de engaños y temores, de forma que no encuentra vía de escape al servilismo y la sumisión. Es un texto en el que se sentencia a las personas árabes a la imperfección, ya sea ante Dios, que desde el principio decidió su destino, o ante una sociedad tribal con una entidad social y económica que parece civilizada en su forma, pero resignada a nociones y constructos sociales tribales, patriarcales y machistas.
Esta ecuación dialéctica en la que tanto la realidad objetiva como la humana se reproducen entre sí, es un fenómeno humano universal. Está influenciada por la formación psicológico-afectiva y la lucha por la subsistencia, además de los conflictos de clase y las preguntas existenciales y filosóficas. No obstante, la realidad árabe tiene una particularidad que es consecuencia de su apego a la religión, a la tradición histórico-cultural y a la colonización. Atendiendo a esta particularidad, la mujer árabe vive en otro texto que la ignora por su condición. Es una prisión estrecha dentro de otra prisión un poco más amplia, la sociedad. ¿Cómo podemos sublevarnos ante estos dos textos prefijados cuando se nos pide que actuemos según los roles diseñados para nosotras, tanto en el texto que concierne a la sociedad como en el subtexto que concierne a la mujer? En aquella familia pobre, quizá no nos hicieron esta pregunta a las cuatro hermanas de esta forma tan clara. Sin embargo, descubrimos la respuesta a ella sin enfrentarnos individualmente con el mundo que nos rodeaba, mediante las herramientas de las que disponíamos para entrar en esta lucha: sacar las mejores notas y conseguir becas universitarias como primer paso para reapropiarnos de la identidad humana a la que la sociedad veía deficiente, simplemente por su condición de género.
Cuando la mayor de las hermanas y, después, la más joven, hubieron conseguido becas para estudiar en la universidad, los libros comenzaron a entrar en casa. Se distribuyeron como un invitado extraño venido de otro mundo. Uno que no tenía nada que ver con el pueblo, ni con su aire caliente, ni con las horas muertas del mediodía dominadas por el zumbido de las moscas como máxima expresión del aburrimiento y el estancamiento. Tampoco era como la gente que clamaba a Dios día y noche por cualquier desgracia que les atravesara. No les bastaba con pedir perdón por sus fallas, siendo incapaces de no reincidir en ellas. El invitado venía de un mundo en el que había palabras y nociones cargadas de nuevos significados que no conocíamos antes; libros de literatura, poesía y pensamiento. Un mundo de palabras que nos daba esperanzas de peso para el cambio, la justicia y la igualdad.
Al aumentar tanto el número de libros en aquellas dos habitaciones de barro, una de mis hermanas que ya había sido becada compró una estantería barata, de metal. Mi hermana mayor y yo comenzamos a pegar en las barras y los estantes un papel adhesivo con estampado de madera. A pesar de los pliegues en las esquinas, la inclinación de los estantes y los fragmentos que usamos para tapar huecos por aquí y por allá, organizamos los libros y acabamos viendo finalmente una biblioteca de madera. También vimos que a nuestra realidad se adherían esperanzas que la hacían menos salvaje, menos grave y mas presentable.
De esta manera comencé a sumergirme, diariamente y durante horas, en las novelas de Amélie, Charlotte Brontë y Los miserables de Víctor Hugo, me perdí con los niños sin techo de Dickens en las ciudades de callejones oscuros y sucios, me quedó claro que en los mundos lejanos también hay humanos opresores y torturados, como nosotros, aunque de formas diferentes. Pese a todo, en aquella época no fui capaz de leer Cien años de soledad, de Márquez, ni Los hermanos Karamazov, de Dostoievski; dos novelas que más tarde leería una vez tras otra con un gozo y asombro sin fin. Creo que tenía quince años cuando decidí leerlas por primera vez. Fue una tortura y me aburrí como una ostra contando las páginas que faltaban para acabar cerrando un libro, primero, y luego el otro, mandándolos al infierno.

la novela El adiós a Matiora

Poco después de esto, mi mano continuó cogiendo de la biblioteca folletos de filosofía marxista: el materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Mi hermana, la universitaria, se rio de mí, diciendo que era demasiado joven para empezar esa lectura. Es posible que esa burla me hiciera leerlos atentamente, un reto para el que no sé si estaba preparada. Poco a poco, mientras leía los párrafos empecé a adquirir la lógica a la que se referían en la explicación de la naturaleza, la Historia y las leyes que surgen de los conflictos entre ambas a través de la «dialéctica», una palabra no árabe que me llevó mucho tiempo aprender a pronunciar y otro tanto aprender su significado.
Probablemente, mi comprensión, bastante básica, de aquel libro estaba ligada a mi orientación académica. Me enamoré perdidamente de la Física y las Matemáticas, que se me daban bastante bien. Tanto, que en noveno curso decidí aquello a lo que me dedicaría: «me especializaré en Física y seré toda una erudita en ella». Aun así, algunas veces cambiaba el gran placer que suponía resolver ecuaciones y problemas físicos y matemáticos por un deleite diferente. Acudía a mi cuaderno secreto cuyo contenido no mostraba a nadie. En él, apuntaba reflexiones literarias sobre personas pobres y oprimidas; sobre el sonido del agua que caía del techo en la olla que mi madre ponía al lado de nuestra cama los días de fuertes lluvias; sobre el temblor de la puerta de nuestra habitación de barro cuando soplaba el viento como una bestia que acecha en la oscuridad zarandeándola, como si de un momento a otro fuera a romperla; sobre los espectros instalados entre las cañas que esculpen el techo y que me hacían temblar de un miedo espantoso. Escribo como respuesta a la necesidad de agudeza e intangibilidad en la redacción, de aprehender los momentos y verterlos en las páginas, de expresar una opinión que es mía y que se empezó a formar un día, precisando un tiempo de maduración largo. Una opinión frente a este mundo en el que me encuentro sin saber por qué, ya sea el «porqué» existencial y filosófico o el «porqué» del día a día: ¿por qué aquí, concretamente, en este lugar rígido en el que la gente mira a la mujer como deficiente por su condición, sobre todo si pertenece a una familia pobre?
Mi madre se sentó en la cama extendida en el suelo y se echó a llorar mientras yo me preparaba para viajar. «¡Tengo miedo de no volver a verte!», dijo entre lágrimas. A diferencia de mis hermanas, al terminar la escuela rechacé la beca que me concedieron para estudiar en una de las universidades jordanas y decidí aceptar otra para la Unión Soviética y así conocer de cerca el socialismo, la justicia y la igualdad. Yo estaba orgullosa, aunque, de todas formas, era un orgullo adolescente. Escribí «Física» en la casilla de especialidad en el formulario que me enviaron. A ojos de mi madre y según todo lo que me habían dicho, en mi decisión no había nada que invitase al orgullo. «Si estudiases Ingeniería o Medicina, ¡al menos tendrías una buena excusa para irte!», me decía mi madre llorando. Sus temores estaban justificados, ya que estudiar en la Unión Soviética suponía el aislamiento absoluto, no visitar el país durante los años de carrera. Los y las estudiantes que volvían sin el título entre sus manos se exponían a interrogatorios o a la confiscación de sus pasaportes por parte de los servicios de inteligencia jordanos si no accedían a colaborar con ellos. Ese era uno de los medios utilizados por dichos servicios para controlar las organizaciones secretas de izquierdas que luchaban por el socialismo y la justicia en Jordania.
Pisé el suelo del aeropuerto de Moscú a mediados de los ochenta del siglo XX. En aquellos días, el socialismo estaba entrando en la fase conocida como la Perestroika, o «reestructuración». Un periodo que fue como una tumba en la que el socialismo había metido un pie y los protagonistas de aquella Perestroika tenían prisa por que acabara metiendo el otro. Lo llevaban, al socialismo, en el borde de sus manos como si fuera una bolsa de basura que enterrarían rápidamente, sin funeral, ni rosas, ni luto y sin derramar una sola lágrima.
En el primero de estos vientos de cambio, yo acababa de terminar un año de lengua en Moscú y, de pronto, el brillo de mis sueños se desvaneció. Me pareció que el sueño de convertirme en investigadora en Física no era nada realista, sino ridículo. «En Jordania no hay laboratorios para investigar en Física…, ahora lo que hay es una urgente preocupación por la religión y por abrir centros de memorización del Corán». Esto es lo que escuchaba de muchas personas, y tenían razón. El tiempo no se paró y tiró por la borda los rasgos del mundo que había dejado un año atrás en las profundidades del olvido. De repente vi con claridad, una vez deshechas mis ilusiones, lo que ocurriría con mi futuro si continuaba la carrera de Física: volvería a Jordania para ser simplemente una profesora que enseña física. Todavía resuena el eco de aquellos sermones de viernes pronunciados por hombres venidos de allí, de un lugar muy lejano y antiguo con voces hostiles y miserables. Voces que irrumpían en las jornadas de los viernes y ordenaban a la gente el apoyo inmediato a «nuestros hermanos muyahidines» de Afganistán en su guerra santa para defender a Dios. Fue la misma época en la que Israel invadió Beirut, con su consiguiente masacre, además de la carnicería que ya llevaba a cabo en la Palestina ocupada. Era el momento de defender a Dios, no a las personas, ni a las naciones, ni a la inteligencia, ni a la filosofía, ni a las ciencias, ni a la física, definitivamente. La física era prisionera de los programas educativos. Todas las clases terminaban con aleyas coránicas y hadices del Profeta, refutando cada ley física que pusiera a los y las estudiantes en duda sobre cualquier premisa islámica. Cambié mi especialidad por Ingeniería Civil para que, por lo menos, mi exilio estuviese justificado, como decía mi madre. Así, me fui de Moscú para estudiar Ingeniería en San Petersburgo, que entonces se llamaba Leningrado.
Un día de mi último año de carrera, vi muchos libros tras un escaparate de cristal y me paré, fijándome en los títulos. La librería rebosaba obras y yo entré muerta de miedo porque nunca había leído nada en ruso, aparte de los manuales con los que estudiaba. No sé qué fue lo que me empujó a elegir la novela El adiós a Matiora, del escritor soviético Valentín Rasputin, como mi primera lectura literaria en lengua rusa. Muchas palabras nuevas se me presentaban en cada párrafo. Unas veces, buscaba su significado en el diccionario; otras, lo deducía por el contexto de la oración. Leí la novela despacio y seguí con gran tristeza y emoción la historia de una madre que agoniza, pero resiste y rechaza a la muerte bajo la esperanza de que vuelva alguno de sus hijos para despedirse antes de que la luz de sus ojos se apague para siempre. Ahora mismo no recuerdo el final, pero sí que esta novela me abrió una puerta. Me animó y motivó a leer literatura rusa en ruso. Con el paso de los años me sumí en la lectura, empezando por los clásicos: Pushkin, Gógol, Chéjov, Nekrásov, Turguénev y muchos otros que fueron seguidos por Dostoievski. Este extraordinario filósofo estaba interesado por el rescate de Rusia y por descubrir las almas de las personas atormentadas. Se sumergía de una manera exquisita en el análisis psicológico no solo de los individuos sino de la sociedad y su organización. Tras esto, comencé a leer literatura soviética: Aitmátov, Marina Tsvetáyeva, Anna Ajmátova, Yesenin, Mayajovsky y Gorki, entre otros, seguidos por Mijaíl Bulgákov y Solzhenitsyn.
Vivía en Leningrado, ahora conocida como San Petersburgo, la segunda ciudad más importante de Rusia, y me casé con un chico jordano, con quien decidí quedarme allí. El sueño socialista seguía vivo después de que la Unión Soviética hubiese expirado su último suspiro. Yo seguía rascando la gramática rusa, poniéndome al día con los medios de comunicación y leyendo prensa. Así y todo, creo que la literatura era, por encima de la prensa, los medios e incluso la propia realidad, el instrumento de conocimiento que me hacía entender la vida de las personas rusas. Siempre me maravilló aquel tratamiento exhaustivo de la vida en esta literatura, que no presenta a la gente como individuos independientes, sino como resultado del choque entre todos los componentes de la sociedad: de los políticos a los económicos, culturales y sociales. Esta literatura, y en especial el trabajo de Dostoievski, se interesaba por deconstruir la realidad. Una realidad que le indujo a tratar cuestiones políticas en sus dos grandes obras: Los hermanos Karamazov y Los endemoniados. Dos novelas que profetizaban lo que ocurriría y lo criticaban por adelantado, al igual que hicieron autores como Andréi Bely, Bulgákov y otros seguidos por Solzhenitsyn.
Yo iba y venía por esa ciudad que ya no me era extraña: conocía a su gente y sus carreteras y había formado una familia en ella, con un hijo de dos años. En medio del estallido de caos y crimen, del colapso de las instituciones gubernamentales, de la propagación de la miseria y las personas sin hogar que buscaban en la basura algo que llevarse a la boca, yo estaba totalmente centrada en buscar alguna oferta de trabajo en lo mío. «¡Mamá, al final me hice ingeniera, pero estoy en paro!». Eso gritaba mi voz desde muy adentro, aunque no lograba llegar a ella. Un día, estaba encerrada en mi habitación de la Residencia de Estudiantes, preparando mi proyecto de graduación, cuando alguien llamó a la puerta. Era un chico jordano. Me dio una carta que le había enviado su familia. Al leer el último párrafo, me di cuenta de por qué me había dado esa carta: en ella se informaba del fallecimiento de mi madre. Mi madre había muerto.
Más tarde, me enteré de que ella agonizaba mientras yo leía El adiós a Matiora, de Rasputin. Siempre he tenido un punto de vista material y científico de las cosas, así que no creo en lo sobrenatural. Sin embargo, en el momento en que me enteré de que mi madre había muerto, pensé en la novela como una apelación telepática de mi madre que no me dio tiempo a interpretar: «Ven, deja que te vea por última vez». Efectivamente, mi madre había estado pidiendo que fuera, para despedirse de mí. Me lo contó mi hermana, que había decidido junto al resto no decirme nada por miedo a que influyera en la finalización de mis estudios. Era la misma petición que se repetía página sí y página también en la novela. ¿Se trataba de una mera coincidencia o era una apelación real que me llegaba a través de la literatura? Mientras la leía, pensaba en mi madre y deseaba fervientemente que se encontrase bien, sin atreverme a preguntar, porque temía que mis sospechas fueran confirmadas. Algunas veces me agobiaba aquella apelación y, secándome las lágrimas, tenía que cerrar el libro para salir a la calle, asfixiada, para buscar un soplo de aire que respirar. Tendría que haber respondido a aquel instinto primario, que me urgía a creer lo que no podía saber, e ir a verla. Pero se me hizo tarde y, además, no había terminado la carrera. Visitar entonces mi país, bajo ley marcial, hubiera significado perder toda esperanza de volver a Rusia para acabarla.
«Es demasiado tarde». Esas fueron las palabras de mi hermana mayor. Tenía un trozo de comida en la mano, que paró a mitad de camino hacia su boca cuando le dije que había vuelto aquí, a nuestro país, para ver la tumba de mi madre, además de visitarla a ella. Ocho años después de su fallecimiento, no me había atrevido por temor a que toda la tristeza de mis entrañas explotara, rompiéndome en pedazos y lanzándome sobre su tumba. Mi hermana miró al vacío con la mirada perdida y dijo lo siguiente: «La última vez que visité la tumba fue hace tres años. En el entierro, olvidamos poner su nombre en la lápida. Nadie se preocupó de eso. La gente aquí muere a diario y a muy poca le ponen su nombre en la lápida. El cementerio está lleno; por eso no encontré su tumba entre todas las demás. ¡Me confundí!». Mi madre vivió siendo invisible en una casa de barro, y ahora sigue siendo invisible en su tumba de barro.
Milan Kundera dice que la novela es «una venganza del hombre contra la impersonalidad de la historia de la humanidad» y yo añado: es la abstracción de la filosofía, es lo invisible, es la equis despejada de las matemáticas, es la física de la sociedad, es una construcción de ingeniería, los nombres conocidos y las tumbas nombradas. No era plenamente consciente de ello cuando, con treinta años, me senté un día a escribir ideas sobre una casa de barro en cuya fachada crecen hierbas en primavera. Me había comprado un cuaderno y saqué tiempo de donde no lo tenía, mientras mis dos hijos dormían, para escribir en él un texto que me había mantenido despierta, aunque no sabía qué era ni cómo lo escribiría. Sentí que para comunicarlo necesitaba un aislamiento total, un cielo atrapado en una ventana, un silencio resonando en ecos y una palidez que los ahogara. Suspiré, preguntándome cómo era posible suspirar con toda esa ansiedad.
Al fin y al cabo, escribí. Pensaba que era otra idea más, como todas las que había tenido y había vertido sobre una sola página. Sin embargo, esta reflexión se alargó mucho. Desconcertada, con la cara empapada en lágrimas, intenté seguir el ritmo de mis pensamientos y esperar al momento que dejasen de verterse a chorro. Me recordó a aquella vez que agujereé un saco de trigo que almacenábamos en la esquina de una de las habitaciones de barro. Quería coger un poco para picar algo mientras estudiaba, pero el trigo empezó a salirse descontrolado por ese agujero y no pude pararlo hasta que llegó mi madre.

Kafa Al-Zou’bi en Moscú

Mi padre y mi madre, las dos habitaciones de barro, la estantería con papel adhesivo que parecía de madera, el armario de ropa sin puertas, el frío, el agua que caía del techo, los coches que por la tarde cruzaban cerca de casa a gran velocidad, de un lado a otro, en la carretera internacional que une Jordania y Siria, el estancamiento del aire en el pueblo… todo ello despertó en mí la añoranza vaga y turbia de un lugar lejano donde prevalecen la justicia y la igualdad. Todo iba fluyendo en mí sin darme cuenta del momento en que lo asentaría sobre el papel, creando un vasto campo de dolor.
Le di este texto, que no sabía cómo llamar, a un amigo nuestro que era profesor de literatura en la Universidad de Moscú y traductor de literatura rusa. Después de dos días, me llamó diciendo que cuando cogió el manuscrito se sintió abrumado porque no sabría cómo decirme más tarde algo de lo que ya estaba seguro: lo que había escrito era una tontería. Pero decidió echarle un vistazo a la primera página antes de dormir. Me contó que se durmió por la mañana, después de haber leído la novela completa con un placer y un asombro enormes. «¿Es una novela?», le pregunté, extrañada.
Después de publicar la que fue mi primera novela, titulada Techo de barro, comencé a escribir mi segunda novela, Laylà, el hielo y Ludmila. En ella, trato el período de la Perestroika, la caída de la Unión Soviética y las transformaciones políticas, sociales y culturales que trajo consigo este terremoto; además de preguntas sobre mi «yo» árabe, con sus componentes culturales, históricos y religiosos, frente a mi otra «yo», la rusa. Tras estas, publiqué otras cuatro novelas. Cada vez que empiezo a escribir una novela nueva intento deconstruir en ella el mundo para entenderlo, y acabo descubriendo que él me reescribe a mí. Finalmente, sentí la necesidad de responder a la pregunta que mi padre no me hizo jamás en la vida. Murió cuando yo tenía trece años. «Voy a ser novelista, papá».

 

Kafa Al Zoubi nació en 1965 en Ar Ramtha, Jordania, el mismo lugar en que finalizó su educación secundaria en 1984. Ese mismo año, viajó a Moscú para estudiar lengua rusa antes de irse a vivir a San Petersburgo, entonces llamada Leningrado, en 1987 para estudiar ingeniería civil en la Universidad de San Petersburgo. En 2006, volvió a Jordania. Es autora de cinco novelas la tercera de las cuales, titulada Laylà, el hielo y Ludmila (2007), trata el colapso de la Unión Soviética y cuestiones relacionadas con la identidad araborusa. En 2010 se publicó la traducción rusa en Moscú. Su cuarta novela, Vuelve a casa, Khalil (2009), escrita en ruso, no se ha traducido a ninguna lengua. Su última novela, Shams baida barida (Un sol blanco lejano) fue seleccionada para el Premio Internacional de Ficción Árabe 2019.

Rosa Estomba Giménez es graduada en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad de Alicante y, actualmente, alumna del Máster GEMMA Erasmus Mundus en Estudios de las Mujeres y de Género en la Universidad de Oviedo. Su gran interés por las lenguas y las culturas la llevaron a complementar su formación con varios cursos de traducción en la Escuela de Traductores de Toledo, entre otras instituciones.