La maté porque la amaba, un relato del iraquí Muhsin Al-Ramli

Traducción: Nehad Bebars

Muhsin Al-Ramli, foto de Khaled Kaki

Encontramos su cuerpo en el patio. Eran las cinco y media de la madrugada, y los gritos de su madre resonaron por toda la antigua casa bagdadí del barrio de Al-Fadl. Era Qamar, la joven más bella de todo el vecindario. Ahora su cuerpo yacía inerte, los brazos y las piernas abiertos, y su cabello exuberante enmarcaba su rostro como una luna oscura. Desde el balcón del segundo piso, donde estábamos, Qamar parecía como si estuviera crucificada allí en el suelo.
El viejo propietario de la casa se acercó al cuerpo. Cuando vio que no había sangre, le tomó el pulso en la muñeca y luego en el cuello, antes de anunciar que estaba muerta. Sacó un trozo de papel de entre sus dedos. “La maté porque la amaba”, leyó. Se ajustó las gafas y volvió a leerlo; luego, se dirigió a la puerta principal del edificio para comprobar las cerraduras y los ba-rrotes que se habían instalado después de la llegada de los estadounidenses y su ocupación del país, y de la entrada de los grupos de resistencia armada en el barrio. Lo encontró todo herméticamente cerrado, justo como lo cerraba él mismo todas las noches a las diez, cuando empezaba el toque de queda. Luego, se dirigió a su habitación para llamar a la policía.
Todo lo que hizo la policía, que no hace nada mejor que aceptar sobornos, fue mandarnos un oficial y dos soldados que nos convocaron a todos. Fue la primera vez que nos reunimos todos en el mismo sitio. Los soldados trajeron una mesa plegable y dos sillas. El oficial se sentó en una de las sillas y nos pidió, uno por uno, que nos sentáramos en la otra. Nos dijo que escribiéramos esta frase: “La maté porque la amaba”. Mientras tanto, los dos policías anotaron los detalles de nuestras tarjetas de identidad, sumergieron nuestros dedos en tinta y los presionaron para obtener nuestras huellas. Luego, recogieron todos los papeles en un archivo y se fueron, para no volver jamás. Nos dejaron con nuestro miedo y nuestras sospechas recíprocas.
Como la mayoría de las casas antiguas de Bagdad, el edificio fue construido alrededor de un patio cuadrado. Tenía dos plantas y ocho habitaciones grandes, cuatro en cada piso. Algunas de las habitaciones se habían dividido con tabiques de madera, y cada planta tenía un baño y una cocina comunes.
Mi amigo Rafid y yo alquilábamos una habitación en la segunda planta. Nos habíamos mudado de nuestro pueblo a Bagdad para estudiar en la universidad, no habíamos encontrado ninguna casa más barata, ni más cercana a nuestra facultad en el distrito de Bab al-Mu’adam, a sólo una veintena de minutos a pie de distancia. Era un barrio popular por excelencia; además, estaba ubicado justo en el centro de Bagdad, cerca de la Gran Mezquita de Al-Fadl, la plaza Al-Maidán, la Calle Al-Rashid, el Banco Central y la calle Al-Kifah. Contaba con un hospital de emergencias, un mercado principal, además de otros mercadillos repletos de cafeterías típicas y modernas, restaurantes baratos, baños públicos, comercios de especias y telas, tiendas de venta de aves, panaderías, ferreterías y restauradores de viejos aparatos. Árabes, kurdos, turcomanos, musulmanes, cristianos y mandeos eran los vecinos del barrio que se habían fundido en a-rraigadas relaciones familiares. Los vecinos del barrio eran simples, sin pretensiones, generosos, valientes, patriotas y sentimentales. Respetaban a los extraños que venían a visitar o rentar casas.
El vecindario parecía haber sido olvidado desde que se erigió -con la fundación de Bagdad- en la época abasí; o atemporal, con sus callejones estrechos y malolientes. Las calles estaban llenas de baches, bulliciosas por el alboroto de los niños que jugaban y el ruido de los carros de los vendedores ambulantes. En sus aceras había montones de basura cuyo tufo se mezclaba con el humo de guisos, asados y especias que se ele-vaba hacia el cielo. Las casas, construidas con viejos ladrillos y tablas de madera, se apoyaban precariamente unas contra otras. La única razón por la que no se derrumbaron fue porque no había suficiente espacio en el suelo entre ellas. Algunas casas mostraban huellas de bombardeos o agujeros de bala de las batallas entre los estadounidenses y los grupos de insurgentes armados.
El inquilino de la habitación frente a la nuestra era Adil, un estudiante universitario de otra aldea. Un policía de Bagdad, su esposa y su hijo con síndrome de Down ocuparon otra de las habitaciones. El oficial, un hombre gordo con un bigote poblado, pasaba la mayor parte del tiempo bebiendo y esperando su jubilación. El propietario de la casa almacenaba la lana que vendía en una cuarta habitación, con una puerta que colgaba de sus bisagras. Rafid la utilizaba como escondite para sus encuentros amorosos nocturnos con Qamar: habían desarrollado una relación estrecha porque estudiaban inglés juntos, en la universidad. De hecho, pudo haber sido ella quien le dijo que la casa tenía una habitación disponible. En el almacén de lana todo tenía que hacerse furtivamente, ya que estaba justo encima de la habitación del pro-pietario que había elegido la habitación más ce-rcana a la escalera y a la puerta principal, para poder vigilar de cerca el edificio y sus inquilinos, y cerrar la puerta principal él mismo cada noche. La hija viuda del propietario y sus dos hijos vivían frente a él, y una pareja ocupaba la otra habitación en el pasillo. Eran funcionarios públicos con dos pares de gemelos: unos adolescentes y unas bebés. Era una familia pobre, conservadora y tranquila; rara vez los vimos o escuchamos, a excepción del llanto de las bebés. La madre de Qamar y sus tres hijas vivían junto a los funcionarios. Qamar era la hija mediana. La madre había nombrado a la mayor Fadila porque había nacido aquí, en el distrito de Al-Fadl. Fadila también había estudiado inglés y se había graduado, pero estaba desempleada y desesperada, ya que nadie había pedido casarse con ella todavía. La hija menor, Sahar, todavía estaba en la escuela secundaria. Pasaba la mayor parte del tiempo coqueteando con los chicos del vecindario o escuchando música a todo volumen.
El padre era un egipcio que no había logrado persuadir a la madre para que se quedara en Egipto. Intentaron vivir allí durante dos años, tiempo durante el cual nacieron Qamar y Sahar, pero la madre anhelaba Bagdad. Su abuela egipcia era la que había elegido los nombres de las niñas: Qamar, por la luna, porque en la noche de verano en que nació Qamar la abuela había estado mirando desde el balcón cuando vio que la luna brillaba serenamente en el cielo, y se reflejaba en las aguas de El Nilo. A su madre le gustó el nombre porque le recordaba a la escuela sufí del Jeque Qamar, uno de los grandes maestros sufíes que hubo ,antiguamente en el barrio de Al-Fadl. Los estudiantes de aprendizaje islámico llegaban allí desde todas partes del mundo, y en el siglo XIX, el jeque Mohamed Said al-Naqshabandi emergió para liderar la famosa orden de los Naqshabandi en Bagdad. Su nieto, Jeque Bahaa’eddin, heredó luego esta misión. La madre de Qamar les contaba a sus hijas las veces que su padre la llevó a esa escuela cuando era niña: los derviches tocaban sus tambores, hipnotizándola mientras cantaban y bailaban interminablemente en círculos. Cuando nació la nieta más joven, su abuela miró hacia afuera desde el balcón y pensó que el amanecer parecía mágico, por lo que le puso Sahar.
La madre regresó a Bagdad con sus hijas, alegando que no podía soportar vivir lejos de Irak, aunque el país fuera un pedazo del infierno. Aquí había nacido, y aquí moriría. Su abuelo había luchado contra la ocupación británica, y su padre era un oficial que había colaborado en el derrocamiento de la monarquía y la instauración de la república. Había ignorado todas las súplicas de su marido para quedarse en Egipto, a pesar de que los bombardeos habían destruido el techo de la casa que había heredado en Bagdad. Alquiló un lugar cercano, e insistió en que reconstruiría la antigua casa una vez que terminara la ocupación estadounidense.
Cuatro días después de la muerte de Qamar, a las seis de la tarde, el policía de al lado vino a visitar nuestra habitación. Yo estaba solo, acababa de regresar de clase. Mi amigo Rafid llegaba tarde, como siempre, y a veces dormía fuera. Era tan sociable que había logrado desarrollar una red extraordinaria de amistades en menos de un año. Conocía a todos los dueños de restaurantes, tiendas y cafés, tanto en nuestro vecindario como en los alrededores de la plaza Al-Maidán y Bab Al-Mu’adam. A través de estas relaciones, podía resolver cualquier problema, ya fuese la escasez de alimentos o la falta de queroseno para cocinar o para las lámparas. Conocía a la mayoría de los clientes habituales de la cafetería Um Kulzum y a los proxenetas del distrito de Haidar Jana. También le iba bien en la facultad a pesar de que apenas estudiaba. El policía de al lado a veces venía a nuestra habitación para pasar el rato con Rafid, que le facilitaba el alcohol cada vez que el policía no podía encontrarlo. Se quedaban hasta tarde jugando juntos al ajedrez, fumando y charlando sobre sus vidas. Se hacían favores mutuamente y cotilleaban sobre la gente del vecindario.
Esa noche, el policía se sentó en el borde de la cama de Rafid y suspiró. “Pobre Qamar”, dijo. “¿Qué crees que le habrá pasado?”
“No lo sé”, le dije. “¿y tú?”
“Creo que, definitivamente, fue asesinada. Probablemente estrangulada o envenenada. Todavía no lo sé, pero lo descubriré. Este caso será mi tarea final antes de que me retire. La comi-saría me lo ha encargado”
Me sentí inquieto por lo que dijo. “¿Quieres que te prepare un té?”, le pregunté.
“No, gracias”, dijo. “¿Rafid tiene algo de bebida aquí?”
“Debajo de la cama”, le dije.
Metió la mano debajo de la cama, sacó una botella y se sirvió un vaso. “¿Dónde está Rafid?”, preguntó.
“No lo sé”, le dije, “Probablemente en la facultad o en el café Um Kulzum, siempre se retrasa”.
Tomó un sorbo de su bebida. “Sé que mantenía una relación íntima con Qamar. Lo sé todo sobre sus encuentros secretos en el almacén”.
Me puse más nervioso y no se me ocurrió nada que decir, excepto: “No lo creo… No lo sé”.
“Mi hijo me dijo que los vio esconderse allí varias veces”.
Después de una pausa, dije: “Incluso si es cierto, no creo que Rafid haya tenido nada que ver con su muerte. Es imposible que le haga daño a nadie, hemos sido amigos desde que éramos niños en el pueblo. Su muerte fue un shock para él, como lo fue para todos nosotros”.
“Lo sé, lo sé”, dijo el policía. “Rafid es un buen chico y trata bien a todo el mundo. Él no es mi único sospechoso”.
Me sentí un tanto aliviado por sus palabras, aunque no tuve la sensación de que estaba siendo completamente honesto. “Además”, dije, “el asesino dejó una nota escrita a mano junto al cuerpo. La policía pronto averiguará quién es el asesino, dado que ha cogido muestras de nuestras letras”.
“No creo. Eso fue sólo un procedimiento rutinario que hacen para cubrirse a sí mismos. Es por eso que me han asignado esta misión. Ejerzo de policía desde que tenía tu edad y sé que no harán nada, especialmente en estas condiciones caóticas del país. No hay laboratorios, no hay investigaciones reales. Simplemente archivarán el caso, como lo hacen con cientos o miles de casos de cuerpos anónimos que encontramos en las calles todos los días. Además, ¿qué te hace pensar que el asesino no dejó deliberadamente ese trozo de papel con la letra de otra persona para que nos despistáramos?” Hizo una pausa. “El a-sesino debe ser de esta casa. El propietario cierra la puerta principal todas las noches, y él mismo revisó la puerta la noche anterior al asesinato de Qamar. ¿Sospechas de alguien?”
“No lo sé”, le dije. “Estoy tan desconcertado como tú”.
“Yo no lo estoy. Encontraré la manera de llegar al asesino”. Parecía que se estaba emborrachando. “¿Qué opinas de nuestro vecino Adil, el otro estudiante? Es joven y vive solo, yo le he visto comiéndose con los ojos a Qamar. Es un poco misterioso. ¿Le conoces bien?”
“Le conozco un poco. A veces caminamos juntos hasta la universidad o coincidimos en la bi-blioteca. No creo que pueda ser él. Es un joven decente y pacífico, sólo se preocupa por sus estudios. Además, es muy religioso”.
El policía resopló. “No dejes que las apariencias te engañen. La mayoría de los crímenes se cometen en nombre de la religión”.
Rafid entró entonces, y los dos se abrazaron. Se sentó junto al policía y se sirvió un vaso; luego, llenó el del policía.
“¿Dónde has estado?”, preguntó el policía.
“Estaba con Adil en el café Um Kulzum”, dijo Rafid.
“¿Desde cuándo sois tan amigos?”
“Está preocupado y triste por lo que pasó. Me ha preguntado si debe buscar un nuevo lugar para vivir”, dijo Rafid. “Dice que le cuesta concentrarse en sus estudios, y que las imágenes del cuerpo de Qamar le sobrevienen todas las noches en terribles pesadillas”.
“¡Ajá!” Exclamó el policía, girándose hacia mí. “¿No te dije que no confiaras en las personas religiosas?”
Rafid reaccionó con su seguridad habitual: “Es porque es aprensivo. Dice que es la primera vez en su vida que ve un cadáver. ¿Te lo puedes creer? ¡Después de todas las guerras y las atrocidades que ha sufrido el país!”.
Rafid se ofreció a jugar una partida de ajedrez con el policía, pero él se negó y dijo que estaba cansado y que al día siguiente tendría mucho trabajo por delante.
Una vez que se fue, le conté a Rafid todo lo que el policía había dicho antes, pero él no le dio mucha importancia, lo que me sorprendió. Simplemente se recostó en su cama y fumó. Luego dijo: “No te preocupes por él. Es un estúpido. Estoy seguro de que nadie le encargó nada. A lo sumo, tal vez alguien le dijo que estuviera atento en caso de que notara algo. Quién sabe, incluso él podría ser el asesino, o su hijo enfermo o su esposa. La propia Qamar me dijo que la ha acosado varias veces estando consciente o ebrio, y que ella le rechazó, y que su hijo la fisgoneaba también, a veces le tocaba el brazo en el pasillo, y una vez intentó tocarle los pechos. Al fin y al cabo es un hombre joven con las hormonas furiosas. Entonces, ¿por qué no podría ser él? O incluso su madre, que tal vez quería mantener a Qamar lejos de su hijo y de su esposo, quien a menudo amenazaba con tomar una segunda esposa y la culpaba por la muerte de sus otros hijos a una edad temprana”.
Me sorprendieron las palabras de Rafid. “Escucha”, le dije, “tenemos que mudarnos de este edificio lo antes posible, ya no podremos vivir y estudiar en paz aquí”.
“No seas tan estúpido como Adil”, se burló Rafid. “Cualquier persona que se mude del edificio ahora será inmediatamente sospechoso. Podrían atribuir el asesinato a cualquiera, sólo para que puedan cerrar el caso”.
“Entonces, ¿qué debemos hacer?”
“Primero, tenemos que descubrir quién es el asesino”, dijo, “y luego podemos pensar en mudarnos. Voy a investigar por mi cuenta. Siento que el asesinato de Qamar es una especie de desafío contra mí, o para implicarme o hacerme daño”.
“¡No sabía que la amabas tanto!”
“Sí”, dijo. “Estábamos muy enamorados, nos entendíamos en casi todo. Pero parece que nuestra relación no fue secreta. Varios de los residentes en esta casa lo sabían o sospechaban que teníamos una relación. Qamar me dijo que sus hermanas lo descubrieron porque, como compartían la misma habitación, muchas veces la sorprendían escabulléndose a media noche o volviendo de encontrarse conmigo en el almacén. Su hermana mayor se lo reprochaba y le molestaba todos los días a causa de ello. Estaba celosa de que Qamar fuera más bonita y más inteligente, y de que tuviera una relación conmigo. Fadila había intentado acercarse a mí cuando nos mudamos aquí por primera vez, pero ella no me interesaba. Te lo mencioné en su momento. Así que tal vez fuera Fadila la que la mató, o incluso la hermana pequeña, aunque no sospecho tanto de ella; con todo, Sahar siempre estaba discutiendo con Qamar, amenazando con expo-nerla, ya que Qamar no la dejaba salir con los gemelos y con otros muchachos del vecindario”
“¿Su madre estaba al tanto de todo esto?”, le pregunté.
“No, la madre es una pobre mujer. Está demasiado ocupada tratando de ganar dinero para pagar el alquiler. Sale temprano a comprar pescado y luego pasa la mayor parte del día haciendo las rondas, vendiendo a restaurantes y casas particulares. No volvió a recibir las simples cantidades de dinero que el padre enviaba desde Egipto, ya que los bancos cerraron después de la invasión. Es por eso que Qamar a veces trabajaba como intérprete para los estadounidenses, y traía a su hermana mayor documentos para traducir. Ellas también necesitan dinero para sus gastos personales. Sabes cuánto gastaba Qamar en su apariencia: los perfumes, el maquillaje, las pulseras, los collares, y lo último en ropa”.
Rafid encendió un cigarrillo y siguió hablando como para sí mismo: “El propietario les hacía pasarlo mal cuando se demoraban en pagar el alquiler, a menudo las amenazaba con desalojarlas. Qamar me contó que el propietario intentó persuadir a su madre para que se divorciara de su marido egipcio y se casara con él, o para que una de sus hijas se casara con él y, a cambio, re-gistraría la mitad del edificio a nombre de su nueva esposa. Ofreció lo mismo a cualquiera que se casara con su hija. Pero desde que la madre de Qamar lo rechazó, ha habido mucha tensión. ¿Quién sabe? Quizás él es el asesino. Además de su temperamento, odia que no hayan pagado la renta durante tres meses. Qamar se enfrentó a él duramente más de una vez, llegando a entrecruzarse insultos. ¿Y qué dices de la hija? Ella es una joven viuda, encadenada a sus dos hijos pequeños y a un padre dominante. Ella podría haber creído que Qamar entorpecía sus posibilidades de encontrar un marido, ya que todos los hombres que venían al edificio sólo se interesaban por Qamar una vez que veían lo hermosa y agradable que era. O tal vez el padre y la hija hayan colaborado en cometer el crimen como parte del conflicto entre las dos familias. Sé que las dos familias siempre han estado en desacuerdo, discutiendo y causando problemas. Tal vez el conflicto se remonta aún más. Ambas familias provienen del distrito de Al-Fadl, y las familias aquí lo heredan todo, incluso las hostilidades”.
Durante todo un mes, el asesinato de Qamar fue todo lo que Rafid y yo hablamos. Pasamos las noches recordando incidentes y situaciones adicionales, analizando todo lo que descubrimos o notamos, repasando a todos los que vivían en el edificio, uno por uno. A fuerza de entrelazar detalles, recuerdos y evidencias, a veces llegábamos a la total convicción de que una u otra persona era el asesino, incluida la familia de los funcionarios silenciosos. Rafid dijo que los gemelos tenían algún tipo de relación con Sahar, que había una rivalidad tácita sobre su afecto. Qamar había intervenido varias veces para evitar que su hermana saliera con ellos, y para advertir a los gemelos de que se mantuvieran alejados. Así que tal vez uno de ellos es el asesino, o ambos, o incluso sus padres, para evitar el escándalo y así proteger a la familia por la que luchan día y noche. Respecto a Adel, Rafid dijo que éste había hablado a solas con Qamar en la universidad, tratando de persuadirla para que se vistiera, hablara y se comportara adecuadamente, y para no hacer cosas que están prohibidas en el Islam. Incluso le llegó a ofrecer matrimonio si ella se volvía religiosa como él.
En nuestras conversaciones, llegamos incluso a sospechar el uno del otro.
“Eres el que más sabe de mi relación con Qamar. Al principio me advertiste al respecto; luego, intentaste detenerme. También dijiste que me envidiabas y que Qamar te gustaba. Cada vez que volvía del almacén me preguntabas sobre su cuerpo y lo que hacíamos allí”, me dijo Rafid.
“Si alguien es el principal sospechoso aquí, ese eres tú”, repliqué, provocado por sus palabras. “Eso es lo que piensa tu amigo, el policía, así como todos los demás en el edificio”.
Al parecer, todas las personas en las otras habitaciones, y tal vez incluso las personas en los edificios vecinos, estaban teniendo las mismas conversaciones y dudas. Todo el lugar era un campo minado, altamente cargado de tensión y sospecha. Todos estaban mirando y husmeando, sopesando cada palabra que decían, cada movimiento que hacían. Todos sentimos que no podíamos respirar, como si la situación pudiera estallar en cualquier momento, por cualquier motivo, y nadie podía predecir cuáles serían las consecuencias de la explosión.
Pasados cuarenta días del asesinato de Qamar, nos despertamos en la madrugada con los gritos de la madre. Vimos el cuerpo de la hija mayor, Fadila, yaciendo sobre su espalda en el patio, con los brazos y las piernas extendidos, el cabello enmarcaba el rostro como una luna oscura. Parecía, desde el balcón del segundo piso, como si estuviera crucificada en el suelo.
El propietario de la casa se acercó al cuerpo, y cuando vio que no había sangre, le tomó el pulso en la muñeca, y luego en el cuello, antes de anunciar que estaba muerta. Tomó un trozo de papel que estaba entre sus manos, y leyó: “La maté porque la amaba”. Se ajustó las gafas y volvió a leerlo; luego, se dirigió a la puerta principal del edificio. Comprobó las cerraduras y los barrotes, los encontró todos herméticamente ce-rrados, tal como los dejó la noche anterior. Luego, volvió a su habitación para llamar a la policía.
Poco después, los soldados estadounidenses derribaron la puerta principal. Más de treinta soldados irrumpieron junto a los tres policías que habían venido antes a investigar el asesinato de Qamar. A través de la puerta derribada, pudimos ver un vehículo militar blindado estacionado en la callejuela. El comandante entró en el patio y se detuvo justo al lado de la cabeza de Fadila, mientras su madre se aferraba a su cuerpo sollozando. El hombre agitó los brazos dando órdenes en inglés. Los soldados se dispersaron en grupos por toda la casa, derribando las puertas que estaban cerradas, removiendo todo el interior, e inspeccionando todo lo que había dentro. Rafid y yo estábamos paralizados, temblando de miedo en nuestros pijamas. Adel, también en pijama, estaba allí murmurando oraciones. El policía de al lado estaba parado con su camiseta de franela y su barriga colgada. Junto a él estaba su hijo, tan adormilado que parecía tambalearse, babeando y frotándose, los ojos. Las mujeres estaban envueltas en sus batas y en sus túnicas.
Los soldados no nos tocaron, bajaron todos otra vez al patio. Uno de ellos saludó al comandante y le dijo algo. Miré con curiosidad a Rafid, a mi lado. “Está diciendo que no encontraron ningún arma”, susurró.
El comandante ordenó algo más; luego, dos soldados corrieron para levantar rápidamente a la madre, le doblaron los brazos detrás de la espalda, y le ataron las manos; luego, la llevaron hacia el vehículo.
“Yo la maté, porque la amaba”, gritó de repente la madre. “Yo la maté, porque la amo y amo a Irak”. Sus gritos siguieron sonando hasta que desaparecieron. Ella, los soldados y el vehículo.
Nuestro vecino, el policía, se acercó confundido y arrastrando los pies. “Sabía que colaboraba con los grupos de resistencia armada y que desaprobaba el trabajo de sus dos hijas con los estadounidenses, pero nunca imaginé que terminaría matando a sus propias hijas”, dijo. Puso su brazo alrededor del hombro de Rafid y añadió: “Perdóname, amigo mío. Todas mis sospechas se centraron en ti. Si no ocurriera lo que acaba de ocurrir ahora, te habríamos arrestado en dos días. Debo admitir que fracasé en mi última tarea. Estoy ansioso por jubilarme, ahora más que nunca, para poder construirme un nuevo hogar, lejos de aquí, y descansar de una vez”.

 

Este relato, publicado originalmente en inglés, forma parte de la antología Baghdad Noir, editada en 2018 por Akashic Books (EE UU). Banipal publica la siguiente traducción orginal del árabe con el consentimiento del autor, el editor de la antología, Samuel Shimon, y la editorial.