“La mujer que ha habitado la casa antes que yo” un poema de la siria Rasha Omran

Traducción: Pilar Garrido Clemente

 

Rasha Omran

Cada vez que empiezo a escribir algún texto sobre el amor, la mujer asustada posa sus dedos sobre el teclado alejando los míos…
La mujer asustada
salvaje
que se me parece.

Había un espejo grande en la puerta del dormitorio
cada vez que me ponía frente a él
veía la cara de la mujer que habitaba en la casa antes que yo,
la mujer que no conozco,
pero descubrí los detalles de sus secretos
una historia tras otra
cada vez que me pongo frente a él
el espejo grande en la puerta del dormitorio,
aquel que puso la mujer solitaria que habitaba la casa antes que yo.

Si fuera yo quien hubiera vivido en la casa antes que ella
habría hecho lo mismo:
Quitar el ojo mágico de lo alto de la puerta de la calle
y dejar su hueco vacío
para que venga un ojo normal
y espíe
mi aislamiento.

Mientras abría la puerta volviendo de una larga velada, la vi esperándome detrás de la puerta con una sonrisa de regodeo en su cara como si me dijera: todo lo que haces es un disparate, lo conozco bien: trasnochar con los amigos, la copa del final de la noche, el flirteo de los borrachos en el estrecho bar, los mensajes de móvil que envías cada hora. Solo aquí, donde vives, hay un espacio amplio para que admires tu cuerpo y te enrolles sola como una serpiente en una cesta de un flautista sin rasgos, dijo esto y desapareció tras dejar el impacto de su sonrisa de regodeo desde la entrada de la casa hasta la cama del oscuro dormitorio. Todo lo que hice fue atravesar su sonrisa de regodeo y después dormí en mi cama, abrazando mi almohada con temor a que la muerte me aislase al amanecer.

En medio del comedor, en la baldosa blanca había una mancha grande de óxido. Cada día intento quitarla sin éxito. Hoy, solo hoy he pensado en utilizar un cuchillo afilado para rascarla. Mientras la rascaba con la punta del cuchillo he visto que los restos que quedaban parecían un ojo con la pupila dilatada de la que manaba óxido.
Quizás sea el ojo de la mujer que vivía aquí antes que yo. Y quizás ella como yo un día se quitó un ojo y lo tiró en medio de la habitación, intentando recorrer la mitad de la distancia del olvido. El olvido que normalmente para una mujer suele empezar a través de sus ojos tras poner su corazón sobre la mesa rodeado de pan, sal y limón en la que será su última cena antes de recluirse en su retiro del cenicero.

Mi cabeza sobre la cama
mis pies recogidos hacia arriba
mis manos tocan el techo
mi cuerpo solo suspendido en el vacío
en una estampa parecida al columpio del sueño
y justo encima de mí, una larga tela roja
como si hubiera sido abandonada en este vacío brillante
para que sobrevuele hacia un cuerpo femenino solitario
mientras la cabeza que está sobre la cama cambia sucesivamente
cada vez que cambia el reflejo de la escasa luz de la vela en la oscuridad de lo más alto del techo.

Las poetas se asemejan a los gatos solitarios, si hay puertas abiertas se cuelan por ellas sin ser vistas por nadie, pero rápidamente vuelven decepcionadas. Se conforman con la huella de sus uñas en sus carnes, la huella que se quedará siempre, como un espejo pulido que revela los defectos de las caras que permanecen efímeramente de pie delante del espejo, y luego se escapan por las puertas abiertas sin dejar huella alguna.

Le dije al hombre que está conmigo:
las mujeres nacemos de nosotras mismas
como si fuéramos un solo útero
como si mi abuela fuera mi hija
todas, todas nosotras tenemos el fluir de la serpiente de los campos
y tenemos la frialdad de un mármol bajo una vasija que acaba de salir del horno
la única diferencia
es la capacidad de tejer la mayor distancia entre la hernia bajo el pecho izquierdo.
No me creyó
abrió la puerta de la calle y se marchó
mientras la mujer solitaria que habitó la casa antes que yo
estaba observándonos con pena, cogía servilletas de papel
y limpiaba las manchas rojas sobre la baldosa fría
las machas que se escapaban de la larga herida
bajo su pecho izquierdo.

Puso alrededor de mi cuello un cocodrilo plateado que le compré al vendedor de abalorios antiguos, pero mientras abría la puerta de la casa para salir se rompió a pedazos la cadena que rodeaba mi cuello y cayó el cocodrilo plateado al suelo, el ruido fuerte de su impacto sobre la baldosa fue suficiente para hacer que mi corazón se cayera con el cocodrilo ante la puerta de la casa, lo que hice fue coger el corazón, colgarlo en la pared en un marco de madera antiguo donde está el corazón de otra mujer parecida a mí y salir. Una mariposa blanca con alas endebles que se estaba acercado desde un espacio vacío a mi izquierda e intentaba entrar.

Me puse su camisón dejado en el armario y me dormí. Por la noche me despertó el sonido de la respiración de un hombre con la cara enrollada en hilos de lana dura, dormido a mi lado. Cuando me quité el camisón, según los rituales nocturnos, de repente salió el hombre de la cama, se marchó y yo volví a dormirme. Al día siguiente encontré un camisón doblado en el armario y sobre la cama una madeja de hilos de lana dura, eran los dedos de la mujer que habitaba la casa antes que yo, la liaba con destreza y luego la volvía a liar con la forma de un hombre delgado, de pies grandes y cara sin rasgos.

Y así abro la puerta de mi casa de par en par y cuento los granos de arena uno a uno. Y cuando me canso de contar, me acuesto sobre el umbral y amontono la arena sobre mi cuerpo, mientras la mujer que habitó la casa antes que yo, coge su vieja escoba y barre la arena del suelo de la habitación, tal y como es propio de una mujer solitaria que sabe bien que los portales que hacen las mujeres para descansar en ellos no son más que granos de arena acumulada que se dispersarán en cuanto se abra un poco la puerta, dejando que el amor y la soledad se choquen mientras atraviesan la puerta.

No pasa nada porque estemos solas.
Somos como las cañas de bambú, nos conformamos si queremos solo con agua para que
broten nuestras extremidades.
Quizás agarremos a los volcanes en nuestros compromisos
y coloquemos nuestros corazones bajo su arena
cerca del punto de roce del que nace el gran fuego
y cuando termina todo
nos elevamos como árboles eternos en medio del desastre
siendo testigos de raíces de tristeza y muerte.
No es nada que estemos solas
nosotras podemos jugar con la masa que queda de nuestras vidas allá donde estemos…
Decía esta mañana a mi amiga por teléfono mientras hacía sus maletas hacia un anhelo diferente.
Mientras, la mujer que habitó la casa antes que yo
estaba de pie justo detrás de mí
con sus manos en mi pelo
que quitaban los hilos blancos de la decepción que envuelven mi cabeza
cada noche
cuando duermo como mujer solitaria
que abraza su almohada
fría.

Todo lo que hice por la noche fue extender mi vida sobre la mesa como si fuera un periódico de crucigramas. Luego empecé a pensar en el significado de las palabras que faltaban. Y así pasé el tiempo escribiendo y borrando letras en casillas vacías, luego las borraba. Durante toda la tarde estuve haciendo eso mientras la mujer que habitó la casa antes que yo, recogía los restos de goma que caían de la mesa y los ponía en una vieja servilleta blanca con un agujero en el medio como si fuera otra casilla vacía en el juego de los crucigramas.

Nos empeñamos en poner todos los días flores frescas en el jarrón
y nos empeñamos en cambiar los colores de los cojines de los sofás
y poner velas perfumadas en los umbrales de las habitaciones
y hacer la cama cada mañana
nos empeñamos en hacer todo lo que nos haga olvidar que somos mujeres solitarias
pero
cuando siguen los hombres fugitivos el olor a violetas que sale de nuestras ventanas
las cerramos a conciencia,
abrazamos nuestras decepciones acumuladas
y derrochamos agua sobre las violetas secas
y así
se repite la misma escena día tras día
como una película antigua de la que nadie advierte
cómo el polvo
perjudicó sus últimas escenas.

Las poetas están locas, saben perfectamente que no son árboles, y a pesar de ello cada noche se quitan sus harapos y cuelgan conjuros sobre sus pechos. Se ponen de pie desnudas bajo la luz de la luna. Así, cuando vislumbran sus alargadas sombras fijas en la oscuridad creyendo que son árboles y empiezan a murmurar. Las poetas están locas, no saben que el murmullo de los árboles no atrae a los pájaros tranquilos ni que sus sombras desaparecerán en cuanto las cubra una nube que atraviese la luz de la luna. Las poetas están locas, no recordarán por la mañana lo que han hecho la noche anterior, sólo que cuando se pongan delante de sus espejos vislumbrarán la huella de las profundas cicatrices sobre sus pechos, justo donde estaban colgados sus conjuros perdidos.

Las poetas son soñadoras, vuelven al final de la noche a sus casas creyendo que las estrellas las esperan en el umbral y que las mariposas de colores iluminan sus camas, pero cuando abran las puertas de sus casas, palparán las paredes como si fueran ciegas hasta llegar a sus dormitorios. Las poetas son soñadoras, dormirán creyendo que los olores a los que están acostumbradas, alejarán sus pesadillas, y que por la mañana encontrarán sus corazones en su sitio y no tirados en el suelo como se tira la ropa vieja.
Las poetas son soñadoras, creen que los agujeros en sus pechos son quemaduras que se hicieron con los cigarrillos sin querer estando inconscientes por el vino, pero cuando despierten por la mañana descubrirán unos huecos en su lado izquierdo, son vacíos tan profundos como grandes desiertos a los que les llega arena por todas partes.

Las poetas incumplen sus promesas cada vez que dicen que se convertirán en mujeres domesticadas, las poetas rebeldes son las que no intentan esconder los aullidos de sus venas hambrientas, por eso se quedan solas, totalmente solas como lobas que ya no encuentran nada que sacie el deseo de sus colmillos.

No hay nada bajo mis dedos
puse mi mano sobre la baldosa, después la levanté para ver qué huella había dejado:
ninguna huella de mis dedos en la baldosa
y tampoco sobre las paredes en las que he estampado mis huellas dactilares en diferentes colores.
Imagino
que mis dedos parecen agua
y que sus huellas se borran por el calor del lugar
el lugar mismo
en el que me siento, temblando de frío
como si fuera un pájaro errante
que entra por una ventana abierta
y se queda atrapado en una habitación pequeña
en cuyas paredes aparecen mapas de colores
que desaparecen y vuelven
y desaparecen de nuevo
sin dejar ningún rastro de la sombra que protege al pájaro errante.

No digas nada.
Este mundo está lleno de ruido
escúchalo y no digas nada
susurra tus historias si quieres solo al oído de la tierra
al oído de una mariposa suicida
susurra al oído de una lombriz pequeña escondida en el corazón de una manzana.
Algún día
cuando callen todos
brotará tu susurro como los tallos de caña,
lo rodearán las mariposas
y devolverá el vacío tus historias sobre las mujeres solitarias
las que se cortaron los dedos
y los colgaron en el tendedero
para que el sol los secara de la humedad
sobre las camas vacías.

El amor no es más que una epidemia
dice Anne Sexton
mientras se despide del mundo antes de su suicidio
pero yo, que no tengo energía para morir
quiero colocar el amor en una vasija,
cambiarle el agua cada cinco días
y observar la extensión de la sombra en la oscuridad sobre la pared.
Quiero colgarlo en el tendedero
para que tranquilamente se posen en él los pájaros.
Quiero plantarlo como árbol en el dormitorio
un árbol alto.
Y si siento desesperación
amarrar mi cuello con un pañuelo de seda
colgarlo en su rama más alta
y allí dejarlo.

Así mantengo mi cabeza viva
mientras mi cuerpo suicidado
está acostado en una cama vacía,
en un dormitorio
que habitualmente heredan las mujeres solitarias.

Las mujeres solitarias reanudan sus vidas:
llevan flores a sus casas
decoran sus cocinas con frutas que pronto madurarán
cambian sus perfumes para que no se quede impregnado un solo olor en las camisas de sus amantes
escuchan con la pasión de las adolescentes a Umm Kulthum
leen sobre las vidas de poetas suicidas y sonríen por seguir estando vivas.
Pero
cuando llega la oscuridad
inventan un nuevo modo de vida
como llevar las flores hacia los dormitorios
verter los frascos de perfume sobre las camas
sembrar fruta en las almohadas
y por la mañana imaginarán
que los jardines han florecido en sus cuartos,
que algún sol traspasa las cortinas opacas,
que la muerte no es más que un juego con el que se entretienen los que entran
en los jardines
y que sus resplandecientes dientes
no son más que una maravillosa escultura
que compraron un día
y la dejaron cerca de las puertas de sus jardines
imaginados.

 

De la antología poética Al-lati sakanat al-beit qabli (“La mujer que ha habitado la casa antes que yo”), publicado en 2016 por Dar al-Mutawassit en Milán, Italia.

 

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