LOCURA SIN ESPERANZA, Capítulo de la novela de Ghalya ‘Al Said

Traducción de Ignacio Gutiérrez de Terán

Detrás del éxito obtenido por el doctor Nadim Nusra en su carrera profesional y personal había una historia excepcional de lucha y superación, forjada durante años de brega incansable y largos periodos de tiniebla en los que, parecía, nunca habría de salir el sol. Este buen resultado había dado al doctor Nadim una enorme con-fianza en sí mismo y sus posibilidades, librándolo para siempre de la sensación de inferioridad que lo había atenazado durante años de salarios precarios y reveses continuos. Había estado a punto de sucumbir al envite de una desesperación letal, desnortado e inerte cual náufrago en el enfurecido oleaje de un océano encrespado, dispuesto, en cualquier momento, a engullirlo en su agitado torbellino.

Ahora, visto desde la cumbre, todos aquellos temores y recuerdos dolientes parecían lejanos. El éxito convertía la realidad en un cúmulo de asuntos transcendentales y sensaciones placenteras. Los logros profesionales te permiten disfrutar de aquellos acontecimientos de la vida social y familiar que antes resultaban accesorios. En el caso de Nadim, su círculo más cercano, en especial el ámbito anglófono en el que trabajaba, y el día a día con su esposa, Maureen, y sus hijos e hijas. Percibía, por fin, que la vida lo recibía con los brazos abiertos y la mejor de sus sonrisas, otorgándole una estabilidad anímica y mental que no había podido disfrutar durante mucho tiempo. Asimismo, disponía del suficiente tiempo libre para pensar en su familia natal, cuyos numerosos miembros seguían en la patria, lejana y triste, que no había vuelto a visitar desde que emigrara a Gran Bretaña, su lugar de residencia actual.

Conseguido el reto de hacerse un lugar destacado en su tierra de acogida, volvía a fijar la mirada en su patria. Con el tiempo, pensar en lo lejos que quedaban sus familiares y amigos le quitaba el sueño y lo enervaba; sin embargo, hizo lo imposible por enclaustrar la pulsión nostálgica que lo embargaba mañana y tarde, en los confines más profundos de su mente. Durante años, su primera y última inquietud había sido la de alcanzar el reconocimiento social y profesional: no disponía de tiempo para enfrascarse en sentimentalismos y recuerdos dolientes. Ahora que podía poner orden en el caos de su vida, darle a cada cosa su importancia debida y permitirse añoranzas, anhelaba reencontrarse con todo lo que fuera árabe u oriental, con la lengua, la comida, los ritos sociales, las costumbres, las ropas, los olores, las calles… Cuando oía a alguien hablar en árabe se sentía inclinado a acercarse a él, dominado por el ansia de empaparse de las expresiones y dejes de aquella lengua, de cualquiera de sus dialectos. Los fonemas se le agolpaban en los oídos y se dejaba invadir por el dulce tañido de sus letras. Entonces, evocaba la forma de hablar de su familia y vecinos; la dicción de los profesores en la escuela y la universidad. ¡Qué sencillo y natural resultaba hablar aquella lengua en su aldea!…Pero aquí, en estas rudas y ásperas tie-rras extrañas, tenía que esperar que un golpe de suerte le permitiera topar con alguien que la hablara y unirse a la conversación, deleitándose en el eco de unas palabras que siempre trataba de embellecer.

También debe decirse que el éxito no había alterado sus hábitos diarios. Seguía con la rutina y los quehaceres normales, igual que el Big Ben daba campanadas en el centro de Londres. Iba al trabajo por la mañana y regresaba por la tarde, para pasar el resto de la jornada en el calor del hogar en Richmond, en el suroeste de Londres.

Su mujer Maureen se encargaba de ordenar los ritmos de la vida familiar y los de sus hijos. Ella llevaba el ámbito del hogar mientras que él se azacanaba en la tarea de aportar el sustento material para los suyos y ampliar sus horizontes profesionales. Las cosas transcurrieron así, con naturalidad y sencillez, como un día estival de cielo límpido e impoluto, hasta que los hados se conjuraron en su contra y tuvo lugar el gran vuelco que dio al traste con todo. Como bien dice el famoso verso del gran al-Mutanabbi, «los vientos dejaron de soplar al gusto de las velas de los navíos».

Un buen día, cuando Nadim salía de la clínica durante la pausa del almuerzo y se dirigía al pequeño restaurante árabe en el que servían habas cocidas, faláfel, hummus y pan de pita, mientras caminaba por la acera con pasos serenos y ligeros, pasó por delante de él una mujer que tiraba de cuatro perros, cada uno de una raza distinta. Por la misma acera, en dirección opuesta, venía un hombre cargado con bolsas de la compra, y uno de los perros, el más grande, se lanzó a olisquear el pie del transeúnte, que se asustó y perdió el equilibrio. Las bolsas cayeron al suelo y su contenido quedó desparramado sobre el asfalto. Naranjas, patatas, cebollas, un paquete de azúcar, otro de leche y productos comestibles de tenor diverso, todo esparcido por doquier. Nadim le tendió una mano al hombre para ayudarlo a incorporarse y recoger todo aquello, mientras la dueña de los perros trataba de excusar a su can con disculpas que sonaban frías y protocolarias. Al cabo, se alejó del lugar, azuzando a sus mascotas para que aligeraran el paso, temerosa, quizás, de que el hombre se irritara y decidiera presentar una denuncia contra ella, o que la policía apareciera por allí y la inquiriera por no atar a sus perros con una correa en la vía pública. El hombre, por su parte, hacía un esfuerzo para incorporarse, sostenido por la mano gentil del doctor Nadim.

–Me llamo Náfii –se presentó.

El nombre atrajo la atención del médico, que repuso en tono rebosante de alegría por haber encontrado a quien, por el nombre, parecía ser de origen árabe:

–Náfii… ¿Eres árabe?

–Sí – repuso Náfii asintiendo con la cabeza–, lo soy. ¿Cómo te llamas tú?

–Me llamo Nadim Nusra –respondió señalando un edificio al final de la calle–. Tengo una clínica privada allí. Ven conmigo y te miro estas contusiones. La verdad es que no son más que rasguños y no hay de qué preocuparse, porque los perros están vacunados contra la rabia; pero, quién sabe, a lo mejor te ha llegado a morder, en el pie, o en la mano, o te has dado un buen golpe en la caída. En accidentes como este, por insigni-ficantes que parezcan, no está de más ser precavidos. Te lavaré los rasguños con un desinfectante y, si es necesario, te pongo una antirrábica.

Náfii aceptó de buen grado y juntos se dirigieron a la consulta. Nadim le pidió a su huésped desconocido que pasara a la sala de espera después de agasajarlo con palabras corteses de bienvenida. Mientras aguardaba, bebiendo café árabe y tomando pastelitos, observaba los cuadros orientales que colgaban de las paredes. Palmeras, viñas y parras, huertos de naranjos, limoneros y perales… Se percató de que algunos dibujos remitían a Siria, otros a Iraq y el resto, al valle del Nilo. Al cabo reapareció Nadim y le dio la atención necesaria en estos casos. Le dijo que no había motivo para preocuparse por la mordedura del perro. No había peligro de contagio.

–Espero que vengas a verme con regularidad –concluyó Nadim–, aunque no necesites atención médica. Ven y hablamos, me cuentas cosas de tu trabajo y tu vida.

Náfii se alegró mucho al escuchar esta invitación y se lo agradeció de manera encarecida. Luego, añadió:

–La verdad es que mi casa no queda muy lejos de aquí. Puedo visitarte cuando me lo permitan las circunstancias, si Dios quiere. Qué gran suceso, doctor. Como suele decirse, no hay mal que por bien no venga: gracias a la mordedura de un perro he conocido a alguien como tú; ojalá lleguemos a ser muy buenos amigos. Ambos hemos salido de nuestra tierra para vivir en el extranjero, así que tenemos que ayudarnos mu-tuamente. Muy agradecido. Hasta pronto pues.

A partir de aquel día, Náfii comenzó a visitar a su amigo el médico de forma periódica. Nadim se sentía sumamente feliz con las visitas de su querido Náfii, las cuales servían para paliar la nostalgia que sentía. Le gustaba hablar sobre los recuerdos de su juventud, las costumbres, las tradiciones, la lengua, los cuentos, las historias populares… Cuando terminaba de trabajar, en las afueras de la ciudad, Náfii tomaba el tren y se pasaba por la clínica. Se sentaban, después de irse los pacientes y los enfermeros, y tomaban café árabe, té y frutos secos, hablando hasta bien entrada la noche. Luego, cada uno se iba a su casa.

Solían evocar sus primeros días en Londres, y las dificultades que afrontaron para hallar un trabajo y aclimatarse a las estrecheces y amarguras de una vida lejos de casa. Nadim no quería trabajar en cualquier cosa; solo aceptaba encargos que tuvieran que ver con su especialidad, la medicina, que había estudiado en su país y dominaba con gran pericia. No fue fácil, y las autoridades sanitarias lo obligaron a matricularse en estudios complementarios que le ocuparon mucho tiempo y le supusieron un esfuerzo más. Iba de una estación de metro a otra con una carpeta repleta de papeles, formularios y solicitudes de empleo. La gente transitaba a toda prisa, por todas partes, seguros de sí mismos, sabiendo adónde se dirigían, mientras él vagaba por los túneles subterráneos, sin rumbo. Con la garganta reseca, muerto de sed, sin un penique en el bolsillo y muchas necesidades, pero con el corazón a rebosar de una necesidad urgente de amor, ca-riño y calor humano. Entre las venturas y desventuras que le tocó vivir durante aquella época, Nadim dedicó especial atención a sus vivencias con una señora llamada Julia, que vivía en uno de los barrios elegantes de Londres. La conoció cuando estaba buscando un lugar apropiado para vivir. Ella alquilaba una habitación. La estancia allí le permitió adquirir un muy buen nivel de inglés, en tiempo récord además. Después de incorporarse, como médico en prácticas, a un hospital de Birmingham, se fue a vivir a otro sitio. La separación sumió a Julia en un estado de desolación que casi acaba con ella. Se sentía sola y desamparada en aquella vivienda, que ahora se le antojaba inmensa y desabrida. Y se sintió traicionada por Nadim, a quien acusaba de haberla dejado sola después de toda la ayuda, soporte y sustento que le había prestado. Una puñalada por la espalda, decía. De no haber sido por el auxilio y consuelo prestado por sus allegados y amigos, la mujer habría muerto, presa del desengaño y la depresión, privada de la compañía de aquel hombre que tan importante había llegado a ser para ella. Tan doloroso se le hacía residir en aquella casa que terminó por venderla y mudarse al condado de Dorset, donde compró una casita con un jardín espacioso que reconvirtió en un sanatorio y refugio para animales heridos, maltratados y abandonados.

En cierta ocasión, Náfii lo invitó a cenar en su casa. Se sintió halagado y complacido, más que nada porque raramente tenía oportunidad de visitar a árabes.  Aguardaba con impaciencia aquella velada en la que podría, por fin, departir con gente en un ambiente cien por cien árabe, comiendo platos genuinamente árabes que nada tenían que ver con lo que preparaba su esposa, Maureen, platos predominantemente ingleses, insulsos e inapetentes a su parecer, porque no llevaban ni aceite ni especias ni ajo. El médico no tenía una idea precisa de cómo podría ser la casa  de su amigo; tampoco sabía a ciencia cierta si estaba casado o tenía hijos.

El día señalado, Nadim llegó al piso de Náfii con un ramo de flores y una caja de dulces árabes, libaneses para más señas, y llamó al timbre. Como no respondían, volvió a pulsar y esperó. Al cabo se abrió la puerta, que quedó entornada, pero nadie apareció ante él. Solo oyó unos pasos apresurados que regresaban raudos al interior. Se asomó y miró de reojo. Le pareció apreciar una sombra que se escabullía. Abrió la puerta de par en par y escrutó el lugar. Una ráfaga de olor a comida, que le recordó el aroma de la cocina familiar en su aldea natal, lo asaltó de repente y lo llenó de recuerdos entrañables, los manjares de su madre, el olor entremezclado de comino, limón, perejil, ajos y especias dulces. Se quedó plantado en el umbral, esperando que reapareciera la persona que le había abierto y desaparecido con tanta premura. El decantado de aromas y fragancias le abrió el apetito. An-siaba probar un bocado genuinamente árabe, una delicia acuñada por la cocina de aquel apartamento enigmático en cuyo umbral seguía parado sin saber bien qué hacer.

La persona que abrió la puerta y acto seguido se había esfumado no era otra que Maliha, la esposa de Náfii. No se había quedado a recibir al huésped porque, según salía a abrir, se percató de que la olla estaba hirviendo a rebosar y no quería que se produjera un incendio en la casa. Por eso volvió a toda prisa a la cocina, a apagar el hogar. Cuando así lo hizo, regresó al rellano y se presentó ante la visita, envuelta en una entrañable fragancia de guisos y asados sun-tuosos.

El doctor vio un rostro resplandeciente, unos ojos negros y esquivos, una sonrisa juguetona y fascinante. Ella vestía un vestido de terciopelo rojo estampado con rayas doradas entrecruzadas de un modo aleatoriamente hermoso, que tan pronto ondulaba al mecer de una ráfaga de aire como se le ceñía al cuerpo. Todo aquello componía una escena llena de tentación y sensualidad imposible de soslayar; la estridencia del rojo del vestido reverberaba en la piel de su dueña y le confería un tono más rosado aún a sus mejillas. La melena, negra como un tizón, que le colgaba en guedejas sobre el hombro parecían trazos de una noche cerrada y oscura. Tenía una pinza de colores en la coronilla que le sujetaba la melena y permitía la sinuosa caída de mechones por el contorno de unos labios fulgurantemente rojos. El fulgor de una fresa. Los ojos de Nadim se abalanzaron hacia los de ella, que parecían somnolientos, y se vio embargado por una pasión incontenible hacia aquella mujer, como si un vínculo afectivo hubiera existido desde siempre entre ambos, desde el momento mismo en que Dios creó la tierra con valles, ríos y montañas. Aquellos ojos, tan bellos, lo atraían con una fuerza irresistible, hasta el punto de sumirlo en la nada más absoluta. El corazón le latió con un estrépito que temíó ella oiría. Estaba tan azorado que no acertaba a articular palabra, ni siquiera un simple saludo. Se veía rehén de aquella beldad que tenía ante sí, sumido en un placer que no le dejaba pensar en nada más. Por fin, acertó a tender una mano temblorosa y estrechar la de Maliha, que le pareció suave, tersa, nívea, coronada por una muñeca fina y grácil adornada de pulseras de oro que emitían un delicado tañido, tan suave como tentador. Los dedos, igualmente, le parecieron gráciles y finos, entreverados de anillos de oro engastados con piedras de ágata y esmeraldas.

Tras darse la mano e intercambiar los saludos de rigor, Nadim le dio a su anfitriona los regalos que había traído. Ella le dio las gracias con gran delicadeza, sonriéndole de forma esplendorosa, mirándolo con un deseo y un ardor que ella nunca antes había sentido. Él se deleitó detenidamente en todos los rasgos del rostro una vez más, convenciéndose del prodigio de aquella hermosura que lo tenía cautivado. Se percató de que se parecía al de la famosa cantante Nayat al-Sagira, también al de la escritora Ghada al-Sammán, sobre todo por la blancura y fineza del cutis. Asimismo, le recordaba a una persona que él conocía muy bien, o quizás habría que decir el combinado de numerosos rostros de mujer que llevaba sin ver mucho tiempo y permanecían anclados en las profundidades de su memoria. Ahora se encontraba frente a aquella aparición, una figura conformada por un sinfín de facciones, las de su madre, hermanas, tías, algunas vecinas que viera en su barrio… Aquella aparición conformada por múltiples rostros se hacía más y más grande, como un río que se desborda por ambas orillas; a la vez aspiraba el olor penetrante que venía de la cocina y que tanto se asemejaba al de los platos de su madre, un efluvio delicioso que seguía cobijado en su nariz. El piso de Maliha no era sino la imagen reducida de la casa de su familia, a miles de kilómetros de distancia. «¿Será este el sueño, la aparición que persigo desde hace años, la imagen que tanto tiempo llevo albergando en mi interior y surge ahora, tras todos estos lustros de frío y humedad?».

Nadim pensó que la similitud entre los dos lugares, por un lado, y la belleza de Maliha y la de las mujeres de su lejano país, por otro, eran el tesoro escondido que por tanto tiempo buscaba en su memoria, y en los recuerdos de su tierra natal. Todo lo que veía en aquel piso redoblaba su nostalgia por el oriente árabe y la calidez de su clima y costumbres, que contrastaba con la frialdad de la vida anodina que le había tocado vivir con su mujer Maureen.

Al borde del éxtasis, estuvo a punto de olvidar los usos que obligaban a guardar las distancias con respecto a Maliha, que a fin de cuentas era la mujer de su amigo. Faltó poco para que la abrazara y la arrimase a su regazo con dulzura. Quería estrechar su cuerpo, deseaba decirle: «Por fin he encontrado lo que tantos años llevo buscando en este gélida ciudad, a ti, mi hermosa y tierna mujer árabe, por fin te he hallado, Maliha, tras años de búsqueda, tú que reposabas en el fondo de mi mente, ¿dónde has estado todo este tiempo desde que llegué a Londres?»

Pero se echó atrás en el último momento, al comprender el flagrante error que estaba a punto de cometer. Maliha le hacía recordar todo cuanto había dejado atrás en su país natal y que tanto añoraba; un sueño que ahora se le ofrecía en todo su esplendor en mitad de un apartamento perdido en un barrio de Londres. Cuánto le habría gustado transportar a Maliha desde aquel sitio, en un platillo volante, a un lugar remoto en el que vivir con ella el resto de sus días, tras olvidar que alguna vez él tuvo relación con una mujer llamada Maureen y ella otra con un hombre a quien llamaban Náfii.

Cuando logró despojarse del aturdimiento que lo atenazaba dijo, sonriendo con amabilidad.

–Soy el doctor Nadim Nusra. Tengo una clínica  no lejos de aquí. Me da la impresión de que he llegado antes de tiempo. ¿Puedo ver a mi amigo Náfii?

Ella respondió con un delicado movimiento de muñecas y el consiguiente tañido de las pulseras que la adornaban:

–En absoluto, no se ha adelantado. Habíamos quedado a esta hora. Es Náfii el que se ha retrasado en el trabajo. Por cierto, me llamo Ma-liha y soy la mujer de Náfii. Bienvenido. Entre, por favor.

Maliha lo recibió con una afabilidad que no desmerecía el entusiasmo del visitante. Estaba fascinada con el porte y la elegancia de aquel hombre, su voz profunda, su amplia sonrisa y sus ojos rebosantes de simpatía. Se sintió atraída hacia él de inmediato y olvidó por unos momentos las tiendas, los comercios y sus dueños, cuyos ires y venires observaba desde la sala de estar de su piso, una planta baja en la calle Gold Hook, del barrio de Shepherd´s Bush. Ya le gustaría a ella obtener los beneficios que aquellos comerciantes sacaban a diario; pero en aquel momento preciso, de pie ante aquel desconocido, se olvidó de todos ellos y sus negocios prósperos, como el vendedor de telas, el joyero o el carnicero. Este último, de una baja estatura, piel blanca, calvicie, un cuerpo robusto, y un lunar voluminoso y ostensible que tenía en la mejilla, solía ocupar un lugar destacado en su mente. Desde su ventana, podía ver cómo se inclinaba en mitad de la carnicería con la bata blanca recubierta de sangre, vísceras y despojos. Acarreaba los pedazos de carne roja y tierna con las manos gruesas enfundadas en guantes de nilón transparente, para colocarlas en la balanza, la cual apenas si podía mantener el equilibrio bajo el peso de aquellas reses, como una mula de carga sojuzgada por un fardo enorme.

Escrutando a aquel extraño, Maliha pensó que en Londres se podía triunfar de otras maneras que ella no había sabido imaginar, más allá de aquellos oficios en los que solo el sudor y el esfuerzo físico servían para rentar beneficios, como aquellos tenderos y comerciantes trabajando de sol a sol sin desfallecer. Para ella, el ajetreo de esos comercios se asemejaba a una obra de teatro, cuya escena principal se consumaba cuando el dueño del local tendía la mano para recibir el pago de los clientes. Sí, en Londres había otras maneras de hacer dinero y ser alguien. El doctor Nadim era buena muestra de ello, sin necesidad de lastimarse ni mancharse las manos, de sangre en el caso del carnicero de abajo, por mucho que ambos, el médico y el carnicero, se vieran obligados a lidiar con ella, cada uno por una razón distinta.

Aquel médico de aspecto pulcro tenía una prestancia que le hizo recordar todas las veces que había deseado lograr un status social que le permitiera salir de ese pozo de amargura, tensiones y pobreza en que se hallaba sumida. Una situación de desamparo que sufría ya en el hogar familiar, allá en la patria, y del cual no había podido desprenderse a lo largo de los años con su marido Náfii en Londres.

Lo condujo al salón, sintiendo que los pasos de aquel hombre dejaban una huella especial en su ánimo. El médico se sentó en el borde de un sofá bajo, que trataba de remedar las cómodas tradicionales de las salas de estar árabes. Frente a él, una mesa de comedor sobre la que reposaba una bandeja de cobre, redonda, con los extremos adornados con grabados hechos a mano, como las que vendían en los zocos de los países árabes. La mesa era muy grande, tanto que casi cubría toda la extensión de la sala, pequeña de por sí. En la bandeja había un juego de café de adorno, con unos cacitos que remedaban las clásicas dalal en las que se hacía el café árabe.

Todo lo que se ofrecía a ojos del doctor remitía al modesto salón de la casa familiar en la que vivió antes de partir al extranjero. Las flores de plástico, de un color chillón, no se diferenciaban en exceso de las que ponía su madre, lo mismo que la celosía de cobre en uno de los ángulos de la habitación, con la superficie grabada de forma manual y unas flores de plástico en su interior. El modelo del televisor, la vitrina con el cristal coloreado, los frasquitos de perfume, los objetos de adorno… cuánto le recordaban a su hogar. Como las cortinas con motivos florales, viejas: le parecía ver las de su casa. Se dijo a sí mismo: «Santo Dios, hay que ver cuánto se parece este salón al de mi casa natal. Nunca me imaginé que vería una casa en Londres tan parecida a la nuestra».

Cuando apenas llevaba unos minutos sentado, Maliha se levantó y, disculpándose, se dirigió a la cocina para volver al poco tiempo con un zumo de melocotón, en una pequeña bandeja. El vaso era de cristal, rojo, veteado de líneas doradas. Parecía recién extraído de un museo de artes y tradiciones típico de un país árabe u o-riental, lo que acrecentó en Nadim el deseo de beberlo. Tras dar las gracias a su anfitriona, dio un sorbo y se sintió enajenado por una ebriedad súbita que absorbía todo lo que había a su alrededor. Maliha tomó asiento al otro extremo del sofá, y estuvieron un tiempo sin decir nada. El médico se sentía turbado, contemplando aquella habitación que parecía copia fidedigna de una estancia de la casa de sus ancestros. Solo entonces se percató de que Maliha estaba sentada allí, cerca de él y sintió una repentina y potente querencia hacia ella.

–Estoy seguro, Sra. Maliha, –le dijo con voz temblorosa– de que Náfii le ha contado cómo nos conocimos. Una historia bien extraña. Cuando me dirigía a un restaurante cercano al ambulatorio, un perro que llevaba una amaestradora inglesa de canes se abalanzó sobre él. El pobre, asustado, se cayó, y yo lo ayudé a levantarse y lo acompañé a mi consulta, donde le curé el mordisco. Así fue como comenzó nuestra amistad.

Maliha se reacomodó en el sofá y miró hacia la ventana. Hizo una mueca de fastidio que hizo desaparecer cualquier atisbo de sonrisa. Se soltó la pinza que le sujetaba el pelo y este cayó libre y terso, negro como un manto de noche aterciopelada, desprendiendo un perfume de jazmín que inundó la nariz de Nadim y lo transportó, una vez más, a la fragancia de las rosas en su país a la hora del ocaso.

– Mire usted, doctor –dijo emitiendo un prolongado suspiro–, Náfii pocas veces me informa de lo que le pueda o le deja de pasar fuera de estas paredes. Para serle sincera, sé muy poco de lo que se le pasa por la cabeza, porque apenas me cuenta nada. No sé ni qué siente ni qué piensa. Y puesto que ya no es usted una persona extraña, permítale que le diga que Náfii y yo vivimos en mundos completamente separados, como si nuestra existencia no tuviera nada que ver con lo que ocurre ahora mismo bajo esta ventana o en cualquier lugar de Londres.

Los ojos le brillaron de un modo extraño y un halo de preocupación le oscureció el rostro.

–Puede que lo que le estoy contando le resulte sorprendente y, la verdad, nunca antes se lo había contado a nadie –prosiguió–. Doctor, desde el día que llegamos a Londres vivo sumida en una soledad absoluta, encerrada detrás de estas paredes agrietadas y descoloridas. No conozco a nadie ni nadie me conoce a mí. Cuántas veces habré pensado en romper las cadenas de esta soledad y dejar este confinamiento, librarme de la soga que me aprieta el cuello. Eso por no hablar de un sinfín de problemas de los que no merece la pena acordarse ahora. Solo le diré que no aguanto más; lo peor es que cada vez que intento salir de esta reclusión, acabo haciéndome la misma pregunta: «Salir pero… ¿para ir adónde?». Es terrible, no soy capaz de encontrar una respuesta que me satisfaga, me limito a abrir la ventana que tiene usted delante y asomarme al mundo exterior. Contemplo la vida y siento cómo palpita, pero sin poder disfrutar de ella. Disfruto siguiendo el trayecto de los autobuses que llevan a la gente de un sitio a otro, me fijo en este o aquel pasajero y deseo ser uno de ellos, irme lejos de aquí, conocer otros mundos, otros horizontes… Entonces, tengo la impresión de que solo los autobuses podrán sacarme de esta reclusión que me está matando y me llevarán a conocer a otras personas, a cumplir alguno de mis sueños y esperanzas.

Lágrimas abundantes le surcaban las mejillas, derramándose por el cuello y el pecho. El médico sacó un pañuelo blanco, limpio y perfumado, del bolsillo de la chaqueta y se lo tendió. Estaba confuso y turbado.

– Pero, Sra. Maliha –arguyó, en defensa de su amigo–, solo puedo decirle que Náfii es una excelente persona, tremendamente simpático y afable.

–En apariencia sí –respondió ella con los ojos llorosos–, pero hay cosas de Náfii que usted ignora; y se las voy a contar. Mire usted, mi marido no me hace partícipe de nada de lo que hace ni se preocupa en hacer nuestra vida mejor. No me equivoco si le digo que Náfii nos ha llevado a ambos de la precariedad a la mayor de las indigencias. Señor Doctor, Náfii es una persona débil que se conforma con cualquier cosa y no tiene ningún empeño en hacer nada que pueda alegrarme el corazón o hacer que vivamos mejor. Se comporta como si lo único que le importara fuera el frío, la pereza y vivir en precario. Su único objetivo es hacer lo menos posible. Usted mismo eche un vistazo: vivimos en la pobreza, en un apartamento estrecho y mi-serable; y los únicos muebles y enseres que tenemos son como los que teníamos en la casa de nuestros padres, en nuestro país, del que tuvimos que emigrar. Le he pedido muchas veces a Náfii que se esforzara en mejorar nuestras condiciones de vida, pero nada. Ni siquiera me toma en serio. ¿No nos merecemos, los dos, vivir mejor que esto, participar del bienestar y los placeres que vemos entre buena parte de los habitantes de esta ciudad, rica y desarrollada, como los de esos comerciantes que han triunfado, bajo esta misma ventana?

–Está usted muy cansada, Sra. Maliha –comentó él reparando en el sollozo de la mujer–. Como le he dicho antes, temo no haber venido en el momento más adecuado.

Ella negó con la cabeza, como si quisiera invitarlo a acercarse y escuchar con detalle sus cuitas y, de paso, servirle de paño de lágrimas. El médico estuvo a punto de sentarse a su lado, para tranquilizarla, pero se contuvo: tenía miedo quebrantar los códigos sociales que obligaban a un hombre a mantener la distancia respecto a una mujer con la que no le unía ningún vínculo familiar. Nada de tocarla pues, ni siquiera rozarla; se lo prohibían las costumbres y la religión. Pero algo tenía que hacer si quería consolarla y no dejar que llorara así.

Se puso en pie, hecho un mar de dudas, y se sentó junto a ella, haciendo un ademán de po-nerle la mano en el hombro.

– Cuánto me apena verla sufrir, señora –le dijo mirándola fijamente–. Sepa usted que yo también soy un extraño en esta tierra, como usted y Náfii. Yo, al igual que su marido, vine aquí a formarme y a adquirir la experiencia necesaria para ser un buen médico, con la idea de prosperar profesional, personal y materialmente. Quería construir un futuro mejor para mí y mi familia; sin embargo, los inicios no fueron nada fáciles, a pesar de mi potencial y mi buena disposición, que puede apreciar ante sus ojos, ni mis títulos de medicina. Para salir adelante tuve que afrontar muchas dificultades y pasar grandes amarguras. Pero al final, con la ayuda de Dios, el esfuerzo y la constancia, conseguí lograr mi objetivo y ganar experiencia, hasta abrir una clínica decente. Por todo ello, estoy en condiciones de valorar lo delicado de su situación, Sra. Maliha, y me apena muchísimo verla sumida en este estado de desesperación. Dígame, se lo ruego, sin dudarlo un instante, si puedo ayudarles en algo, lo que sea… ¿Por qué no viene un día, usted y Náfii, a cenar a mi casa y así conocen a Maureen, mi mujer, y mis hijos e hijas?

La mujer no contestó. Estaba ocupada secándose las lágrimas. El hombre seguía desconcertado por todo lo que acababa de escuchar en boca de aquella anfitriona que veía por primera vez en su vida y le hacía partícipe de sus desdichas y problemas conyugales. No podía hallar una explicación plausible para cuanto veía y escuchaba, pero sí estaba seguro de una cosa: aquella fascinante mujer se había apoderado de sus sentidos y su mente y él solo deseaba, en ese momento, estrecharla entre sus brazos y murmurarle al oído «ven, refúgiate en lo más profundo de mi alma y guarécete de los sinsabores de la vida, el miedo, la turbación, la desesperación y la locura. Andemos tú y yo sobre los pliegues de las nubes, hasta llegar a un refugio remoto en una islita desierta donde podamos olvidar los problemas, las vicisitudes y a la familia. Llevo muchos años ansiando la felicidad y la dicha junto a alguien hermosa como tú, tan linda y femenina… Estoy dispuesto a montar a bordo del barco de la felicidad sin fin y el amor eterno, visitemos todas las islas e islotes que pueda haber repartidas por cualquiera de los océanos, mares y golfos de este mundo. Vayamos a un paraíso remoto a pasar una semana entera sorbiendo los placeres de la más hermosa de las pasiones, lejos de ataduras, fronteras, aviones y gente indeseable…».

Se sacudió estas ensoñaciones, que más bien parecían un delirio, y le dijo, aferrado a la realidad:

–Por el amor de Dios, Maliha, ¿cómo puede sentirse desdichada y frustrada viviendo en el centro de Londres, con su ajetreo y trajín diarios y toda esta gente de todas partes del mundo conviviendo en armonía?

Tiene usted razón, doctor –repuso–, pero mi vida es tal y como se la he descrito, solo Dios lo sabe mejor que yo. Siento como si viviera en una cueva en penumbras en la que no entra ni un rayo de luz que me guíe al camino de la espe-ranza, la tranquilidad y la dicha. Además de mis problemas familiares, no hablo inglés lo suficientemente bien como para relacionarme con la gente y desarrollar mis habilidades sociales y profesionales. Y Náfii, que es quien puede sacarnos de este túnel tenebroso, hace oídos sordos a los consejos que le doy. No hay nada que hacer: Náfii seguirá siendo un hombre sin aspiraciones ni carácter, una persona apática, encerrada en sí misma.

No bien había acabado Maliha de proferir estas palabras cuando Náfii apareció en la sala. Tenía un aspecto deplorable. Se le veía extenuado, al borde del agotamiento, tras un día de labor interminable. Además, su rostro denotaba miedo y desconfianza. Tenía un miedo atroz a los accesos de ira de su esposa, la cual, con razón o sin ella, le montaba escenas de vez en cuando. Ese día no quería que explotara delante de su amigo, en su primera visita además. Por ello, se limitó a extender una mano temblorosa hacia al médico, disculpándose por el retraso.

Maliha, no obstante, estalló cual bomba de relojería.

–¡Náfii –gritó– por Dios, hombre, apestas! ¡Mira qué ropa más sucia tienes! Y las manos… ¡Están llenas de porquería! Antes de que te sientes a cenar, y a devorar el plato como sueles hacer, vete al baño y lávate bien. Hoy no estamos solos. Las normas de la hospitalidad exigen que nos presentemos ante nuestros anfitriones con un aspecto atildado y fragante. Tienes una pinta lamentable y hueles peor. No estás para recibir a nadie. Así que ¡vete a asearte! No te llevará mucho tiempo. ¡Vamos!

Por primera vez, quizás, en toda su vida conyugal, que se contaba por años de ofensas y humillaciones, decidió hacer un intento por re-sistir y negarse a obedecerla. Se negó a dejarse llevar por el temor y el poder de sus órdenes y consignas y, lejos de plegarse a su mandado de ir inmediatamente al baño, tomó asiento en la silla junto al sofá, con evidentes muestras de desasosiego. Maliha, por su parte, abandonó el salón y se metió en la cocina a disponer la cena. Náfii estaba muy afectado por la vejación que le había dispensado su esposa delante de su amigo, el cual, a su vez, parecía desconcertado ante la indefensión de aquél y su incapacidad para poner coto a los ataques verbales de la mujer. El doctor se giró hacia Náfii y se puso a conversar sobre generalidades. Náfii respondía con ojos esquivos. Así estuvieron un rato, hasta que Ma-liha regresó con los platos y se sentaron los tres a la mesa redonda en mitad del salón. Náfii y el doctor siguieron hablando acerca de Londres, cómo habían subido los precios de forma abrupta y repentina, mayormente en el sector inmobiliario.

– Si Dios quiere, dentro de un año, nos compraremos una casa en mi pueblo –dijo Náfii como si quisiera calmar el enojo de Maliha. Queremos pasar el verano con la familia. Hemos decidido volver una vez al año, al pueblo, porque Maliha no soporta estar lejos de su familia. Está deseando salir de Londres, sus atascos y sus conflictos.

–Náfii, te lo ruego, sé realista y déjate de sueños y fábulas –le cortó Maliha con tono abrupto– ganas muy poco dinero, apenas te alcanzaría para comprarte un gallinero ni en nuestro pueblo ni en ningún otro sitio. A ver, comprar una casa no es cosa sencilla, ni siquiera en el pueblo. ¿Ha oído, doctor, el disparate que acaba de soltar este hombre? Dice lo primero que se le ocurre, a sabiendas de que gana un salario mísero que apenas nos da para vivir… ¿Cómo se las va a apañar para comprar un vivienda? La verdad es que su paga semanal apenas si nos llega al viernes… Tenemos muchísimos gastos y la vida aquí es carísima. Dígame usted, doctor, viéndonos como nos ve en esta situación tan lamentable, ¿cómo podría este buen hombre comprarse una casa? Haga el favor, pregúnteselo usted.

Náfii no respondió al comentario de Maliha. Se encogió en su silla, tenso y conturbado, sudando copiosamente. La mujer no se contentó con aquella crítica mordaz y siguió zahiriendo a su marido y ridiculizando sus proyectos. Así hasta que se desfogó. La cena discurrió en ese mismo tono, tenso y desagradable: Maliha haciendo comentarios hirientes sobre cualquier cosa que decía Náfii y el médico asistiendo a aquel vapuleo dialéctico, incómodo ante el estado de oprobio en el que se estaba sumiendo el marido. Tanto que terminó por evitar mirar siquiera en dirección al lugar donde el pobre estaba sentado.

– ¿No sería mejor –proseguía, inasequible, Ma-liha– que antes de comprar nada en nuestra tierra nos fuéramos de este piso deprimente? Doctor, antes de venir aquí no sabía que se trataba de un alojamiento sufragado por el gobierno ni que Náfii no se había hecho con él gracias a su esfuerzo y el sudor de su frente. De saberlo, le juro por Dios, me habría negado a vivir aquí. Merezco algo más que un piso que encima nos pagan con limosnas del estado. Resulta muy difícil vivir en este tipo de alojamientos, en edificios comunales como en el que estamos, llenos de incomodidades y ruidos. Aquí no hay intimidad que valga ni un margen de libertad individual. Los pasillos están llenos de basura y porquerías, lo mismo que las escaleras y los ascensores; y tienes a vecinos ruidosos a todas las horas del día. Cuando vuelves del trabajo, por la tarde, tienes miedo, sobre todo si te topas con las bandas de jóvenes sin oficio ni beneficio, lo mismo que las pandillas de chavales haciendo travesuras todo el rato. Se meten con los viandantes y les insultan cuando entran y cuando salen. No se puede hacer nada, si te enfrentas a ellos te apedrean o te lanzan  botellas o incluso cuchillos. El mes pasado, apuñalaron a un vecino y lo dejaron medio inválido. Y como si nada. En este país consideran que la autodefensa es un crimen abominable que debe castigarse por ley. Si presentas una denuncia, el consejo encargado se puede tirar ni se sabe investigando el asunto. Y, al final, ten por seguro que no te darán ningún apoyo, por muy justificada que esté la denuncia. Menos aún si encima eres extranjera.

Hizo una pausa y, señalando con el dedo a su esposo, añadió:

–Por esta razón y otras muchas le insisto a este hombre perezoso a ser constante y ahorrar, para largarnos de esta pocilga. Quiero un hogar en el que podamos vivir dignamente, con la cabeza bien alta, seguros, libres y cómodos. En nuestra casa, disfrutaríamos de toda la intimidad del mundo y nadie nos andaría pidiendo explicaciones de por qué ponemos esto en la pared o plantamos lo otro en el jardín, ni nos exigirían dinero para financiar el parque público o el espacio verde perteneciente al edificio comunal, cosas que ni nos dan beneficio ni nos importan. La verdad, me gustaría una casa con un jardín, como el de nuestro vecino somalí al-Amini ben Omrán y su mujer inglesa, Janet, que se compraron un chalecito en las afueras de Londres, con piscina y jardín. Qué bien viven ahora, lejos de esta cochambre de pisos en la que seguimos empantanados. Pero, para mi desgracia, todas estas cosas parecen no importarle nada a Náfii, que sigue empeñado en que vivamos aquí. De lo contrario, haría todo lo posible por que mejorase nuestra situación y buscáramos un futuro mejor. Trabajando día y noche, con tesón, como los campesinos de nuestra tierra, sin desfallecer, le-vantándose con el alba para sembrar, arar y regar, siempre con una mano sobre el corazón por temor a las langostas, las inundaciones o los cobradores de impuestos.

Maliha señaló por enésima vez a la ventana de la habitación y continuó:

–Mi marido, el muy vago, no trabaja lo mismo que los hombres que veo desde aquí; ojalá se le pegase un poco de su pundonor. Todos tienen comercios grandes que les reportan beneficios suculentos. Han triunfado en esta vida, y se lo merecen, ya sea en el trabajo o en la familia.

Náfii se removió en su silla.

– Pero Maliha –protestó– esta gente vive en su país y yo soy un forastero. ¿No es verdad, doctor?

–Señora Maliha –respondió el medico mirando hacia el suelo–, Náfii tiene razón. ¿No sabe usted qué difícil es, para los extranjeros, conseguir aquí ese éxito profesional del que habla? Cuesta mucho en occidente hacer grandes progresos económicos, en especial en el sector del comercio. No, occidente no es como se imaginan muchos, una tierra donde el dinero cae del cielo y el oro y la plata nacen en el suelo. Aquí hay muchas dificultades, problemas sociales y presiones económicas. Estos edificios ampulosos que ve ante usted y los palacios deslumbrantes en el que viven los gobernantes acomodados se han construido con el sudor de personas humildes y sin derechos ni capacidad para decidir nada. Cuántos trabajadores inocentes no habrán muerto bajo la maquinaria de este sistema inhumano e insaciable.

Maliha no respondió al comentario del doctor. Se limitó a inspirar con fuerza y a soltar el aire con idéntico vigor por boca y nariz. El resto de la velada transitó entre el silencio gravoso de los dos hombres y las invectivas de la mujer contra su marido. Cuando llegó la hora de irse, el medico se despidió de sus anfitriones y se fue andando a la estación para tomar el tren de vuelta a casa. Poco podría imaginarse que las visitas al piso de Maliha y su esposo se repetirían en numerosas ocasiones. En aquel momento solo podía pensar en Maliha y su hermosura. Se sentía atraído hacia ella, con una intensidad que la acidez de sus palabras y las lacerantes burlas que dedicaba a su esposo no podían aplacar. Sentía la necesidad imperiosa de acercarse a ella y ha-cerse merecedor de sus favores, aunque ello pudiera suponer que terminara convirtiéndose en objeto de sus insultos, sarcasmos y desprecios. Podría soportar más incluso de lo que recibía Náfii en cada sesión de ofensas y contumelias.

Aquella noche, Nadim se metió en la cama con el corazón sojuzgado por el recuerdo de Maliha y aquel piso lleno de semblanzas nostálgicas. No pegó ojo, dando vueltas en el lecho, pensando cómo hacer para estar siempre cerca de aquel edificio comunal popular de la calle Gold Hook en Sheperd´s Bush. Un portentoso deseo, estaba seguro, se había apoderado  de su espíritu, una pasión que le obligaba a hacer todo lo posible y cuanto antes por estar junto a Maliha. Tan desaforado estaba que no le habría importado proclamar a los cuatro vientos, desde la cumbre de la montaña más alta de la tierra, que lo único que le importaba era llegar a Maliha como fuera. Ansiaba en convertirse en parte vital de su existencia, en darle todo lo que tanto anhelaba, los placeres de esta vida y los lujos de una vida regalada. La estabilidad y el desahogo materiales borrarían de un plumazo el amargor de sus pa-labras y ademanes y le endulzarían el humor. Sería dichosa y feliz y su belleza resplandecería por los cuatro costados.

No cabía duda, Maliha tenía subyugado al doctor. Por fin, cayó en un sueño profundo en el que se vio colmado de felicidad, cerca de aquella mujer fascinante. Soñó que se convertía en el médico de familia de ella y de su marido; soñó que era el abogado de ambos o su fiel consejero, a quien consultaban todos los asuntos de su día a día. Él les arreglaba cualquier problema por grave que fuera –siempre había alguna gestión que exigía un dominio perfecto del inglés– y allí estaba él, para realizar contactos con instancias gubernamentales, o exigir la reparación de sus derechos, conculcados por particulares sin escrúpulos o las autoridades locales. Cuando por fin despertó, se sentó en el borde de la cama y pasó revista a todos aquellos fragmentos oníricos y llegó a la conclusión de que todo aquello ya era casi real. Se dijo: «Sí, me convertiré en el abogado de Maliha y Náfii, porque necesitan que alguien los defienda, y seré el juez de sus litigios conyugales, porque precisan de que alguien escuche los argumentos de una y otro y decida quién de ellos tiene razón». Se imaginaba a sí mismo sentado en el estrado alto y solemne de un tribunal, prestando atención a las recriminaciones de Ma-liha en contra de su esposo, mientras ambos permanecían sentados en sillas separadas, ante él.

Sin embargo, tras aquella noche llena de ensoñaciones y visiones dichosas, Nadim no lo tuvo tan fácil para volver a ver a Maliha. Le resultó imposible invitarla a cenar, ni a ella ni a su marido,  aun cuando se había comprometido a ello. La causa de este fracaso no fue otra que su esposa, Maureen, que se convirtió en el mayor obstáculo para que la invitación se convirtiera en realidad. Cuando se desposó con ella, era una persona afable y tolerante; no obstante, a los pocos meses del matrimonio, se había vuelto soberbia e intransigente, incapaz de dialogar siquiera con quien mantenía opiniones contrarias a las suyas o pertenecían a culturas o creencias distintas. Se había convertido en la esposa de un doctor reputado y su status social se había fortalecido, lejos del estrato humilde y mediocre en el que había nacido. Maureen trabajaba de enfermera en un hospital público y siempre estaba aterrada ante las decisiones que pudiera tomar el equipo administrativo, en especial la jefa del servicio de enfermeras, cruel y rencorosa. Sin embargo, el ascenso social propiciado por su relación con Nadim la había trocado en una mujer poderosa, prepotente y altiva; no podía permitir que su marido recibiese en su casa a gente de extracción social baja como era el caso de Maliha y Náfii. En consecuencia, el médico, aun cuando lo deseaba con todas sus ansias, no pudo ver a Maliha tan pronto como hubiera querido ni tampoco anticipar cuándo estaría en condiciones de repetir la ocasión su-blime del primer encuentro. No hacía más que ver su rostro allá donde quiera que mirase, un recuerdo que le quitaba el sueño y lo hacía vivir en un estado de turbación contínua.

 

 

 

Junoon al-Ya’as [Locura sin esperanza] (en árabe), Ghalya

‘Al Saíd, Editorial Dar Riyad

al-Rayyes, Beirut, 2011

ISBN 9953215022