“Los bigotes de Mordechai y los gatos de su mujer” Un relato del palestino Mahmoud Shukair

Traducción: Ignacio Gutiérrez de Terán

 

Mahmoud Shukair

Mordechai es una persona corriente, de esas que abundan a millares en Tel Aviv (él dice que no, que como él hay muy pocos allí). Le gusta llevar una vida sencilla y apacible, sin meterse con nadie, ni que nadie se meta con él. Los vecinos lo aprecian, y con razón. Hizo el servicio militar y luego volvió a la vida de civil, pero siempre se ha considerado un soldado, por muy en la reserva que esté. Ejerció oficios sencillos, propios de gente sencilla. Trabajó muchos años en una carpintería mientras Estela lo hacía de camarera en un restaurante, y con lo que iban ahorrando educaron a sus dos hijos. El chico se convirtió en un mozo de muy buen ver y se casó con la hija de los vecinos. Se mudó a uno de los suburbios de la ciudad. La chica abandonó el hogar familiar para irse a vivir a un pisito con el novio.

Mordechai se aprestó a vivir una vida de relajo en aquella casa que se había quedado en exclusiva para ellos. Estela pensaba más o menos lo mismo. Ya habían superado los cincuenta, y tenían derecho a pasar lo que les quedaba de existencia en armonía y tranquilidad. E hicieron los preparativos: Estela trajo tres gatos: dos, con pelaje ceniciento, y un tercero, negro y de ojos fulgentes, que pronto se convirtió en su favorito por las audaces e insospechadas iniciativas que se le ocurrían. Mordechai se dejó crecer el bigote, hasta cubrir por completo el flanco inferior -le seguía tirando mucho la terminología castrense- de su rostro.

Al principio, a Mordechai no le molestaban los gatos de su esposa. Una novedad a la que pronto se acostumbraría; los cambios terminan convirtiéndose en hábitos. Y, en un inicio, Estela no veía nada de molesto en el mostacho de su marido, la recreación de una costumbre harto extendida entre tantos militares, altos mandos y soldados, de cualquier ejército, el israelí y los demás, con sus poblados y ampulosos bigotes. Pero el crecimiento desmedido de estos terminó incomodando enormemente a Estela, la cual, con el tiempo, terminó por aborrecerlos. A medianoche, se despertaba irritada debido a que el lado derecho del bigote se le estaba metiendo por los orificios de la nariz. Trataba de doblar la pelambrera y dejarla oculta bajo la manta, pero no tardaba en volver a surgir y colocarse una vez más en sus narices. Entonces no le quedaba otra que despertarlo para que se alejara, cuanto más mejor, de ella. Mordechai pasaba a colocarse sobre el costado izquierdo y la mata de pelo se quedaba rígida en el espacio de la cama, cual planta reseca en mitad del desierto, pero la cosa no duraba mucho, porque al momento volvía a cambiar de postura, lo que originaba nuevos cosquilleos en la nariz de Estela, y así hasta el amanecer.

Ahí era cuando los gatos de Estela saltaban al lecho conyugal y se estiraban con deleite, emitiendo un prolongado ronroneo. A Mordechai lo irritaban los gatos de su mujer, porque, decía, no le dejaban disfrutar de los mejores momentos de la mañana. Y a Estela le incomodaba mucho que él no estuviera a gusto con los gatos, y le decía: “lo que te pasa es que ya no te gusta el ambiente de esta casa”. Entonces, Mordechai también se daba cuenta de que su esposa se estaba hartando de él, o mejor dicho de su bigote, que ya era el más grande del barrio y, probablemente, de todo Tel Aviv. Por ejemplo, después de preparar el desayuno, le soltaba:

– Haced el favor, tú y tu bigote, de venir a desayunar.

Mordechai lo encajaba con buen humor, una broma cariñosa, pensaba, mas no dejaba de pensar, y la cosa terminó con la certeza de que lo decía con una intención manifiestamente ofensiva hacia sus bigotes. Pero le daba igual: no tenía ninguna intención de recortárselos, así le midieran diez metros.

Después, a la hora de la comida, ella se sentaba con sus gatos en un extremo de la mesa; y él, con sus bigotes, en el otro. Estela reparaba en aquellas dos trenzas derramadas a derecha e izquierda y lanzaba otra andanada:

– ¡Seguimos en el aeropuerto!

El hombre se limitaba a sonreír, pensando que se trataba de otra humorada de su esposa, comparando en este caso las puntas del bigote con las alas de un avión; no obstante, en el fondo de su ser sabía que escondía una censura mordaz.

Él también tenía motivos de sobra para meterse con su mujer; sin embargo, para qué enojarla. Podría, con toda tranquilidad, censurar y denostar el comportamiento de sus mascotas, pero se abstenía, por respeto hacia ella. En ese preciso momento, los dos gatos cenicientos la estaban tomando con su pierna, emitiendo gañidos harto desagradables que le quitaban las ganas de comer. El gato negro saltaba a la mesa, no lejos de los platos con la comida, con el cuerpo encogido y la cola tiesa por encima del lomo, como la antena de un radar. Ah, cuán desagradable le resultaba tener que aguantar la escena que componía aquel gato, como si fuera una radio a punto de emitir un boletín de noticias. A Mordechai le daba mal presagio escuchar los partes y por eso apartaba la vista del gato. No podía soportarlo.

Entonces, dejaba de comer y se contentaba con sorber el té mientras leía los detalles de la última operación armada en el centro de Tel Aviv, la tarde del día anterior. Un día, dobló el periódico y se lo comunicó.

– Me reincorporo al servicio militar

– ¿Con la edad que tienes? No te aceptan.

– Conozco a gente de mis años que se ofrecieron voluntarios para los puestos de control, y acabaron yendo.

Estela decidió animarlo a seguir con el asunto, porque llevaba un tiempo observando que a Mordechai se le iba agriando el carácter con tanta inactividad. Se dijo: “Al menos, estará fuera de casa un tiempo”. Mordechai tampoco le había dicho que se había hartado del ambiente que había en casa. Le contó que lo que lo empujaba a hacer todo eso eran los planteamientos de Yossi Beilin.

– Yosi Beilin –le explicó- supone una amenaza para el interés del Estado y tenemos que proteger a éste de sus destructivos planes.

Y añadió que estaba harto de todos esos escritores de izquierdas que se pasan el día envenenando las mentes de los israelíes, como ese artículo aparecido en el Yediot Ahronot según el cual ¡el Estado acabará infectado de sífilis si sigue empeñado en legitimar esta ocupación!

Así que Mordechai se puso el uniforme y con su M16 en bandolera se dirigió al puesto de control de Calandia. Se parapetó detrás de un muro de cemento y se puso un casco blindado. Por encima de la pared sólo se le veía el rostro, los bigotes y parte de los hombros y las manos. Miró hacia el frente y, por primera vez en su vida, se encontró cara a cara con los palestinos. Nunca había visto uno tan de cerca. Les escrutó los rasgos del rostro. Estaban callados, sombríos, guardando una larga cola para sortear el checkpoint. Los observó con detenimiento: había de todo, hombres de mediana edad, mujeres ancianas que apenas si podían tenerse en pie, chicas jóvenes, algunas de ellas con pantalones ceñidos y otras con chilabas, ésta con un pañuelo blanco en la cabeza, aquélla con uno de colores. Le asaltaron ideas y sensaciones contradictorias; a punto estuvo de expresar la lástima que sentía por este abigarrado cosmos de seres indefensos, pendientes de un simple ademán suyo. Pero como la seguridad del Estado debía prevalecer por encima de cualquier otra consi-deración no había sitio para sentimentalismos, porque toda esa gente, según otro enfoque que comenzaba a desplazar al primero, ¡eran enemigos de Israel! Y para reforzar esta nueva tendencia, más dura, e implantarla en su corazón, eliminó de su campo de visión a niños, mujeres entradas en edad y ancianos, y se centró en los jóvenes. Esos sí que constituyen una fuente indudable de peligro, sí, menuda amenaza, el mal con mayúsculas, con sus cinturones explosivos anudados a la cintura o los kalashnikov ocultos bajo los abrigos, dispuestos a provocar dolor y desgracia entre los ciudadanos israelíes.

Les habló. La primera vez en su vida que dirigía la palabra a un grupo de palestinos.

– ¡Desorden, asur, prohibido, hala, a la fila! ¿Atom mafinin, comprendido?

No escuchó ninguna respuesta comprensible de entre toda aquella gente que seguía aguardando; sólo murmullos y sonrisas que en absoluto lo tranquilizaron. Lo vio claro: no convenía darse prisa en dejarlos pasar.  Podría resultar muy dañino para el Estado. Por supuesto, ahí delante había un arco detector para escanear a los palestinos, por lo que la posibilidad de que pasaran armas o explosivos al otro lado era del todo inexistente. Ahora bien, tampoco se les podía facilitar el acceso, así como así; sería muy negativo para la imagen del Estado. No, no podemos relajarnos ni mostrar debilidad ninguna. Esto podría incitar a los palestinos a lanzar ataques y poner en entredicho la seguridad del Estado.

Por lo mismo, Mordechai no quería que su primer día en el checkpoint terminara convertido en un fiasco. Qué iban a decir sus compañeros soldados si un sospechoso se le colaba en un descuido… ¡Qué diría la propia Estela! Y es que Mordechai, a pesar de su natural apacible y calmado, podía ser un militar de armas tomar, en caso de necesidad. De eso podrían dar fe las guerras en las que luchó y en las que no luchó. Además, ¿quién le aseguraba que todo ese gentío, apelotonado frente a él, estaba libre de toda sospecha? Si de él dependiera, cerraría el puesto y les diría a todos esos, que según pasaban los minutos eran más y más: “¡Hala, darse la vuelta, lej, lej, pasar por aquí no!”

Bueno, a él no le cabía tomar una decisión de ese tipo, pero sí podía poner coto a cualquier palestino peligroso que tratara de infiltrarse por allí. Mordechai no era un ente divino capaz de descifrar la mente y las intenciones de todos esos palestinos, razón de más para, en momentos tan delicados como aquellos, adoptar las máximas precauciones. Se percató de que parte de los hombres que permanecían en fila frente al puesto había comenzado a elevar la voz. Parecía que protestaban porque llevaba un tiempo sin atender a nadie.

– ¡Shkit! ¡Callamos! ¡Desorden no quiero! ¿Antum Mafinim, entendido?

El alboroto iba a más. A cada poco se sumaban nuevas voces de condena. Mordechai intercambió miradas de inteligencia con un soldado que formaba cerca del arco detector y, de inmediato, éste cerró la verja de acceso.  Los palestinos allí congregados se fundieron en un clamor de quejas y protestas.

– ¡Callarse, pasáis! ¿Entendido?

Hubo una división de opiniones entre los palestinos. Una parte pedía al resto calma y contención y la otra daba rienda suelta a su irritación con gritos y comentarios airados. Al final, se impusieron los primeros. En el ínterin, Mordechai aprovechó el cierre momentáneo del puesto para sumirse en sus pensamientos. Le gustaba mucho dejarse llevar por cualquier cosa que pudiera ocurrírsele, lo serenaba y permitía reflexionar sobre la existencia misma. Y, de paso, mientras elucubraba sobre esto y aquello, practicaba sus aficiones favoritas, como mesarse los bigotes con fruición y pasar revista concienzuda a los cuerpos de las mujeres. Se fijó, en concreto, en los de las jóvenes a las que el gentío apretaba contra la verja. “Los palestinos tienen mujeres hermosas”, convino consigo mismo. Acto seguido, hizo una rápida comparación con las chicas de Tel Aviv. “Sí, pero las de Tel Aviv son más guapas”, concluyó. Sintió pesar porque algunas jóvenes en la capital no observan las normas. Una vez vio a una muchacha israelí por la calle de Dizengoff con un chico que le rodeaba la cintura con el brazo. Se quedó admirado de la belleza de la chica, pero al momento sintió un fuerte rechazo cuando se percató de que el tipo aquel era árabe, ¡uno de esos árabes con nacionalidad israelí! Corrió hacia él, y si no lo mató fue porque unos transeúntes se las arreglaron para sacarlo de allí.

A Mordechai no le gusta ver a las chicas de Tel Aviv en regazos árabes, por muy árabes del Estado de Israel que sean. Eso trae mal fario, decía siempre; el Estado debería promulgar una ley para prohibir el matrimonio de las judías con los hijos de los árabes; pero, para disgusto de Mordechai, el Estado no hacía nada para protegerse a sí mismo. Debería legislar mucho más y mejor por su propio bien, para su salvaguardia. Por ejemplo, una ley contra la mulujiyya, sí, la planta de la mulujiyya, la malva judía, deberían prohibir cocinarla si no es con el permiso del alto mando militar. Mordechai se acordaba aún de ese chiste publicado por un periódico israelí, que a su vez lo había reproducido de uno árabe, un chiste que un humorista le había contado al periodista, árabes los dos; bueno, para Mordechai, más que un chiste constituía un plan maligno con apariencia de chacota. “No hace falta resistirse a Israel –rezaba el chiste- por las armas, basta con reunir diez millones de árabes junto al río Jordán y dejarlos sin comer una semana entera, al cabo de la cual se les dice que los habitantes de Tel Aviv están cocinando mulujiyya. Enseguida saldrán disparados hacia Tel Aviv. Los israelíes los pararán en seco con sus armas mortíferas, matando a cinco millones por lo menos, pero el resto se las arreglará para quedarse dentro del territorio y acabarán participando en las elecciones a la Kneset, se llevarán el grueso de los escaños y, al final, ¡se harán con el poder!” Mordechai se sentía ciertamente intranquilo ante este tipo de maniobras; y por esa razón creía en la necesidad de que el Estado debía redoblar la vigilancia de las fronteras toda vez que alguien cocinaba mulujiyya en Tel Aviv. También debería hacerlo aun cuando cocinasen una simple hamburguesa. ¿Quién podría asegurarnos que a los árabes no les gustan también las hamburguesas?…

– ¿Qué pasa, que nos van a hacer pasar la noche aquí, o qué? ¿Qué forma es esta de tratarnos? La voz de una mujer, ya entrada en años, lo sacó de sus cavilaciones.

Le pidió que retrocediese, pero la anciana no se movió del sitio. El compañero de Mordechai, el soldado que hacía guardia con él, trató de apartarla por la fuerza, pero ella se puso a gritar más fuerte todavía, haciendo airados ademanes con sus venosas manos. Mordechai comprendió que la vieja le había ganado la partida y no le quedaba otra que franquearle el paso. Con un ademán se lo ordenó al soldado, el cual la dejó pasar. Tras una revisión concienzuda de sus cédulas de identidad permitió, asimismo, el paso de algunos palestinos más.

Al cabo, sintió que le hacía falta un poco de descanso. Así que ordenó a los palestinos que no se movieran de la fila, y se dedicó a pensar en sus cosas mientras se mesaba con fruición los bigotes. Se le vino a la mente la imagen de Estela y sintió un súbito arrebato de energía. Recordó que no se había arrimado a su cuerpo desde hacía tres meses. Esta noche, se dijo, le doy una sorpresa, algo que no se espera, le diré que el servicio militar es la vida misma, y que el ejército es la espina dorsal del Estado. Con el ánimo reforzado por pensamientos tan llenos de vitalidad, y ante la aglomeración cada vez más insistente de palestinos frente a la verja, permitió el paso de un número extra de palestinos (dirán que es pueblo pequeño, pero me apuesto lo que quieras, ¡son más que los chinos!). El tránsito seguía fluyendo con enorme lentitud, hasta que Mordechai acabó su turno y abandonó el puesto, de regreso a casa.

Estela dio una calurosa bienvenida a Mordechai y escuchó largamente su prolijo inventario sobre los palestinos, a quienes por fin había visto con sus propios ojos. La mujer a veces se reía y otras sentía compasión por los palestinos; también llegó a odiarlos, en algunos momentos. Todo según los acontecimientos que le iba narrando su esposo, el cual, mientras la llevaba en brazos hacia la alcoba, le reveló:

– Esta noche vas a sufrir un ataque masivo.

Guardó silencio unos instantes, a la espera de comprobar el efecto de sus palabras, pero cuando vio que ella no reaccionaba añadió:

– Voy a lanzarte una ofensiva con escasísima cobertura de luz.

Ella frunció el ceño.

– ¡Ya estamos con la jerga tan vieja, esa tuya! ¿No habíamos quedado, hace tiempo, que ibas a dejarla?

– ¿Cómo no te puede gustar este vocabulario que apela directamente a los sentimientos?

– ¡Yo no soy un muro! –repuso ella-; si quieres bombardear algo, empréndela con esa pared de ahí enfrente, reviéntalo a bombazos, si quieres, y quédate a gusto.

Mordechai ya no dijo nada más. Y a la mañana siguiente, volvió al puesto fronterizo.

Retomó la tarea con mayor celo incluso que el del primer día. Exprimió a los palestinos hasta exasperarlos, y no se percató, sino pasado un buen rato, de que algunos emitían unos sonidos que imitaban el estallido de un petardo cada vez que se pasaba las manos por los bigotes. Al principio, lo consideró una coincidencia, sólo eso; pero las sonrisas burlonas que se dibujaban en los rostros de los palestinos y los comentarios susurrados le hicieron sospechar. Tuvo que gritar, varias veces:

– ¡Callarse! ¡Shkit! ¡Callarse!…

Y se callaban. Entonces, aprovechaba la ocasión para mesarse el mostacho y contemplar los cuerpos de las chicas bonitas. Y vuelta a los petardazos simulados. No era capaz de determinar de dónde procedían los ruidos, pero ahora los podía oír con toda nitidez. Estaba claro: ¡se estaban cachondeando de sus bigotes! Vale. Y ahora, ¿qué? ¿Cerramos el puesto y les dejamos con un palmo de narices? No, no se puede hacer eso. Las órdenes de arriba eran claras: había que dejar pasar a los palestinos. ¿Detenemos a aquellos sospechosos de hacer las pedorretas esas, en su mayor parte infames adolescentes? Bueno, sí, se podría hacer, aunque ninguna ley del Estado dice que se deba detener a nadie por hacer una cosa así. Además, Mordechai tampoco tenía intención de permitir que sus bigotes pasaran a ser la comidilla de todo el mundo; imaginen a los medios de izquierda difamándolo a él y a su mostacho… y luego, hasta el propio Yossi Beilin aparecería en escena para dar la lata, todavía más, con la cantinela de que había que cerrar los checkpoints o, incluso,  ¡retirar al ejército de sus enclaves actuales! Ya, pero tampoco podía dejar de mesarse aquellos sublimes mechones de pelo, con todo el placer que le provocaba… O sí. No le gustaba nada, pero, concluyó, no tenía otra elección si quería mantener el buen nombre de su bigote.

Así que a partir de ese día hizo todo lo posible por no palpárselo mientras estaba de servicio. Pero siguieron haciendo pedorretas, o lo que fuera, porque, a lo que parecía, los palestinos tenían suficiente con verle el mostacho para emitir, con gran pericia, por cierto, esos ruidos estruendosos con los labios. Hasta los compañeros que hacían guardia con él en el puesto de control comenzaron a tomarse el asunto de forma bipolar. Por un lado, frente a los palestinos, se mostraban airados ante las afrentas dirigidas a su compañero, y se ponían a lanzar amenazas y gestos agresivos en cuanto veían que se reanudaba el maldito “concierto”. Pero, cuando los palestinos no los veían, se reían a carcajadas.

Mordechai comprendió que se hallaba ante una disyuntiva mayúscula. O bien dejaba de servir en aquel lugar, para poner a salvo sus bigotes de cualquier afrenta, con la consiguiente dejación de su abnegado deber hacia el Estado, o bien se afeitaba para mantener, al menos, su compromiso con aquél (pensaba también proponer al Estado que crease un premio anual de cincuenta mil shéquels para honrar al “ciudadano ideal”; seguro que el primer agraciado iba a ser él). Como el Estado estaba por encima de cualquier otra consideración, optó por pres-cindir del bigote, decisión que debería servirle para librarse de los gatos de su esposa, porque, estaba seguro, ella tendría que hacer a su vez dolorosas concesiones. Cierto: quería mucho a sus gatos. Pero también odiaba ese bigote. Una especie de trueque. En resumidas cuentas, saldría ganando, porque, por fin, podría dormir a gusto.

Dicho y hecho: se enfrascó en una ronda de arduas negociaciones con su mujer, coronadas, a la postre, con éxito. Estela se avino a librarse de los dos gatos de color ceniza, si bien se quedó con el negro. Mordechai, a cambio, se afeitó el mostachón; y una buena mañana se presentó en el puesto de control sin un solo pelo sobre el labio superior.

Los palestinos percibieron que el tránsito de un lado a otro se hacía más fluido. Quizás porque Mordechai ya no se dedicaba con tanto tesón a pensar y mesar determinadas cosas.

 

 

 

 

https://www.banipal.co.uk/banipal_books/57/mordechais-moustache-and-his-wifes-cats-and-other-stories/