Mirar a Marte desde Marrakech, un relato del marroquí-holandés Abdelkader Benali

 

Traducción del holandés: Guillermo Briz

 

1

Abdelkader Benali

Tenía mal recuerdo de Marrakech. No siempre había sido así: la ciudad lo había dejado sin aliento la primera vez. Los muros sobre los que se deslizaba aquella luz rojiza, con las cumbres nevadas del Atlas al fondo y, entre las palmeras, el baile de las golondrinas. Las tres bolas brillantes en lo alto de la mezquita de Koutoubia, sobre las que volaban en círculo las cigüeñas como si fueran satélites. Las calles amplias y tan largas que parecían no tener fin. Todo parecía pensado para otro tiempo, quizá para otro planeta. Una ciudad a la espera de sus habitantes soñados.
Un día cayó un horrendo velo sobre toda aquella belleza y Marrakech le mostró su otra cara. Indiferente, distante, criminal. Se sintió desnudo, privado de lo que amaba, y se marchó con el rabo entre las piernas. No iba a regresar nunca. De vuelta a casa no volvió a hablarle a nadie sobre la ciudad. La guardó en un lugar al que no llegaba la luz.
―Esta vez será distinto ―le decía su mánager―. Y tienes que ponerte a trabajar otra vez. Un escritor en bancarrota no puede escribir. La pobreza estrangula la imaginación.
La dramática situación financiera en la que se encontraba lo cogió por sorpresa. El dinero que había ganado extrayendo petróleo en Marte debería haberle permitido comprar tiempo para escribir.
Marte le había sentado bien.
Las gigantescas reservas de petróleo que habían encontrado allí diez años antes causaron una conmoción. Cuando inventaron un ingenioso sistema para viajar a Marte en un par de meses, el tráfico se disparó. Las lanzaderas iban cada vez más rápido. Le hicieron una oferta que su mente analítica no pudo rechazar. Lo que le convenció fue la recompensa, no Marte. En el planeta rojo estaba a cargo de un equipo de perforación que exprimía los campos petrolíferos gracias a otro ingenioso sistema que, en unas pocas horas, permitía encontrar en la Tierra compradores para el pozo recién descubierto. No era un trabajo difícil, pero sí intenso. El equipo de perforación trabajaba veinticuatro horas al día, lo cual significaba que apenas había tiempo para dormir. Tenía que estar siempre atento a posibles hallazgos. El dinero lo compensaba todo. Cuando estaba en la cama se deleitaba haciendo cálculos financieros, compraba, invertía y aún le sobraba dinero para hacer un bonito viaje. Volvió a la Tierra con una paga extra en el bolsillo. El planeta rojo le había hecho feliz.
A la vuelta descubrió que la inflación había devastado su capital. La fiebre del petróleo inundó los mercados financieros con dinero barato, lo que provocó una escalada de precios. La hermosa televisión de la que estaba encaprichado se había encarecido tanto que se salía de su presupuesto. Seis meses después de regresar de su largo viaje tuvo que ponerse a trabajar otra vez. Maldijo su estancia en el planeta rojo. Para colmo de males, también su mujer se quedó sin trabajo, lo cual no pareció afectarle demasiado, porque en aquel momento estaba bajo la influencia de un carismático gurú que había convencido a sus seguidores de que el auténtico capital era el valor para liberarse de sus ataduras. Empezó a despegarse de las cosas, con tanto éxito que su recién conquistado desapego la llevó incluso a levitar sobre la esterilla. «Soy la única del grupo capaz de hacerlo», decía con orgullo. Cuando él insinuaba que debería pensar en el futuro, ella objetaba: «el futuro es ahora». Algo de razón tiene, pensaba él. El futuro siempre es ahora. En el mundo de hombres de Marte había olvidado cómo se hablaba con una mujer. Después de unos días retomó el asunto, en parte también porque empezaban a llegar las facturas.
―Si el futuro es ahora, entonces el futuro se pone jodido.
―Todo es una cuestión de percepción. Ves las cosas con un solo ojo.
―¿Con un solo ojo? ―respondió, tapándose el ojo izquierdo con un gesto teatral y mirando las facturas―. Con un solo ojo veo los mismos problemas. Las facturas no se dividen por dos.
Se quedó mirándola; el yoga la mantenía sana y en forma. La había hecho rejuvenecer. Sus gemelos daban sensación de dureza, pero sabía que al tacto eran cálidos y suaves. Cuando se aburrían recurrían al sexo. Nunca lo decepcionaba y lo distraía de los problemas financieros. En la cama, él también era capaz de liberarse.
―Si cierras los ojos podrás ver un nuevo universo.
Él ya no tenía ganas de nuevos mundos.
―El universo es vacío e indiferente. Lo haces más grande de lo que es en realidad.
En Marte apenas había tenido tiempo para mirar al universo; era vivir para perforar. Por suerte tenían una buena conexión por satélite que le permitía ver alguno de sus programas de entrevistas favoritos, lo cual aliviaba la pesadez del trabajo. Había disfrutado mucho de esos momentos de respiro entre dos turnos.

2

Por las noches apuntaba el telescopio hacia Marte, donde había dejado a sus compañeros de trabajo. No debería haberse ido. Recordaba con cariño las largas conversaciones que habían tenido. Les había hablado de Marrakech, la ciudad roja. «Estamos en el planeta rojo, pero la ciudad roja también es muy especial», y entonces les contó las visitas que había hecho a la ciudad. Solo las cosas buenas. No eran viajeros, y lo escuchaban embelesados. Antes de ir a Marte, algunos de ellos no se habían alejado más de cien kilómetros de la casa familiar. En su mayoría no tenían intención de volver a viajar a ningún lado cuando regresaran. Venían de pequeñas ciudades de Estados Unidos de las que no había oído hablar nunca. Después de Marte no volverían a visitar ningún otro lugar.
―¿Por qué no vamos todos juntos a Marrakech cuando regresemos? ―preguntó uno de ellos.
―No voy a volver a Marrakech. Después de todo lo bueno también tuve una mala experiencia.
―Por eso acabaste en Marte ―le respondieron, intentando animarlo a hablar―. Uno no puede alejarse más de los problemas.
―Claro que sí ―repuso él―. Estando tan lejos siento menos cosas pero, las que siento, las siento con más fuerza.
Se hizo un silencio en la mesa. Se dio cuenta de que había expresado con palabras una sensación que todos compartían. Los hombres respetaron su intimidad. Todos ellos tenían algo que ocultar; solo si ocultas algo, si te duele estar en la Tierra, eres capaz de irte tan lejos. En Marte se sentían mejor que en casa.

3

El mánager seguía llamándolo. Era el tipo de persona cuyo éxito se basa en aprovechar la más mínima oportunidad. «Muchos pocos hacen un mucho». El encargo consistía en escribir la biografía de un magnate de los medios de comunicación, Max Hirschfeld, un nombre que aparecía en la lista de las personas que mueven los hilos del mundo. El buen hombre estaba alojado en el lujoso hotel Mamounia, donde pasaba los veranos el primer ministro británico Winston Churchill. Había pintado unos cuadros espantosos que se vendían en las subastas por cantidades astronómicas. Se imaginaba a sí mismo obligado a pasar dos semanas con un ricachón narcisista, egocéntrico y pagado de sí mismo que estaría encantado de dejar constancia de todos y cada uno de los pedos que se tirara en su vida. El dinero del encargo le vendría muy bien, pero iba a costarle la salud mental.
―Cuando le propuse que lo hicieras tú, aceptó inmediatamente.
―¿Conoce mi trabajo?
―No, pero le gusta tu nombre. Su querido abuelo se llamaba Marcel.
―Tenía que pasarme a mí.
―La vida te da sorpresas.
El mánager lo llamó el viernes por la mañana, olía el dinero.
―Para ponértelo más fácil, no te voy a cobrar comisión. Solo a la parte contratante. ¿Qué te parece?
Marcel no pensaba explicarle que no le apetecía ir a Marrakech.
―Prefiero ir a verlo a Nueva York o a Londres o donde viva.
―Se va a quedar en Marrakech el tiempo que le dé la gana.
―¿No puede ser a distancia?
―Esto no funciona así. Tienes que ver a ese hombre, olerlo, vivirlo. Si no, buscamos a otro.
En un cuartito, su mujer levitaba sobre la esterilla. Para él era un enigma cómo lo conseguía. La hacía más atractiva la idea de saltar sobre ella y liberar su magnífico cuerpo de la ingravidez, llevarla a la cama y luego quitarle la ropa poco a poco hasta dejarla desnuda como la luz. Nunca había reparado en que ella tuviese tanta fuerza interior. Después del viaje de ida y vuelta a Marte había acabado harto de ingravidez. La sensación de flotar no compensaba el malestar. Pero echaba de menos Marte. No tener que pensar en nada más que en la tarea que tenía entre manos. Le complacían los elogios que recibía con cada encargo resuelto. Aquellos hombres a los que probablemente no volvería a ver habían hecho por su autoestima más de lo que imaginaban. Su mujer le susurró al oído algo sobre transición y conciencia de uno mismo. Lo último que le apetecía escuchar era transición y conciencia de uno mismo. Lo que quería oír de ella era que ya había vivido suficiente en el ahora y que había empezado a buscar trabajo. No tenía sentido sacar otra vez el tema: el respeto que ella sentía por él estaba bajo mínimos, la irritaba que fuera tan reacio a hablar sobre su estancia en Marte.
―Es lamentable que seas incapaz de comunicarte ―le dijo, y empezó a dar portazos. Después tuvieron sexo. Siempre era así. No acababa de acostumbrarse.
El problema no era el dinero que no había ganado, sino que ella esperaba que el viaje «lo cambiara». Y el viaje no lo había cambiado.
―Estaba demasiado ocupado trabajando como para cambiar.
A ella le pareció raro.
―No vives en el ahora.

4

Era sábado por la noche. Como no conseguía dormirse buscó en el ordenador información sobre inversiones interesantes. Para compensar pérdidas quizá fuera buena idea invertir su capital. A una mala época le sucede una buena. Sus amigos de Marte le contaban lo que hacían con el dinero. Algunos decían que invertir era una opción razonable. En Estados Unidos lo hacía todo el mundo. Él también lo haría. En medio de la noche, con tres copas de whisky encima, invirtió en acciones el capital que le quedaba. Fue muy rápido, más de lo que se había imaginado. Apenas dos tragos de whisky y ya tenía listo su paquete. Volvió a la cama muy animado. Aunque su mujer estaba durmiendo fue capaz de persuadirla para hacer el amor. A ella le gustó el olor a whisky.

5

Las bolsas abrieron el lunes con grandes pérdidas; el banco central reaccionó al pánico general prometiendo imprimir un montón de dinero. No podía ser una promesa vacía porque, si lo fuera, el público perdería definitivamente la fe en el sistema monetario, y eso sería el fin. «Se pone en marcha la máquina de imprimir billetes», decían los titulares. «Otra vez», pensó él. Más inflación, sus inversiones no recuperarían su valor inicial en meses, quizá años. Lo que tenía era poco tirando a nada, y además iba a perder valor. Nunca había vivido en un ahora tan miserable. Para evitar que su mujer le pusiera aún de peor humor con sus levitaciones, le escondió la esterilla. El pánico en los ojos de ella le sirvió de consuelo. Si él sufría, ella también tenía que sufrir. No le contó nada sobre sus pérdidas. Se había convertido en un hombre sin corazón por culpa de lo que ocurría a su alrededor. Llamó a su mánager.
A su mujer le contó que estaría un mes fuera. Apenas nada, comparado con los cuatro años de Marte. Pero ella se lo tomó peor que la otra vez. Sería por la crisis.
―¿Vas a mandar dinero a casa?
―¿No sería mejor que te pusieras tú a trabajar?
―Cuando dices cosas así preferiría estar muerta.
―Me fastidia que digas cosas así.
―Cuando vuelvas trae buenas noticias.
―Cuando vuelva traeré material para un libro.
Dudó si contarle por qué le disgustaba tanto Marrakech. Con lo grande que es el planeta, ¿lo entendería? Pero entonces tendría que contarle que esa experiencia había hecho de él un hombre distinto. Si no fuera por aquel desagradable periodo, nunca habría empezado una relación duradera. Ella señaló la puerta.
―Creo que está ahí el taxi. Vete ya. No aguanto más, y además tengo que irme a yoga.

6

Marrakech se veía con toda nitidez desde el aire. Un regalo para los ojos. Luego se dio cuenta de que esa transparencia era engañosa. Era difícil no dejarse arrastrar por ella. La ciudad había resistido la embestida del turismo, había sobrevivido y había sacado provecho a su manera. Los turistas iban por un lado, los habitantes por otro. Una ciudad que cada mañana tenía que recordar quién era y que cada noche volvía a olvidarlo.
Al aspirar el aire sintió que había sido un error volver. Lo más inteligente sería ir directo al mostrador y comprar un billete para el primer avión de vuelta a casa. No tuvo tiempo de afinar el plan, allí estaba el taxista que había venido a buscarlo agitando con vehemencia un cartel con su nombre. Mal escrito, por cierto. El hombre lo abrazó como si se reencontrara con un familiar al que ya daba por perdido. Quizá no estuviera desencaminado. En cualquier caso, rompió a sudar. Le habría gustado estar ya en el hotel, meterse bajo las mantas, con las cortinas cerradas, hasta que pasara esa sensación inicial de opresión. Imposible de momento. El taxista conducía como si los acreedores le pisaran los talones, mientras gritaba alternativamente su nombre («monsieur Marcel, monsieur Marcel») y el de su cliente («monsieur Hirschfeld, monsieur Hirschfeld») como un niño que acabara de aprenderse los dos nombres. El trayecto desde el aeropuerto hasta el Mamounia no es largo, pero el taxista parecía conocer una ruta que lo acortaba aún más. A izquierda y derecha pasaban como centellas los edificios que recordaba de su última visita y que entretanto se habían rodeado de edificios más nuevos, más prestigiosos, como los viejos maestros se rodeaban de ninfas sensuales. En breve, al caer la noche, se encenderían las luces que permitían apreciar la grandeza de las cosas; las luces que marcaban los contornos de la decadencia. En tiempos él había formado parte de todo aquello.
―¿Había estado antes en Marrakech? ―le preguntó el taxista antes de detenerse delante del Mamounia. Marcel se mordió los labios
―Es la primera vez.
―Es usted un hombre afortunado ―dijo el taxista, y le abrió la puerta. Si él supiera…
Antes de nada, una copa que le calmara lo suficiente como para soportar la primera charla con el señor Hirschfeld. El Mamounia lo impresionó. El señor Hirschfeld corría con todos los gastos. Por la forma en que lo recibió el empleado del hotel, dedujo que el señor Hirschfeld era un cliente preferente.
―El señor Hirschfeld recibe en su suite para la cena. A las nueve.
―¿Podría indicarme cómo llegar?
―Vendrán a buscarlo.
Se instaló en la habitación. Colgó uno de sus trajes, preparó un par de zapatos y planchó con rapidez una camisa. Sobre la ciudad caía la noche, era el momento en el que la gente se dirigía hacia el casco antiguo, el griterío se mezclaba con el parloteo agitado de pájaros exóticos. Desde su habitación podía ver la mezquita de Koutoubia y, más allá, la cordillera del Atlas. La ciudad bullía; el hecho de estar allí encerrado, protegido contra la algarabía y la saturación de imágenes, lo empequeñecía. Se sintió aislado, no del todo humano. En realidad debería estar afuera, anónimo, husmeando, vagando sin otro objetivo que divertirse y conocer gente nueva. Ese era un punto fuerte de la ciudad: le daba a uno la sensación de que podía trabar amistad con cualquiera. «A quién quieres engañar», se reprendió a sí mismo. «No eres bienvenido. En cuanto pongas un pie en la calle estás muerto. Vayas donde vayas…» No tenía sentido seguir pensando en ello. Ya había pasado. Volvió a aspirar el aire. El aire al que había sido adicto.

7

Lo despertaron tres golpes impacientes en la puerta. Las tres botellitas de whisky que se había bebido sin pensárselo demasiado habían cumplido su misión más allá de lo esperado. Eran las nueve menos cinco y tenía una erección. Le apetecía hacer el amor; en ese momento echaba de menos a su mujer. Además iba a llegar tarde, y esa no era la mejor tarjeta de presentación ante un millonario: para ese tipo de personas el tiempo es un fetiche.
―Voy, voy ―dijo en su mejor francés, y se puso a toda prisa el traje azul. Hacía tiempo que no dormía tan profundamente durante el día. La cara del empleado que lo guio hacia la suite de Hirschfeld no permitía adivinar si estaba enfadado con él o no. Lo mismo daba. La gente se duerme, peor habría sido dormirse para siempre. Un golpe en la puerta les franqueó la entrada; el empleado lo dejó en manos de otro empleado como si fuera un paquete, solo le faltó escanearlo. Lo que al principio le pareció una amplia habitación resultó ser solo la antesala. Había una jaula gigantesca con un loro brasileño que se afanaba con su ración de frutos secos. Cuánta criatura malcriada. Sin embargo, el loro no parecía tenerlas todas consigo. Se quedó quieto, mirando al invitado con desconfianza. Con razón: si no se comportaba como era debido saldría malparado en el libro. «Al loro de Max Hirschfeld no le gustan los desconocidos. Tampoco él me gustó a mí». El empleado lo condujo a la siguiente estancia y se retiró. Estaba solo. Por supuesto, lo hacían así para amplificar el efecto, aquel hombre solo podía mantener su estatus a base de poner distancia, de transmitirle al otro una sensación de pequeñez. Y cuanto más tiempo lo dejasen solo frente a los elementos, más crecería su sensación de haber venido desde muy lejos para conocer a alguien colosal; y ese pensamiento lo haría más pequeño. ¡Qué extraordinario iba a ser aquel encuentro! Lo que no podía hacer ahora era dejarse arrastrar hacia la depresión, que estaba siempre al acecho y cubría ese instante con un velo de tristeza que no le ayudaba en nada. La energía y el entusiasmo que debía irradiar habían quedado consignados en todo tipo de cláusulas contractuales. El millonario no debía dudar nunca de él. Con una sensación de vértigo volvió a sumergirse en los vericuetos de sus pensamientos.
El millonario estaba de pie frente a él, extendiendo hacia su cara una mano enorme y gruesa como la proa de un barco. Hirschfeld era más alto de lo que esperaba, y también parecía más simpático. En persona, el individuo corpulento y de aspecto enfermizo parecía un hombre bonachón que se movía con soltura y que lo observaba con mirada afable. En los pies, unos cómodos mocasines marrones; la cara lustrosa gracias al sol de Marruecos. Ni rastro de arrogancia en sus ojos.
―Marcel Ophuis.
―Hirschfeld, pero llámame Max. ¿Te importa que te llame Marcel? Las formalidades son para los que van camino de la cima. Nosotros ya estamos ahí. Usted como escritor y yo como repartidor de periódicos.
Los ricos y las personas distinguidas tienen dificultades para relacionarse con el hombre de a pie. No porque no lo comprendan, sino porque temen verse desenmascarados en ciertos contextos, enfrentados a su propia ignorancia sobre las cosas más corrientes. Aquel era uno de los últimos triunfadores adinerados que aún habían tenido algo parecido a una vida normal. Eso lo hacía más humano. En otros casos, Marcel perdía el interés de inmediato, pero Hirschfeld lo fascinaba.
―¿No le han ofrecido nada de beber? Intolerable. Siéntese.
Se sentaron el uno junto al otro; no le disgustó la intimidad que Hirschfeld parecía buscar de forma natural. Era importante que la primera conversación les dejara a ambos un buen sabor de boca. Hirschfeld lo sabía. En silencio le agradeció a su astuto mánager tanta insistencia para que aceptara el trabajo. Tenía enfrente a todo un ser humano.
―Vamos a hacer las cosas bien. En una biografía hay que dar la cara. Todo el mundo comete fallos, pero solo unos pocos se atreven a admitir esos fallos. Yo diría que, sin ellos, no habría llegado a ningún lado. Eso debería estar en el libro.
―Entonces ya tiene usted una idea. Muy bien.
―Soy un libro abierto. La gente nunca ha atinado en sus juicios sobre mí. ¿Sabe por qué? Por pura ignorancia. Y yo me he aprovechado de eso. Me arrepiento de algunas cosas.
Y, para dejar claro que aquello iba en serio, recitó de carrerilla una serie de nombres que Marcel había leído cuando preparaba el encuentro. El mensaje, en resumidas cuentas, era que gran parte de su riqueza se la habían regalado pensando que acabaría por fracasar.
―Me subestimaron, los muy hijos de puta. Me subestimaron. Y cada vez que les demostraba que podía con un encargo, en vez de mostrar respeto, me asignaban uno más grande para verme fracasar. Pero no fracasé. Yo ganaba y ganaba y ganaba.
Dijo esto último con amargura. Ahí estaba el dolor del que se había nutrido toda su vida. Puro queroseno para un largo vuelo, para cruzar husos horarios. El ardor con el que trataba de darle sentido le hizo recordar a sus compañeros de trabajo en Marte: siempre intentando mostrarle al mundo que valían para algo, que eran buenos trabajadores, buenas personas. La visión fugaz de un hombre roto. Eso daba para un buen libro. El éxito rotundo empañado por la sensación de que lo ha conseguido gracias a los demás, a la estupidez de los demás. Dio unas palmadas que, aparte del estruendo, provocaron la aparición instantánea de multitud de platitos con comida. Comida marroquí bien equilibrada en la que todos los sabores tenían su lugar sin que ninguno destacara demasiado. Hirschfeld lo observaba con atención mientras comía. Su mánager se lo había advertido. A Hirschfeld no le iban los tipos flacos. Comer significaba comer de verdad.
―¿Ha comido suficiente?
―Sí, gracias.
―Muy bien. Estoy impresionado por su apetito. Ya me lo había dicho su mánager: come como un caballo. Eso me alegra. Mi padre también era así, y creo que mi abuelo también. ¿Un purito?
―No, gracias. No fumo.
―A mi edad, fumar es como desenvolver un regalo. Ya no dejo que nadie me diga nada al respecto.
Y estalló en una incoherente soflama contra sus cuatro exmujeres por haberle prohibido fumar. Estaba claro que disfrutaba dejándose llevar por su ataque de ira, sus ojos brillaban de placer con el pequeño ajuste de cuentas que surgía de su boca; despedazaba a aquellas mujeres, pero con estilo. Era como si tantos años de furia contenida hubieran hecho saltar la banca: frenesí, descarga y liberación. Sin darse cuenta, Marcel ya estaba riéndose con Hirschfeld. La velada empezaba a ser incluso agradable.
―¿No es posible que le hayan alargado la vida quitándole el tabaco?
Hirschfeld se acercó un poco más a Marcel, un gesto de afecto.
―Mejor una felicidad breve que una vida larga e infeliz. Pedazo de brujas. Haciendo cabriolas para mantenerme contento y a la vez urdiendo planes para sacarme los cuartos.
Iba a tener que rectificar, en este hombre sí había un libro. Quizá dos. O tres, si era capaz de convencerlo de la inmensidad de su existencia. Si acababan siendo amigos podría llegar a surgir algo grande. Si pudiera poner su talento al servicio de un hombre que no solo había hecho, sino que también había vivido lo suficiente como para componer una historia excepcional, también mejoraría como escritor.
―Por suerte ahora tengo una mujer que me quiere de verdad.
―Muy pocos tienen esa suerte. Enamorarse a sus años. ―Se dio cuenta de que había dicho una estupidez y rectificó de inmediato―. No le estoy llamando viejo.
Hirschfeld se inclinó hacia él.
―Hablas con el corazón ―lo tranquilizó, y se puso la mano sobre el pecho― Me caes bien. Soy viejo y tengo toda una vida a mis espaldas, lo cual me permite contemplar lo que me queda como una propina. Ya no hablo con gente muy a menudo. Ni la gente conmigo. ¿Sabes por qué? Porque, a partir de cierta edad, ya no confías en nadie. Yo he tenido mala suerte. Tengo doce hijos en total y no me puedo fiar de ninguno de ellos, son oportunistas y mentirosos. Afortunado en los negocios, desafortunado en la vida. Si me llaman es para pedirme dinero. ¿A qué se ha dedicado usted últimamente?
―He estado en Marte.
―¿El planeta?
―Sí
―Bien, porque hay un club nocturno en la ciudad que se llama Marte. ¿No hacía mucho frío?
―No salíamos.
―No estaría escribiendo un libro, ¿verdad?
―Trabajando.
―¿Formaba usted parte de la fiebre del petróleo que tanta riqueza ha traído a nuestro planeta?
―Fue una buena época.
―Estará contento de haber vuelto a casa, ¿no?
―Más o menos. Al volver resultó que mis ahorrillos tenían menos valor de lo que yo esperaba.
―La puta inflación. Desde Marte era difícil verlo venir.
―Desde la Tierra también. El dinero no me interesaba hasta que me quedé sin él. Entonces empezó a interesarme. Pero vamos a dejar el tema. Estamos en Marrakech, en medio de una conversación interesante. Eso tiene mucho valor para mí.
―Ven un momentito ―dijo Hirschfeld, y lo guio hasta la ventana. En el balcón había un telescopio―. Cortesía de la casa. Dime dónde queda Marte.
Hizo girar el telescopio.
―Ahí lo tiene.
Hirschfeld se inclinó hacia adelante, parecía disfrutar de la vista.
―En Marrakech miramos a Marte.
Cuando volvieron a entrar vio a la mujer que le había traído la felicidad a Hirschfeld y la desgracia a él. Sarah, aparentando una edad que no era la suya.
―Ghizlaine, ma cheri. ¿No querías irte pronto a la cama? ¿Me echas de menos?
El nuevo nombre encajaba mucho mejor con el camisón de seda de color blanco hueso que hacía resaltar su cuerpo cobrizo, como una lujosa vasija art déco envuelta en un trozo de seda. No era vulgar; tener aspecto vulgar no era algo que a ella pudiera sucederle. Con el paso de los años había aprendido que un hombre es incapaz de negarle nada a una mujer deslumbrante. Era imposible no desear agarrarla, quererla y destruirla para devolverle luego la vida, si se pudiera. Después de que lo dejara en cueros, en sentido sexual y financiero, después de que lo humillara hasta el tuétano desapareciendo sin dejar rastro, obligándolo a indagar en el barrio donde vivía y donde unos jóvenes lo acosaron y lo persiguieron, se sintió tan dolido que le daban nauseas solo de pensar en ella. Ahora que la tenía otra vez delante no había ni rastro de resentimiento. Al parecer, su corazón todavía era capaz de perdonarla, de modo que tuvo de nuevo la oportunidad de disfrutar de aquella visión deliciosa. La promesa que irradiaba quebró su resistencia.
En cierta ocasión tuvieron que salir a toda prisa del restaurante en el que esperaban pacientemente a que llegara el segundo plato después de que el gerente les susurrara con discreción que el hombre de la barra no podía soportar que «el caballero esté aquí sentado con una dama tan interesante; sería mejor para usted, para ella y para el mobiliario que siguieran disfrutando de la velada en otro lugar. Yo puedo recomendarle alguno». Ella era así de hermosa. A él le hacía sentirse orgulloso, la veía florecer con sus atenciones, y cada vez que desaparecía con su tarjeta de crédito, regresaba más engalanada y más bella.
―No puedo dormir sin mi beso de buenas noches, como aquel escritor francés del que me hablaste. Antes pensaba que solo me pasaba a mí. Me hacía sentirme sola.
Eso le pasaba a Proust. Desde la última vez había leído, no era solo fachada. Ya no podía volver al barrio popular del que había salido catapultada, se había convertido en un planeta extraño para ella.
―¿Este es el monsieur del que me hablaste? ¿El escritor? ¿No nos conocemos? ¿No he leído algún libro suyo? Me encantaría hacerlo, y luego analizarlo con usted. A la sombra del mediodía a ser posible.
No se acercó a él caminando. Se acercó flotando, como empujada por el aire de una turbina gigantesca. El refinamiento que ocultaba su oscuro pasado como se oculta un arma secreta se había vuelto más intenso.
―Hemos visto Marte. Ha estado en el planeta rojo.
―Qué extraordinario. Un viajero espacial. ¿No se pasa miedo ahí arriba?
―Uno lleva su miedo encima, y es igual de duro en todas partes.
―Qué filosófico ―dijo ella, y le dedicó una mirada encantadora, como premiándolo.
―Ghizlaine ―dijo él en el tono casi tiránico que habían descubierto durante su relación, un tono que los excitaba a él y a ella, que subrayaba una relación en la que él suspiraba por una chica ansiosa y ella por un hombre dominante. Aquel tono era más fuerte que un acta notarial. Aquel tono lo decía todo.
―En poco tiempo me he encariñado con este hombre, y ahora vienes tú a arruinarnos la fiesta. Sé amable con él. También podías haber sido amable con el otro.
―El otro no era tan amable como este caballero.
―Hemos tenido a un escritor de visita. Hubo cierta tensión entre mi chica y él.
―Y ganó la chica.
―Se le veía fuera de lugar ―corrigió Ghizlaine―, a mí nunca se me han dado bien los jueguecitos. ¿Se da usted cuenta?
La mano pequeña y blanda que le tendió se fundió en su mano, en el apretón quedó claro que ella sabía perfectamente quién era él, y que lo echaba de menos, que no lo había olvidado. Que no lo iba a olvidar.
―Pero el otro se tuvo que ir para que viniera usted. Un auténtico talento.
―¿Cómo es Marte? ―preguntó Ghizlaine―. Cuéntemelo todo. Solo saldrá de aquí cuando haya escuchado todas sus historias.
◊ ◊ ◊ ◊

 

Este relato, publicado originalmente en inglés, forma parte de la antología Marrakech Noir, editada en 2018 por Akashic Books (EE UU). Banipal publica la siguiente traducción original del holandés con el consentimiento del autor, el editor de la antología, Yassin Adnan, y la editorial.