Perros callejeros, un relato del líbano-canadiense Rawi Hage

 

Traducción del inglés:
Esther Hernández

Rawi Hage

Cuando Samir Maarouf fue invitado a Tokio a participar en una conferencia sobre fotografía japonesa, aceptó de inmediato. Luego, sentado en su casa alquilada de St. Paul, en Minnesota, se preguntó: “¿A quién debo darle la buena noticia?”. En Jordania, sus padres no entenderían la magnitud del caso. Su padre, un hombre de negocios que viajaba constantemente a Arabia Saudita por razones profesionales, era un adicto al trabajo y un fumador empedernido que se sentiría complacido ante la perspectiva del viaje de Samir, pero que no entendería la importancia de aquella invitación para la carrera académica de su hijo.
Al igual que muchos árabes adinerados, Samir había sido enviado a una universidad norteamericana a obtener un título en administración de empresas, para regresar luego al mundo árabe y ocuparse de los negocios de su padre. Ese diploma era también esencial para su madre, que podría presumir de la educación norteamericana de su hijo, decorar una pared con su foto en un marco dorado, ascender de estatus en la comunidad, ir a recibirlo al aeropuerto con la familia y, finalmente, encontrar una novia adecuada para ese genio de chico.
Por tales razones, Samir escandalizó a la familia cuando decidió cambiar su especialidad de negocios a filosofía, y escribir una tesis sobre fotografía en la que trabajaría de tres a cinco años. ¿Qué importancia podía tener la filosofía, y mucho menos la fotografía, en el mundo de los negocios? El padre de Samir se alarmó, porque pensaba que todos los fotógrafos eran armenios, o que se trataba de sujetos apenas un escalón por encima de los camareros de una boda. Filosofar sobre un medio definido por artefactos tecnológicos baratos, y pasar tres años de la vida escribiendo sobre una máquina que produce imágenes al ser presionada con un dedo, ¿por qué tendría Samir que dedicarse a algo así? Le ordenó acudir a Jordania, y Samir se negó; así que riñó con él por teléfono, lo amenazó con dejar de ayudarlo y, encolerizado, colgó el teléfono con furia. Aun así, Samir se negó también a involucrarse en una conversación con su padre, e incluso le hizo saber, a través de su hermana, que no sólo aceptaba ser repudiado, sino que se alegraba de no tener que volver a Jordania nunca más.
Su padre, para compensar la ira que el mensaje le provocara, cargada de aliento de Marlboro mezclado con su copita clandestina de Johnny Walker de cada noche, y sazonada con gritos, cubitos de hielo y palabras amenazadoras, le pidió a su hija que llamara a su hermano y le preguntara si necesitaba una buena cámara digital. Podía enviarle una, ya que en Arabia Saudita se trataba de objetos baratos y disponibles en todos los centros comerciales. Samir le respondió, a través de su hermana, que prácticamente nunca tomaba fotografías, y que cuando lo hacía, usaba una vieja y voluminosa cámara alemana que producía negativos de 6 x 6. En general escribo sobre fotografía, le explicó.
¿Y qué puede escribirse?, le preguntó la hermana: ¡cualquiera puede tomar una foto!
Julie Golden Wikson, curadora y organizadora de la conferencia de Tokio, le pidió específicamente que presentara el artículo que había publicado en una revista de arte llamada Bidan, un ensayo sobre el fotógrafo japonés Daido Moriyama y su homólogo checo, Joseph Koudelka. El artículo de los “dos perros”, aclaró Julie. Nos interesa la comparación que haces entre las imágenes de perros que tomaron ambos fotógrafos.
Samir había escrito que la fotografía de un perro realizada por Daido y la famosa imagen de Koudelka de otro perro, tomadas en diferentes lugares, poseían el mismo sentido mítico. Ambas resultaban amenazadoras, explicaba. Ambas habían sido tomadas desde un ángulo elevado similar, lo cual demostraba que el fotógrafo era un homo sapiens erecto, un ser superior. Y ambas, a los ojos de Samir, contenían referencias religiosas e iconográficas. El diablo hace acto de presencia, había escrito. En la fotografía de Koudelka, las orejas puntiagudas del perro hacen que parezca un murciélago mitológico. En la de Daido, los dientes visibles y el marcado contraste de la impresión en blanco y negro —una característica del estilo de Daido y de muchos fotógrafos japoneses de su escuela y su época—, hacen que el perro parezca un inquietante ser humano sonriente mientras mira hacia atrás.
El artículo —quizás de manera demasiado predecible, se temía Samir— también establecía una comparación y un paralelo entre el Este y el Oeste al abordar las connotaciones religiosas de ambas imágenes. La preponderancia de la sombra —o, como había escrito, “el elogio de la sombra”— en el trabajo de Daido, le daba a la foto una enigmática connotación espiritual. La intención de Daido, pensaba Samir, era hacer que el mundo fuera misterioso e ininteligible y, al mismo tiempo, restringir el conocimiento de este a unos pocos observadores —a quienes se refería como “creyentes”—, que transitaran ciega y obedientemente el camino que media de la oscuridad a la ilustración. En el caso de Koudelka, Samir proyectó en la imagen del perro una forma mitológica con fuerte simbolismo religioso, una forma capaz de trascender la abolición de la religión en la era comunista, que Koudelka había experimentado y plasmado durante el alzamiento checo de 1968. “Hacer visible al diablo es también reconocer la existencia de Dios”, afirmó en su ensayo.
Pero lo que realmente resultó asombroso y original para sus lectores —al menos, así lo esperaba— era el tercer elemento al que Samir se había referido en su estudio, relacionado con su propia narrativa personal y cultural: su miedo a los perros, así como el desprecio por ellos presente en las culturas árabes e islámicas. Y había introducido este elemento de su origen étnico en un momento en que la academia occidental buscaba desesperadamente cualquier cosa árabe, y desde luego islámica, para incorporarla a su programa de estudios.
En opinión de Samir, durante muchos años los intelectuales occidentales habían desautorizado la gran civilización árabe e islámica por temor a ser retratados como simpatizantes de la causa palestina o, peor aún, por temor a ser fatalmente acusados de antisemitismo. Cuando las torres gemelas colapsaron en Nueva York, Samir esperaba que la ira y el desconcierto iniciales de Occidente darían paso a una nueva curiosidad con respecto a la cultura árabe islámica. Alguna reflexión sobrevendrá en la siguiente fase, se dijo. El elemento cristiano del perdón y de la curación, cosmético o no, persiste aún en la cultura occidental.
Así, estructuró su ensayo en torno a una especie de trinidad cultural, geográfica e histórica, con imágenes de perros, demonios y criaturas expulsadas como puntos focales. Su artículo encontró una recepción favorable tanto en la izquierda como en la derecha. Cada polo encontró algo digno de subscribir. Para los de la derecha, confirmaba la frialdad de una cultura que no podía tolerar siquiera a los tiernos cachorritos, esos mejores amigos del hombre (después de Dios, por supuesto). Para los de la izquierda, la referencia de Samir a un sujeto colonial oscuro, desatendido e históricamente oprimido, constituyó un acto de resistencia que ponía al descubierto el abandono al que la academia había sometido a una parte importante del mundo.
Se escuchó decir al decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Samir: “Es esencial, en este momento de colisión entre dos mundos, darle un lugar a esta cultura en el discurso artístico”.
La noche antes de partir hacia el aeropuerto, Samir se acomodó en su butaca favorita y pidió una Coca-Cola y una pizza grande de pepperoni, sin importarle un carajo si se trataba de carne de cerdo o de perro. Mientras esperaba por la pizza, fantaseó con follar a su prima en Jordania, y también a algunas de sus lindas amiguitas. Se trataba siempre de la misma fantasía: comenzaba en un bar de hotel, de copas con su prima y las amigas, que solían llevarlo como chaperón para asegurarles a sus padres que permanecerían vírgenes hasta que apareciera un pretendiente musulmán, algún rico Romeo. Luego, las amiguitas querrían ir a la casa de una de ellas, cuyos padres estarían de viaje. Una vez allí, la prima comenzaría a beber y le pediría que bailara con ella, y en un santiamén, Samir las desvestiría a todas y las dejaría desnudas, luciendo sólo las rutilantes gargantillas y los pendientes dorados de veinticuatro quilates, que colgarían justo debajo de sus narices mientras aullaban como animales atados con collares y cadenas.
Después de eyacular, se lavó las manos, encendió la televisión y continuó esperando la llegada de la pizza. Era capaz, simultáneamente, de leer a Kant, comer pizza, ver lucha libre en la televisión y pensar en cómo vincular todo ello. Al final, el problema kantiano de la trascendencia y la percepción se diluyó en una descarga de saliva al escuchar el timbre del repartidor de pizzas.
En el avión se quejó de no poder ver bien la pantalla del televisor. Rezongó discretamente, consciente de que en estos tiempos la situación de un hombre del Medio Oriente en un avión es precaria. Con una sonrisa convenció a la azafata de que necesitaba cambiar de asiento porque el ángulo de su asiento le impedía ver la película hollywoodense que por mucho tiempo había deseado ver.
La azafata fue muy agradable y lo trasladó a primera clase, preguntándole con coquetería si necesitaba una mantita para arroparse. Samir sonrió, pero no mordió el anzuelo. Vio la película y, cuando las luces se apagaron, se imaginó a su prima Souad en el asiento adyacente al suyo -sus uñas de los pies pintadas de rojo brillante y sus gruesos tobillos- fingiendo dormir y esperando que el dedo de Samir subiera por sus voluptuosos muslos cebados con humus.
Lo esperaban en el aeropuerto dos organizadoras japonesas que lo reconocieron de inmediato. Sonrieron, pero sin hacer reverencias, y una de ellas incluso intentó un apretón de manos que aterrizó en el dorso de la mano de Samir, cuyo puño continuaba aferrado al asa de su valija.
En el autobús, Samir y sus anfitrionas conversaron mientras los pasajeros subían y bajaban. Notó que algunos alemanes u holandeses gigantes que calzaban sandalias, así como unos pocos japoneses, miraban por las ventanillas con familiaridad de nativos. Samir preguntó por Daido, si asistiría a la conferencia, y si algún otro fotógrafo japonés reconocido, de la época y la escuela de Daido, estaría allí. ¿Quién seguía vivo y quién no? ¿Todavía tomaban fotos, exhibían en el extranjero? Samir sabía que la escritura japonesa sobre fotografía estaba llena de anécdotas personales, por lo que asumió que era admisible preguntar sobre la vida privada de los fotógrafos.
Makiso, una de las anfitrionas, conocía mejor el tema que la otra, y, obviamente, semejaba más juventud de la que tenía, porque, a juzgar por sus comentarios, debía ser contemporánea de Daido, Yutaka Takanashi, e incluso de Ken Domon, a quien Samir suponía ya fallecido. Mas, evidentemente, Domon estaba vivo, aunque su filosofía militante sobre la “absoluta instantánea sin escenificación” estaba, pensó Samir, pasada de moda en esta era de deconstrucción y posmodernismo.
Miró por la ventana, preguntándose si su prima Souad entendería alguna vez algo de todo aquello. La vida de Souad no había sido explorada, permanecía ajena a la historia, la geografía y la cultura: una pequeña existencia llena de cafés matutinos y chismes mezquinos, evaluando novias y vírgenes a la espera de futuros maridos proveedores de esperma y de autos de lujo que estacionarían tras portones de metal, conducidos por choferes que follaban a las criadas y perseguían motas de polvo con enormes plumeros, balanceándose rítmicamente como lacayos de Cleopatra sobre los automóviles de la familia, hasta dejar el metal luminoso y resplandeciente.
Ese era el misterio de la vida de Samir: ¿por qué lo perseguían aquellos pensamientos incestuosos? ¿Por qué estaba obsesionado con Souad, la prima emperifollada de cabeza hueca y sangre de realeza beduina, que pasaba sus días en el vacío de una zona delimitada por Al-Jazeera y CNN? Tal vez porque había sido una de las pocas mujeres presentes durante el despertar sexual de Samir, que nunca había superado sus primeras fantasías masturbatorias. O tal vez porque preservaba inconscientemente una antigua tradición de matrimonios intrafamiliares. O quizás el origen estaba en sus lecturas de Abou-Nuwas, el poeta árabe-persa que celebraba en sus escritos el vino y la libertad sexual masculina, probablemente el primero en haber hablado de la masturbación (Samir recordó la mala fama de sus versos atrevidos, que describían abiertamente cosas prohibidas por la religión). O la influencia, en su mente joven y maleable, de Imru al-Qays, aquel poeta preislámico que, en uno de sus largos y traviesos poemas, insinuó haberse follado a su prima sobre el lomo de un camello.
Samir les echó una ojeada a sus anfitrionas. ¡Las mujeres japonesas lucían tan frágiles y pequeñas! Era la redondez de Souad, su deliciosa exuberancia, su brillo casi repulsivo, lo que realmente lo calentaba. Quizás por ello había buscado refugio en la estética de los fotógrafos japoneses, en cuya obra todo aquel descaro, todo el exceso de maquillaje, color y carne, estaba ausente.
Samir fue conducido a una pequeña residencia en Shinjuku. “Pequeña, pero buena”, dijo Makiso, y se echó a reír.
“No es de tamaño americano”, dijo Samir.
“No. Pequeña, pero buena”, repitió Makiso, sonriendo.
Samir colocó su valija sobre una cama que ocupaba casi todo el espacio de la habitación. Había una pequeña cocina, un baño diminuto y un balcón que daba a un solar en construcción. Las japonesas se retiraron con una reverencia. “Mañana”, dijo Makiso, mientras la otra sonreía y emprendía la retirada.
Un televisor colgaba en la pared frente a la cama. Samir buscó primero algún canal porno o de lucha libre, pero sólo encontró noticias y programas de participación con hombres y mujeres jóvenes que gritaban todo el tiempo y reían nerviosamente. Poco después sintió hambre y bajó a la calle. Había máquinas expendedoras por todas partes: café, condones, cerveza, comida; todo podía adquirirse en una máquina. Sin un mapa ni una sola palabra de japonés, se adentró en la ciudad. Caminaba en línea recta y, cuanto más avanzaba, más concurridas estaban las calles. Decidió volver a su habitación, por temor a perderse en la multitud. De regreso, divisó un puesto de verduras al cruzar la calle del hotel. Compró naranjas y subió a su cuarto. Registró todos los cajones de la cocina, pero no pudo encontrar un cuchillo. Perforó una naranja con el pulgar, abrió la puerta del balcón y permaneció allí, desmenuzando cáscaras y colocándolas en el muro. Terminó de comerse las naranjas y decidió darse una ducha.
Después del baño le sobrevino el cansancio y se quedó dormido. Se despertó en medio de la noche, aturdido por la sed y el desfase horario. Tomó un vaso de agua y el control remoto. Pasó los canales, sin encontrar todavía ni el menor asomo de porno. Tuvo que conformarse con un canal que mostraba una frase en inglés en la parte superior izquierda de la pantalla: “Tiempo de curación”, cuya música relajante y suave se superponía a imágenes de conejitos saltando y comiendo hierba, alces paseando despreocupadamente, aves planeando en el aire, y ríos deslizándose por tranquilos acantilados. Recordó a Al-Jahiz, el famoso intelectual de África oriental, un árabe que vivió en Bagdad durante la dinastía Abassid, y su libro Kitab al-Hayawan (El libro de los animales), una obra en prosa de varios volúmenes, llena de proverbios y descripciones poéticas que registran cientos de variedades de animales. Al-Jahiz había desarrollado una teoría sobre la influencia del medio ambiente en los animales y los seres humanos. En ciertos círculos académicos, El libro de los animales, escrito varios siglos antes de Darwin, era considerado un precursor de la teoría de la evolución.
Samir miró el canal hasta el amanecer, con una serenidad sorprendente que conseguía detenerlo todo a su alrededor. Esa noche, Souad no apareció en sus fantasías. Ni siquiera los cascos de los muchos herbívoros que aparecían repentina y silenciosamente en la pantalla le recordaron los dedos de sus pies. Pasaron las horas y Samir yacía en la cama sin pronunciar palabra, ni emitir sonido. Sólo miraba. Miraba animales inofensivos aparecer y desaparecer contra el verdor de un mundo en transición.
Al día siguiente, Samir leyó su conferencia. Cuando terminó, algunos académicos japoneses expresaron reservas. La sección de preguntas fue cortés, pero con reparos. Algunos recelaban ante la idea de introducir una tercera entidad: la adición de la cultura árabe en la ecuación de Samir fue recibida con escepticismo. La objeción expresada por uno de los académicos fue que el hecho de poner demasiado énfasis en el contexto implicaba que la fotografía como tal no tenía identidad propia. Y presentar el trabajo de Daido como un producto de su cultura y sus tradiciones religiosas era negar su independencia como creador, su esfuerzo por romper con todas las ideologías y tradiciones fotográficas previas.
Pero, replicó Samir, esto era precisamente lo que el budismo pretendía ser: la iluminación trascendental e individual que buscaba romper con todo lo aprendido y adquirido previamente.
Reparó en algunas cabezas japonesas que asentían, y también en un hombre con una Leica que lo fotografiaba sin hacer el menor ruido.
Al concluir, regresó a su habitación, se acostó y comenzó a pensar en los suyos. Poco después, extrajo una fotografía de su billetera, una foto de grupo con toda la familia. Souad estaba de pie junto a él, y apoyaba la mano sobre la muñeca de Samir.
La foto lo encolerizó. La hipocresía que mostraba lo llenó de ira. Había sido tomada justo antes de la boda de un primo y todos parecían felices. Pero lo que sucedió poco después de haberla tomado fue horrible: estalló una pelea, y Samir recordó que la boda había sido cancelada. Lentamente comenzó a rasgar la imagen: primero por la mitad, y luego el extremo donde aparecía su padre con él y con Souad justo en el medio; luego, el extremo de su madre. Poco a poco, todos terminaron por perder la cabeza, o un brazo, o una pierna.
Arrojó los fragmentos a la basura. No servía de nada guardar una fotografía si estaba asociada a un mal recuerdo.
Pasaron algunos días. Samir visitó el mercado de mariscos, algunos templos y un santuario. La ceremonia del té a la que asistió resultó ser muy comercial, escenificada para ingenuos turistas occidentales que se sentían obligados a respetar cada taza y cada rito foráneo que les ponían en las manos. Tomó fotos. Fue todo lo que hizo. Trató de entrar en contacto con Daido, pero sólo recibió frases corteses y sutiles rechazos en respuesta a sus averiguaciones. Asistió a una fiesta muy amena en la casa de un profesor japonés, donde lo atendieron muy bien, con generosas sonrisas y carcajadas amables y cautas. No podía recordar el nombre de nadie y le avergonzaba echar mano de las tarjetas de presentación que antes le ofrecieran para leer los nombres y dirigirse a las personas como correspondía. Bien podría haber sido ese el propósito de las tarjetas, pero Samir sintió que recordar –como había dicho Daido al referirse a la fotografía– debía ser una conmemoración, no una grabación.
Una artista japonesa, que le había sonreído toda la noche hasta que él se le acercara con el trago en la mano, lo condujo de vuelta al hotel. En el auto, ella le comentó que su análisis de la fotografía y el Islam, una religión que prohíbe la representación, podía ser tan ofensivo como su intento de conectar el significado de la fotografía japonesa con la antigua religión de Japón. “Si lo que propones es cierto, entonces todo significado puede tener su origen en la historia y, por lo tanto, asumes que nuestros intentos de superar lo histórico y lo social han fracasado, y que todo permanece estancado. Tal vez sea así en el mundo árabe”, agregó, “pero no en el Japón”.
Samir intentó sin éxito recordar el nombre de la mujer. Se metió la mano en el bolsillo y sacó un montón de tarjetas de visita, pero terminó besándola, repentinamente, en la mejilla. Luego abrió la puerta del coche y se tambaleó, borracho, de vuelta a su pequeña habitación.
Al día siguiente, el viento soplaba en las calles de Shinjuku. Samir avanzó a través de una avalancha de pies y rostros solemnes. Caminó debajo de grandes edificios y entre los embotellamientos del tráfico y pasó por debajo de varios puentes peatonales. Fotografió vendavales y callejones. Comió y caminó sosteniendo la cámara a la altura de su cintura. Tomó fotos todo el día. Finalmente, entró en una tienda de cómics con cibercafé para consultar su correo electrónico. Su hermana le había escrito: Urgente. Padre … Llama a la casa de Arabia Saudita inmediatamente.
Samir llamó a la casa de sus padres y escuchó gemidos de fondo.
Su hermana sollozaba en el teléfono. Al principio, todo lo que podía decir era: Padre, Padre. Luego dijo, confusamente: Papá quería regresar a casa. Quería volver a su aldea en Palestina.
Luego, dos de sus primas hablaron con Samir por teléfono. Souad sonaba devastada. El entierro tendría lugar ese mismo día.
En el ritual islámico, los muertos son envueltos en un simple pedazo de tela y enterrados el mismo día de su fallecimiento con la cabeza apuntando hacia el este. Los cadáveres no se conservan en frigoríficos ni en altares, exhibidos dentro de ataúdes de madera para que dolientes y espectadores puedan verlos por última vez. Samir pensó: “No esperarán”. Los antiguos árabes nunca habían esperado. Se movían a través de las dunas y bajo el calor del sol, dejando atrás todo aquello que no podía cargarse en la espalda de sus animales.

* * *

Durante días, Samir vagó con su cámara, tomando fotografías de Japón. Viajó sin rumbo fijo y atravesó calles y pueblos, fotografiando árboles, flores y animales.
El último día, recordó algo que su padre le había contado una vez. Cuando la familia abandonó su aldea en Palestina, lo último que su padre vio fue el camino que conducía a su casa y unos perros callejeros. “Nos fuimos”, dijo, “pero los perros se quedaron”. Entonces su padre había mirado hacia atrás y se había reído.