Reseña de Ruth Padel: Barca a Lesbos y otros poemas de Nouri Al- Jarrah

Barca a Lesbos y otros poemas,                              Banipal Books, Londres 2018
ISBN 7890995636941), traducción de Camilo Gómez-Rivas y Allison Blecker, con ilustraciones de Reem Yassouf

 

El afligido grito del superviviente

La isla de Lesbos, también llamada Mitilene, se halla en el confín de Europa. En un difuso horizonte, Turquía se dibuja a unos cinco kilómetros. Sita en las proximidades de la antigua Troya, Aquiles saqueó sus ciudades y nueve de entre las más hermosas de sus mujeres le fueron dadas en ofrenda para poner fin a sus disputas con Agamenón. Hasta 2015, sin embargo, la isla era famosa por tres cosas: su bosque petrificado, el mejor ouzo de Grecia y la poesía. Según se dice, la cabeza de Orfeo fue arrastrada por el mar hasta sus costas y, en el s. VII a. C., dos genios, Alceo y su joven coetánea Safo, inauguraron la tradición de la lírica occidental. Ambos per-tenecían a la aristocracia gobernante y los dos hubieron de partir al exilio; Safo, se supone, a Sicilia.
Desde septiembre de 2015 Lesbos se ha hecho famosa por su condición de primera y trágica línea de frente para los refugiados. Más de un millón de sirios recalaron allí a bordo de pequeñas embarcaciones hinchables, huyendo de la guerra. Sus periplos, sus muertes, los contrabandistas de seres humanos que los explotaban, los salvavidas naranjas (vendidos a precios desorbitados en Turquía pero casi siempre ineficaces en el mar), desparramados por las playas, todo ello se convirtió en un titular de alcance mundial.
Un poeta sirio ha forjado sus propios e inolvidables versos a partir de aquellos desembarcos y el caudal de mitos, historia, poesía y, hoy día, tragedia que circundan la isla. Los delicados y desgarradores poemas de A Boat to Lesbos and Other Poems (en adelante, Barca a Lesbos y otros poemas) encuentran en el exilio de Safo un nexo común entre la más célebre de sus poetisas y los sirios que huyen de la guerra. ‘Luchas por sobrevivir en las barcas –dice la voz de Safo- y el mar te devora antes de llegar a Lesbos; mientras, yo muero en Sicilia, huyendo de casa’. A partir de los poemas amorosos que Safo hiciera célebres, resuenan los ecos de una conminación onírica:
Safo, en tanto estimas la lozanía, aquí están tus jóvenes / amantes de Siria. / A ti vienen en silencio, / llenos de luz. / Su belleza es un rayo hospedado en una ventana. / Prepárales la mesa / y revélales que esta será su última cena.

Nouri Al Jarrah

Nouri al-Jarrah es una voz árabe destacada en Europa. Nacido en Damasco en 1956, ha vivido en Londres desde que tenía 30 años. Estos poemas, publicados en árabe por la editorial al-Mutawassit de Milán en 2016, se articulan en muchas voces, pero por encima de todas ellas destaca la del grito dolorido del superviviente. En Una barca en el puerto, por ejemplo, fechado en Lesbos a 2 de agosto de 2016, leemos:
Ese soy yo, allí, / como un fantasma, un espectro, una visión, / la huella del grito de alguien que se ahoga. / Mi reflejo en el espejo del baño / del hotel, en el puerto, / es solo el rostro de alguien que se echó al mar / y nunca regresó.

A veces escuchamos la voz de una tablilla, un viajero o un escritor griegos, pero todos los poemas tienden a un grito final de culpa y pérdida: el poeta no pudo estar allí para compartir el dolor de su ciudad.

No estaba en Damasco cuando estalló el terremoto; / no estaba, no, ni en valles ni en colinas / cuando la tierra tembló/ y se partieron en mil imágenes, la tierra y el aire.

la portada original obra editada en arabe

Estos poemas entretejen exilio, muerte y mar con múltiples hebras de viajes mitológicos, no solo griegos sino también de las Hijas de Na`sh que, además de significar ataúd, refiere a al-Dubb al-Akbar, la Osa Mayor, con sus siete estrellas principales, que los árabes veían en forma de caravana.
En el mito Na`sh muere as-esinado por Suhail (la estrella Canopus), que huye al hemi-sferio meridional. Sus hijas juran no enterrarlo y cargar con el ataúd (na`sh) hasta vengar su muerte, cosa que no consiguen. Por lo tanto, ahí están las siete estrellas, esto es, las hijas, cargando a hombros, hasta el fin de los tiempos, el cadáver de su padre. Una perturbadora metáfora de aquellos supervivientes de 2015:
¡Sirios dolientes, sirios hermosos, hermanos sirios / fugitivos de la muerte! / No llegaréis hasta aquí en barcas, / pero naceréis en la costa, de entre la espuma!
El libro palpita asimismo su nostalgia por Damasco:
Me sentaré contigo en el jardín y tú te sentarás conmigo en mi sueño […] / Te escribiré, Damasco, prisionera tras el sol…

Damasco está aquí mucho más presente que las colinas de Lesbos. Otro poema reza:
De pie, en el patio de la Mezquita Omeya, / azotándome con cadenas. O este: Pero aquí, en este pequeño puerto de Lesbos, / sin rumbo, a merced del olor del mar, / con el pelo desmadejado sobre la cara, / con las manos agujereadas de luz / preguntando a turistas y refugiados / por el paradero de mi rostro, que huyó, / dónde mis ojos, arrancados a hierro y fuego.

En septiembre de 2016 volví a visitar Lesbos. Debí de llegar por la época en que al-Jarrah acababa de irse, pues sus poemas postreros están datados en agosto de 2016. Grecia estaba sumida en una profunda recesión y muchos isleños no tenían siquiera para un café; sin embargo, los restaurantes rebosaban de cooperantes extranjeros que podían permitirse viandas inaccesibles para los habitantes de Lesbos. Por todas partes vi motivos para un posible estallido de resentimiento hacia los refugiados. Y, aun así, los cafés dejaban recargar los móviles gratis y los grafiti decían Refugees welcome. Esto se debía no solo a la proverbial hospitalidad griega sino también a la catástrofe de Esmirna de 1922, cuando la mayor parte de la comunidad griega tuvo que refugiarse en Lesbos de la masacre que se había desatado en la actual Izmir. Aquellos refugiados son los abuelos de los habitantes actuales. Hablé con el editor de un periódico que había salido al mar para rescatar las barcas de goma y sacar a los niños sirios de las olas. Me dijo que las historias que estos le contaban eran exactamente las mismas que le había narrado su abuela de cuando hubo de salir huyendo de Esmirna siendo una niña.
Nouri al-Jarrah superpone la destrucción de Esmirna a la caída de Troya:
Gracias, a vosotros, a este mar; / gracias a la triste Esmirna, / gracias a esa ola virgen / que me transportó de entre las manos de mi madre / para devolverme a la tierra; / para que la tierra, toda la tierra, sea, desde hoy, / mi tumba. […] Gracias a todos vosotros, / gracias a los dioses que murieron sobre los muros, / gracias a Troya, que ardió, / a los navíos de los griegos, / que no me vieron.

El Lesbos de al-Jarrah es un paraje a cuya orilla la muerte y los despojos de las barcas son arrastrados cual cabeza de Orfeo:
¡No estaba en Damasco! / Y ahora, / desde el confín de la tierra, / escucho el llanto de la acequia en los huertos / y el viento que le describe a la montaña lo que pasó.

Barca a Lesbos, el periplo a un lugar donde la pérdida es eterna.