Un mismo cielo, relato de Liana Badr

Traducción de María Luz Comendador

 

Liana Badr

Allí estaba, a un lado de la carretera, posado sobre un montón de grava entre el asfalto y la ladera rocosa del monte. Inmóvil, tieso como una figura de cera que clavara en mí su ojo negro y brillante.
Me llamó la atención cómo estaba situado, como un caballo en un tablero de ajedrez. Me agaché a recoger aquella especie de montoncito de arena carbonizada y entonces quedó al descubierto su otro ojo, tapado casi por el párpado hinchado. Entre ambos, una cicatriz rojiza seña-laba un golpe que, más abajo, le había arrancado las plumas.
La herida hacía pensar que algún ave de presa le había picado entre los ojos sin llegar a matarlo. Uno del grupo aventuró que, quizás, el muy imprudente se hubiera chocado con un coche que pasaba, sin ser capaz de esquivarlo porque los pájaros no se dan cuenta del daño que pueden llegar a hacer los vehículos en marcha. Otro comentó que tenía que haber sido una rapaz, a juzgar por lo que le había hecho.
No lo dudé un momento. Lo recogí y lo arropé con el chal de seda blanco, en el que se veía aún el dibujo azul de una de esas hebillas doradas con que se abrochan los mantones tradicionales sefseris tunecinos. Menos mal que, con aquel tiempo inestable de primavera, se me había ocu-rrido llevar algo que ponerme al cuello, así pude usarlo para recoger del suelo al pájaro herido sin asustarlo.
Con él agarrado, seguí caminando por la hierba ladera arriba, con el cielo azul abierto sobre nosotros. Me lo coloqué cerca del corazón para que los latidos dieran calor a su cuerpecito exhausto. Pensé que la fragilidad del animal ante aquella embestida contrastaba con la fuerza con que sus alas desafiaban la ley de la gravedad. ¡Cuánto más fuerte que nosotros era, siendo infinitamente más frágil!
Seguimos avanzando por la ladera. Sobre nosotros asomaba un cielo de primavera recién estrenada como no habíamos visto en todos los crudos días del invierno.
Avanzábamos con paso rápido, dejando atrás el levantamiento temporal del toque de queda, después de un mes y medio de confinamiento, con la ciudad invadida de tanques y vehículos armados. Las plantas de los pies agradecían el suelo firme a pesar de la grava esparcida. Nues- tro gesto se liberaba al fin de la crispación de haber tenido que escuchar la palabrería de las tertulias políticas en los canales satélite, que discutían nuestra situación en un tono nada distinto a los de un programa de entretenimiento.

Sacudimos de nuestros sentidos la estridencia de los altavoces de los jeeps israelíes, que brotaban a nuestro alrededor como virus peligrosos, repitiendo órdenes. Caminábamos con resolución, escapando, aunque fuera un rato, del olor ponzoñoso de las bombas y de toda la basura que se había quedado sin recoger durante el estado de sitio. Intentando escapar, un instante al menos, de nuestras casas, que se habían convertido en nuestras cárceles. Poníamos todo nuestro empeño en aquellos pasos que nos conducían al aire libre para olvidar así las consignas que nos repetían por todas partes, sin cesar, día y noche. Nos empeñábamos, a pesar de todo, en que no se nos borraran del alma nuestros sueños primeros de una vida distinta.
Era como si aquella excursión nuestra no fuera más que un agujero en la malla de instrucciones dictadas y órdenes impuestas en la que estábamos encerrados.
Tal vez lo hicieran solo…, solo para que atisbáramos entre los sólidos barrotes de nuestra prisión, entre una prohibición y otra, otro pedazo azul del cielo de Palestina.
Un cielo que ampara tierras de montaña cercadas por viejas tapias de piedra que han evitado que el terreno se desmorone y venga abajo desde la época de los romanos y los fenicios. Una vasta extensión cuyas colinas salpican las “torretas” de piedra, castillos en miniatura cuyos rústicos bloques sirvieron para levantar los silos donde se guardaba el grano y las cabañas en que dormían los campesinos, en un tiempo que las generaciones siguientes ya han olvidado.
Bajo el constante deambular de las nubes sobre la sucesión infinita de cumbres, emergen de vez en cuando los destacamentos israelíes, con sus alambradas, dispuestos para cumplir la tarea de convertir nuestras tierras de labor en asentamientos de colonos.
Si se mira desde poniente, esos puestos de control militar de la ocupación, con sus focos y su alambre de espinos, parecen integrarse en una naturaleza cambiante, contagiarse del esplendor de los bancales, que escalonan un olivar sin fin y convergen en un horizonte de cumbres que, a lo lejos, se estira hacia el mar. Allí, sobre el destello fulgurante de las aguas, otro cielo acaricia la luz irisada y cobriza del atardecer.
Un mar del que apenas podíamos intuir el brillo lejano de sus sombras, porque quedaba escondido por la parte de la playa, adonde teníamos prohibido llegar. Y aun así, no podíamos dejar de mirarlo y la querencia de nuestros pasos nos conducía hacia él con nostalgia, con el pretexto de ir a coger las flores silvestres que nacían en esa época del año. Las anémonas carmesíes, los ciclámenes morados y la amarilla retama. Buscábamos los lirios pequeños, con sus formas variadas y su arrebol ondulado, y su lozanía atraía nuestras miradas, que tenían la tensión de los pétalos cerrados. Mirarlos era como volver a dibujar la libertad de habernos sacudido los estrechos confines que nos habían impuesto.
Acabamos el paseo trayéndonos al pajarillo del ojo hinchado envuelto en el chal y arrimado a mi pecho. Ya en casa, le puse de nombre Petirrojo, porque nuestro vecino, que entiende de pájaros, dijo que eso era. Y cuando le expresé mis dudas, porque no se le distinguía bien la pechera de plumas rojizas, me dijo: “Es que es pollo. Todavía no le han salido”.
En casa lo coloqué debajo de un cedazo metálico y le puse un poco de agua y alpiste. El primer día lo pasó quieto, ni se movió. Estaba tieso, como si lo hubieran pegado a su sitio. No se le distinguía bien a través de la trama del cedazo porque tenía un color oscuro que se confundía con el del metal. Seguía inmóvil, ni se meneaba. Me acordé del día en que un canario de casa se quedó así después de caerse su jaula del alféizar de la ventana, estando yo fuera. Se pasó dos días sin comer ni beber, pasmado del susto. Por eso sabía yo que a Petirrojo se le iba a pasar en dos días. Se me ocurrió entonces que los pájaros, por pequeños que sean, se expresan, que podemos entender lo que sienten por su aspecto, y que cuando se mueven, es señal de que están contentos.
Le puse agua y alpiste y esa noche me tranqui-lizó saber que estaba en un sitio seguro. Al día siguiente tampoco se movió, pero vi que faltaba un poco del alpiste que le había puesto en el comedero.
Tuve que esperar tres días más escuchando el ir y venir de los altavoces de los jeeps israelíes, hasta que se anunció el levantamiento del estado de sitio. Y durante todo ese tiempo Petirrojo no se movió ni hizo ruido alguno. Nada indicaba que estuviera mejor, salvo el ojo cerrado, que empezó a abrirse poco a poco, aunque seguía siendo más pequeño que el ojo bueno.
Pedí consejo a nuestro vecino, el que cría pájaros, sobre si debía quedarme con él o soltarlo. Me dijo que los petirrojos son silvestres, que no aguantan la cautividad de estar encerrados en una jaula dentro de una casa, y que sin duda lo mejor era soltarlo al campo lo antes posible para que no se pusiera triste y dejara de comer y beber.
Esa noche, como todas, di vueltas y más vueltas en la cama, cambiando de postura por el miedo a los enfrentamientos y las explosiones. Lidié sin éxito contra ese insomnio que amarga el día siguiente como una pena de prisión. Por mucho que se cerraran las ventanas, el resonar de los altavoces atravesaba las paredes y traía hasta nosotros la voz del oficial israelí que, en su árabe torpe y lleno de errores gramaticales, nos conminaba a quedarnos en casa ese día o nos informaba de cuándo debíamos volver, en el caso de que se hubiera levantado la orden de confinamiento durante unas horas.
Fue una mañana desagradable, cuya inquietud sólo alivió la amable idea de devolver a Petirrojo al sitio del que había venido, al lugar al que fuimos aquel día luminoso.
No daba apenas tiempo, porque el toque de queda se activaría enseguida y tenía que devolverlo a su sitio, hacer una larga cola en la panadería, y luego ir a ver si encontraba algo de verdura en las tiendas.
Mi amiga y yo fuimos en coche a la parte oeste de la ciudad. Yo sostenía el plato en el que estaba posado Petirrojo cubierto con el cedazo.
El lugar no parecía tan bonito como cuando lo vimos la vez anterior. A los lados había una urbanización que lo convertía en una especie de hoyo en el que pisos recién construidos iban brotando sin orden ni concierto. Delante habían ido dejando chatarra, montones de tierra y materiales de construcción.
Buscamos un árbol que estuviera cerca de donde lo recogimos y solo encontramos un pequeño pino que había quedado allí como por casualidad, un poco separado de donde habían excavado para construir. Caminamos entre piedras, espinas y casas con zarzas, que se nos quedaban enganchadas en la ropa, hasta que llegamos a aquel árbol que crecía en lo alto de la colina.
El árbol no parecía un refugio fiable, pero no había otra alternativa aparte de las zarzas que se enroscaban en las rocas de abajo. Seguro que Petirrojo conseguía apañárselas, porque unos días en una casa no habrían bastado para acabar con su instinto natural.
Me acerqué al árbol y lo coloqué en una de las ramas cortas. Con el susto, se caía al suelo, porque no se agarraba a la rama. Lo perseguí para recogerlo y devolverlo al árbol. Era como si algo fallara en su relación con aquel lugar, porque no paraba de caerse. Quizás seguía estando mareado y por eso perdía el equilibrio. Aun así, no había alternativa. Así que corrí tras él cuando salió aleteando y volvió a caer junto a una piedra lisa. Volví a cogerlo y a colocarlo en la rama del árbol. Esta vez se recompuso un poco, pero enseguida perdió el equilibrio y se cayó. No había vuelta atrás. El tiempo apre-miaba, y mi amiga y yo teníamos que volver antes de que el retraso se convirtiera en un peligro. Su equilibrio mejoraba ligeramente y en cada intento hacía lo posible por volar.
Yo no podía llevármelo de vuelta. Él tenía que encontrar su camino y volar antes de que algún gato de la urbanización de al lado acabara con él. Al séptimo intento, consiguió elevarse unos me-tros hacia arriba antes de caer. Y también al octavo. Cuando llevábamos más de diez, echó a volar.
Voló.
No lo necesario, pero sí lo justo como para irse de allí hacia otro sitio.
Voló, sí. Y se perdió de vista.
No volvimos a verlo.

No mucho tiempo después, en aquella misma primavera, volvimos a pasear por allí y entonces me fijé en algo que había visto siempre, pero que quedaba al margen de mi campo de visión. Un ave rapaz daba vueltas en lo alto como un helicóptero. Se cernía sobre nosotros en busca de una presa, algo que podría ser un pajarillo, como Petirrojo. Comprendí que aquel animal se pasaba los días sobrevolando justo el bancal donde estaba el pino pequeño.
Un pequeño bancal bajo un cielo azul, que mira sobre las colinas y los viejos olivos, que asoma sobre las montañas que dan a un mar impresionante, ocupadas por asentamientos que arrastran las guerras de antaño. Parras que se enroscan aún en las ruinas de las cabañas de los antiguos huertos, ciudades de costa que abandonaron sus vecinos y otros se adueñaron tras guerras que no han cesado desde hace decenas de años.
Y todo bajo un mismo cielo.
Quién sabe si por eso Petirrojo salió volando y nunca más volvimos a verlo.