Escribir de lo que sabes y de lo que no sabes

Bothayna el-Essa

Escribir es intuir el miedo. Así fue, al menos para mí, desde el primer momento en que tomé el bolígrafo para escribir mi diario.

Entrados los años noventa, Kuwait acababa de liberarse de una ocupación militar de siete meses. Yo los pasé en un sótano oscuro con una vela, costales de arroz apilados en las paredes y cantidad de latas de leche condensada.

Tenía nueve años cuando decidí ponerme a escribir. Escribir era intuir el miedo.

¿Qué sucede exactamente cuando escribimos?; las palabras, al sucederse unas a otras, crean un sistema narrativo capaz de producir algún significado. Sientes que el significado es una esencia metafísica que se desliza de una palabra a otra y que no dejas de perseguir.

Lo paradójico es que puedes escribir sin sentido, aunque, al final, estás obligado a dar uno.

Para una niña de nueve años, el vocabulario presente en el escaparate del mundo era incomprensible: tanque, guerra, invasión, liberación, patria, petróleo, Sadam, América. Eran palabras nuevas, pulcras, de superficie pulida y brillante, palabras que tuve que interpretar, colocarlas en el terreno del lenguaje y esperar a que me hicieran entender lo que había sucedido.

No lo entendía.

Pero he descrito todo el miedo que he tenido y todavía escribo sobre él.

Generalmente he perfilado personajes que se me parecían, mujeres de mi edad en un mundo que conozco. La dosis de imaginación era mucho menor que la de remembranza, e incluso, a veces, la memoria era el motor de la fantasía, pues basta un recuerdo para vestirlo con una metáfora y soltarlo al mundo.

He escrito mucho sobre la mujer, generalmente yo era esa mujer.

Pensaba que ningún hombre podría escribir como yo por la sencilla razón de que él no había experimentado lo mismo que yo.

Y, para ser más claros, porque él no va nunca a ver que puedes ser confiscada desde el momento de nacer, que han decidido todo por ti, y que vas a vivir la vida entera como una dolorosa sucesión de intentos por adaptarte.

Lo más difícil -y lo mejor también- es que no conseguirás adaptarte.

Serás apartada o te autoexcluirás, porque no eres como deberías ser.

Yo era una ingenua.

El ser humano, hombre o mujer, a diario se somete a una u otra forma de confiscación.

El ser humano, hombre o mujer, a diario fracasa al adaptarse al modelo.

Se dice mucho que el ser humano es la finalidad del ordenamiento jurídico, sin embargo, a lo largo de mi vida siempre he sentido ser el medio para que se cumpliesen la ley y el proyecto de alguien para la auto-renovación del sistema político a través de mí.

Por entonces era incapaz de darme cuenta de lo que sucedía. Quise escribir un texto sobre mí, un texto que se me pareciera: un texto en lenguaje femenino, si es que eso es posible. Quise recuperar el vocabulario en boca de los hombres, las palabras cargadas de pasado y de un contexto rancio, para sacudirles el polvo y dejarlas en libertad.

Quise dirigirme una oración; rogué con fervor a Dios para que me otorgara un idioma, el mismo idioma que nos habían confiscado por completo al encorsetarlo en el campo de los prejuicios ancestrales. Quise redefinir las letras, las palabras y la poesía, que escribir fuera mi forma de recuperar el vocabulario de un discurso construido a base de violencia, expropiación y supremacía de una parte sobre otra.

Escribí «Al crecer, olvidé olvidar» para liberar mi memoria. Había olvidado olvidar las cosas malas que habían sucedido, peor aún, olvidé olvidar quién era yo y no pude soportarlo. Estaba suspendida en el vacío, entre dos orillas salvajes, sin raíces ni alas.

Desde que la novela se publicó en 2013 hasta el día de hoy, no creo que haya pasado un solo día sin recibir mensaje de alguna lectora diciendo entre lágrimas: «Has escrito mi historia», o preguntando: « ¿Cómo sabías eso de mí?».

No era un motivo para alegrarse, más bien era una pesadilla.

Todas esas jóvenes recluidas en sótanos tenebrosos están siendo moralmente asesinadas a diario; cada una de ellas es el proyecto de otra persona.

Al publicarse la vigésima edición de la novela, sentí que me perseguía. Eso, sin mencionar que ha sido el único libro mío traducido: la versión inglesa ha aparecido recientemente y la francesa está en camino.

He escrito textos mejores, eso creo, pero no han obtenido tan amplia difusión. ¿Cuál es el secreto? Sin artificios narrativos, ni una trama sorprendente, ni experiencia; una simple mujer que escribe en un sótano oscuro, en una lengua propia.

Recuerdo con precisión mis emociones al escribir aquella novela, y que me preguntaba «qué voy a escribir a continuación», dado que había dejado todo dicho en aquel libro y había escrito en él todo lo que sabía.

Me cansé.

No quería mirar más el mundo con ojos de víctima.

No quería escribir más sobre lo que conocía.

«Escribe acerca de lo que sabes».

Dice Gabriel García Márquez, y muchos otros.

Es el más célebre consejo que los escritores consagrados dan a los emergentes. Estás ante un gran desafío, posees las herramientas, ¿por qué combatir en dos frentes al mismo tiempo?; primero domina un tema, después desarrollarás las herramientas. Si escribes sobre lo que sabes, te centrarás por completo en el estilo, esa es la estrategia perspicaz que debes seguir, especialmente al inicio del periplo.

Una noche, que daba un taller de escritura, me vino a la mente aquel consejo y dije:

«Constantemente nos aconsejan que escribamos sobre lo que sabemos, pero, a veces, la aventura es escribir sobre lo que no sabemos». Me invadió una tristeza profunda; era consciente de que mi discurso teórico en los talleres no obedecía a la realidad de mi obra literaria, yo que, hasta entonces, había escrito exclusivamente sobre lo que sabía.

Todavía no me había aventurado, seguía en mi entorno seguro escribiendo de la forma que sabía y que tenía más de remembranza que de hallazgo.

¿Cómo sería el mundo si no lo mirase por la mirilla del espacio reservado a la mujer presa? ¿Conseguiré escribir alguna vez con la mirada del verdugo y no la de la víctima? ¿Podré escribir desde otro lugar? ¿Podré mirar desde arriba a los personajes con ojos de narrador omnisciente -un Dios que sonríe y frunce el ceño ante sus criaturas- casi sin interferir? ¿Cómo será vista entonces la escritura?

Tuve que reinventar por completo mi relación con la escritura.

La niña que escribió un diario en los tiempos de ocupación militar; la niña asustada que no comprendía un mundo que contradice sus supuestos utópicos sobre el bien y el mal; la niña que describió el miedo tuvo que cortar el relato que le había sido permitido, e incluso el que no le estaba permitido, para tratar, por una vez, de escuchar.

Después de aquel taller, me vino a la mente la idea de «Los planos del laberinto».

No era idea mía, era la propuesta de alguien que conozco y me dijo:

«Escribe sobre un niño que se pierde en el peregrinaje».

Entonces supe que no tenía la mínima idea de cómo podía desarrollar una historia semejante. Una historia que no se me parece, ni se parece a nadie conocido, que habla de la geografía del otro y que, para poder escribirla, tendría que dejar de lado todo lo que sé sobre escritura y aprender de nuevo.

De la primera persona (yo), a la tercera (él).

Del lenguaje poético al narrativo.

De un único personaje femenino a cantidad de ellos: hombres, mujeres, niños; blancos y negros, amos y esclavos, árabes y no árabes.

De escribir sobre un lugar familiar a escribir sobre uno extraño.

De Kuwait a La Meca, Asir, Jizan, Yemen, el Cuerno de África, el Sinaí y la Palestina ocupada.

De escribir sobre uno mismo a escribir sobre el otro.

De evocar a descubrir.

Nunca he escrito, ni creo que lo haga, una obra tan despiadada como «Los planos del laberinto». No es frecuente que un escritor dé con una historia así, donde un niño se pierde en el peregrinaje a la Meca y lo secuestra una banda de tráfico de órganos; la madre se amezquinda y el padre se vuelve ateo.

Escribí una historia que no se me parecía, escribí sobre lo que no sabía.

Descubrí una historia a través del proceso de escritura.

Después de aquella experiencia, decidí que la escritura debía ser únicamente hallazgo porque el conocimiento, la estrecha conexión con la esencia del hombre y la relación que se crea con los personajes no se parecen a mí ni a nadie conocido. Lo que viví con esa historia, en tanto que víctima y verdugo, es algo que, por suerte, la realidad no me permite. Y es que la imaginación tiene, entre sus muchas virtudes, la de hacernos más juiciosos.

«Los planos del laberinto» no tuvo el éxito de su predecesora «Al crecer, olvidé olvidar».

El Ministerio de Cultura e Información la prohibió en Kuwait, le imputaban un delito contra la integridad moral pública. Los juzgados kuwaitíes desestimaron el recurso que interpuse con el propósito de autorizar la distribución y venta del libro.

Un amplio sector de lectores me acusó de haber cambiado.

Era correcto.

Pero lo más hermoso fueron las preguntas que algunos insinuaron: ¿Cómo puede una mujer escribir tal novela? ¿De dónde saca una mujer todas esas cosas? ¿De verdad la escribió ella sola?

Cuando no escribo sobre la mujer, el hecho de yo ser mujer resulta polémico. Ahora soy capaz de detectar el discurso machista paralelo a la literatura femenina, un machismo que se pone en evidencia con una sencilla pregunta: ¿Cómo puede una mujer escribir sobre algo así? Se trata de una pregunta que expresa una serie de prejuicios, empezando por ese de que «la mujer es un ser frágil que debe abstenerse de escribir sobre violaciones, crimen organizado, sustracción ilegal de órganos y trata de personas», y terminando con que «una mujer no puede saber de esas cosas», que es la apostilla amable a una frase que escuchamos mucho: «El lugar de la mujer es el hogar».

Es patente que hay supuestos preconcebidos en lo que puede llamarse la «literatura femenina», y parece que un amplio sector de lectores entiende que es apto para distinguir con simpleza entre una novela escrita por una mujer y otra escrita por un hombre, por el mero hecho de leerlas, suponiendo que se haya eliminado el nombre del autor de la portada.

En el instante en que piensas que se dan unas características en la literatura de mujeres y otras en la literatura de hombres, estás dando al escritor la oportunidad de romper esa regla, y es que todos queremos ser la excepción y escribir una obra que no se asemeje a nada al uso.

A veces sospecho que el celo por clasificar es producto de nuestro deseo ancestral de dominación. Sin embargo, el arte huye, rehúye, y no puedes, comoquiera que hagas, poner límites al escritor en el espacio de la escritura (mujer o hombre), ni acotar lo que puede decir. En verdad, los momentos más gratos de la literatura son aquellos en los que el lector supera los límites de sus pronósticos.

Después de prohibir «Los planos del laberinto», cambió mi concepción del estado moderno.

Toda mi vida había creído que bastaba con un poco de suerte y algo de inteligencia para poder vivir bajo cualquier régimen político sin chocar con él. Hasta que me percaté de lo ingenua que era y supe que el régimen no espera a que te estampes contra él, sino que choca contigo: esa es su manera de renovarse a sí mismo.

¿Qué se puede decir sobre el estado moderno después de lo expresado por Orwell, Zamiatin y Saramago?

Colin Wilson dice en «El arte de la novela» que el novelista debe ser un testigo de su tiempo. Ser el espejo que refleja la realidad.

Quizás lo único que puedo decir sobre el estado moderno es describir el Kuwait actual: los efectos de la primavera de 2011, el movimiento popular que reclamaba democracia, libertad de partidos y un presidente electo, el patriotismo fruto de la ocupación militar de 1990, que fue desmantelado y sustituido por un discurso inédito que, por primera vez, hablaba de los derechos del ciudadano en lugar de sus deberes.

Un discurso que distingue, por primera vez, entre patriotismo y ciudadanía.

El mayor enfrentamiento del pueblo con el poder que yo haya presenciado tuvo lugar en el año 2011. Decidí que sería el tema de la novela siguiente y, seis años después de aquel episodio, bajé a la calle para entender qué pasó.

Tenía claro desde el principio que el personaje central sería un hombre.

Necesitaba escribir escenas que sucedieran en un espacio vetado a la mujer: el sepelio del padre en el cementerio, las cárceles de la Seguridad del Estado, las reuniones familiares en las que se delibera sobre las decisiones que afectan los asuntos comunes. Estas áreas estaban prohibidas para las mujeres, quería ver más, dar con un hallazgo, infiltrarme sigilosamente en el mundo de los hombres y violarlo con la escritura.

Pasé un año volcada en espiar a mis amigos: cómo hablaban e insultaban, los códigos de su lenguaje infantil en presencia de mujeres, cómo las miraban sin que los demás se diesen cuenta -a la vez que eran incapaces de mirar fijamente a su novia-, cómo se manifestaban con valor contra el gobierno, cómo se estremecían de miedo ante la ira paterna, siendo cada uno de ellos un calco de su padre, sin sentirlo, ni quererlo, ya que más de uno se enfadó cuando le dije que se parecía a su padre.

Ser, a tu pesar, la copia de un modelo que rechazas y te rechaza.

El conflicto de ser un hombre del Golfo. Gozar de privilegios, a la vez que a otros les niegas derechos. Implicarte en un discurso de liberación que preserva tus privilegios, mientras miras para otro lado. Saber que el opositor y tú sois análogos. Enfrentarte a tus contradicciones en todo momento.

No era un texto de reprobación, tampoco un alegato. Estaba descubriendo lo que habría sido yo de haber nacido hombre. No me resultó difícil. Al fin y al cabo, somos producto de un contexto cultural y lo que vemos como una diferencia natural es, de hecho, consecuencia de un sistema concreto.

De «Al crecer, olvidé olvidar» a «Todas las cosas».

Un viaje de cuatro años…

de escribir sobre la mujer a hacerlo a través de la mujer.

De escribir sobre la mujer a hacerlo sobre el hombre.

De escribir con la mirada de la víctima a hacerlo con la del verdugo, que también resulta ser una víctima.

De crear con la memoria a hacerlo con la imaginación.

Partí de lo que sabía hasta llegar a lo ignoto. Lo más bello de escribir eran los momentos en que me detenía y, acto seguido, pasaba a la línea siguiente con una sonrisa en los labios, preguntándome: «¿Cómo he podido escribir esto?».

Mis proyectos literarios se han ido definiendo de forma orgánica, de acuerdo a las exigencias del texto. En los últimos años me he visto inmersa en investigaciones y visitas de campo a lugares que no se me habían pasado por la cabeza. ¿Cómo se cultiva el mijo en Jizan? ¿Cómo habla la gente de la ciudad de El-Arish? ¿Cómo viajan los emigrantes africanos en las pateras de la muerte al Sinaí? ¿Qué relación mantiene Israel con el tráfico de órganos humanos? ¿Cómo lava el hijo el cuerpo de su padre y por qué cambia la faz de la tierra después de la reclusión individual?

Cuando era una niña de nueve años, escribir era intuir el miedo.

Hoy…

es pura curiosidad,

y yo, en virtud de una historia, abro una de las puertas cerradas que hay en el mundo y me adentro en una aventura.

Como Alicia cuando siguió al conejo blanco hasta el País de las Maravillas…

El país de las maravillas que, para mí, es la escritura.

 

Pronuncié este testimonio en el Congreso de Literatura Femenina de Milán.

Universidad Católica, Milán, marzo de 2019.

 

 

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