Thursday, December 2, 2021

La rosa de Maimuna, relato de Jokha Alharthi

    Traducción de María Luz Comendador   En el momento de nacer, Maimuna no mostraba en su cuerpo arrugadito, recién salido del útero, nada de particular, excepto...

Leña de Sarajevo, dos capítulos de la novela de Saïd Khatibi

Me libré de la muerte y de la cárcel donde, pensé, pasaría una buena temporada. Me habían acusado de matar a un hombre y engrosar así la lista de asesinos nacionales. Pero me exoneraron. Tropecé e imaginé que nunca más sería capaz de ponerme en pie. La vida se me escapaba de entre las manos lentamente, y, temía, nunca realizaría mi sueño, ese que siempre he llevado conmigo como una madre sostiene a su primogénito recién nacido. Supuse que la guerra que había desfigurado el rostro de Sarajevo me arrastraría consigo, hasta convertirme en un trapo deshilachado e inservible. La imagen de mi hermana pequeña surgió de repente en mi mente y temí perder la razón y sumirme en la locura, tal y como le había pasado a ella; sin embargo, una mano oculta me agarró y me elevó hacia arriba, indicándome el camino.

Los espíritus de Eddo, primer capítulo de novela de la sudanesa...

Traducción de Pilar Garrido Clemente   Como cualquier otro ser vivo, Mama Lucy no sabía nada sobre el destino y no planeaba ni pensaba en esa...

Una bicicleta devuelve al camarada del viejo partido, Un relato del...

Generalmente la esperaba en un cruce que le permitía controlar todas las direcciones sin levantar sospechas. Las instrucciones del partido le obligaban a comprobar que el lugar era seguro, y a marcharse de inmediato ante la menor sospecha de que algo pudiese ir mal. Si se le insinuaba esta sensación, significaba que algo sucedía entre las sombras, y aunque a veces no tenía evidencias de que hubiese algún peligro, abandonaba el lugar al instante.

Perdido en La Meca, Primer capítulo de la novela, Los planos...

Tenía la mirada extraviada y los ojos suspendidos sobre los cientos de miles de cabezas que se apiñaban en el lugar. El mundo es un círculo que gira. Heme aquí, heme aquí. Susurraba. Miró hacia la derecha y percibió una nuca. Faisal la precedía por unos pasos y, entre todas las cabezas dolientes, afeitadas, calvas, cubiertas, negras, grises, blancas, sudorosas, lo podía ver. Miró hacia la izquierda y vio la sagrada Caaba, con las cortinas recogidas y las piedras alineadas en la base, cubierta por un tejido blanco que terminaba en el negro revestimiento bordado en oro. Sintió el sudor de una mano pequeña en la suya, la miró, y el pequeño apuró el paso para seguirla. Ese era Mishari. ¿Te has cansado? Y lo negó con la cabeza. Su paso se hizo más lento al acercarse a la esquina derecha. El lugar estaba abarrotado. Alzó la mano derecha hacia la Caaba, que se erguía en el corazón del mundo. Dios es más Grande. Agarraba al niño con la izquierda. Un grupo de asiáticos que caminaban cogidos de la mano chocó contra ellos. Se soltaron sus manos.

UNA VECINA DE TÚNEZ, Dos capítulos de la novela, de Habib...

Ahora la veo todos los días, varias veces. Se llama Zahra, pero la mayor parte de los habitantes del edifico le dicen «Madame Mansur». Otros la llaman «la sirvienta» o «la tunecina», del mismo modo que a Madame Rodrigues, la señora que viene cada tarde a sacar los contenedores de basura a la calle, la conocen por «la portuguesa», o al señor González, que vive en un apartamento del quinto piso, como «el español».

Quiero amar esta noche, cuento de la escritora marroquí Latifa Labsir

Me acomodo muy cerca de la ventana y me abrigo con el chaquetón marrón que, aunque al ponérmelo siento dolor, no quiero dejar de usar. Cada vez que la soledad me atenaza, recuerdo cómo los dedos de la anciana lo tejían con extraña parsimonia, como si prolongara el tiempo de mis frecuentes visitas para preguntar por él. Probablemente, ella no sabía que yo también deseaba retardar su confección para seguir visitándola por la noche y tomar el té pesado que preparaba su marido, mientras escuchaba bellas canciones antiguas que me acunaban el corazón de un modo especial.

Caída libre, fragmento de la novela, de Abeer Esber

Aquella mañana de un día caluroso, maté a mi padre. Aunque a primera vista parezca un delirio freudiano, eso fue lo que sucedió después de una riña escandalosa junto al cementerio. Subíamos las escaleras de casa tras volver de una consulta médica que nos había ocupado toda la mañana del miércoles.

El guardia del cementerio de la Commonwealth, relato de Sofiene Rajab

Si contemplas detenidamente el mapa de Túnez, verás que encarna la imagen de una mujer de pie asomándose al Mediterráneo desde su balcón con los pies hundidos en la arena del desierto del Sahara. Si te fijas bien en su pecho, podrás visualizar una pieza que brilla a la luz del sol mientras vibra en ese collar que el país luce en el cuello. No se trata por supuesto de una condecoración, porque quien se la colocó fue sólo un colono.

Secretos, relato de Mohammed al-Sharekh

La oímos. Sáleh me sacudió el hombro y agucé el oído. La voz de una mujer, una voz lejana que fluía por entre los árboles y los páramos desérticos. La escuchábamos embelesados, sin despegarnos de la almohada, con los ojos clavados en el cielo y los sentidos puestos en cribar la melodía por entre el silbido del aire en las ramas de los árboles. Eran los gitanos, sí, ¡eran ellos! Salimos volando de la cama y, sigilosos, recogimos el calzado y abrimos la puerta de madera de la casa, mirando a diestro y siniestro por si nos veía alguien. La casa estaba rodeada de limoneros y parras y por doquier había hoyos y zanjas en las que podíamos caer a cualquier paso, a pesar de que la luna se dejaba ver de vez en cuando por entre el ramaje.