Elias Khoury: La ciudad de los desterradosNo sé cómo a Mahmud Darwish se le ocurrió dar a Beirut la imagen de una manzana en el poema que lleva el nombre de la ciudad. Nueva York es una ciudad manzana o así la describen los neoyorquinos. Ahora tenemos dos manzanas: una grande en la costa del Atlántico y otra más pequeña a orillas del Mediterráneo. Ambas tienen innumerables aspectos comunes, ya que son dos espacios fuera del lugar: Nueva York, según Paul Auster, no es parte de Estados Unidos; y Beirut, según la trá-gica historia de la ciudad, no es parte del Líbano.
El lugar, a la luz del recuerdo, poema de Widad Nabi
Secretos relato de Mohammed al-SharekhEra una mujer alta como una palmera, de pecho amplio que vibraba al compás de su canto, con pelo espeso y la mano apoyada en la cintura. Una voz que hendía el aire y conturbaba el fo-llaje, secundado ahora por un suave y continuo tañido de tambor. La rodeaba un círculo de personas sentadas en el suelo que aplaudían con cadencia constante y repetían el estribillo, los brazos ondeantes con destellos de plata de ajorcas y brazaletes, ademanes enérgicos, extremidades que parecían a punto de desmembrarse. Dos mujeres se metieron dentro del círculo y comenzaron a bailar, lo que fue correspondido por un griterío entre los hombres, algunos de los cuales saltaron cual delfines y se pusieron de pie moviendo los hombros con frenesí para volver a desplomarse en su sitio, atraídos por la fuerza de un imán invisible.
Raja Alem: Leyendo a los infieles en La MecaPero la verdadera apertura vino con La madre, de Maxim Gorki, que encontré por accidente en el cajón de mi abuelo materno. La revolución de Gorki rugió en mi mente y forjó la concepción de mi papel como agente de cambio en mi entorno. Al ser mi madre de origen ruso, la literatura rusa, ya sea La madre de Gorki o Los hermanos Karamazov de Dostoievski, es una manera que tengo de acercarme a mis raíces, que se esparcen por la superficie de la Tierra y traspasan las cortinas de acero impuestas por las organizaciones políticas. Me postré para leer, segura de la conexión de mi madre con la tierra de la cual escapó su padre cuando emigró, huyendo hacia la casa de Dios en La Meca. La literatura rusa me dejó referencias del clima inhóspito, la nieve que anula toda señal de vida, y la lucha que enfrenta el individuo contra el clima y contra los gobiernos para conseguir un cambio político.
El cementerio de Père Lachaise, de Samuel ShimonA lo mejor dice que le conoce y no es verdad, monsieur. Me contó que lleva cinco noches fijándose en la ventana de su cuarto, escuchando el tableteo de su máquina de escribir, admirado de que siga escribiendo tan rápido. Dijo que usted le hizo escribir su nombre con esa misma máquina, hace años. Que le regaló una camiseta con unas montañas, un sol, unos jardines y dos enamorados en una barca, frente a una casa a la que daba sombra una palmera de gran tamaño. También dijo que cuando usted alquiló la primera habitación en su vida, le compró un papel de pared con un estampado de peces, flores y mujeres desnudas, tendidas a la sobra de un palmeral, en una playa de Honolulu o Tahití. Le llamaba, contó, “The liar”, porque le quería. También me dijo que usted fue la única persona a la que reveló el romance que tuvo con aquella chica que acabó abandonándolo. Por ello, se vio obligado a salir de su país, a donde ya no regresó jamás en vida. Estaba muy triste: no puede ser que usted se halle en París, tan cerca de él, y no haya ido a visitarlo.
QUIERO AMAR ESTA NOCHE, relato de Latifa LabsirEscuchar la voz de Pavarotti me da la vida, su voz hace que despierte de mi letargo y recuerde que nos abandonó hace unos pocos meses. No pensé que fuera a morir mientras cantase a la vida. Hice que se alzara en cada rincón de la casa, fui a la cocina a buscar una botella de agua y recordé que también me había despedido de los ancianos hacía unos pocos meses. Se habían retirado de la ventana, sin permiso ni previo aviso. Fue un extraño repliegue. De repente, una hermosa mañana, el viejo soltó un grito y salí disparada como una loca hacia su casa de siempre. Su esposa se había ido sin más preámbulos y él se quedó ante mí. Supe que estaba muerto a partir de ese momento, si bien, aún tuvieron que pasar dos meses desde la desaparición de la esposa antes de que se rindiera, encomendándome una última voluntad letal. Me entregó las llaves de su guarida llena de ceremonias, pasado, recuerdos y sueños, y me encargó que esperara al hijo que podría regresar o no volver nunca.
Reseña de Hanan Jasim Khammas: Un autobús verde sale de Alepo de Jan Dost
LOCURA SIN ESPERANZA, Capítulo de la novela de Ghalya ‘Al Said
Un mismo cielo, relato de Liana BadrAvanzábamos con paso rápido, dejando atrás el levantamiento temporal del toque de queda, después de un mes y medio de confinamiento, con la ciudad invadida de tanques y vehículos armados. Las plantas de los pies agradecían el suelo firme a pesar de la grava esparcida. Nues- tro gesto se liberaba al fin de la crispación de haber tenido que escuchar la palabrería de las tertulias políticas en los canales satélite, que discutían nuestra situación en un tono nada distinto a los de un programa de entretenimiento
Elías, capítulo de la novela de Ahmad AbdulatifSoy Elías. Mi nombre es Elías. O me llamaron Elías. O dicen que me llamaron Elías. O piensan que mi nombre es Elías. Elías es el nombre y yo repito el nombre para mí mismo. Digo, por ejemplo: Lee, Elías. Vístete, Elías. Sal, Elías. Oye hablar, Elías. Haz el bien, Elías. Así todo el tiempo. Sin interrupciones. Sin cesar. Sin pausa. Así todo el tiempo de forma continuada. Y constante. Y sucesiva. Normalmente utilizo el imperativo conmigo mismo. Normalmente no obedezco al imperativo cuando sale de mí mismo. Normalmente porque yo, Elías, no me conozco a mí mismo. No me reconozco a mí mismo. No me encuentro conmigo mismo.
DETRÁS DE LA COLINA EN LA ESCARCHA: Poemas de Bassam Hajjar¿Oyes como el silencio muele/ una colina de minutos/ o caminas?/ La habitación se termina en dos pasos/ y la ventana/ (la mujer de la limpieza viene por la mañana,/ cuelga la ventana a la pared,/ ordena el aire y la cama/ y coloca para ti en la mesa/ la copa, el cenicero y la botella de/ agua mineral)./ ¿Caminas?/ Nadie te lleva de la mano hacia el sueño/ o hacia la trampa/ y la mujer de la limpieza olvida ese día/ poner la ventana en su sitio.
"Los bigotes de Mordechai y los gatos de su mujer" Un relato del palestino Mahmoud Shukair
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