Yasmeen Hanoosh: Los chicos de las paredesApagamos la televisión y corrimos las cortinas, a la espera de lo que pudiera depararnos el nuevo día por venir. Pero, poco después de haberse quedado todo en silencio, cuando estábamos a punto de entregarnos al sueño, nos alarmó un grito de dolor procedente del río extinguido, desde el sur, cerca de Fao. Tomamos las linternas y salimos de nuevo a ver qué pasaba. Cuando llegamos al lugar de donde procedían los lamentos, ya de madrugada, pudimos aspirar el olor penetrante del petróleo y encontramos a una muchedumbre de soldados y diplomáticos extranjeros, estadounidenses y británicos en su mayor parte. Lloraban, chapoteando en un charco maloliente, cerca de un enorme depósito de hierro para almacenar petróleo que se había quedado sin paredes.
Sargon Boulus: POESÍA Y MEMORIAEl poeta trata el tiempo mientras se escapa de sus dedos gota a gota, y luego se vaporiza hasta volverse nada. En uno de sus poemas amorosos, Ghalib dice: "La gota que no se convierte en un río se la bebe la arena"(1). Una y otra vez, cuando escribo, descubro que no recuerdo el pasado, ni recuerdo una persona, un lugar, una escena, una voz o una canción sino que recuerdo, ante todo, las palabras. Las palabras y sus reverberaciones en mi memoria.
Miguel Ángel Moratinos: Cultura y arte para el desarrolloPara mí, Asilah fue siempre una fuente de ins-piración y conocimiento. Conocí el despertar del continente africano. Me permitió contactar con los líderes y responsables políticos de ese continente, lo que me facilitó mi tarea diplomática y negociadora cuando tuve posteriormente que lidiar con algunos contenciosos difíciles de resolver en esa parte del mundo. Califiqué sin ambages, que el festival de Asilah tenía mejores credenciales que “Davos”; el espíritu que presidia los intercambios intelectuales, la libertad de expresión, el marco de apertura y respeto mutuo es algo difícil de encontrar en otras conferencias de este tipo. Asilah merecía todo un reconocimiento por su excelente nivel intelectual y por ser uno de los pocos foros en los que personalidades de todos los continentes debaten lib-remente sobre el futuro de la humanidad. Africanos, árabes, mediterráneos, europeos, americanos, latinoamericanos y asiáticos se encontraban en esta pequeña localidad fronteriza con Europa para demostrar que en este siglo XXI es posible res-petarse mutuamente y hacer realidad ese objetivo de crear una alianza de civili-zaciones y culturas que sigue pareciendo para algunos una mera utopía.
Raja Alem: LEER AL MARQUÉS DE SADE EN LA MECA¿Cómo puede haber ventanas abiertas al mundo en La Meca, con su escasez de librerías? Mi primera apertura al mundo, muy estrecha, vino dada por unos libros que robé de la mochila de mi hermano: Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas, y algunos libros de Arsène Lupin. Posiblemente, este robo fue una manera de reescribir la realidad que me rodeaba. Después de eso, seguí robando libros hasta que me sorprendí con Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, que nunca reconocí haber robado y que, entonces, no me atreví a leer. La verdadera apertura vino con La madre, de Maxim Gorki, que encontré por accidente en el cajón de mi abuelo materno. La revolución de Gorki rugió en mi mente y forjó la concepción de mi papel como agente de cambio en mi entorno.
Como mi madre es de origen ruso, la literatura rusa, ya sea La madre, de Gorki, o Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, es la manera que tengo de acercarme a mis raíces, esparcidas por la superficie terrestre traspasando las cortinas de acero puestas por regímenes políticos. Yo leo estirada, confiando en la conexión de mi madre con la tierra de la que escapó su padre cuando emigró, huyendo hacia la casa de Dios, en La Meca.
Chawki Bazih: Dos poemasSi al inicio no fuese más que una planta
de padres desconocidos
que nada en aguas poco profundas
la habría considerado mi madre.
Si al inicio no fuese más que un aroma
quemado sobre la paja
mis pulmones habrían repartido
su parte del fuego
porque desde el inicio
nunca he escuchado
más que la respiración de las hojas en mi pecho
y la hierbabuena flotando como pequeños barcos
sobre la superficie de mi infancia lejana
y lo que me revelaron mis ojos
como imágenes y formas
cuya luz mantuvo con interrupción
sueños confusos de árboles
que dejé tras de mí
cuando nací
bajo de un cielo de signo Capricornio.
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