Raúf Músad Basta, la libertad y el buen humor

 

Por Salvador Peña Martín

Raúf Músad Basta (a veces conocido como Raouf Moussad Basta) fue un dramaturgo, periodista y novelista egipcio, nacido en Sudán el 20 de marzo de 1937, hijo de padres coptos originarios de Egipto. Se mudó a Egipto en su adolescencia y vivió en varios países de Oriente Medio y Europa. Durante los últimos treinta años de su vida, residió en Ámsterdam con su esposa e hijos neerlandeses, y obtuvo la ciudadanía neerlandesa. Falleció en Ámsterdam el 18 de octubre de 2025.

Conocí a Raúf Músad Basta en el casco antiguo de Toledo, una fría tarde del invierno de 1996 a 1997, no sabría precisar más. El encuentro se debió a que la Fundación Europea de la Cultura, a través de la Escuela de Traductores de Toledo, me había encargado la traducción de su libro autobiográfico, El huevo del avestruz, al español. Acepté en su momento y, cuando ya tenía el borrador de la traducción completo, acudí a Toledo, junto con los traductores del libro al sueco, al francés y al italiano. El objetivo era que pasáramos los cinco (el autor y sus traductores) todo aquel fin de semana reunidos para resolver las dudas que tuviéramos quienes estábamos preparando el texto definitivo, cada cual en su idioma. Aquello también podría haber servido para que el autor, Raúf, nos diera instrucciones sobre el modo en que deseaba que lo trasladáramos. Pero Raúf no hizo nada de eso, sino que se limitó a contestar, con generosa paciencia, nuestras preguntas o dudas al respecto de puntos concretos del original árabe.

Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 1997, Madrid. Encuadernación: 19×10. 367 pgs. ISBN-10 : 8487198422 ISBN-13 : 978-8487198427

El proceso fue largo y me pareció que Raúf se aburría un poco, encerrado en aquella habitación con aire de aula escolar, pero se mostró siempre abierto a nuestras preguntas, amable en extremo y desplegando su gran sentido del humor. En ese marco, pues, conocí a Raúf. Cuando me lo presentaron, aquella fría tarde de viernes, creí que me miraba con cierta desconfianza. Quizá porque le parecí demasiado convencional, demasiado serio, demasiado pequeño burgués o todo al mismo tiempo. Notó que yo, a mi vez, había reparado en que su modo de acogerme no denotaba entusiasmo y, como era persona de gran corazón, se vio impulsado a explicarme su reacción más bien fría al conocerme: «¡Yo deseaba que me tradujera una mujer!», exclamó y se echó a reír. Me reí con él y a partir de ahí se inició una relación que yo calificaría de amistad. Volvamos a las reuniones entre el autor y sus traductores. Cuando ya íbamos por la mitad del libro, uno de los traductores propuso que dulcificáramos en nuestras versiones un párrafo que le parecía poco adecuado desde cierta perspectiva de la política internacional. Enseguida se desató la discusión, pues dos de nosotros no estábamos dispuestos a modificar nada del original, ni en contenido ni en tono. Cuando resultó evidente que no podríamos superar la disensión, alguno de nosotros le pidió a Raúf que expresara su opinión y él contestó que le daba lo mismo, que podíamos hacer como mejor nos pareciera. Aquel fue un momento que no olvidaré. Raúf nos estaba dando una lección. Él, que había sufrido la prisión por sus convicciones políticas marxistas y en su libro dejaba muy claro que la vida tiene como objetivos el placer, el conocimiento y la libertad, se negaba a entrar en un asunto que debió de parecerle de poca monta. Ese episodio, pero sobre todo la impresión asentada a lo largo de aquellos dos días de trato muy continuado (en las sesiones en torno al libro, en las comidas, en los paseos por Toledo), me permitieron componerme una imagen mucho más fidedigna de Raúf, lo que como traductor me venía muy bien pues se trataba, al fin y al cabo, del autor de un libro autobiográfico. En realidad, la lectura del libro ya dejaba bien claro que Raúf era una persona comprometida, fraternal, valiente y rebelde, además de mantener cierta simpatía por lo que podíamos llamar vida bohemia. Volví a Málaga, donde resido, y revisé la última versión del texto español.

Raúf Músad Basta, enero de 2007, El Cairo, Egipto. © Samuel Shimon

No recuerdo si tuve que corregir muchas erratas en mi manuscrito, pero sí que afirmé en la necesidad de limitar al máximo el uso de signos de puntuación, tal como ocurría en el original y como creo que corresponde a alguien que vivía ajeno a muchas convenciones sociales. Pero en la editorial no pensaron de igual modo y añadieron buen número de comas y puntos, para acomodarse a los usos normativos y académicos del español escrito. De cualquier modo, el libro no perdió sus rasgos fundamentales, propios de alguien tan divertido, díscolo y apasionado como Raúf. Aproximadamente un año después (pido disculpas por mi imprecisión en las fechas) volví a coincidir con él por una nueva visita de ambos a Toledo. Con ese motivo, Raúf me visitó un par de días en Málaga y, como se alojó en mi casa, tuve oportunidad de tratarlo de cerca y disfrutar de su gran sentido del humor, de su vitalidad, de su insumisión a valores sociales carentes de sentido.

Raúf Músad Basta, verano de 2003, Schöppingen, Alemania. © Samuel Shimon

Pasamos muchas horas en la calle, paseando por la ciudad, y se mostró siempre desenvuelto y empático. Recuerdo bien cómo en un centro comercial al que me acompañó para comprar víveres entabló rápidamente conversación con varias personas a quienes, por supuesto, no conocía de nada. El motivo principal de su visita era tomar parte en un importante congreso, celebrado asimismo en la Escuela de Traductores, acerca de la emigración desde la perspectiva de los estudios culturales. En ese marco y ante destacadas figuras académicas y literarias, Raúf presentó una comunicación que llevaba por título nada menos que “Los beneficios del colonialismo y la emigración”. Nunca le importó remar a contracorriente. Raúf nos ha dejado. Pero su memoria y su legado permanecen. Su obra literaria, marcada por el realismo y el afán por decir la verdad, se desenvuelve a menudo en un tono regocijado, de modo que su narrativa se interna a veces en los terrenos de lo picaresco. Además, fue un leal servidor de la veracidad más libre, algo muy de admirar y de agradecer. Raúf murió el pasado día 18 de octubre de 2025. En vida no pudo ver más obras suyas traducidas al español. No sé bien por qué. Siempre será buen momento para que aparezcan otros libros suyos en español. Quedamos en deuda con él. Referencias Raúf M. Basta, El huevo del avestruz, trad. S. Peña, Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 1997. Raúf M. Basta, “Los beneficios del colonialismo y la emigración”, trad. S. Peña, en M. Hernando de Larramendi y J. P. Arias (eds.), Traducción, emigración y culturas, Universidad de Castilla-La Mancha, 1999, págs. 271-6.

 

Salvador Peña Martín es traductor, investigador y profesor en la Universidad de Málaga, así como autor de numerosos ensayos y artículos sobre filología árabe y el Ándalus. En el marco de los programas de traducción y edición de la Escuela de Traductores de Toledo, de la que es un estrecho colaborador, ha publicado versiones de obras autobiográficas de Raúf Músad Basta (Egipto), Rachid Daíf (Líbano), Abdelmayid Benyellún (Marruecos) y Salim Barakat (Siria), así como la antología Chispa de encendedor, del poeta sirio Abu l-Alá al-Maarri.

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