LA NOCHE DESVELA LOS SECRETOS DEL DÍA, Relato de Rachida El-Cherni

Traducción de Antonio Martínez Castro

Rachida El-Cherni

Él estaba afanado en asegurar las cintas de las cajas de verduras apiladas en el furgón cuando ella le lanzó una mirada fugaz bajo la luz amarilla del farol pendido en la entrada del corral, y se dirigió hacia el algarrobo para dar de comer a los perros que brincaban en derredor suyo. Miró el lejano horizonte, donde la oscuridad y el frío envolvían las tenebrosas montañas, y le entró miedo, a la vez que unas ganas locas de correr hacia él e impedir que se fuese, pero se contuvo y se quedó contemplando a los perros que desgarraban la carne con avidez al pie del árbol. Dio un paso hacia él y le dijo con una voz muy tierna:

—¿Te vas, Said? ¿Me dejas sola en este despoblado a plena noche? ¿No te inquietas       por tu esposa? —.

Él murmuró algo incomprensible con el cigarrillo temblándole entre los labios, y dijo:

—Están los perros que te cuidan, y tienes un teléfono y un televisor con los que entretenerte mientras esté fuera.

—Deja que te acompañe — ella le rogó.

Él le espetó un gruñido.

—Pero, ¿qué dices? ¿Estás tonta? No tienes ni idea de lo que es el mercado mayorista.

—Me esconderé y nadie notará mi presencia.

Molesto por la insistencia, soltó un aluvión de groserías, le señaló la casa con el dedo índice y le ordenó entrar. Ella se retiró al interior del hogar y, sin quitarle el ojo de encima a través del hueco de la puerta entreabierta, vio cómo daba una vuelta al camión inspeccionando el estado de las cajas. No se atrevía a contestarle cuando estaba alterado; le daban miedo su expresión desencajada y la vulgaridad con la que la humillaba. Ella no entendía esas reacciones suyas aun cuando siempre lo trataba con palabras amables.

Él farfulló unas invocaciones y se puso al volante diciendo: «Bismilah, el trabajo dignifica. ¡Oh Señor mío! ¡Oh Dios! Protégeme y perdóname». Enseguida arrancó, encendió la radio y la recitación del Corán sonó melódica. Condujo despacio el pesado furgón por el camino de tierra envuelto en la oscuridad; tres horas lo separaban del mercado y no regresaría antes de las ocho de la mañana.

Ella cerró la puerta con fuerza y se colocó detrás de la ventana para seguir con la vista a través de una ranura las luces del furgón que, hundiéndose en la oscuridad, se alejaban del pueblo por la falda de la montaña hasta desaparecer tras un recodo del camino. Alcanzó el teléfono y, al mirar la pantalla, el corazón le dio un vuelco; apenas había cobertura y estaba sola en un páramo remoto sin rastro de estrellas ni del hilo de la luna en la noche azabache. Con el paso del tiempo fue presa del miedo y murmuraba en secreto para sus adentros: «Nawara, has de fabricarte una cabeza de acero y un corazón de piedra».

Agudizó el oído hacia el alboroto del ganado en el cobertizo y la agitación de los perros en el exterior; la sensación de familiaridad la calmó un poco, pero la invadió el pesar cuando le vino a la mente la imagen de sus hijos mellizos. El temor y el vacío la oprimían desde que se fueron a estudiar a la universidad ¡Cuánto había deseado que su esposo permitiera abandonar ese páramo desolado y mudarse con ellos a la capital! Antes realizaban breves visitas al pueblo, hasta el episodio en el que un joven pastor fue violado a plena luz del día, muerto, colgado su cadáver del tronco de un árbol y su ganado dispersado en la montaña. Entonces dejaron de venir con la excusa de que el terrorismo campaba a sus anchas, eso sin contar el fastidio que les producía la arrogancia del padre y su creciente fanatismo. Aunque estaba aterrada, no quería preocuparlos con su estado de ánimo y cumplía con ellos haciéndoles alguna visita fugaz en compañía de su marido. Pero no contaba con que el terror se transformara en un pánico atroz tras conocer la noticia del asesinato de un oficial del ejército al que un grupo terrorista tendió una emboscada en la vía agrícola cuando se dirigía con su hermano a la casa de sus padres en una aldehuela cercana. Consiguieron apresarlo, le pegaron un tiro, el adalid del grupo lo decapitó y escribió en la frente la palabra «tirano» antes de entregarle la cabeza al hermano.

Cada vez la atormentaban más las tertulias de la televisión y los pormenores que circulaban por las redes sociales. Cuanto más declaraban expertos y analistas que la cordillera occidental del país se había convertido en un nido de grupos terroristas y que la gente de las aldeas abandonaba las casas y la tierra huyendo del peligro, más insistía a su marido para que dejaran el pueblo y se trasladaran a la capital. Nada transcurría con normalidad, el olor a muerte se cernía sobre el lugar y se abatía sobre ella. Con el paso de los días se transformó en una criatura frágil, de corazón atenazado por el miedo, que necesitaba compañía y seguridad para tranquilizarse. Evitaba contárselo a sus dos hijos, pero les aconsejó que no vinieran y se enclaustró en la preocupación sin entender la cachaza del marido ni su indiferencia por los sucesos ni su empeño en quedarse.

Ella labraba con él la tierra desde la madrugada, custodiaba las ovejas, ordeñaba las vacas, daba de comer a los perros y luego se ponía a recolectar verduras que transportaba con esfuerzo al pozo para lavarlas. No escatimaba esfuerzo alguno en colocarlas con cuidado en las cajas para venderlas a buen precio. Se aplicaba a todas las tareas pese a no haberse criado en una granja con ganado. Lo hacía porque era una esposa buena y abnegada, satisfecha con su destino, que soportaba las penas del trabajo. Entendía el esfuerzo hecho como un deber que cumplir frente a la familia. Cuando lo veía caminar arqueado, quejándose por no poder emplear más trabajadoras que lo ayudasen, ella se sentía culpable y abatida. La aspereza le cubrió las suaves manos, el sol le curtió la piel blanca y las arrugas se abrieron paso a toda velocidad en su frente y al lado de los ojos. Su rostro bello y radiante se volvió del color rojo de un clavel chamuscado; con cuarenta y seis años parecía tener más de sesenta y, al mirarse en el espejo, apenas si podía reconocerse a sí misma.

No le mortificaba que su marido no le dedicase siquiera una palabra de agradecimiento ni que hubiera dejado hace tiempo de sorprenderla con regalos de cumpleaños, aun cuando ella nunca pidió compensación alguna a cambio de su trabajo. Agotada por el cansancio y la nostalgia, ya no era capaz de ignorar la voz que clamaba en sus adentros. Se apenaba al recordar la forma en la que él irrumpió en su vida como un terremoto, y en cómo insistía en casarse a raíz de que una parienta suya le habló de ella, después, la vio y supo que era una mujer amable y sensata. Al poco ella dejó su puesto en una guardería y abandonó la casa paterna de la capital para trasladarse a vivir con él al campo. Recordaba cómo a los pocos días la obligó a cubrirse el cabello, que antes llevaba suelto sobre los hombros o recogido con trenzas como si llevara un roscón en la cabeza; cómo aprendió a labrar la tierra para tonificarla y los usos para lidiar con los animales. Llevaba una vida dura y monótona en medio del vacío, así que decidió sacudirse el manto del miedo, abandonarlo a él y regresar a la capital. No obstante, el temor a los rapapolvos del marido y a su cólera virulenta le hizo reconsiderar su plan.

Los animales descansaban y un silencio cargado se había posado sobre la vivienda apartada. Ni los pájaros se habían despertado aún para cantar a la soledad. Sentía cómo se le entrecortaba la respiración y prestó oídos a las palabras que se agolpaban en su interior. «Estoy sola, la oscuridad me rodea y la única protección que tengo es una puerta de madera y unos chuchos enanos. Aquel por quien he sacrificado la vida mundana me ignora, aquel a cuyo servicio me he puesto y por quien me he desvelado se ha librado de mí, me ha abandonado en plena noche y se ha ido. Tengo la certeza de que no derramaría ni una lágrima si los terroristas allanaran la casa, me molieran los huesos, me violaran y colgaran mi cadáver desnudo del tronco de un árbol como hicieron con el pastor. Traerá a otra necia que lleve a cabo las mismas cargas ¿Qué voy a hacer ahora?».

Ahogó el enfado en su interior, se cubrió a toda prisa con un chal de lana y abrió la puerta con cautela; se coló un aire frío al interior y los perros se abalanzaron sobre ella. Dejó pasar al más pequeño, volvió a cerrar la puerta y apagó la luz. Le acarició la cabeza y trató de distraerse con una serie de televisión, pero su mente se mantenía atenta a cualquier sonido. El chucho se tumbó frente a ella y la miró por un largo rato. Ella detectó un brillo en su mirada, como si quisiera conversar con su pesar para tranquilizarla. Le sonrió con ternura e inmediatamente escuchó unos ladridos afuera que la sobresaltaron y se puso en pie espantada. Miró por una rendija de la ventana y vio una luz intensa que se acercaba. A primera vista creyó que su esposo regresaba a recogerla, pero enseguida se percató de que el furgón era diferente y se convenció de que ella sería la próxima víctima en la región. Se estremeció y se dijo a sí misma: «Lo que tienes que hacer, Nawara, es salvar el pellejo». El arrojo corría por sus venas, se apresuró a apagar la televisión; le bastaba con la débil luz del teléfono. Corrió la cortina, se armó con un cuchillo grande y serenó al perro para que dejase de ladrar. De pronto oyó un disparo y aullidos esporádicos, al poco se apagaron los ruidos del exterior y se hizo el silencio, pero mantuvo los cinco sentidos alerta.

Los faros iluminaban la fachada de la diminuta vivienda. Aparecieron dos hombres envueltos en ropa oscura y con la cara cubierta. Los veía por la rendija de la parte inferior de la ventana: merodeaban a su aire por la corraliza hasta que se detuvieron junto al algarrobo e intercambiaron unas palabras en voz baja; luego, caminaron hacia el pozo, desaparecieron por un corto espacio de tiempo detrás de la camioneta —que ocultaba lo que sucedía del otro lado—, y reaparecieron. Uno sostenía el motor del pozo en la mano, mientras que el otro llevaba el balde y la soga. Lo metieron todo en la camioneta y luego se dirigieron al cobertizo de los animales. Escuchó unos golpes violentos contra la puerta de madera y el balido de auxilio de las ovejas que veían cómo eran conducidas a la camioneta.

Se conmovió, le temblaron las manos y sintió que ineluctablemente le había llegado su turno. Fue hacia el patio trasero de la casa, abrió la puerta con cuidado y corrió lo más rápido que pudo hacia el descampado en compañía del perro que jadeaba a su lado y oculta por las hileras de chumberas, las tomateras y los árboles erguidos que se alzaban como centinelas de los campos. Cuando llegó a la carretera asfaltada, la luz del día rayaba la túnica de la noche.

A la espera de que su esposo regresara, se apostó tras una adelfa desde donde avistaba la carretera flanqueada por dos hileras de eucaliptos. Se desdijo de sus pensamientos y sintió mala conciencia por haber pensado mal; él, en verdad, era un hombre franco y entregado. Le informará de lo que ha sucedido con los animales en la finca durante su ausencia y le hablará del terror que hubo de pasar antes de salir huyendo en la oscuridad. Por descontado él se pondrá furioso, la compadecerá, temerá por su vida, avisará a la gendarmería y accederá a abandonar el pueblo para cobijarse en la capital.

El flujo de sus pensamientos se interrumpe al pasar la camioneta con los dos hombres. Ve cómo circula despacio por la carretera frente a un hito kilométrico. Deja de pensar y el resuello del perro enmudece, mira alrededor en todas las direcciones en busca de un lugar más seguro. Divisa la furgoneta de su marido que viene en sentido contrario: «Seguro que ha vuelto para recogerme», murmura para sí misma.

Se le ocurre plantarse en medio de la calzada, pero nota de pronto que los dos furgones reducen la velocidad hasta detenerse frente a frente. Ve a los dos hombres bajar de la camioneta y avanzar por la carretera hacía su marido que, a su vez, desciende con un cigarrillo entre los labios. Ella se asusta y esconde mientras él les da la mano y les alcanza la cajetilla de tabaco. Cada uno prende un pitillo y se quedan hablando los tres con una calma tal que a ella se le cae la venda de los ojos y quiere morirse.

 

De una colección de cuentos con el mismo título
que saldrá publicada en el año 2024.

Rachida el-Cherni nació en 1967 en Túnez donde reside actualmente. Licenciada por el Instituto Superior de Magisterio, en la especialidad de literatura árabe, trabaja en la educación primaria y escribe en la prensa literaria. Ha publicado en árabe dos colecciones de relatos breves : Haya ‘ala hafat al-dunia (La vida al filo del mundo, 1997) y Sahil as’ila (El relincho de las preguntas, 2000), y una novela : Taratil li-alamiha (Cánticos por su dolor, 2011). Ha ganado premios literarios por ambas colecciones en festivales de Túnez y Sharjah, y varios cuentos suyos han sido traducidos a diversos idiomas.

Antonio Martínez Castro, traductor y profesor de lengua árabe nacido en Madrid en 1973. Obtuvo el doctorado en el Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid (2016) y un máster en Lengua Árabe y su Literatura en el Instituto de Letras Orientales de la Universidad Saint Joseph de Beirut (2009). Fue profesor de español como lengua extranjera en el Instituto Cervantes de Beirut (2005) y lector de español en la Universidad de Damasco (2006) y en la Universidad de Sana’a (2008). Desde el año 2010 es profesor de lengua árabe en la Escuela Oficial de Idiomas de Almería. Ha traducido Pájaros de septiembre de Emily Nasrallah, y Principio del cuerpo, final del mar de Adonis.

 

 

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