Dos capítulos de la novela de Badriya al-Bishr

Historias de amor de la calle al-Asha

Dos capítulos de Gharamiyat shari’ al-’Asha

 

Badriya al-Bishr

 

Traducción de Covadonga Baratech Soriano

 

Capítulo 1

—Subid a la azotea y haced las camas —nos dijo mi madre cuando anocheció, al terminar de rezar.
Awatif y yo corrimos hacia la escalera. Llenó el cubo de agua y salpicó el suelo de cemento de la azotea con ella. De la superficie emanó una ola de calor, como exhalación de pecho cansado, que sopló contra nuestros rostros. Me tiró agua a la cara y yo me giré entre risas. Luego corrí hacia ella, le arrebaté el cubo de la mano y se lo eché entero sobre la cabeza. Nuestras ropas se empaparon. La superficie de la azotea se rio con nosotras, luego se bebió el agua. Una brisa fría manó de ella y nos refrescó el alma. Awatif ya se había cansado de jugar.
—Venga, hagamos las camas —dijo.
Cogimos las alfombras, los colchones y las almohadas del almacén de la azotea y salimos. Ya había desaparecido la última gota de agua de la superficie y el gusanillo del juego corría de nuevo por mis venas, así que pisé la alfombra que llevaba Awatif e hice que tropezara, entonces me abalancé sobre ella.
—¡Quítate de encima, niña del demonio! —me gritó.
Distribuimos las camas por las tres zonas de la azotea. Primero, colocamos los colchones de algodón, luego les pusimos las sábanas y las almohadas y, por último, las colchas. Entre una zona y otra había un pequeño muro. La cama de mi padre ocupaba la zona correspondiente al techo de la lejana cocina. A continuación, estaban nuestras camas, las de las cuatro niñas, sobre el techo de la sala de estar familiar. Por último, la cama de Fawaz estaba sobre la sala de estar de los hombres. En cuanto a la cama de Ibrahim, quien se había marchado a Egipto hacía un año, permanecía guardada en el almacén.
Preparamos el agua de nuevo, esta vez llenamos un pequeño cuenco que mi madre utilizaba en sus abluciones, y salpicamos ligeramente las camas para que estuvieran frescas al secarse.
Awatif se echó sobre la gran cama de mi padre y me puse a su lado. Escuchamos atentamente las voces que provenían de las otras azoteas, el sonido de los pájaros que trinaban en el aire, el claxon lejano de un coche, los gritos de los niños en la calle. Por un instante reinó el silencio en la azotea. Nubes blancas aparecieron en el cielo remolcándose unas a otras, al seguirlas parecía como si nos arrastraran a un agujero negro que llevaba a otros planetas. Sus lejanas estrellas resplandecían y los meteoritos de colores iluminaban el curso de nuestros pensamientos, cada cual nadaba en la corriente de los suyos. Awatif pensaría en el colegio, en su futura boda y en los nombres de sus hijos. Yo pensaba en un mundo lejano, más amplio que esta azotea, más vasto que esta casa, más grande que este barrio: un mundo en el que me juntaría con quien quisiera, incluso aunque fueran gamberros o traviesos.
Pensaba en un mundo que se parecía a las películas egipcias en blanco y negro que veía las tardes de los jueves en nuestra televisión, eran todo lo que sabía del mundo exterior. Me imaginaba en los fotogramas que veía: montaba en autobús como Soad Hosny, comía maíz a la orilla del Nilo como Faten Hamama y paseaba por el largo Corniche. Allí oía a los vendedores llamando a sus clientes para que se acercaran. Me detenía donde un vendedor de peladillas con el rostro descubierto y compraba una bolsa que me comía tal y como hacían en las películas. Luego me encontraba con algún conocido y charlaba con él.
En ese mundo todo era más bonito, ligero y feliz. En mi imaginación me inventaba pequeñas obras y escribía cuentos que no compartía con Isa al-Hadrami, el vendedor de ropa del mercado de Deira en Riad.
Las chicas del vecindario se reunían cada noche de jueves en la azotea para ver mis obras. Las sentaba en filas, como se sentaban los espectadores, luego colgaba una sábana en el tendedero entre ellas y yo. Escondida tras el telón me vestía del personaje de turno, luego alzaba la sábana y salía caracterizada. Una vez me envolví en un velo negro, uno de sus extremos sobre mi antebrazo, y caminé contoneándome a derecha e izquierda. Otra vez me anudé un chal sobre la cadera y me puse a cantar y bailar. Cantaba «Cuida a Zozo» como Soad Hosny o lloraba dramáticamente como Faten Hamama en «Bocas y conejos» al tiempo que gritaba «¿Acaso no soy un ser humano como tú?». Sin embargo, lo que más les gustaba a las chicas del vecindario era que imitase al cómico egipcio Ismail Yasin; se partían de risa.
Hacia el final de la noche las chicas del vecindario me pedían que cantara. Les preguntaba «¿Qué queréis que cante?» y me gritaban «¡Etab, Etab!».
Cogía el extremo de la prenda que llevaba, amplia y ancha, y lo hacía girar como las aspas de un ventilador. Meneaba las caderas y me golpeaba la sien con la mano mientras cantaba «Gani al-asmar gani». Las niñas aplaudían y se reían, a veces se entusiasmaban y se unían el baile. Terminábamos bailando y cantando todas juntas.
Nuestro silencio fue invadido por el sonido de un pájaro que nos era familiar. El corazón de Awatif lo reconoció y le respondió moviéndose instintivamente.
Miramos al muro que había detrás de nosotras, el extremo de una alfombra de oración verde se extendía sobre nuestro muro cual ala de un pájaro que acaba de aterrizar. Este muro separaba nuestra casa de la de Saad. Awatif saltó y yo la imité, cuando una de nosotras hacía algo, la otra la seguía sin pensar.
—El pájaro ha aterrizado —dije de pronto, saltando agitada y agobiada. Awatif me cogió la mano y tiró de mí.
—Vigila.
La excitación corría por mis venas mientras marchaba de un lado a otro de la azotea moviendo los brazos con energía. Encaré la misión con la gravedad de un soldado en su primer día en el frente.
A pesar de los riesgos que implicaba y el miedo, vigilar era una de mis alegrías diarias. La tensión del momento removía algo en mi interior, me hacía más grande y fuerte. Al proteger los encuentros entre Saad y Awatif me convertía en la responsable de dos vidas, de dos corazones. El mío se desbordaba con un sentimiento maternal, me sentía como una leona rondando a sus crías, saltaba aquí y allá sobre las altas rocas, lo veía todo desde las alturas.
Tenía un ventanuco en el muro de la azotea a través del cual vigilaba la calle al-Asha, el mundo visto a través de él no parecía real, sino de película, como en «Sunduq al-Dunia». Observé a Azzuz, el hijo de los vecinos, montando en bicicleta con un brick de zumo Suntop en la mano. Hizo sonar el timbre de la bicicleta y miró a derecha e izquierda antes de cruzar. Modi, la hija de los vecinos, miraba por la rendija de la puerta. Vertió un cubo de agua sucia y volvió la mirada, curiosa, a un lado y a otro sin ver a nadie, luego cerró la puerta. La tía Owisha, la madre de Saad, salió de la casa con una escoba en la mano. Tras barrer la casa echó el polvo en la calle, después se cubrió la cara y barrió el umbral de la puerta, entró en casa cuando terminó cerrando la puerta detrás de ella. El tío Abu Falah metió la camioneta pickup casi hasta la puerta delantera de su casa. Cuando aparcó bajaron de ella él y sus cinco hijos. Unos instantes después la calle se calmó y el silencio se extendió.  Miré al cielo, bandadas de palomas se dirigían al oeste batiendo sus alas con libertad. Dos cabezas aparecieron en la azotea que había al otro lado de la calle, una pertenecía a Fátima, la hija de Imran. La vi saludar con ambas manos a un chico de su edad en la azotea dos casas más allá. Entonces ese sería Salman, del que me había hablado. Ella lo saludó desde la distancia y él le lanzó besos al aire.
Awatif, que no era precisamente alta, arrastró una caja de madera y se encaramó a ella, el borde del muro le llegaba a la altura del pecho. Apoyó el codo en el borde, sobre la alfombra de oración verde, pero la vergüenza la golpeó. Saad le preguntó por su pelo mojado.
—Aziza me echó agua encima —respondió vergonzosa. Se rieron.
—No vi a Fawaz en la oración del Magrib —le dijo Saad a Awatif a modo de pregunta. A cambio, Awatif le preguntó por su madre.
—No vimos a tu madre por la tarde.
Esas eran sus conversaciones, empezaban con preguntas sobre otros, pues su amor había nacido del que compartían las dos familias.
—Saad, a orar. —Saad se bajó de su muro y miró a Awatif.
—Nos vemos mañana antes de la oración del Isha —se despidió.
Como siempre, Awatif se bajó de la caja resistiendo el vértigo delicioso que la embargaba después de cada encuentro. Puso las manos sobre su corazón que latía como el de un pájaro liberándose de su cautiverio, luego se tiró sobre la cama y disfrutó del vértigo que sentía todo el tiempo que pudo. En ese momento apareció la pequeña Afaf jadeando.
—¡De colores, es de colores! —gritó. Luego volvió a correr escaleras abajo.
Nosotras bajamos las escaleras corriendo detrás de ella y nos encontramos a mi padre sosteniendo una televisión nueva que había sacado de una caja grande de cartón. La puso en el sitio de nuestra antigua y pequeña televisión.
—Pásame esa toalla—le dijo a mi madre. Limpió con ella la pantalla negra y apagada de cristal, luego presionó un botón a un lado de la caja y apareció la imagen, era la primera vez que la veíamos a color.
El locutor regordete sujetaba el micrófono cerca de las bocas de la gente y les pedía que hablaran. Su chaqueta era roja, los árboles artificiales que tenía detrás verdes y la ropa de los entrevistados de un blanco intenso.
Nos sentamos todos ante la pantalla a color con las bocas abiertas, miramos el mundo de la nueva televisión. Mi padre, mi madre, Afaf, Alya, Awatif y yo. Guardamos silencio como si hubiéramos sido secuestrados; Simbad sobrevolaba con nosotros en una alfombra mágica. Volamos hacia otro tiempo.
—Por la noche veremos la telenovela «La larga noche» a color —le dije a Awatif. Sus ojos estaban abiertos por la sorpresa.
—Dios, qué bonitos son los colores —comentó ella.
Tras la oración del Isha mi madre empujó a su pequeño rebaño a la azotea. Arrastraba a la somnolienta Afad de la mano, Alya la seguía y detrás de ellas iba mi padre radio en mano. El locutor hablaba con voz fuerte y melodiosa: «Aquí Londres», dijo, luego dio la hora y el quinto boletín de noticias según el horario londinense, la cabecera era una noticia sobre el presidente Anwar al-Sadat.
—No olvidéis lavar los platos y apagar las luces —oí decir a mi madre.
Awatif y yo nos sentamos a comer lo que quedaba de la cena. Sobre el plato que había delante de nosotras estaba el queso y la mermelada que comía ella y mis rodajas de sandía. Cada vez que aparecía la imagen a color Awatif aplaudía y exclamaba «Qué bonitos son los colores, ¿no?». Yo me perdía en un mundo de lujo, era como entrar en un enorme parque de atracciones. El corazón me latía con fuerza y las manos me temblaban. Al final, a mi corazón no le quedó nada más que exclamar «¡Sí, que bonitos son!».
Awatif llevó los platos a la cocina y yo me quedé sola sentada ante la pantalla a color de la televisión. Oí la voz de Awatif canturreando «Está la luna sobre la puerta… enciende sus candelas».
Empezó la telenovela egipcia.
—¡Date prisa, Awatif, que empieza la telenovela! —la llamé.
Awatif corrió con las manos mojadas y la telenovela empezó con sus nuevos colores: la falda roja de Nur, la chaqueta marrón del tío Akasha y la silla verde. Sin embargo, al poco tiempo nos olvidamos de los colores, pues los dramas de la familia no tardaron en hacernos sufrir. Akasha, el padre sabio, había vivido siempre con amor y paciencia. Su esposa, la madre, Karima Mujtar, se dedicaba a servir a su familia: cocinaba, barría y limpiaba la ropa. Tenían dos hijos, Ahmad y Nur, que iban a la universidad, mientras que en nuestro vecindario nadie iba a la universidad más que mi hermano Ibrahim, que estudiaba en Egipto. Aquí todos trabajaban o iban a la formación profesional. El tío Akasha estaba triste porque su hermosa hija Nur salía con su compañero pobre de su clase de la universidad. Los había descubierto su hermano en la cafetería de la universidad bebiéndose un zumo. La había reprendido en público para luego arrastrarla con él a casa. También intentó pegarle delante de Akasha y su esposa Karima Mujtar. Sin embargo, la madre de Nur se enfadó delante de su hijo y lo evitó.
—¿Qué forma de hablarle a tu hermana es esa? ¡Vergüenza!
Akasha tampoco quería ver a su hija insultada, pero expresó su tristeza en silencio y se retiró a su habitación. La madre fue a la habitación de su hija Nur y le pidió que respetara la tradición.
—El honor de una chica es como una cerilla, solo se enciende una vez —le dijo, insistiendo en que el joven honesto en el amor entra por la puerta y no por la ventana. Nur se desplomó llorando sobre la cama.
—Pero no he hecho nada malo, el amor no es malo.
Awatif suspiró y respondió detrás de ella:
—No, el amor no es malo.

 

Capítulo 11

Las brisas invernales soplaban de nuevo. A excepción de algunas tardes templadas, la faz del sol apenas brillaba. Las brasas que encendía mi madre volvieron a arder. En el salón invernal todo resplandecía: el agua hervía en la tetera de cobre, en nuestras cafeteras había leche con jengibre además del café, también hacíamos té con menta.
Un viernes, Wadha entró en nuestra casa. Mi padre estaba bebiéndose su café de la mañana mientras mi madre y yo hacíamos la colada. Los versos del Corán flotaban por la casa, provenientes de la radio de mi padre. Mi madre le dio la bienvenida a nuestra visitante, quien le preguntó por mi padre. Le saludó y se sentó. Mi padre le pidió a Fawaz que le preparase una taza de café a la invitada. Yo salía y entraba. La oí contarle a mi padre que el día anterior la madre de Saad le había pedido la mano de su hija Elyazi para Saad y que no sabía qué decirle, por lo que quería pedirle su consejo. Mi padre permaneció en silencio unos instantes, luego sonrió.
—Pregúntale a Elyazi, ella tiene que estar de acuerdo —respondió. Luego le preguntó. ¿Qué opina su hermano Mutaib?
—A Mutaib no le gustan los barbudos, pero Saad es un hombre piadoso y la gente piadosa es de fiar —respondió Wadha entre risas.
Cogí el cubo con la colada para tenderla en la azotea, pero las manos me empezaron a temblar. Estaban frías y débiles, no podían levantar el cubo lleno de ropa. Tenía el corazón en un puño y sentía las lágrimas resbalar. Miré la azotea de Saad y pensé en Elyazi. Era la chica más guapa del barrio, casi tanto como la actriz Hind Rostom, solo que tenía el pelo negro y la piel pálida. Sus mejillas se llenaban cuando se reía, su nariz era estrecha y sus ojos grandes y delineados con kohl. Además, tenía un lunar en la mejilla derecha y su forma de hablar los volvía locos a todos. ¿Se iba a casar? ¿Y con quién? Con el hombre con el que soñaba Awatif. Era todo muy raro. El comportamiento de Saad también era raro. Yo no entendía qué estaba pasando y el dolor que me embargaba no podía expresarse con palabras, mi cerebro estaba en shock. Era incapaz de pensar, pero si estuviera en el lugar de Elyazi no aceptaría casarme con Saad.
Una semana más tarde la madre de Saad vino a casa y nos anunció que la boda de Saad y Elyazi sería en un mes. Nos invitó a todos a la boda y casi que se disculpó por la falta de música y baile. A cambio, habría una gran cena para compensar, pues así lo había querido Saad. En invierno la vida del barrio se ralentizaba, las azoteas se quedaban sin chicas y sin amor. Ni una sola historia de amor prosperó en las azoteas aquel año. Todas las historias tomaron un curso distinto al deseado. Awatif se casó con Rashid, mientras que Elyazi lo hizo con Saad. Elyazi incluso me dijo que no sentía nada por Saad, sino que le gustaba Yusuf, el chico guapo que cuidaba las palomas en la azotea lindante con la suya. Sin embargo, nunca tuvo la oportunidad de hablar con él. Mutaib tampoco estaba muy contento con la boda entre Elyazi y Saad, pero esta haría que los lazos entre su familia y el resto del vecindario se estrecharan y así dejarían de ser distintos al resto. Su familia estaría por fin incluida en el intricado tejido de relaciones del barrio. Por mucho que su situación hubiera mejorado y subido sus ingresos, los vecinos nunca olvidarían que aquella pequeña familia había vivido de su caridad cuando llegaron al barrio. La pobreza había desaparecido, pero no su marca. Por eso aquel matrimonio era su oportunidad para ser reconocidos y convertirse en una familia digna y más respetable.
Subí al tejado con la colada la mañana del viernes. Elyazi era ahora nuestra vecina, pues vivía en casa de Saad y su madre. La oí gorjear como una paloma; cantaba alguna canción cuya letra era difícil de identificar, pues su voz no era clara, sino que mascullaba las palabras para sí misma. Puse el cubo de madera sobre el muro y miré hacia ella, el sol incidía en su pelo teñido con henna revelando el tono rojo de esta, me llegó su olor dulce. Su lunar en la mejilla brillaba como una semilla negra.
—Hola, guapa —le susurré.
Elyazi corrió hacia mí, alcé las cuerdas del tendedero.
Le pregunté por Saad y me respondió que en ese momento estaba sentado con su madre en la habitación. Ella se quejaba a él de sus dolencias y él le recitaba el Corán y oraba por ella. Elyazi solo estaba con él por la noche cuando se iba a dormir.
Su rostro se oscureció unos instantes, pero luego volvió a sonreír.
—Estoy embarazada —dijo, apuntándose al vientre.
—¡Felicidades, Elyazi! —se rio.
—Si es niña la llamaré Shahd.
—¿Y si es niño?
—No quiero un niño, quiero una niña —respondió. De pronto, oímos la voz de Saad gritando.
—¡Elyazi!
Agaché la cabeza a toda velocidad y me escondí, pero no me moví de mi sitio.
—Estás muy acostumbrada a las azoteas, ¿qué crees que estás haciendo? —le oí decir.
Ella le respondió susurrando y no alcancé a oír lo que decía, pero sí que la oí llorar y gemir mientras él le pegaba.
Esa misma tarde la madre de Saad pasó a visitarnos. Mi madre le preguntó porque no había venido Elyazi con ella, respondió que había salido con Saad y me miró, tenía que saber que yo sabía que mentía. Como si quisiera disculpar o explicar lo que había sucedido, añadió:
—Dios guarde a Saad.
Su rostro se ensombreció y mi madre supo que algo había pasado.
Entonces se acercó mi hermana y encendió la televisión, la madre de Saad le dio la espalda para no verla. Aparecieron los dibujos animados, Tom y Jerry se pelearon como siempre, luego el Pájaro Loco agujereó la madera.
—La televisión distrae a la gente y los aparta de la religión. La humanidad ya no piensa en la otra vida, ni el infierno, ni en el fin de los tiempos —dijo la madre de Saad.
Me levanté de mi sitio y me fui a mi habitación. Me senté ante el espejo y me puse kohl en los ojos, delineándolos al estilo de Hind Rostom. También me dibujé un punto negro en la mejilla. Ahora era completamente igual a ella, aunque el rostro que apareció ante mí en el espejo fue el de Elyazi. Fruncí el ceño y me imaginé en su lugar, su imagen apareció en mi mente. Miré mi rostro en el espejo. Vi el lunar en mi mejilla y se me torció el gesto. Cada vez estaba más enfadada, hasta que me levanté llena de ira.
—¡Maldito seas, Saad! —exclamé.
Una semana después nos visitaron Wadha y sus hijas Elyazi y Muzna. Wadha se sentó un rato con las mujeres del barrio, pero dijo que tenía que irse al mercado. Se llevó a Muzna, y Elyazi se quedó con nosotras en el salón. Le hice una señal con los ojos y me levanté, fuimos a la sala de estar de los hombres y nos sentamos ahí a hablar. Me contó que ahora estaba en casa de su madre y que no volvería con Saad después de lo que había pasado.
Elyazi había salido aquella mañana en dirección a la casa de su madre después de que su marido le pegara. Descubrió que su madre acababa de volver del mercado con carne fresca, Muzna pelaba cebollas y tomates, mientras que su hermano mayor Mutaib estaba preparándose para ir a la oración del viernes. Cuando Wadha la vio le preguntó si se quedaba a comer con ellos, Elyazi no respondió y rompió a llorar. Le enseñó a su madre sus brazos amoratados y gimió:
—Saad me ha pegado.
Justo en ese momento entró Saad poniéndose la gutra sobre la cabeza y metiéndole prisa a quien estaba en el baño para que saliera. Vio a Elyazi enseñándole sus brazos y sus piernas amoratados a su madre.
—¿Por qué te ha pegado el demonio? —gritó.
Wadha le pidió que se calmara y que no se dejase llevar por la ira, pero la rabia se apoderó de él al ver los brazos maltrechos de su hermana. Se quitó la gutra y salió enfadado.
Mutaib esperó en casa de Saad a que saliera de la mezquita. Lo vio volver en su camioneta y nada más puso un pie en el suelo lo cogió por la camisa.
—¿Le has pegado a mi hermana? ¿Qué clase de hombre hace eso? —le gritó.
—Es mi mujer, ¡no te metas! —le respondió Saad a gritos también.
No pudo decir nada más, Mutaib empezó a pegarle ferozmente y los golpes no cesaron hasta que el cuerpo de Saad cayó al suelo.

Publicado por Dar al-Saqi
ediciónes, Beirut, 2013

La trama de la novela Historias de amor de la calle al-Asha se desarrolla durante los 70 en la calle al-A’sha de Manfouha, Riad, un distrito densamente poblado. Cada una de las tres protagonistas busca su libertad: Aziza espera encontrarla a través del amor e imita a Soad Hosny, la Cenicienta del cine árabe, enamorándose de un médico egipcio porque habla el dialecto del cine en blanco y negro. Wadha, una mujer beduina, huye de la pobreza a través del trabajo en el mercado de mujeres, convirtiéndose en su mercader principal. Atwa huye de su pueblo pequeño cambiando su nombre y destino, y encuentra la independencia en el nuevo entorno de Riad. Las historias de las protagonistas se entrelazan con el romance del cine en blanco y negro y las citas de los amantes en los tejados, donde la gente duerme al aire libre. Sin embargo, con el advenimiento de la televisión en color, llega una ola de extremismo religioso que se opone a las transformaciones sociales que han cambiado la ciudad. Una de sus primeras víctimas es Saad, el joven vecino de Aziza. En busca de su identidad, se une a los radicales liderados por el activista religioso Juhayman al-Otaybi, quien ocupó la Gran Mezquita sagrada de La Meca en 1979. Historias de amor de la calle al-Asha fue nominada para el Premio Internacional de Ficción Árabe 2014.

Badriya Al-Bishr (Riad, 1967) es una escritora y novelista saudí. Obtuvo un doctorado en Filosofía del Arte y Sociología de la Universidad Libanesa en 2005, y trabajó como profesora asistente en la Universidad Al Jazeera, Dubai de 2010 a 2011. En 1997, comenzó a escribir una columna semanal para la revista saudí Al Yamama, donde se destacó por la misma, convirtiéndose en la primera mujer árabe galardonada por el premio a la mejor columna periodística de los Premios de la Prensa Árabe en 2011. Es autora de cuatro novelas: Hind wal-‘Askar (Hind y los militares), 2005; al-Urjuha (El columpio), 2010; Gharamiyat Shari’ al-‘Asha (Historias de amor de la calle al-Asha), 2013; y Za’irat al-Khamis (Las visitantes del jueves), 2017, además de tres colecciones de cuentos.

Covadonga Baratech Soriano nació el 27 de enero de 1994, en Madrid. En 2012, Baratech comenzó a estudiar Estudios Semíticos e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid. Lectora voraz desde que era niña, enseguida quedó fascinada por la literatura árabe, así como el idioma, la historia y la cultura árabe y musulmana. Tras graduarse en la universidad, Baratech se especializó en la que era una de sus grandes pasiones: la traducción. Para ello, realizó el Curso de Especialista en Traducción Árabe Español de la afamada Escuela de Traductores de Toledo en los años 2016 y 2017.

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