Abdelaziz Báraka Sakin: Capítulo de la novela SAMAHANI

 Traducción de Salvador Peña Martín

Abdelaziz Báraka Sakin

Un enamorado no conoce trabas.
Dicho suajili.

Al mal hay que combatirlo con la fuerza del bien y del amor, pues cuando el amor destruye al mal, lo aniquila para siempre. La fuerza bruta, por el contrario, solo puede sepultar de modo pasajero al mal, ya que este es una semilla obstinada, que apenas la han enterrado comienza ya a crecer en sigilo para reaparecer con mayor capacidad destructiva.

Tierno Bokar (1875-1939), maestro sufí fulani1 y maliense, aconsejando a su discípulo Amadou Hampâte Bâ (1900-1991).

El hechicero llamado Harut adivinó que la edad del sultán, a quien Dios acababa de bendecir, era exactamente de cincuenta y cuatro años, dos meses, una semana, tres días y cinco horas. Aquel sobrenombre escritural, Harut, se lo había puesto el mismísimo sultán Suleimán hijo de Salim2, en memoria de aquellos dos ángeles, Harut y Marut, célebres por su pericia en asuntos relativos a la magia y a las destrezas del espíritu. Por lo que se refiere a las cifras precisas señaladas eran de suma importancia, según el propio mago Harut, pues coincidían con la edad de Iblís, el diablo, cuando se negó a cumplir el mandato divino de que se prosternara ante una criatura que el Señor Dios había formado del barro tomado de cierto cenagal del paraíso, a saber, la criatura llamada Adán o, según otra versión, el Hombre, pretextando que, dado que él, o sea, Iblís, había sido creado del fuego y el hombre del barro, la diferencia entre ambos era inmensa y, desde luego, a favor del diablo. Y no es menester recordar aquí que este, Iblís, es el principal sacerdote de las instituciones de la magia en la tierra y en el infierno, tal como se atestigua en el Gran Libro de Yalyalut, así como en ciertos textos africanos, escritos en la antigua lengua ge’ez y hallados en cuevas de la meseta etíope, cerca de la ciudad de Gondar.

Quien alcance tal cómputo cronológico puede, como bien saben los expertos en descifrar arcanos, multiplicar hasta por cinco la edad que Dios le escribió en la Lámina Preservada cuando el interesado no era más que una gota de esperma en el vientre de su madre o una sola palabra en el pensamiento divino. Ello, a condición de que dicho secreto se mantenga oculto a todos. De ahí que el sultán no pudiera comunicar oralmente la verdadera edad que tenía ni ponerla por escrito. Debía, por el contrario, engañar a sus súbditos e infundir en estos una duda constante acerca de su edad. Tal es una de las proclamaciones que había de contener el presente libro, donde se irá abordando, en numerosos lugares, la biografía del sultán Suleimán hijo de Salim, recién bendecido por Dios, gobernante sempiterno y único de las islas de Unguya y Pemba, de cuanto hay entre ellas y les es vecino. Añádase a ello que, según la pretensión del propio monarca, tenía poder asimismo sobre cuanto había en el cielo, excepción hecha del Señor Dios, por supuesto, y sobre lo que hay sobre la tierra, excepción hecha de la China, a causa de su lejanía geográfica.

El narrador tiene a bien darles cuenta de algunos datos acerca del emplazamiento de la presente historia y del origen de los acontecimientos relatados. En el año de 1652 enormes veleros procedentes de Omán echaron anclas en la costa de lo que se llamaba, en tiempos que se confunden en las tinieblas de la historia, Unguya y posteriormente Zanzíbar. Esta segunda denominación, en origen Zanj-i Bar3, se la dieron a la isla ciertos marinos persas, muy bebedores y enamoradizos, que llegaron al lugar siglos antes, por casualidad, y quedaron asombrados con los habitantes negros, las espesas selvas, los animales de presa, los árboles que goteaban vino, así como con cierta clase de moscas nocturnas que chupaban la sangre y fueron más tarde conocidas como mosquitos. Por la razón que fuese, no les gustó el lugar y se volvieron a Persia. Lo único que se llevaron consigo fueron las historias mágicas que ellos mismos imaginaron, las creyeron a pies juntillas y se las atribuyeron a las islas y sus habitantes. Puesto que la barrera de la lengua y el miedo mutuo aislaron a un pueblo de otro, fue la imaginación la que se encargó de rellenar los huecos. Del otro lado, lo único que dejaron los persas fue esa breve expresión: Zanj-i Bar, que las lenguas, los humores, los tiempos y la fonética fueron moldeando hasta que acabó en el nombre conocido de Zanzíbar.

El pasaje de las enormes naves omaníes lo componía un número impreciso de soldados pobres de solemnidad, mercaderes amantes del riesgo y algunos marinos que difícilmente volverían a surcar el mar. Todos sabían que aquel era un viaje de un solo sentido, pues no cabía que regresaran. Así se lo había asegurado quien venía al frente de la expedición: «Puede que sí regresen vuestros hijos, que serán mulatos, siempre que logréis combatir al enemigo con arrojo y os hagáis dueños del paraíso que os prometo, con todos sus dones, incluidas las huríes negras. La otra opción es que es acabéis en el infierno, donde arderéis si desfallecéis». Al hablar del enemigo se refería a los habitantes nativos, a quienes la imaginación de los marinos pioneros pintaba como salvajes antropófagos y hechiceros maléficos. Por lo que se refiere a los portugueses que conquistaron el extremo occidental del continente africano y las islas cercanas a la costa, estaban muy ocupados, como solían estarlo los portugueses, buscando oro, plata y diamantes, cazando animales para hacerse con sus preciadas pieles o colmillos, buscando las hierbas adecuadas para fines terapéuticos o mágicos; en tanto que sus momentos de asueto los dedicaban a holgar con las negras de amplias caderas y también con las más delgadas, a jugar a las cartas, a trasegar el aguardiente que los negros destilaban a partir de determinadas palmeras, a predicar la religión del Mesías, nuestro Padre que está en los cielos, y a enzarzarse en pequeñas batallas, muy desiguales, con los nativos, que por lo general acababan con la muerte de estos o su sometimiento a la esclavitud.

Puede afirmarse que el ejército árabe omaní constituyó una mayúscula sorpresa para todos, nativos y portugueses, tanto por su nutrido número como por su acometividad. Tales eran su potencia y su fe que obligaron a los portugueses a retirarse al interior del continente, a lo que acabaría conociéndose como Angola. Abandonaron así las costas a las jóvenes fuerzas árabes, provistas de armas de gran capacidad destructora, para empezar la convicción extendida entre sus componentes de que nunca volverían por donde habían venido. Y ese es un estandarte que jamás resulta humillado, bien lo sabía, por haberlo enarbolado previamente, el amazig4 Táreq ben Ziyad cuando ocupó la península ibérica. En cuanto a los nativos africanos, los habitantes originales de la región, se convirtieron en las ramitas secas con las que prendían el fuego en que guisaban su comida los omaníes, una vez instalados en el paraíso prometido, Unguya.

El narrador quisiera, asimismo, proponer a ustedes la lectura de un pasaje de las memorias de Salme bint Saíd, conocida en Alemania como Emily Ruete. Era la hija del más renombrado de los sultanes de Hadramaut que ejercieron el dominio sobre Zanzíbar. La susodicha huyó, en 1867, del palacio de su padre con el mercader alemán Rudolph Ruete, se casó con él en Berlín y allí vivió con él. El libro es una de las sospechosas fuentes de la presente narración y, desde luego, pueden ustedes, si así lo desean, por supuesto, dejar de leer el siguiente pasaje y seguir hasta el verdadero primer capítulo de la novela, «La pasión de la hija». Sigue, pues, un fragmento de las memorias de Salme bint Saíd:

Pero aún hubo otro caso no menos desagradable para los árabes. Un señor, cuya residencia lindaba con el consulado francés, in!igió a un esclavo suyo, particularmente terco, el castigo que se merecía; y, como los negros son por lo común cobardes y no saben aguantar el dolor con serenidad, el esclavo, que era un redomado gandul, montó tal estrépito que ocasionó la cínica intrusión del cónsul francés, a quien no cabe describir por su probidad ni rectitud moral, pues se atenía al principio que reza: «atended a mis palabras, pero no imitéis mis actos». El hecho es que aquel cónsul francés vivía en concubinato con una esclava africana que él mismo había comprado; de ella, por cierto, tuvo una hija más negra que la pez, la cual hallaría más tarde refugio en la Sociedad Misionera Francesa. Aquella intromisión hirió en su orgullo al árabe, que respondió con laconismo: «Uno debe ocuparse de sus propios asuntos y no de los ajenos». («Memorias de una princesa árabe», traducción del alemán al árabe por Salima Salih, Dar al-Yámal, 2021, pág. 267.).

Quienes hayan optado por leer lo anterior pueden igualmente continuar con un breve fragmento de las memorias de Hámad ben Muhámmad ben Yumua al-Múryabi, nacido en 1840 y muerto de malaria en 1905, conocido por los omaníes como Tippu Tip, sobrenombre ideado como imitación del sonido de un disparo, y por los africanos como la Hiena Moteada. El autor de esas memorias, tituladas en árabe «Un aventurero omaní en las selvas de África», sin duda uno de los más fieros generales omaníes, tiene una presencia destacada en la presente novela, aunque acaben ustedes descubriendo que la historia no es del todo precisa ni respecto a Tippu Tip, alias Hiena Moteada, ni respecto a otros. Pero la novela no se interesa en los detalles históricos, sino en lo humano. Helo aquí:

Poco antes del amanecer varios de nuestros hombres fueron a comprobar las bajas del enemigo. Habían caído más de seiscientos de ellos, y allá los hallaron con sus arcos, flechas, tambores y hachas. La escabechina que sufrieron se agravó por el hecho de que estaban sujetos unos a otros. Nosotros permanecimos en el lugar cierto tiempo. A las dos de la madrugada retornaron los enemigos y nos hallaron bien dispuestos a plantarles cara. Apenas nos tuvieron a tiro, se nos acercaron para acometernos, pero nosotros abrimos fuego y, en menos de siete minutos, dimos por concluida la operación. Los supervivientes huyeron, dejando atrás ciento cincuenta muertos. Nuestras pérdidas fueron insignificantes, solo dos de los nuestros cayeron. Volvimos al campamento tras dos horas de persecución y lucha cuerpo a cuerpo. («Un aventurero omaní en las selvas de África», traducción de Mohammad al-Mahrouqi, Dar al-Yámal, 2006, pág. 51.).  

 

LA PASIÓN DE LA HIJA

El joyero Qarún se sentó en su asiento, respiró aliviado y luego hizo pedacitos la imagen de la mujer vestida a la occidental, que tiró al suelo. Dio entonces un repullo, sobresaltado por la risa maliciosa y estentórea que emitía la boca ancha del negro encadenado junto al fuelle. Su amo, el joyero, le lanzó una mirada ardiente que le atravesó el pecho al esclavo, forzándolo a tragarse la risa. Y, al final de la jornada, el viejo indio, aún furioso, no olvidó servirse del hierro que, en principio, se usaba para trabajar la plata, pero que esta vez, tras ponerlo al rojo, le permitió estamparle al negro dos nuevas marcas en la espalda, que parecía desde hacía tiempo una red de pescador abandonada, a causa de las cauterizaciones y los azotes.

A la princesa recién bendecida por Dios le fascinaban los aromas del zoco, pero, por encima de todos, el del coco cuando casi, pero solo casi, comenzaba a pudrirse y se mezclaba, en las pequeñas ventanas de su nariz, con los efluvios del clavo, el jengibre fresco y el limón. Le gustaban los colores de los mangos, que iban del amarillo intenso al verde, pasando por el dorado, el rosa y otros. La volvían loca todas las tonalidades con que se ornaban aquellos apetitosos frutos. Le recordaban su infancia feliz: el jugar con libertad total por los campos, el perseguir insectos, pájaros y monos arteros, y también la sorprendente variedad de colores que iban tomando sus pechos a medida que le crecían. La princesa recién bendecida era capaz de rastrear la estela de todos aquellos olores. Bien sabía ella si venían de los puestos de verdura o de las tiendas de perfumes y aceites esenciales distribuidas a ambos lados de la calle que partía el zoco en dos secciones, la oriental y la occidental, y desembocaba en el mercado de esclavos. Pero a donde mejor la guiaba su olfato era hacia el azufre quemado que el viejo joyero indio utilizaba para tratar la plata y el oro en bruto.

Su afición por las joyas se tornó enfermiza cuando su veleidoso marido aceptó la idea de no tomar a otras mujeres, salvo a ella se entiende, y vendió a todas sus concubinas: la hermosa griega; las etíopes, tan apetecibles ambas; la nativa de Unguya, de generosas caderas; la copta, que se distinguía de las demás por su humor cambiante y ese frenesí que tanto le gustaba a él; las dos indias, parlanchinas y de senos redondos como naranjas, así como la extraña niña blanca que compró hacía poco en Omán, y de la que se decía que era en realidad una yinn, por más que el propio tratante, un anciano omaní, le asegurara que él mismo la había capturado en el océano Índico.

Las detestaba a todas, no podía ni verlas, y, si hubiera podido orinársele encima a cada una de ellas, lo habría hecho con gusto. Han llenado el palacio de bullicio y perdición, de esos muslos lascivos de todos los colores y de todas las partes del mundo. ¡Malditas sean una y mil veces, y maldito sea él y yo también! Con el precio de su venta me compraré vestidos, joyas, calzado. Quería vengarse de ellas, desde luego, aunque su principal objetivo era volverse más atractiva que todas a los ojos de su marido, a quien en realidad nunca había amado. Pero quería a toda costa rodearlo de seducción y de belleza; acicalarse con joyas que, una a una, representaban a aquellas rameras depravadas. Quería, inconscientemente, ser todas ellas a la vez y gozar de las humillaciones que ellas sufrían por parte de su amo. Con todo, sabía muy bien que su esposo amaba el trono más que a ella.

La princesa recién bendecida se moría por todos los sonidos del zoco: los pregones de los vendedores ambulantes, las campanillas de los negreros que llegaban desde la sección de los cautivos, la inesperada voz de la llamada a la oración, el rebuznar de los asnos de mercaderes de todas clases, los estruendosos golpes de los herreros, el chirriar de las sierras aplicadas a la madera, el característico roce de los molinos de harina, accionados por robustos esclavos negros con sus manos secas, agrietadas y tristes, el balar de las ovejas conducidas a su sacrificio en la sección de venta de ganado, detrás de las carnicerías y verdulerías. Pero, más que nada, gozaba con la joven cantante local, Uhuru. Era lo que más le gustaba oír, incluso más que las voces de los cantantes que actuaban con la orquesta que su padre, después de enviarlos a Egipto para su adiestramiento, trajo de nuevo a la isla para que interpretaran aquella extraña música que parecía transparente. A ella lo que le gustaba de verdad eran los sones de Uhuru, aquella negra, que era la única libre en toda la isla. Pero también las voces de los viejos que poblaban los callejones y hasta la calle principal mendigando un poco de comida y se iban con una pieza de fruta echada a perder o unas verduras malolientes que serían lo único que podrían llevarse a la boca aquel día. Eran los manumisos, liberados de la esclavitud porque ya no resultaban productivos. Con la edad no solo habían dejado de serles útiles a sus amos, sino que se les habían vuelto una onerosa carga, necesitados como estaban de alimento y cuidados.

Cómo le gustaban las canciones agrestes de Uhuru y el ritmo pavoroso de su tambor de tres patas… Admiraba la libertad sencilla con que la cantante se exhibía desnuda de cintura para arriba y, al mismo tiempo, admiraba y envidiaba aquellos dos senos enhiestos y negros, cual frutas mágicas teñidas por la oscuridad. Siempre se los quedaba mirando, sin vergüenza alguna, con los ojos bien abiertos e insolentes por detrás del velo transparente que le cubría el rostro; aquellos senos que no había acariciado ser humano ni yinn alguno, a los que ni acercarse podía la imaginación del depravado marido de la princesa. Uhuru se plantaba siempre en el pequeño rincón donde terminaba el mercado de los cautivos y comenzaba el de los orfebres y joyeros indios. Estos eran artífices diestros, siempre con sus enormes turbantes, bajo los cuales las cabezas locuaces no cesaban de dar precios de joyas, de adornarlas con discursos dispuestos siempre al ornato del género que vendían, al regateo, a esquilmar de dineros las bolsas de las señoras clientas. Allí era donde se situaba la hermosa joven, desnuda salvo por un taparrabos hecho de piel de cabra. La que estaba cantando en ese momento no era la pieza preferida de la princesa, por su agresividad y porque la llevaba a avergonzarse de sí misma. La canción era «Mi patria es paraíso de colonos, e infierno de sus nativos». Con todo, la princesa recién bendecida procuraba ser comprensiva. Disfrutaba con el ritmo, por más que la letra resultase hiriente, pues Uhuru narraba cómo los tratantes de esclavos atacaron su aldea, cómo capturaron a las mujeres después de violarlas. La princesa se había aprendido los versos en suajili, en el dialecto de la tribu de Kaymondi:

Yo comía al abrigo de los árboles.
Entró en la casa el padre del niñito;
los demás se marcharon a Nyamuzey.
Yo no dejaba de observarlo todo.
Un vecino tenía varias hijas,
y uno llegó que las quería a todas;
las escogió primero y las dispuso,
y una sola quedó: la embarazada.

Inmediatamente después de cantar estos versos Uhuru se puso a bailar. En ese momento Sundus, el cautivo eunuco que servía a la princesa recién bendecida, tiró del asno a cuyos lomos iba ella con la misma dignidad y grandeza que gastaba la reina de Kush en los tiempos de Salomón el Sabio; cubierta, casi sepultada, por sus joyas de oro y su amplia y rica túnica wakingo. El pequeño cortejo se dirigió hacia la tienda de Qarún, el famoso joyero indio, no sin antes haberle arrojado a la cantante un puñado de reales de María Teresa. Y tenía sentido que le tirara las monedas desde lejos, puesto que todo el mundo sabía que tocar a la cantante podía ocasionar pésimas consecuencias, la menor de las cuales era algún ensalmo de magia negra. De ese modo conseguía Uhuru mantener a raya a los tratantes de esclavos, los cazadores de seres humanos que en una persona no veían más que el modo de lucrarse vendiéndolos en el mercado. La hermosa cantante recogió al punto los reales, se los guardó en una suerte de bolsillo secreto que llevaba cosido al taparrabos de piel de cabra y le dio las gracias a su benefactora diciendo:
—Asante sana.

A la princesa recién bendecida no le gustaba ni lo más mínimo ver bailar a la joven Uhuru, pues parecía aún más desnuda y provocadora al ejecutar aquellos movimientos desenfrenados; además, el humilde y mal teñido taparrabos en piel de cabra le descubría lo que tenía que tapar. Y ella no quería ver todo aquello, ni tampoco las reacciones de los marineros indigentes, de sus viciosos compatriotas omaníes, de los legañosos viejos verdes, convencidos de que disfrutar de aquel espectáculo a la luz del día les mejoraría la visión, o de los borrachos y numerosos rateros, todos los cuales se agolpaban en torno a la joven cantante y no para disfrutar de su arte. Pero a Uhuru le daba lo mismo, ella seguía danzando como un guerrero enfebrecido, como un derviche en el paroxismo del trance o como un buitre que se lanzara sobre una inocente liebre. Nada que objetar, salvo que debería haber sustraído sus intimidades a aquellas miradas voraces. Odio ese despliegue de encantos de mujer, me da incluso asco. Trata de protegerse con esos movimientos y esa desvergüenza. La leyenda que Uhuru había tejido en torno a sí misma la protegía de los tratantes de esclavos y de los rijosos, soliviantados a todas horas por el consumo continuo de jengibre y clavo, así como porque tenían de su parte a la ley y a la costumbre en lo que atañía a disfrutar de cuantas mujeres y mozalbetes les vinieran en gana para satisfacer sus más bajos instintos de machos. Y la leyenda era la siguiente:

—A cualquiera que se atreva a rozarme ni un solo vello se le meterá en la cabeza un enorme yinn demoníaco, sin rostro, invisible, y allí dentro se le quedará. Ni los más avezados magos, los que viven en remotas cuevas, sin comer, beber ni respirar, podrán librarlo de tan diabólico ser. Quien quiera pasar por la experiencia, ¡adelante! Quien quiera venderme a los barcos que surcan los mares con rumbo al país de los blancos, ¡adelante! Quien quiera despojarme de la piel de cabra que llevo prendida de la cintura, ¡adelante! Eso es lo que tenéis que hacer si queréis ser poseídos por un yinn para siempre. Y ahora voy a bailar la danza de Satanás, de ese a quien teméis por encima de todo, de ese que devorará vuestras almas del mismo modo que el fuego devora la hierba seca.

Y se decía que Uhuru, valiéndose de cierto grado de maldad, junto con sus embustes, difíciles de desmentir, lograba mantener su libertad total.

Qarún, el joyero indio, era marrullero a la vez que dócil, atento sin bajar la guardia, generoso, pero siempre pendiente de la cuenta de resultados, de modo que su desprendimiento inicial le reportase pingües ganancias. Estaba esperando a la princesa, como solía cada primer sábado del mes lunar, día del mercado de joyas y alhajas, cuando fondeaban la mayoría de los enormes buques procedentes del país de los francos5 con noticias frescas de la moda parisina y el más novedoso género en materia de vestimenta y adorno que se estilaba entre las refinadas hijas del hombre amarillento.

Si bien la joyería del indio era de reducido tamaño, a su dueño no le faltaba de nada para llevar a cabo su labor. En un rincón, sentado en el suelo, estaba el sirviente, que se ocupaba de accionar el fuelle. Era un hombre de cabello espeso, de músculos torneados y bien visibles; con el torso desnudo, dejaba ver un pecho desprovisto de vello, o acaso fuese que la ceniza y la mugre lo hurtaban a la vista, en tanto que de cintura para abajo se cubría con una sucia piel de color pardo. Trabajaba en silencio, mirando en torno a sí con sus ojos, grandes y saltones, pero sin abandonar la tarea. Se quedó mirando a Sundus, tan pulcro y suave, ataviado con ropaje multicolor de la más preciada seda, a más de dos grandes aros de oro en las orejas. ¡Vaya un cautivo eunuco, bien tratado y despreciable! Yo, por mi parte, no soy más que una gran masa de carne negra, sucia y atada con cadenas de hierro a unas estacas bien clavadas en el suelo, que no podría arrancar ni el mayor elefante.

En muchos de los estantes del comercio del indio había cofrecillos, cerrados y bien sujetos a las baldas de hierro y, asimismo, pinturas al óleo de dioses indios. El dios Shiva aparecía bailando en la pared que daba a la puerta, de manera que pudieran verlo cuantos entraran. Pero también tenía a la vista una lámina con el capítulo de la Aurora del Sagrado Corán, trazado con letras de oro; lo tenía colgado encima de un gran baúl sobre el que descansaba un instrumento de percusión. Además, y justo detrás del asiento del dueño, se hallaba el árbol genealógico del sultán (el padre de la princesa), recientemente bendecido por Dios; pues era preceptivo tenerlo expuesto en todas las tiendas y mansiones, según había ordenado el propio sultán Suleimán hijo de Salim, recién bendecido.

Qarún la estaba esperando, pues, con la aljaba bien provista, como siempre, de lo que exacerbaba en su alteza el instinto de compradora, a saber, historias sugestivas y joyas únicas que mandaba traer de allende los mares y los océanos, de los más remotos confines del mundo. Eran alhajas que se esforzaba por conseguir solo para ella, en total exclusividad, remitidas por no otro que el decano de los joyeros de Francia. Bien sabía ella que todo eso era una sarta de mentiras, pero se las creía; le hacían falta, en realidad. La princesa se moría por aquellas historias peregrinas, que tan bien le venían para despertar la envidia de sus jactanciosas amigas, y estaba dispuesta a pagar de buen grado, a cambio de las mentirijillas, unos reales de más, pues de ese modo la joya adquiría más valor. Así era, qué vamos a hacerle, le encantaban aquellos embustes, los fantasiosos relatos que el joyero Qarún tejía alrededor de sus alhajas: las fuentes de donde provenía cada una, las vicisitudes por las que habían pasado, su calidad extrema, su belleza arrebatadora. Lo que la princesa le pagaba al joyero cubría tanto las mentiras como el precio, más bien bajo, del género que el indio le vendía. Pero a ella no le importaba pagar un poco más si eso le garantizaba la envidia y los celos de sus amigas, las hijas, esposas y concubinas preferidas de lo más granado de los señores de la isla, terratenientes, tratantes de esclavos o mercaderes de especias, todos ellos muy pudientes. Unos reales de más bien valían uno de aquellos profundos suspiros de admirada frustración. Ojalá en aquella ocasión el joyero le contara una historia que llevara a alguna señora a las mismas puertas de la muerte. Y el hecho es que Qarún le tenía reservada en esta ocasión una sorpresa de gran calibre. De un pequeño cofre revestido de oro, sacó el pequeño retrato de una dama europea de punta en blanco; llevaba un vestido de seda y posaba como un pavo real, mostrando el esplendor de su cuerpo y la majestad de su presencia en este mundo, que Dios había creado solo para dar lustre a su hermosura, su petulancia y su grandeza. Sin embargo, todo aquello era pura futilidad, le aseguró el joyero; lo trascendente era aquel precioso collar único que le daba mayor prestancia al cuello de la dama, y se lo señaló con un dedo realzado por una sortija de oro con un enorme diamante, genuino según él mismo pretendía:

—Es el collar de la duquesa Mariana de Padua, conocida como la princesa de las princesas. Pero vuestra alteza habrá oído hablar de ella, por supuesto…

La princesa recién bendecida contestó desolada:

—Pues no, no he oído hablar de ella, la verdad. ¿Quién es la duquesa Mariana?

El joyero, sin dejar de mover el retrato, con mucho miramiento, dijo a modo de explicación:

—Está en el pináculo de la sociedad italiana, y toda Europa la adora; baste decir que es la inspiración de los mayores poetas italianos e ingleses. Tan es así que sobre ella se han publicado volúmenes completos de poemas y canciones. Hasta nuestras costas ha llegado cierta coplilla sobre ella que cantan los marineros.

La princesa recién bendecida lanzó un suspiro de admiración, tratando de animar al joyero a proseguir.

Los dedos de este, ornados de oro y ligeros como los de un ladrón profesional, jugaron con el cofrecillo unos segundos antes de sacar un atractivo y rutilante collar. Se lo puso delante a la princesa con movimientos de experto y lo movió ante la máscara transparente de la joven mientras le decía:

—Pues este es, precisamente, el incomparable collar que luce la gran duquesa Mariana en el cuello. Todo esto son zafiros de primera calidad y, fíjese su alteza, se lo ruego, lo que brilla en medio es un diamante negro, más raro que la leche de pájaro o los orines de ángel.

Tendiendo la mano para examinarlo, preguntó ella:

—¿Cómo te has hecho con él?

El joyero sonrió dejando ver sus viejos dientes desgastados que emitían un brillo parecido al de las pepitas de oro: —Los piratas, su alteza. Los piratas lo consiguen todo. En la India decimos que son los piratas quienes trajeron los mares y los océanos. Con que un collar es poca cosa para ellos, incluso el de la gran duquesa Mariana.

La princesa recién bendecida sonrió detrás de su velo transparente, y hasta el sirviente que trabajaba soplando el fuelle en un rincón pudo apreciar la blancura y el sorprendente fulgor de su dentadura. Contempló ella la alhaja con verdadera y manifiesta avidez, casi con hambre; la sangre le hervía en las venas y se le elevaban las pulsaciones, al tiempo que se resistía a la placentera y suave emisión templada de entre sus muslos.

Desde luego, la historia era tan extraordinaria que podría provocarle una angina de pecho a más de una que ella conocía. El olor del azufre, por lo demás, la tentaba a comprar. Su cuerpo, bajo el manto, experimentaba un completo frenesí. Nada deseaba tanto como poseer aquel collar. Por efecto de las carcajadas, resonantes y obscenas, del indio, proferidas desde debajo del enorme turbante, se estremecían las láminas de Krishna y los versículos del Corán que pendían de la pared.
—El precio del collar es de 10 000 reales de María Teresa. Ella exclamó espantada:
—¿Cómo?
El joyero repitió al tiempo que esbozaba una sonrisa:
—Son solo 10 000 reales de María Teresa, precio especial para su alteza como clienta única que es.

Estamos de acuerdo en que el collar es espléndido y la historia que lo acompaña, una delicia, pero no puede venderme una fantasía por esa suma desmesurada.

Y en voz alta, al tiempo que se levantaba del cómodo asiento que el joyero le ofreció a su llegada:
—Te doy 500, y ni un tálero más.
Miró a Sundus, quien, detrás de ella se esforzaba con denuedo por alejar a moscas y otros insectos de los vestidos de su señora y por mover el aire con un gran abanico de palma, y le ordenó:
—Dale 250.
El indio lanzó un grito de terror y preguntó:
—¿No acaba de decir su alteza hace un momento que 500?
Y la princesa recién bendecida por Dios le dijo al tácito Sundus, que seguía empeñado en librarla de contumaces moscas:
—Dale ahora mismo 50 reales enteros.

Sundus sacó la cantidad señalada de una bolsa de cuero viejo, con cuidado de escoger las monedas más antiguas y con los bordes más roídos.

El indio no dijo nada en absoluto, se limitó a contar la suma varias veces antes de depositarla en uno de los cofres grandes; puso el valioso collar en su estuche y se lo entregó a la princesa recién bendecida. Esta le dio las gracias y salió reprimiendo la risa detrás del velo que le cubría la cara.

El joyero Qarún se sentó en su asiento, respiró aliviado y luego hizo pedacitos la imagen de la mujer vestida a la occidental, que tiró al suelo. Dio entonces un repullo, sobresaltado por la risa maliciosa y estentórea procedente de la boca ancha del negro que tenía encadenado junto al fuelle. El amo, el joyero, le lanzó una mirada ardiente que le atravesó el pecho al esclavo, forzándolo a tragarse la risa. Y, al final de la jornada, el viejo indio, aún furioso, no olvidó servirse del hierro que, en principio, se usaba para trabajar la plata; pero que esta vez, tras ponerlo al rojo, le permitió estamparle al negro dos nuevas marcas en la espalda, que parecía desde hacía tiempo una red de pescador abandonada, a causa de las cauterizaciones y los azotes.

 

1.Los fulani o fula son un pueblo que se extiende por la zona subsahariana, en especial por el África Occidental. Son musulmanes sunníes, aunque, como en este caso, pueden adscribirse a corrientes sufíes (místicas), lo que favorece el sincretismo con creencias anteriores a la aparición del islam. (Esta y las siguientes notas son del traductor).

  1. Suleimán es el nombre árabe correspondiente a Salomón, el personaje bíblico y luego coránico, que se asocia con poderes sobrenaturales y con el ejercicio de la magia. No es extraño, pues, que el personaje Suleimán hijo de Salim tenga ese nombre de importantes resonancias.
  2. Expresión de origen farsi que significa «la costa de los negros».
  3. En referencia a su origen étnico bereber.
  4. «Francos» es el término indiferenciado bajo el que tradicionalmente se ha designado a los europeos en sociedades árabes islámicas.

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