Fragmentos de la novela
Traducción de Antonio Martinez Castro

Las montañas
El monte Abdulaziz*1 al Oeste, el monte Kawkab*2 al Este y allá a lo lejos el monte Sinyar*3. Cuenta la fábula popular que eran tres hermanos. Los dos mayores riñeron: Abdulaziz quería someter por la fuerza al hermano mediano, Sinyar. El pequeño, Kawkab, se interpuso entre ambos, mas una gran roca lanzada por Abdulaziz a Sinyar le cayó en el pie derecho y lo dejó inválido de por vida. Así quedó cojo, incapacitado, inmóvil en su sitio no muy lejos de la ciudad de Hasaka*4. Cuando Abdulaziz se dio cuenta de su culpa, se dirigió hacia el occidente, atravesó el río Jabur*5 y anduvo un día con su noche. Al sentirse cansado, arrojó el cayado y se retiró a un terreno inhóspito en cuyas laderas gacelas salvajes ramoneaban hojas de acacia y en cuyo cielo volaban rapaces y bandadas de palomas bravías. En cuanto a Sinyar, se alejó hacia Iraq y se echó a descansar en la fría región fronteriza de Siria con los pies tendidos hacia la llanura de Nínive. Indómito, optó por las alturas y allí se asentó el pueblo de los yazidíes*6 que, a decir de las leyendas, son adoradores del diablo, raptan musulmanes, despellejan a los ancianos y beben la sangre de los niños.
Con abrir los ojos, las ves allí: montañas lejanas a las que no bastan unas horas de caminata para llegar. Aparecen nítidas en los días despejados de mayo, último mes de la primavera, antes de que la siega comience en junio y se anuncie la canícula. Se visten con el color de cada estación: blancas cuando las cubre la nieve, verdes en primavera y de un gris terroso en verano. Los espejismos les confieren a menudo un halo de misterio que las convierten en fuente de enigmas en los que se entremezclan mitos, habladurías y costumbres religiosas de corte campestre.
Sedentes y estables, no vienen ni se van, no viajan ni se mueven, no cambian de lugar, aunque desaparezcan algunos días de invierno cubiertas por las nubes. A veces se tornan de un negro intenso, con truenos y relámpagos sobre sus cimas que ora mandan nubarrones pasajeros, ora descargan una lluvia torrencial. Y cuando cesa el aguacero, un arcoíris de colores vivos y cristalinos se despliega haciendo estallar millones de preguntas que quedan sin respuesta: ¿cómo se forma ese florido ramo de colores? ¿Por qué aparece y luego se desvanece? ¿Es que se evapora o es que cambia de rumbo como los sueños que aquí se fraguan y luego se esfuman? ¿Acaso parte como las nubes que cruzan sobre nosotros y se alejan hacia el mar para luego volver cargadas de agua? Y así sigue el curso de las cosas. Ya ni siquiera los pastores envueltos en pellizas traen noticias de aquellas laderas. Incluso sus perros, que ladran a los lobos en las noches oscuras, se quedan clavados ante el arcoíris y se agazapan sin moverse cuando sobre ellos pasa una tornasolada nube hacia lo desconocido. ¿Entenderán los cancerberos de las mesetas que los sueños emprenden largos viajes y no retornan?
Los espejismos aparecen con el calor inclemente y luego se disipan. Permanecen varios días, suben y bajan en intensidad según la temperatura, la fuerza del viento y el polvo del desierto que, cuando arrecia, funde la noche con el día. Con frecuencia la gente los relaciona con el lugar, los consideran un mal presagio de pocas lluvias, sequías, pérdida de cosechas y pastos, muerte del ganado y emigración de las aves. Solía oír a los ancianos maldecir las tormentas de arena que se desatan tras diluirse los espejismos. Con ojos brillantes que despedían destellos de ira y tristeza, se embozaban en rudas kufiyas*7 para protegerse de la polvareda cuando encaraban la ventisca de arena fina procedente de Nayd*8, de Iraq y del desierto de Siria. Y así, poco a poco, se acercaban a sus jaimas en el Jabur y el Éufrates.

«Correr tras espejismos» es una expresión que, cuando la oía en boca de los mayores, me imaginaba a alguien lanzarse a perseguirlos, sin poder alcanzarlos por lo rápidos que eran y lo distantes que estaban. Muchas veces me confundía y creía que el lejano resplandor era un mar al que yo podía llegar, pero no a caballo. Los ancianos decían: «No arribarás allí, aunque cabalgues a lomos de corceles de viento». Así es, el espejismo encarna la sabiduría del desierto para quienes sueñan con lo que hay más allá del horizonte infinito. Es todo lo que puedes imaginar: los espejismos, nada más, dominan ese territorio abierto sin fronteras donde no hay países ni genios ni personas, tampoco agua, tierra o cielo; sólo enigmas. Es de ilusos pretender alcanzarlos y regresar. Algunos soñadores han intentado llegar a su corazón y no volvieron. Cuanto más los persigues, más huyen de ti; avanzan a una velocidad que te supera una y otra vez. Te fatigas, sientes sed, caes en la desesperanza, mientras el mar del espejismo se sigue desplegando ante ti hasta el infinito.
¿Qué hay detrás de las montañas? El sopor de la noche que no se difumina ni ofrece respuestas; el sueño de viajar allende aquellas sierras prodigiosas —formadas por remotos movimientos sísmicos— cuyas cumbres son inalcanzables excepto para quien se juegue la vida en el empeño de cruzarlas. Pero ¿hacia dónde? Nadie conoce la hondura del horizonte; el espejismo es un amplio mar, infranqueable para las naves, por el que divagan los sueños desde que unas erupciones volcánicas formaron esos picos elevados, dejando a los hombres del otro lado con la mirada puesta en la lejanía.
Cuando desperté del sueño, no entré en la vigilia. El libro me hundió en un viaje sin fin, hizo que me trasladase de un punto a otro y me concedió la libertad de elegir entre interrumpir la marcha o proseguir, de modo que me quedaba en un mismo lugar hasta que en mi interior se encendía el deseo de buscar uno nuevo. En un antiguo manuscrito hallé una narración que describía este estado y explicaba su causa: el origen se debe a un germen maligno heredado por los beduinos desde tiempos inmemoriales que les impide pernoctar en un mismo sitio más de una estación, de ahí que cambien constantemente de lugar según el clima. Un día comprendí que la temporada había concluido, que no me era posible prolongarla, entonces dejé que mis pasos dibujaran en la arena un trazo zigzagueante. Dije: «He de traspasar este horizonte». Mas una sombra que se alzaba en el camino me dijo: «Lobos y hienas te esperan, además no encontrarás a nadie ni alimentos ni agua».
Mi bastón me condujo por numerosas sendas y caminos, abriendo ante mí rutas que nunca había pensado en recorrer para llegar a una tierra que jamás imaginé que pisaría. Me crucé con numerosas criaturas de razas, colores, nombres, índoles y sueños extraños. La mayor parte de las veces que me reuní con gente durante el viaje fue por casualidad —y no debido a una planificación previa—, siendo su compañía la guía de un extraviado que buscaba una salida, tras haberle resultado imposible permanecer allí después de que la tierra diese una vuelta funesta y se traspapelasen los papeles. Como si atravesara una noche interminable, no sólo el amanecer estaba lejos, sino que el aire mismo se había corrompido.
Puse el libro en mi diestra y caminé, a la vez que leía en el capítulo sobre viajes las indicaciones para salvarse del naufragio: prevenir la humedad, la contaminación, los rumores, la hipocresía, la delación, las puñaladas por la espalda y el juego a dos bandas.
La gran idea se instaló en mi mente como si la hubiera estado incubando durante años. Echó sus raíces en mi ser cual palmera que hallase su suelo y descansase entre la tierra y el aire. El tronco se alzó hacia las alturas para alcanzar el alto cielo con sus palmas. De este modo viajé y me detuve, fijé mi residencia y la abandoné, socialicé y me aislé, hallé sosiego y renuncié al mundo. Entre un punto y otro, el viaje era una página en blanco de mi vida en la que escribir un texto propio que narraría mi punto de vista para dejar una huella que atestiguase mi paso por aquí y por allá, entre controles y minas antipersona, por arduos caminos entre lobos y corderos, debatiéndome entre la pérdida y la amargura. La amargura tiene un sabor acre. Cuando uno la prueba, se da cuenta de que toma un cóctel de fracaso y frustración, que se adentra con malhechores en un callejón sin salida. La única opción es apurar esa maldita copa hasta los posos, ligarse a los momentos de solaz para respirar en libertad, dormir dejando la inquietud y el miedo atrás entre gobernantes y súbditos, a oriente y a occidente, al norte y al sur. La soga de la salvación aparecerá escasos segundos antes de naufragar, entonces uno se embarcará en la nave que lo lleve a buen puerto para hallar un mundo distinto al que lo desterró y arrojó a un mar embravecido.
Se trata de un viaje, no de una huida sin retorno. Si uno muere, no es preciso repatriar su cadáver para que encuentre en su país una fosa miserable. Es preferible tirarlo al mar o enterrarlo en un cementerio extranjero en el lugar en que dio el último resuello. No es menester que posea un acta de inhumación; cualquier hoyo en el camino vale más que una tumba en la patria querida. No lo encontrarán con facilidad en el caos de camposantos saturados de cuerpos que se ahogaron en un ambiente podrido y una tierra estéril esperando la lluvia.
Al viajar desde el más allá de los mares hacia el más allá de las altas montañas, el monte Abdulaziz aparece como una caravana que se hunde en arenas movedizas. Poco a poco, de su silueta no queda más vestigio que la tenue sombra de una ilusión ocre que devasta las verdes llanuras convirtiéndolas en peñascales oscuros. El único resto del monte alto y lejano son unos bloques de roca negra con la boca abierta hacia la patria, como si la maldición del hambre abarcara a todos por igual. La miseria tocó el país a finales de los años cincuenta y desde entonces se ha extendido hasta devorarlo por completo.
Íbamos en grupos hacia aquellas montañas, corríamos como si ellas nos llamaran a nosotros, los niños nacidos allí por casualidad, arrojados por sus familias en la arena cual animales que paren a sus crías en la meseta dejándolas a la suerte del destino. Corríamos hacia las montañas, no éramos más que unas sombras fantasmagóricas con aspecto de lobos que avanzan con premura, la lengua afuera por una sed terrible y, cuando el látigo del sol nos golpeaba con toda su fuerza, desfallecíamos deshidratados y todo desaparecía. Sólo quedaba el silbo de la tormenta de arena, procedente de los desiertos distantes de Nayd y Rub al-Jali*9, que soplaba por doquier y traía una polvareda amarilla que el páramo sirio masticaba y replicaba.
Los lobos
Me acerqué a la muchedumbre agolpada frente al parachoques delantero del jeep militar. Me sorprendió que el animal matado fuera un lobo de aquellos que solíamos ver en abundancia en el desierto. No me habría topado con la escena de no estar obligado a pasar ante el puesto de guardia de mi vecino el oficial, hijo del general Muhámmad Nasif, jefe de la sección de Inteligencia de la Seguridad del Estado.
Caminaba distraído como de costumbre, sin ver ni escuchar, a fin de cubrir los veinte metros que separan la entrada del edificio donde vivía de la parada del autobús. Me llamó la atención un vehículo militar estacionado en el cruce, rodeado por un grupo de transeúntes. Desde lejos pensé que se entretenían mirando a un zorro salvaje abatido por unos soldados que lo exhibían a guisa de guasa; sin embargo, los semblantes de los viandantes sugerían ira, confusión, extrañeza y estupor hasta el límite del pasmo.
El cadáver estaba desgarrado por las balas. Los restos de sangre sobre el capó del vehículo militar indicaban que el lobo había recibido los disparos cerca de Damasco y lo habían introducido en la ciudad por la mañana. A unos pocos pasos de distancia no parecía muerto: sus ojos aún emitían soplos de vida y un leve centelleo, como si le hubieran descerrajado los tiros hacía un instante; sus pupilas desorbitadas y sus facciones guardaban una expresión de cólera intensa, semejante a la de quien ha caído apuñalado por la espalda.
Había un mensaje claro en la exposición del cadáver del lobo cosido a balazos. Lo habían dejado en pleno centro de un barrio de Damasco para que los transeúntes lo contemplaran. Pasé el día entero pensando en ello e interpreté la escena con espanto. Por la noche, me sorprendió en sueños una manada de lobos que paseaba por una calle y, cuando me refugié en el campus universitario, encontré otro grupo que deambulaba por allí.
Las pesadillas se volvieron recurrentes: empecé a imaginar lobos por los barrios de Damasco, vagando por la Universidad, subidos a los autobuses. Poco a poco comencé a relacionar la presencia de los agentes de seguridad, que custodiaban a mi vecino el general, con los lobos que aparecían en los sueños nocturnos y en las ensoñaciones del día. Decidí evitar el puesto de guardia y marché en dirección contraria a tomar el transporte público en una parada alejada.
Le conté a Yamil Hatmal aquel sueño. Al principio se lo tomó como un delirio surrealista que se me había manifestado de ese modo, en vez de concretarse en un poema. Pero sucedió que, viajando juntos de Alepo a Damasco en un autocar de la compañía al-Karnak, unos soldados con uniformes de camuflaje nos detuvieron en un control a la entrada de la capital y nos ordenaron descender a fin de revisar la documentación. Lo hicieron de una manera brutal y provocadora, insultando y humillando a todos sin motivo alguno. Al parecer, uno de los pasajeros expresó malestar y lo aporrearon en grupo a más no poder: puñetazos, patadas, cabezazos y culatazos, hasta dejar un cadáver ensangrentado en el suelo. Luego, subieron al vehículo militar y se fueron.
Yamil no podía creer que otra cuadrilla de soldados vestidos de camuflaje hubiera agredido a nuestro amigo Salah tras salir de la Universidad por la tarde en compañía de su amiga Afaf. Estaban sentados en un banco de madera a orillas del río Barada *10, cuando un grupo de soldados, armados hasta los dientes, descendió de un vehículo militar y les pidió que se identificasen. Al descubrir que él era nacido en Damasco y ella en Lataquia, lo golpearon hasta hacerle sangrar por la nariz y amenazaron con matarlo si volvía a encontrarse con una joven de la secta alawí *11. Nuestro amigo cedió para salvar el pellejo, a pesar de amar a la muchacha y haberle pedido matrimonio con anterioridad, obteniendo el beneplácito de su familia.
Dudaba si contar a Yamil historias de esta clase, pero fue él mismo quien empezó a referirme algunas de las que le llegaban a los oídos, pues era de Damasco y estaba al corriente de muchos detalles. De tantas historias de agresiones sufridas por compañeros y conocidos que me contaba, aquellos hechos dejaron de provocarnos reacciones o parecernos insólitos. Y así quedó la cosa hasta que una patrulla de la inteligencia me detuvo frente a su casa cuando iba a verlo al mediodía. No había reparado en que se lo habían llevado arrestado en un vehículo militar y que aguardaban en la puerta de la casa familiar para interrogar a quienes fueran a visitarlo.
El jefe de la patrulla me pidió el carné de identidad y el de la universidad, y averiguó que era de otra ciudad, que no era damasceno. Le extrañó entonces mi relación con Yamil, oriundo de Damasco y estudiante de otra facultad. Le expliqué que la escritura nos unía: que él era autor de cuentos y yo poeta. Mas la explicación no lo convenció; me detuvo y envió algunos efectivos de la patrulla conmigo a registrar mi habitación, donde sólo hallaron libros de la universidad y de literatura, por lo que me dejaron en libertad. Yamil no estuvo detenido mucho tiempo, apenas unos días, pero desde entonces comenzaron a arrestarlo periódicamente e interrogarlo cada vez que apresaban algún joven vinculado con la escritura. Terminaron por acusarlo de pertenecer a una organización criminal y quedó bajo custodia largo tiempo. Gracias a mediaciones al más alto nivel, salió para ir a Francia a tratarse del corazón. Ya no volvió más y murió de pena en el extranjero.
La imagen del lobo me perseguía: el brillo de los ojos, la mirada de ira y de burla, el hilo de sangre que recorría el mapa de Siria. Cuando hice la maleta con unos cuantos libros y cuadernos, una camisa y un pantalón, los lobos en uniforme de camuflaje estaban por todas partes. Me acompañaron hasta que crucé el paso fronterizo con el Líbano, aunque de mis sueños no salieron nunca.
1 Cadena montañosa situada a unos 35 km del centro de la ciudad de Hasaka, en el noreste de Siria. (N.T.)
2 Situado en el noreste de Siria, a unos 15 km al este de la ciudad de Hasaka. Originalmente era un volcán cónico, cubierto de basalto. A pesar de la erosión sufrida a lo largo de los siglos, su cráter aún es visible. (N.T.)
3 Situado en la frontera sirio-iraquí, entre las gobernaciones de Nínive y Hasaka. (N.T.)
4 Ciudad situada al noreste de Siria, atravesada por el río Jabur. (N.T.)
5 Importante río sirio que nace en el sur de Turquía, cruza la frontera hacia siria y luego pasa por Hasaka para desembocar en el río Éufrates. (N.T.)
6 Son un grupo religioso, en su mayoría kurdo, asentado principalmente en el norte de Iraq, Siria y sureste de Turquía. Adoran a un creador divino y a un séquito de siete ángeles, y creen en la reencarnación. Su centro religioso es el santuario de Lalish, en el norte de Iraq. (N.T.)
7 Pañuelo tradicional de Oriente Medio y la Península Arábiga, generalmente de algodón o lino, decorado con diversos colores, entre los que destacan el rojo, el blanco y el negro. Tiene forma cuadrada y suele doblarse en triángulo para colocarse sobre la cabeza, sujeto con un cordón grueso llamado iqal. (N.T.)
8 Una de las regiones históricas de la Península Arábiga, ubicada en el centro de la misma, y la más extensa. La zona oriental de la región ha sido hábitat habitual de beduinos. La ciudad más importante es Riad, capital de Arabia Saudí. (N.T.)
9 Enorme desierto de arena que se extiende por Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Yemen. Incluye dunas que pueden alcanzar cientos de metros de altura. Posee una belleza natural única y una rica historia geológica y cultural. (N.T.)
10 Principal río de Damasco. Nace en el valle de Zabadani y serpentea hasta un profundo y escarpado valle (Wadi Barada). Desde allí, continúa su curso hasta entrar en la ciudad de Damasco y desemboca en el lago Utaiba, al sureste de Damasco. (N.T.)
11 Grupo religioso, originario de una rama del shiísmo, surgido en el siglo IX en el Levante e Iraq. Se adhiere a doctrinas esotéricas, como la veneración de Ali y la transmigración de las almas. La población alawí se concentra principalmente en Siria, Turquía y Líbano. (N.T.)
Basheer Al-Baker es un poeta y periodista, nacido en la gobernación de Al-Hasaka (noreste de Siria), en 1956. Con poco más de veinte años se marchó de su país dirigiéndose a Beirut. Vivió allí dos años y partió en 1982, en el barco que condujo a Yasir Arafat a Atenas. Tras una breve estancia en Chipre y Túnez se instaló en París, donde trabajó como periodista en la revista semanal El séptimo día. Obtuvo el premio de periodismo árabe en Dubai y participó en la fundación de la revista Casa de la poesía en Abu Dhabi. En 2014 contribuyó a la fundación del periódico El nuevo árabe, que se publica en Londres, y fue su editor jefe hasta 2019. En 2023 publicó la obra Biografías de otros, consistente en retratos de figuras árabes que contribuyeron a conformar la escena cultural y política árabe. Ha publicado diversas obras en prosa, algunas de tema político, y los poemarios El ahorcamiento del cardenal, Lámparas para un pavimento europeo, La tierra de otros, No para la Mona Lisa, Después de París y El regreso de los bárbaros. Algunos de sus poemas se han traducido al inglés, francés y turco.
Antonio Martínez Castro, traductor y profesor de lengua árabe nacido en Madrid en 1973. Obtuvo el doctorado en el Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid (2016) y un máster en Lengua Árabe y su Literatura en el Instituto de Letras Orientales de la Universidad Saint Joseph de Beirut (2009). Fue profesor de español como lengua extranjera en el Instituto Cervantes de Beirut (2005) y lector de español en la Universidad de Damasco (2006) y en la Universidad de Sana’a (2008). Desde el año 2010 es profesor de lengua árabe en la Escuela Oficial de Idiomas de Almería. Ha traducido Pájaros de septiembre de Emily Nasrallah, y Principio del cuerpo, final del mar de Adonis.

















