LOS LOBOS NO OLVIDAN, Fragmentos de la novela de Lina Hawyan Alhassan

Traducción de Angelina Gutiérrez Almenara

 

Por tu alma, Yáser.
Ojalá lleguen las palabras allá donde las palomas
proyectan sus sombras elevadas sobre tu tumba.

1 de julio de 2012

Te erigiste, como una lápida, en mi corazón para siempre.

Lina Hawyan Alhassan

-1-

¿Por qué aúllas, lobo, si estamos en las mismas?
(Antigua canción beduina)

 

Dicen que los lobos tienen memoria, que no olvidan y que por eso aúllan y aúllan hasta que hacen desaparecer la última de las palabras.

 ¿Pueden los animales llorar de pena? Una de las imágenes más conmovedoras es un poema beduino original. «No te olvidaré ni cuando el lobo olvida», me llega la voz de mi tía mientras llora a mi hermano. También oigo el eco de los latidos frenéticos del lobo, aullando, a la caza del olvido, y eso es imposible. Ningún lobo puede liberarse de sus recuerdos.

Jálaf, el pastor de mi abuela que murió hace tiempo, sabía por qué aúllan los lobos. Entendía su cadencia, su duración, sus pausas, su brevedad. «Esos aullidos en grupo, intermitentes, son los aullidos de una manada que quiere aterrorizar a las criaturas a su alrededor. Y esos aullidos continuos pero cortos son de lobos que se están intercambiando mensajes, acordando un plan de caza», solía decir. «Y ese aullido breve es de un lobo cortejando a una hembra. Y ese largo, de un lobo cuya hembra ha muerto».

Una vez el aullido fue más que largo; fue prolongado y les hizo compañía a todas las horas de la noche. «Ese aullido es el de una loba que ha perdido a su cría», dijo aquel día Jálaf con la mirada perdida en la oscuridad del desierto.

No entendí entonces por qué me paralizó aquel aullido, por qué se me quedó grabado en los oídos. Lo recuerdo como si nunca hubiera cesado. Era un grito aislado, salvaje, quejumbroso, sediento de difundirse.

A la tarde siguiente volvió Jálaf y, tras él, el rebaño. Lo precedía su perro, que se fue directo adonde se acumulaban los restos del bulgur hervido en caldo de carne. Mientras, Jálaf se dirigió a su rincón habitual cerca de la alacena, donde mi abuela le sirvió la comida. Desanimado, Jálaf empezó a contarle a mi abuela que un cazador proveniente de Alepo le había dado caza a un lobo pequeñito. Lo había visto alardeando de su presa toda la noche y cuando se hizo de día se lo llevó a Alepo metido en un saco lleno de nieve.

Publicado por Dar Al Adaab, Beirut, Líbano 2016. ISBN 9789953895116

La complicidad de Jálaf con aquella loba era patente y, a pesar de eso, se quedaba despierto casi todas las noches de invierno para proteger a los corderos de sus garras. Era conocida en el desierto del castillo Ibn Wardán. Famosa por su ferocidad e inteligencia a la hora de engañar a los pastores y llevarse a los lechales, tuvo a los pastores en vilo por las noches durante mucho tiempo.

Cayó la noche y, de nuevo, el aullido de la loba de Ibn Wardán llenó el aire del desierto. Todos respiramos su tristeza. Y es que la tristeza tiene un aroma. Aquella noche ninguna de las muchachas vino a sentarse un rato junto al fuego de mi abuela. No hubo charla. Sin embargo, el aullido devolvía el eco de los dolores del infierno. La tristeza es un infierno, la tristeza es un averno despiadado.

Treinta años después, allí estaba en el balcón con los malditos prismáticos militares observando las cuatro malditas carreteras y el maldito atentado. Todo estaba maldito por la tristeza, el miedo y la desesperanza.

Wael me llama en voz baja: «El té está listo. Baja».

La loba está triste. Su imagen, frente a mí, con las patas extendidas ante los ojos, la cabeza inclinada bajo un cielo neutro, indiferente al aullido que paraliza hasta el aire. Y la loba aúlla.

Dejo los prismáticos en la exquisita mesa de comedor en la que nunca comemos. Bajo descalza y salgo a la terraza. Wael me acerca una silla y me siento mirando al imponente ciprés, aislado, solitario, robusto, erguido como una lanza. Lo plantaron en su día los dedos de Yáser.

«¡¿Yáser está muerto?!», me pregunto para mis adentros como para convencerme de que está muerto.

Me bebo el té mientras me sumerjo en el lamento de aquella loba que me paralizaba cuando era niña, hace más de treinta años, hasta que llegó el momento en que fui consciente de cuánto se parecían aquellos aullidos al llanto de mi madre, a su lamento, acompañándola incluso cuando dormía.

* * *

Los lobos no olvidan. Tampoco se traicionan. La traición es característica de los humanos. Las traiciones son cosa nuestra. Es el tema estrella de la literatura; algo así como una norma que nos empuja a traicionar. La mayoría, todos, todo el mundo tenemos que ser traidores a ojos de los demás para poder escribir.

No pertenezco al mundo de la lealtad porque la moral se nos impone como una escuela cuyos guardianes observan y juzgan, cuyos custodios la vigilan. La literatura no puede elogiar esas cuestiones vigiladas porque la literatura es violación, asesinato, exposición y liberación… Por eso escribo este texto.

Escribo aquí para así quizás perder mi identidad, mi sentimiento de pertenencia, para olvidar a mi clan, mi nombre en los documentos. Quizá tenga que matar todos mis rostros posibles para poder escribir esta novela con el semblante de un rostro nuevo.

Os escribo desde una tierra lejana. Sus áridas llanuras no son, en mi opinión, cosa menor que las brillantes estrellas nocturnas.

Una tierra que no fue nunca un escenario acorde a los gustos de la gente civilizada. Aquí el sol es una luz salvaje que todo lo devora y digiere. Todo lo que ha engendrado esta tierra seguirá siendo salvaje y extraño para la gente.

El lugar de esta tierra está en un mapa remoto entre tiempos pasados y el siglo xxi, entre el polvo de los cascos del guerrero Azeer Sálem y los asesinos de hoy. Un hilo invisible tira de mí hacia ella, que yace dormida como una serpiente inmortal.

Os escribo desde una tierra que no es exactamente un desierto, pero que huele como uno, porque son primos hermanos y se parecen mucho. Un erial.

Una tierra cuya gente dice que la espada que siempre descansa en su funda se herrumbra. Por eso aquí las espadas, los machetes y los cuchillos están listos para matar.

Aquí nos matan en nombre de «Dios». Los que ostentan el poder se han aliado con los fanáticos religiosos, como de costumbre, para acabar con el pueblo.

Rebuscan en los libros e invocan cualquier cosa que pueda hacer más grande el deseo de matar. El lenguaje nos mata. Es un arma universal con la que nos enfrentamos. El lenguaje de los primates de la selva es más noble y puro que nuestro lenguaje traicionero.

¿Debería gritarle a la cara a la lengua que transformaron en religiones, en partidos y en política para que fuera un arma para matar y asesinar al otro por el mero hecho de ser diferente a ti? ¿O debería limitarme a escribir? Pienso en lo que voy a escribir, yo, una mujer con hiyab, vestida de negro de pies a cabeza, mientras viajo al pueblo en el que nací, donde está enterrado mi hermano.

La historia me asedia al cruzar la tierra de los cananeos, los arameos y las tribus árabes provenientes de Yemen. Griegos, romanos, bizantinos y musulmanes pasaron por ella. Cada pocos metros, ocultas entre sus pliegues, se esconden diferentes monedas, de diversa antigüedad. Algunas tienen acuñado el perfil de Alejandro Magno; otras el de Ptolomeo o la imagen de una estatua de Zeus, el gran dios griego, o de su hija Atenea, la diosa de la sabiduría. En otras monedas puede leerse «solo hay un Dios y Muhámmad es Su enviado». En las entrañas de la tierra duermen más de un dios, deidades, restos de reyes, tumbas de princesas que murieron en todo su esplendor y dioses destruidos porque su tiempo se acabó.

Fui testigo de la exhumación de unas princesas romanas que fueron enterradas con sus joyas, sus utensilios y sus ropas. Se descubrieron estatuas hechas añicos. Eran de dioses que reinaron en su tiempo. Todos los dioses acaban en este preciso lugar, como las princesas muertas. Todos los días, los pastores encuentran muñecas de cerámica y vasijas de cristal que en aquel tiempo se les ofrecía a los dioses como soborno bajo el nombre de oblación.

Había personas que hacían cosas de gran belleza y se las presentaban como ofrendas a un dios desconocido. Desde ese momento, el dios dejó de ser folclore y se convirtió en tirano.

Menudo lujo el de los dioses. Bien pronto les otorgó la historia la posibilidad de tener todos esos templos, ofrendas, oraciones, devociones, sacrificios y todos esos que hablan en su nombre. ¿Eso no es tiranía?

Más extractos en la edición impresa

 

Lina Hawyan Alhassan, nacida en Alepo en 1975, estudió filosofía en la Universidad de Damasco y ha trabajado en periódicos sirios y árabes. Sus primeras novelas, Sultanas de la arena y La Osa, tratan sobre la sociedad tribal del desierto sirio. Asimismo, ha escrito sobre los secretos de Damasco y sus mujeres en el exilio en Názik Jánum, una novela sobre una modelo siria que vivió en París en la década de los sesenta. Su novela Diamantes y mujeres llegó a la lista corta del Premio Internacional de Ficción Árabe (conocido como el Booker árabe) del año 2015. La obra No fue una bala perdida la que mató a Bella cuenta la historia de unos cautivadores forasteros armenios, bosnios, circasianos y rusos que llegaron a Alepo a principios del siglo xx. También ha escrito tres obras de literatura infantil que resultaron finalistas del Premio Sheikh Zayed del Libro en 2016, 2017 y 2018. Por otro lado, ha publicado diversos artículos, reseñas, análisis de libros y novelas y artículos críticos sobre cine y creación en periódicos árabes como Alhayat y Assafir. También ha participado y contribuido en diferentes festivales, conferencias y exposiciones árabes. En total, ha publicado trece novelas; la primera de ellas La amada del sol en 1998 y la más reciente La gobernante de los dos castillos en 2022. Ese mismo año, recibió el Premio Ibn Battuta de Literatura de Viajes por su libro El talón de la yinn. Actualmente reside en Beirut, Líbano.

Angelina Gutiérrez Almenara (Málaga, 1990) es licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Málaga y doctora en Investigación en Humanidades, Artes y Educación por la Universidad de Castilla-La Mancha. Como traductora, ha vertido del árabe al castellano novelas y colecciones de relatos de autores emiratíes para la Autoridad del Libro de Sharjah, la obra Feminismo en la poesía de la mujer catarí para el Ministerio de Cultura de Catar, que le valió el tercer premio en la categoría de traducción del árabe al castellano del Premio Sheikh Hamad de Traducción y Entendimiento Internacional en su 9.ª edición (2023), la novela Nechdi el Marino, del kuwaití Táleb Alrefái, en colaboración con Luis Miguel Cañada, y la novela Correo nocturno, de la libanesa Huda Barakat».

 

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