Tres poemas del poeta emeratí Abdel Aziz Jassim


Traducción: Jaafar Al Aluni

ANTES QUE EL COBRE Y LA FOTOGRAFÍA

Abdel Aziz Jassim

Antes que el cobre y la fotografía, antes que los molinos, las elegías y la fiebre amarilla, nació el universo, muerto y cercenado por el cuello como un saxofón, entre la furia de los rayos y la desolación de las criaturas, ocultándose de repente su luz tras las alturas.

Unas voces proclamaron: Una mano mágica lo ha salvado desde Oriente; le ha quitado la túnica púrpura y el lácteo cinturón ancho, retirado de sus hombros la adarga de la certeza y recogido a cucharadas la sangre derramada. Después, enjuagó la guadaña del degüello para limpiar los gritos. Suturó las profundas heridas. Colocó el triste cráneo nivoso. Lo sacudió siete veces de la espalda hasta quebrarle los huesos, le frotó la planta de los pies con un imán y, lentamente, le retiró de la boca el largo estertor de la muerte.

2

Antes que el cobre y la fotografía, antes que los molinos, las elegías y la fiebre amarilla, nació el mal con mil corazones de grava que palpitan en el pecho como campanas de luto. Nació en la tormenta de lodo, entre dos relámpagos suicidas. Como una serpiente aprendió a orinar un líquido semejante al alquitrán de tabaco que se infiltra en los ojos grisáceos de la tierra.

Así con una corona y un cetro, los corazones fueron colgados en la horca.

3

El mal nació con mil corazones de grava, y la tumba nos invadió hasta en los sueños. ¿Adónde huimos? ¿Quién arrastra nuestros ataúdes cuando la espada yazga en el patíbulo de la justicia y la vida se disuelva en la cazuela del olvido?

El mal nació y nadie puede impedir que ocurra. El odio es un río tempestuoso y el engaño, su gran afluente. El daño es un mar abierto a otros, y el sosiego ahora es un eco.

Es probable que la boca que nos besa hoy ordene matarnos mañana. Pañales y sudarios vuelan desde la superficie. Por la misma puerta salen y entran nodrizas y sepultureras.

Como las máscaras, el mal nació con un estandarte que ondea sobre los huesos del mundo.

4

Entre el cobre y la fotografía, entre los molinos, las elegías y la fiebre amarilla, yo nací, en un crepúsculo frente al mar, allí donde encontraron una llave grabada sobre mi pecho.

Mas la mano que me salvó del oleaje convirtió la barba negriblanca de la noche en una almohada donde recliné la cabeza para ver nada más que el firmamento puro. Le quitó el capirote al halcón que volaba con mi cordón umbilical hacía un monte quemado. Me envolvió con hechizos y me puso el nombre de “el apreciado”. Luego, a una velocidad vertiginosa, la mano repasó toda la creación. Le arrancó un ojo al amanecer enfermo y me lo sirvió en un vaso vacío.   

Me dijo: “Tómatelo, saborea la muerte con los dedos, y no le temas. No es más que una ardilla de campo, un mero veterano cazador de osos y una sombra eterna tuya. La pareja de la vida y la salvación yacen bajo su largo turbante. Intenta agarrarlas bien con la mano y no pierdas el tiempo en combatir la muerte. El sol es tu mirada y la sombra, tu significado. No te rindas y caigas en el pecado porque te destruyes. Tampoco te agarres a lo profano porque te encoges, te diluyes y así vives como un insecto”.  

5

En medio de todo esto, y en un espacio sin tiempo, traspasé la fisura de un terremoto. El dolor, como un paraguas de alfileres, me descendía de los párpados. Cuando llegué al cuello del reloj de arena casi sin aliento, la plaga lavaba el cabello entre dos orillas, y el escorpión de una sola pata me seguía el rastro.

Fue entonces cuando arrojé todo detrás de mí. Observé el epitafio del mar y me marché más allá de la misma vida, lejos de un linaje que ni vive ni muere; o mejor dicho, ni muere ni deja vivir.

 

LEVES PISADAS EN UNA CAJA DE CERILLAS

“Me esparzo y mi polvo será lo que soy”
(Hafez Shirazi)

1

Acaban de llegar.

Por la puerta del Juicio Final

han entrado.

Con cada relámpago que les acariciaba el rastro

brillaba entre sus dientes la manzana de la nostalgia.

Tras bajarse, se recostaron como muertos

bajo las blancas pencas de la palmera.

A sus pies

corrían tiempos manchados de veneno

mientras que los lobos aullaban

desde el valle.

2

De un viaje eterno, los cinco hombres volvieron. Llegaron de la grasa de la amargura y de las narices de la tormenta, de una tierra polvorienta, por donde el viajero pasa jadeando durante años sin poder llegar. Cuando ellos llegaron de los corazones de madera, el desierto era un cuaderno de disfraces, y el alba, equivocada, colgó el cabello en un juego de cuchillos. Llegaron de la penuria que inundaba sus vidas y les golpeaba con cada gracia. Cuando la oscuridad era un hombre soltero de barba blanca y sueños que hacían parir a las viudas, ellos llegaron de las cuevas del suspiro y del silencio de los ermitaños que criaban la muerte y caminaban con ella como zorros por las calles. De las cimas y del abismo. De aquel faro que aparecía y desaparecía como signo de un ahogo perpetuo. De los reinos del sol y el traslado de las velas llegaron.

Entre el rostro de Asia volcado sobre el basalto y el tatuaje de África encendida en las órbitas, sus vidas se movían entre las orillas como un signo, que los indios americanos veían desde el

océano como un estandarte ondulante.

3

De esa palabra grabada en la herradura del caballo:

“Exilio”, “Exilio”,

“Exilio”,

llegaron,

atravesando las llanuras de la ceniza

con los pechos descubiertos

y con la certeza del halcón en la frente.

 En un tiempo que les adelantaba,

se posó una estrella enardecida

a lomos de sus caballos enjaezados,

y volvió a subir otra vez.

Cada vez que les vencía el sueño

y les quedaba menos agua,

ataban sus largas barbas a los cuellos de sus caballos

y se dormían.

4

Sin temor,

los cinco hombres caminaban sonámbulos

a la luz púrpura de la luna de los cangrejos del mar,

escuchando el avance lento de cinco siglos

que gemían y agonizaban 

entre ellos.

Les seguía el rastro un alcotán

que graznaba al compás de sus pasos, corazones y

pesadillas que se enrojecían

sobre la arena.

Luego llovía.

5

¡Los hombres! ¡Los hombres!

Por miedo a quebrarse y cargar con la culpa a la espalda,

saltaron al gran martillo

sobre un castillo de clavos

sacrificando así la sangre en el cuello del viento.

 Después de mucho esfuerzo, al llegar a un precipicio bajo la lluvia,

una lanza arrojada desde las afueras alcanzó a uno en el pecho.

Dio un grito helador:

“¡Dios mío, qué repugnantes!”

Luego se entregó al sentarse, respiró profundo y mordió el pañuelo. Rompió en pedazos la lanza ensangrentada y escupió. Encendió su pipa y se le nublaron los ojos. Entonó una canción antigua, abrazó la cabeza de su viejo caballo y cayó en medio de las aves que le envolvieron en una mortaja de plumas.

6

El segundo hombre:

Como si soñara.

Extrae su corazón

sin derramar ni una gota de sangre.

Lo aprieta en el puño como queriendo librarse de un sentimiento letal. De éste salen maldiciones,

nubes,

despojos

y un carro de carbón en el que duerme una novia

vestida con su traje de boda

en un ataúd.

7

El tercero: 

Aburrido en su lugar,

arrimó la oreja a la piedra,

junto a su vida

y una antigua carta que nunca llegó a mandar.

De lejos escuchó un terremoto

que arrasaba por la llanura y la ciudad 

por el valle y las estrellas

por el día y la noche

sonando exactamente en el centro de su cráneo.

Entonces dobló su sombra eterna,

se limpió las orejas

y fue a enterrar la carta que se había partido entre las manos.

8

El cuarto:

Clavó la mirada en la colina

y se le saltaron las lágrimas al recordar su infancia vagabunda

cuando cargaba con el barril desamparado a la espalda,

con la madera de la nave y el odre de agua,

con las piedras y el lodo de las casas.

Luego recordó su niñez hambrienta,

lamiéndose la sal de los dedos

vestido con una túnica ancha

delante de una tahona.

9

El quinto hombre, sin embargo:

Se levantó de inmediato,

disparó al cielo enfurecido

mientras miraba a todas partes.

Sacó una estampa que aún apreciaba,

la levantó y tosió mientras la besó. 

En un repentino movimiento

saltó al valle hondo

como quien se desliza en un tobogán

dejando colgada la túnica de su rebeldía

en la rama de un árbol

que daba al precipicio. 

10

Los cinco hombres llegaron. Compartieron la hogaza de fuego entre ellos tras haberse convertido en cenizas mientras los cuervos memorizaban sus vidas.

Volvieron al paraíso que un día les había expulsado. El paraíso de las langostas, los ataúdes y las bocas cosidas. Como un grupo de amantes les arrastró el amor desde las alturas, y con la punta de los dedos rozaron con cariño la madera de las horcas.

¡En verdad llegaron! Mujer, no obstante, te embriagaste en la bodega de los ciegos dejando los ojos al alcance de los picamaderos salvajes.

¡En verdad llegaron! Y al ser delgados, enhebraron la aguja del olvido.

11

Este es su drama, su sótano abandonado, donde se recuesta una historia a punto de dormirse:

Hay leves pisadas en una caja de cerillas, ojos de caballo bajo un cencerro volcado, dolores repartidos en vasijas y una extensa estrella en la negrura. Hay un mapa con bordes mutilados; hay velas, espadas y telarañas. Hay túnicas desgastadas y pipas con tabaco viejo. Hay sandalias rotas y gorros manchados de sangre seca. Látigos, grilletes y cadenas con huesos polvorientos y gritos suspendidos en bocas de cráneos.

Entre esto y aquello, en el estante se acumulan los frascos

de cinco corazones perforados,

que nos llevamos tras limpiarlos con el único dedo de las lágrimas de metal de un alcotán oxidado.

 

1977
UN CUARTEL REMOTO EN LA MONTAÑA

1

En un cuartel remoto en la montaña,

antes del alba,

uno tras uno

subimos al vehículo de arena

como hojas de tabaco cubano

sin hacer ruido.

Con nuestras armas

y la virilidad de un líquido contenido

subimos y sentimos el metal frío

debajo de nosotros.

2

Nos dijeron:

Llegamos a nuestro destino en dos horas.

Solo una botella de agua

para cada uno de nosotros.

No teníamos nada.

Sin perros, tiendas

o camas,

sin cálamos, folios,

o teléfonos. 

Sin radios.

Solo comíamos el polvo del largo camino

y gemíamos como estatuas de contrabando

en una cartera oficial. 

3

–           Pero, camaradas, ¿adónde nos llevan

en este horroroso fuego cósmico 

y esa noche olivácea

 sin confín?

–           ¡Adonde no sabemos!

El tiempo pasa;

los días,

            las ruedas

                        y el polvo

mientras sufrimos.

            El alma gime

            y los ojos se secan.

            Solo cambia y disminuye nuestro deseo

            que pereció y dejó leves pisadas

            de muertos que por aquel lugar

            pasaron.

4

En verdad, ¿adónde nos dirigimos? Con uniformes secos, metralletas rusas y gorros rojos. No hay guerras en las fronteras,  no hay matanzas ni rebeliones. Fuimos nosotros los que saltamos de los autobuses escolares para ver una película en el desierto. Ahora nos encontramos con nuestras cabezas rapadas arrastrándonos con los brazos desnudos sobre un asfalto encendido.

“¡Al espejismo!
Y cuando lleguemos a su puerta falsa
nos colocamos allí como erupciones
de viruela”.

Dijo el más optimista de nosotros.

5

“Solo si se abriera el cielo

y su piel cayera.

Si llueve

ahora y los riachuelos

fluyen de mí

como por un traje perforado con balas.

¡Oh, de llover ahora…!”

Añadió el que estaba abstraído

sacando la lengua.

6

“No os engañéis,

ni os inclinéis.

Separad vuestros pies.

La obsesión sale de la rosa,

de la visión

y del amor.

Actúa en el corazón como

una garra fugitiva”.

Habló nuestro mudo

y nos dejó mudos.

7

“¡No hay felicidad para vosotros!

El dolor tiene rutas y lugares 

que no conocen la frontera.

El dolor no sabe regresar ni ausentarse.

Siempre existe,

estará con nosotros allá donde vayamos,

como quien intentara volver a sus entrañas

en medio de una selva de cuchillos”.

Gritó el de los ojos verdes con un tatuaje en la muñeca,

 y con su cinturón azotó el vacío.

8

El vehículo no se detenía, y el conductor no paraba de repetir su himno lúgubre. De lejos se veía la meseta donde ejecutaron el caballo del amor. Allí estaba la estatua de decepción como un enano tallado en la cima, donde tres aviones se turnaban para alimentarlo. Los arqueros de todas partes lo protegían de las heces de las aves y las maldiciones del viento.

9

Cincuenta años y aún seguimos en el mismo vehículo, en la misma ciudad y el mismo cementerio, con rostros machacados como un pueblo bombardeado. Caemos como semillas de albahaca entre el polvo del desierto, la esponja del espejismo y la noche olivácea sin confín. Nos apoyamos el uno en el otro por miedo a quebrarnos y desvanecernos como humo que nadie conoce. Una vez que la desesperanza llenó las bocas, ya no hablamos ni cantamos o escuchamos nada. Varados en medio del camino, sin saber a dónde nos llevan, orinamos en este mundo.

***

Abdel Aziz Jassim nació en Ras al-Khaymah, Emiratos Árabes Unidos, en 1962. Ha publicado poesía y artículos literarios desde inicios de los años ochenta y cuenta con cuatro colecciones de poesía y un libro de ensayos, que incluye poemas seleccionados traducidos al inglés, francés y alemán. En 2017, la primera parte de su colección fue publicada por Dar al-Tanweer, Beirut.

Jaafar al- Aluni (Damasco 1989), licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Damasco, máster en Traducción e Interpretación por la Universidad de Alcalá de Henares. Escritor y traductor. Entre sus traducciones al castellano destacan: Diván de poetisas árabes contemporáneas (2016); Principio del cuerpo, final del mar (2020). Entre sus traducciones al árabe destacan: La deshumanización del arte (2012); el tragaluz (2018); Las voces bajas (2020).

 

SHARE